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Antiguo 01-03-2008, 22:07
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Natachamar Natachamar esta desconectado
La Jefa
 
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CARACOLAS DE CHOCOLATE (Analema)

....¡ Pégate al costado ,sujétate a la escala y pégate al costado!, no mires abajo, arriba, mira arriba!...La voz de mi padre.
Babi rosa, coletas, lazos celestes,...como los ojos de Marta.
Al fin, arriba .La dársena borrosa ante mi, el corazón remando sin compás, risas, jadeos...

Durante meses me escribió. Hoy se que mas por cortesía que por complicidad.
A mediados de los años setenta atraco un mercante enorme y destartalado en el muelle comercial.

Poca tripulación y muchas deudas. Era un carguero viejo, con aspecto de saber ir de memoria a las Orcadas o al mar de Coral, llevando en su herrumbrosa panza: café, conservas o toneladas de ajos. Al cabo de pocas semanas se supo que la naviera había quebrado y se desentendía de los tripulantes y del propio barco.

Dentro de él, resistió una familia gallega formada por un matrimonio, su hija de unos trece años, una hermana de la madre y su marido.
No pedían mas que su salario.

La niña empezó a ir al colegio, los meses pasaban y la cosa no tenia visos de arreglarse.
Así, compartiendo pupitre fue como nos conocimos.

El oficio de mi padre me permitía, corretear por los muelles, subirme a las grúas (bajar ya era otra cosa), sortear las redes apiladas por remendar...pero nunca había sentido el vértigo de mirar el mundo desde el castillo de proa de un barco semejante. Por alguna razón que permanece en el misterio le caí bien a aquella niña y me convertí en su única amiga, aunque yo no contaba por entonces mas de ocho años.

Solo yo durante aquellos meses, pude ver, donde dormía, donde comía, donde extendía los cuadernos del colegio, como transcurrían sus vidas al fin, en un escenario tan real como imposible. A la escasez de aquel tiempo y a la impotencia de sus padres por superar las circunstancias, respondía ella con un guiño ingenuo de sus inmensos ojos turquesa que competían con el horizonte. Si cierro los míos, aún nos veo correr por la inmensa cubierta ,salvando cabos y hierros viejos ,agitando un par de escobas sobre nuestras cabezas para disuadir a las gaviotas que buscaban nuestra merienda ,con sus fuertes picos y sus ojos aviesos.

La trenza única y bronce de ella, mis lazos deshaciéndose una y otra vez, los calcetines bajos de correr...mi devoción por Marta.

Un día no fue al colegio. Yo cogí un catarro. Y así, cuando una tarde llegué al muelle encontré el barco sucio y gris de siempre, pero alguien había hecho desaparecer la escala. Grité. Grité con toda mi alma llamándola, mientras la onza de chocolate se derretía en mi pequeña mano y las gaviotas acudían puntuales .Ella no.

Poco después, el ceniciento buque fue remolcado y desguazado, allá enfrente, en aguas proscritas. Guarde sus cartas muchos años, hasta que un día me dije que no eran ellas las que me devolverían lo que ya estaba perdido: mi infancia.

En una caja de lata metí las meriendas de aquellas tardes y tomé aliento, al pie de la escollera la hice volar hacia el seno de una ola.

En la negra piel del mar abrí una herida que se encargó de restañar el algodón de espuma de la siguiente. A veces en ese lugar, busco entre el vaivén del oleaje un destello del latón que se que duerme allá abajo, en el fondo de este puerto donde sobrevivo.
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:12.
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gaxefer (03-05-2012)