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Natachamar Natachamar esta desconectado
La Jefa
 
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CRISIS DE FE (Pik)

Tengo pocos recuerdos de mi primera infancia. Uno de ellos es pasar los domingos pegado a la valla del Club de Regatas de Alicante, mirando como entraban y salían los veleros. Pese a vivir en el Mediterráneo, el tema náutico era tabú en mi casa. Según me contaba mi padre, estuvo a punto de naufragar con el velero de un amigo y, después de la experiencia, lo más cerca que se le veía del mar era en el chiringuito de la playa.

Tras muchos años volví a vivir a la orilla del Mare Nostrum. Así, cuando empecé a vivir independientemente, me invadió inesperadamente una idea que con toda seguridad había permanecido agazapada en un rincón de mi mente: porqué no explorar ese mundo del Mar que tanto me había atraído y del que no sabía prácticamente nada. Sin pensarlo dos veces (la paciencia no consta entre mis virtudes) me saqué el título de Patrón de embarcación de recreo, haciendo las prácticas en un trawler. Un día tuve la oportunidad de hacer una práctica en velero y me apunté sin dudarlo. Al terminar lo tenía muy claro: quería un velero.

Tenía dos opciones: esperar a tener una cantidad de dinero suficiente para acceder a un treinta pies, circunstancia asaz incierta y con un horizonte temporal indeterminado, o invertir la pequeña cantidad de la que disponía para convertirme en el orgulloso armador de mi propio barco.

Como es de suponer, opté por la segunda opción y, con la única experiencia de una salida de cuatro horas a vela, me compré un veinticuatro pies con veinte años de vida. El dinero no daba para más. Y así me vi con veintiséis años dueño y señor del mejor barco del mundo.

Creo que nunca he vuelto a sentir una avalancha de emociones tan intensa como en mis primeras salidas con el barco. Miedo a que mi joya pudiese sufrir el más mínimo rasguño, orgullo ilimitado, inconsciencia al salir a navegar con unas olas con las que hoy espero no encontrarme y, en suma, esa mezcla de sensaciones que solo la inexperiencia te puede dar. Me sentía capaz de hacer cualquier travesía con mi barquito. Y de hecho, dentro de mis posibilidades de tiempo, las hice. Pasaron años, muchas experiencias (buenas y malas), periodos largos sin navegar con mi barco casi abandonado en su pantalán… y otros de disfrutar plenamente del Mar.

Tengo cuarenta y dos años. En los últimos años he navegado bastante, sobre todo pequeñas salidas domingueras. Hace algún tiempo mi barco está casi abandonado. Otras ocupaciones me han impedido ocuparme de él como es debido, y además no he tenido ganas de navegar. La idea de desplazarme sobre el Mar movido únicamente por el viento había dejado de atraerme. Así que me planteé la solución más lógica: venderlo. El barco no tiene un gran valor, aunque está en muy buen estado, pero además el amarre es de mi propiedad por lo que la jugada no estaba mal. Podía sacar un dinero que me vendría muy bien para tapar otros agujeros.

Pues nada, manos a la obra, lo primero es vaciarlo para adecentarlo un poco para atraer a los potenciales compradores. Ya has navegado bastante, has hecho tus pequeñas aventuras, navegaciones en solitario, y además el barco es muy pequeño. Te has hecho un comodón, y las estrechuras de un veinticuatro pies te echan atrás. Puedes seguir con tu afición: sigue con tu suscripción a la revista, vuelve a visitar La Taberna del Puerto, y verás que bien estás sin el gasto y la preocupación del barco que al fin y al cabo ya has disfrutado bastante…….

Por suerte no llegué a poner el anuncio. Porque fue tomar la decisión y empezar a sentir una angustia inexplicable. No paraba de desfilar por mi mente la imagen del casco cortando el agua con el único ruido de la estela tras de mí. Me han pasado tantas cosas, tantas personas han pasado por mi vida, pero mi barco siempre ha estado ahí. Es como un punto de referencia que sobrepasa su simple función. Simboliza algo más profundo y difícil de explicar. Lejos de fundamentalismos o idealismos adolescentes, deshacerme de él es como renunciar a una parte de mi persona que me ha ayudado a salir adelante en los peores momentos. Pero hombre, si no es más que un objeto, bastante viejo además. Por otra parte ni siquiera lo cuidas últimamente como se debe, todo esto es una cabezonería sin sentido….

Este escrito es la prueba de qué lado de mi persona ha ganado el debate. Solo me preocupa qué hacer si un día tengo el dinero suficiente para acceder a una eslora mayor. Creo que ese día no seré capaz de deshacerme de mi pequeño valiente.
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:13.
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