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Natachamar Natachamar esta desconectado
La Jefa
 
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Predeterminado Re: Los Relatos Del Iii Concurso

Del cenit al nadir con parada en todas las estaciones (Pim)

La nave está bien pero acabamos de salir de una de las peores tormentas que recuerdo, la más dura sin duda. Y al fin cuando todo parecía haber terminado chocamos con algo, tal vez un contenedor u otro objeto a la deriva. No creo que haya que lamentar daños irreparables, aunque el ha sido terrible, la nave se ha estremecido y el golpe ha retumbado durante un buen rato, mientras sus costados vibraban como las hormonas de una adolescente a la vez que se disparaban un sinfín de alarmas, sirenas, silbidos y zumbidos que se han disparado automáticamente alrededor del cuadro de mandos. Los motores se han parado súbitamente y de repente todo ha quedado en silencio. Ni Phileas que estaba en el puente conmigo, se ha atrevido a abrir la boca hasta que le he ordenado un control de daños. Entonces ha salido directamente en busca de Michel para efectuar el largo "checklist" de la nave entre los dos. Cuando me he quedado solo me he sentado, tenía que comprobar y desactivar, uno por uno, los centenares de multicolores pilotos encendidos. Ahora acompañados de un zumbido, ahora silenciosos, una inmensidad de testigos repetidores de sus sensores advertían que algo había andado mal en algún momento. Aproveché para reflexionar pues estaba claro que acababa de meterme en un buen lío. Llevamos una carga de valiosísima especia hacia Deralia intentando acortar un poco las rutas de navegación convencionales, pues ya íbamos fuera de plazo cuando salimos, tome esta vía que contemplaba posibles tormentas, aunque nunca hubiera podido prever un abordaje de un objeto a la deriva.

Zarpamos de Dune tres onfri atrás. Unos tumultos revolucionarios habían retrasado una y otra vez la carga de nuestras bodegas, pero la compañía no entiende de razones de ningún tipo. Nuestro contrato describe claramente que por cada ofri de retraso perderíamos una parte de nuestra gratificación y si, por cualquier razón, la demora se alargaba más de seis ontfri, habríamos trabajado en balde pues no cobraríamos absolutamente nada.

Comencé a manipular botones, las luces se fueron apagando y me animé un poco, pues ya no parecía que las cosas estuvieran tan mal. Al poco de manejar el teclado, solo quedaron un par de pilotos abiertos; cuando regresaron mis compañeros a informar, los daños coincidían con mi interpretación de los dos pilotos aun iluminados.

No teníamos combustible, el abordaje se había producido por la amura de babor y se habría abierto una brecha por donde se habría vertido todo. Por esta razón se habían parado los motores. En popa teníamos intacto el tanque de reserva, aunque era claramente insuficiente para terminar el viaje, pero por lo menos nos permitiría tomar tierra por nuestros propios medios.

Desplegué la carta de navegación e intenté situarme por estima. Teniendo en cuenta el desvío que yo había aplicado al tratar de trazar una ruta mas corta, la desviación a estribor que nos había provocado aquel objeto al impactar contra nuestra aleta de babor, las leyes de la inercia y las fuertes corrientes imperantes en aquella zona-motivo por el cual en su momento se había restringido el tráfico comercial- me situé de forma tan exacta como me fue posible y le pedí a Michel que izara el periscopio para poder confirmar con mis propios ojos lo que mi análisis sugería.

Estaba muy claro, aquella tonalidad azul implicaba atmósfera, por lo que imprimí un espectrograma remoto de aquel planeta que teníamos delante, en busca de los elementos necesarios para preparar el combustible necesario para proseguir nuestra derrota.
-No podemos quejarnos, Capitán- era Phileas quien hablaba mientras miraba observaba detenidamente la pantalla del espectrógrafo –el planeta tiene grandes cantidades de hidrógeno y carbono, que aunque repartidos en distintos componentes, podremos programar la planta abastecedora de la nave para que los separe y los combine de nuevo en la fórmula química que más convenga.

Entre otras muchas funciones, como la de médico y cocinero, Phileas era el químico de abordo. Llevaba mucho tiempo viajando con él y, aun siendo algo lunático, era un tipo muy capaz, al que nunca se le había visto afirmar alguna cosa que no fuera capaz de hacer.
Para Michel en cambio era su primer viaje interestelar y se percibía que lo estaba pasando mal en estos momentos. Compartía las funciones de mecánico, radiofonista, informático e ingeniero de a bordo; y aunque no había asomo de lo contrario, yo estaba íntimamente convencido de que no estaba debidamente capacitada para los múltiples trabajos que debía realizar. Nos habíamos conocido mientras yo buscaba algún tripulante, para cubrir esa plaza, entre los innumerables bares de Theed, y no la enrolé por su currículo precisamente. Inicialmente Phileas acogió hoscamente y con un puntillo de distanciamiento la presencia de Michel. Parecía que un paso en falso de esta podía desembocar en una tragedia, pero su picardía fue imponiéndose sobre el viejo Phileas y a veces me pregunto sino debería sentirme algo celoso.

Con los elocuentes resultados del espectrograma, nos dispusimos a tomar tierra. El ordenador calculó una órbita espiral de desaceleración, que nos dejaría en la superficie del planeta a baja velocidad, sin impacto y con el mínimo consumo de combustible, Por lo que iniciamos la maniobra de acercamiento. A través del periscopio pude observar toda la operación, abandonamos el negro universo al penetrar en la atmósfera, inicialmente lechosa de aquel astro; y paulatinamente todo nuestro alrededor se fue tiñendo de un azul intenso, claro, diáfano e inmaculado, que a medida que nos acercábamos a la parte sólida del planeta se moteó de diversas manchas blancas.

Súbitamente con una especie de explosión, nuestro descenso se detuvo. La atmósfera se había vuelto repentinamente espesa e infranqueable y la nave flotaba sobre una vibrante membrana de un espeso fluido. Tecleé entre los controles del ordenador central intentando averiguar cuanto costaría penetrar aquella atmósfera hasta llegar a la superficie y la respuesta que obtuve después de ciertos cálculos y pruebas, era que no disponíamos de suficiente combustible para ello. El análisis descubrió que se trataba de una atmósfera líquida, formada básicamente por H2O, precisamente la reserva de hidrógeno que estábamos buscando; mientras que en el nivel superior, gaseoso, hallábamos el otro compuesto que iba a sernos de utilidad.

Como la otra atmósfera era respirable, a pesar de su alta concentración en CO2, CO y CFC, salimos a cubierta para abandonar, aunque fuera por poco tiempo aquellas claustrofóbicas paredes. El fluido sobre el que reposábamos estaba muy agitado y formaba enormes ondulaciones que provenían de todos lados y zarandeaban enérgicamente la nave. Debíamos agarrarnos fuertemente a cualquier parte para evitar salir arrastrados por esas ondas que chocaban contra la nave y se deslizaban por la cubierta. Habíamos gastado toda nuestra reserva de carburante en el intento automático de penetrar en la atmósfera líquida, y estaba claro que debíamos enderezar la nave. El fluido gaseoso circulaba con tremenda rapidez y había empujado la nave hasta colocarla de forma que ofrecía la máxima resistencia a ambos fluidos y que a su vez era la postura más incómoda, por lo que le encargué a Phileas que desplegara una de las alas de planeo, que se encontraba bajo nuestros pies en el otro extremo de la nave, y que la lastrara con el fluido líquido que nos rodeaba y llenara con el mismo líquido los tanques M, A, C y G. con el fin de situar el centro de gravedad en el punto más bajo posible.

Cuando Phileas se hubo ido a realizar mis encargos, me miré a Michel sopesando si estaría a la altura de las nuevas circunstancias y si sería capaz de cumplir con su papel, al tiempo que admiraba lo buena que estaba con aquella camiseta ceñida, que las espumosas salpicaduras de fluido iban pegando a sus voluptuosas carnes, dejándolas transparentar.

-Michel bonita, eleva el periscopio en toda su extensión, y después aduja los captores de energía cósmica para que podamos usarlos como timón.

Tomé un destornillador de estrella, que otro destornillador íbamos a usar los cosmonautas, y me dirigí al escudo anti-meteoritos, del que solté dos grandes piezas triangulares y las colgué una a proa y otra a popa del periscopio. Michel y Phileas estaban en cubierta conmigo cuando comencé a adujarlas y mientras Michel se ocupaba del timón, Phileas me ayudaba trimando la pieza mayor, la de popa, mientras yo me ocupaba de la de proa. Se trataba de aplanarla impidiendo que formara bolsas.

Muy pronto la nave abandonó dejó de estar a merced de las ondulaciones que habíamos conocido desde que llegamos allí y comenzó a moverse ciñendo y surcando los fluidos. La atmósfera se tornó más respirable cuando la humedad empezó a precipitar. El gas se movía de forma turbulenta y con enorme violencia y Phileas llegó a pensar que nos estaban atacando, cuando una primera descarga eléctrica cayó a escasos metros con gran estruendo. No obstante no era más que otro fenómeno meteorológico de aquella atmósfera primitiva, al cabo de pocos instantes centenares de descargas centelleaban por doquier y se hacía difícil colocar bien los paneles para que se correspondieran correctamente con el ángulo de incidencia de los fluidos. De repente, ayudada de pies y manos Michel se dirigió al periscopio y empezó a trepar con seguridad. Cuando llegó a determinada altura, abrazada al periscopio merced a su potente ingle, soltó sus manos y se arrancó un par de mechas de su precioso pelo pelirrojo y las pegó a banda y banda del escudo. Aún desde lo alto, hizo saber a Phileas que tan solo debía conseguir que ambas mechas se mantuvieran horizontales. Desde ese instante nuestra velocidad se redobló.

Dejé a Phileas el gobierno de la nave, mientras me llevaba a Michel a proa con cualquier excusa y allí, en el balcón de proa, le hice extender sus brazos y la abracé desde atrás y la amé, y hubiera vuelto a amarla una y otra vez si no llegamos a clavar la proa en una ondulación y el H2O no me arrastra a lo largo de la nave hasta que, al pasar junto a Phileas, este me tiende una mano y me salva. En proa, no obstante, Michel sigue imperturbable con sus brazos abiertos desafiando a los elementos.

Después de muchas ondulaciones el cielo se despejó de repente y si bien la atmósfera líquida continúo igualmente alterada, los fluidos gaseosos se detuvieron y se quedaron calmados. El oscuro color de esta atmósfera gaseosa dio paso al azul radiante que habíamos visto al llegar al planeta, y a través de esa atmósfera ahora transparente pudimos ver la vieja H765K, la estrella madre de este rudo sistema solar. Pero tal como ya había deducido, solo estábamos en el ojo de la nebulosa, y al poco rato volvimos a empezar con los fluidos violentos, aunque entonces sabía que ya estábamos saliendo.
Saltando literalmente de la cresta de una ondulación a otra, y dejando una espumosa estela, aunque discontinua, porque tan pronto surcábamos la atmósfera líquida como solamente la gaseosa, atravesamos la perturbación y nos plantamos en su otro lado cuando anochecía.
No tenía forma de orientarme ni cartas de navegación que valieran en aquel pequeño mundo, por lo que miré el cielo, nuevamente despejado, para tomar como referencia las estrellas. Naturalmente las identifiqué todas. El conocimiento y situación de las estrellas lo enseñan en todos los ciclos escolares básicos, y en las estrellas busqué la clasificación de este planeta. También enseñan en todas las escuelas que los distintos planetas nacen sin campo magnético, y que este es otorgado por la agrupación universal de astros con inteligencia avanzada (AUDACIA) que lo coloca en cada planeta orientándolo como clave del potencial de desarrollo de ese planeta. De forma que, ya que este planeta estaba orientado a Polaris, implicaba que albergaba vida inteligente en sexta fase y que jamás se desarrollaría más allá de ese mismo nivel, pues anteriormente se auto extinguiría.
En cualquier caso, como el Sol sale por el este, pusimos ese rumbo y al poco tiempo tomábamos tierra en Ibiza. No fue difícil encontrar Carbono, puse nuestra máquina abastecedora a trabajar y comenzó la producción de C64H130 que era lo que necesitábamos, para ello tomábamos el H del H2O y el C del CO2 y liberábamos enormes cantidades de O en la atmósfera. Como efecto colateral, siempre se produce algún tipo de residuo inesperado, en este caso salían de la máquina unas deliciosas ensaimadas rellenas de cabello de ángel, ya se sabe que están más ricas las de Mallorca, pero ha quedado claro que se trataba de un efecto colateral inesperado.

Era responsabilidad de Michel ocuparse tanto de proveer materia prima a la planta abastecedora, cosa harto fácil porque como he dicho ya, esta materia prima abundaba en este planeta; como deshacerse de forma responsable de los residuos inesperados, por lo que montó una planta de reciclaje y se vio obligada a entrar en contacto con la primitiva civilización local. La vimos poco durante el tiempo que duró la operación de reportaje, iba y venía en horario cambiado, desaparecía al ocaso y regresaba bastante tras el orto, pero como las ensaimadas se esfumaban, asumí que hacía bien su trabajo y no me preocupé por ella.

Al cabo de poco tiempo tuvimos suficiente combustible como para zarpar, Michel vino a despedirnos a pie de la nave, había resuelto quedarse y montar un horno de ensaimadas en Portinatx, me tomó cariñosamente por las manos, me miró a los ojos, y sin decir nada se despidió de mí. Ni siquiera nos besamos, eso era más que un despido, nadie volvería a poner los pies en ese planeta condenado que se extinguiría irremediablemente algún día, entendí por tanto que Michel había elegido una vida de clausura, retiro y meditación. Al soltar sus manos una lágrima resbalaba bajo mi ojo izquierdo. Al poco de zarpar, mientras aun se calentaban los motores, Phileas fue hasta el balcón de proa y puso sus brazos en cruz. Yo me quedé mirando a es pedazo de maricón, y al fijarme en su culete respingón, me acerque por detrás y… pero esta es otra historia y solo dispongo de cuatro páginas.
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:13.
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