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Natachamar Natachamar esta desconectado
La Jefa
 
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Predeterminado Re: Los Relatos Del Iii Concurso

“La canción del mar” (Larsen)
“A usted le falta experiencia….
Este viaje le hará bien”
“Wolf Larsen”
Jack London

Tenía toda la noche por la proa. Salía despacio del puerto, con las últimas luces del crepúsculo. La cubierta de la lancha aparecía deliberadamente repleta de aparejos de pesca y en los asientos acolchados de la popa descansaba una vetusta guitarra con las cuerdas calcinadas por el salitre. El aspecto del hombre era despreocupado e indolente, desengañado y furtivo, como todas sus noches. La embarcación salió de la bocana siguiendo, perezosa, la senda ondulante de la luz de la luna. Hacía frío. El hombre se caló su chaquetón de paño azul marino y el áspero gorro de lana. Iluminó el cuadro de instrumentos dando una fuerte calada al cigarrillo y activó el interruptor del radar. La pantalla destelló con un guiño fosforescente y comenzó el lento y rutinario barrido del cursor, espectral y persistente. Examinó con cuidado la imagen. No había nada extraño en doce millas a la redonda, sólo los vectores erráticos de barcos de pesca que comenzaban su faena y la estela larga de un más que probable bulkcarrier en demanda de aguas libres. Ni rastro de la patrulla de vigilancia.

Dejó al piloto automático el gobierno de la embarcación y cogió la guitarra. Punteó despacio una copla antigua invocando a todas las ausencias. La quietud y el silencio también pueden modularse. Cada nota deja espacios abiertos para la deriva del alma y el pensamiento busca siempre veredas accidentadas para elevarse, como una argucia para ser aún más consciente cuando se alcanza el sosiego. El tiempo seguía corriendo en el resto del mundo. La noche y la guitarra habían aprendido a hablarse y en la mente del hombre rutilaba la esencia de todos sus recuerdos.

Mantuvo el rumbo inalterado por espacio de una media hora, hasta que un destello verde apareció en el radar, justo en el lugar que habían acordado. Aceleró un poco ambos motores y la embarcación se encabalgó sobre la popa. El riesgo aumentaba ahora. Todavía quedaba media hora de navegación hasta alcanzar el carguero, un desvencijado “tramp steamer” abanderado en Malta. Luego, una hora más alijando en la lancha la media tonelada larga de resina de hachís marroquí, para santificar las fiestas. La última parte del trabajo sería, como siempre, delirante: navegar excesivamente cargado, obviando lo revelador que resulta para el Ministerio de Hacienda un punto brillante campando veloz y nocturno por los fueros de sus visores. Y al fin, descargar en un lugar recóndito de la costa donde, en caso de confirmarse la temida emboscada, estarían comprometidos todos los escapes.

Quince minutos más tarde comenzaron a revelarse a simple vista las líneas difusas del carguero maltés contra el tenue resplandor del cielo nocturno. Se intercambiaron las señales prefijadas y desde el puente le dieron permiso para abarloarse al costado del barco. Subió a bordo por una escala que habían desplegado desde la cubierta.

Había tres hombres esperándole. Le hicieron pasar a un grasiento local habilitado como repostería y le ofrecieron un café con tostadas. Se expresaban en inglés, pero creyó reconocer inflexiones eslavas en su dura fonética. A decir verdad, no le importaba en absoluto.
Aceptó de buen grado el café y encendió uno de los cigarrillos franceses que le había tendido uno de sus anfitriones: un gigante barbudo de aspecto desgarbado y de edad indefinida.
Volvieron a cubierta al cabo de veinte minutos. Comprobó, impresionado, que la lancha ya estaba casi cargada. Tres marineros asiáticos hacían diligentemente el trabajo mediante una de las grúas del costado. Terminada la faena, el gigante de los cigarrillos fingió un guasón y forzado ademán de echarlo por la borda. Luego, entre carcajadas, sacó de su abrigo una botella de buen whisky escocés y se la entregó para que la bebiera a la salud del tovarich Marko Volodya, el capitán de un barco fantasma, apátrida y de su tripulación de repudiados del mundo.
Embarcó de nuevo en la lancha. Los balances eran ahora más intensos. El mar había empeorado y los dos barcos estaban atravesados a las olas. Encendió ambos motores y soltó las amarras. Mientras se alejaba, sintió nostalgia de un tiempo difuso, del tiempo infinito que permitía adentrarse en los más ocultos vericuetos del alma, cuando los viajes no eran más que transiciones entre todos los estadios posibles del juego de ser y las irrevocables sombras de la existencia eran las grandes compañeras en el camarote del marino.

Se dispuso a recibir la mar por la amura. La figura del carguero se diluía ya en la penumbra. Conectó de nuevo el radar. El contrabando te convierte en un paranoico - pensó - pero imaginaba a un posible aduanero examinando en la pantalla de una turbolancha un punto verde intenso, del cual se desgajaba un puntito más leve y veloz, que desaparecía intermitentemente cuando las olas sobrepasaban su altura. Redujo la velocidad y arrumbó la embarcación a la playa donde debía desembarcar su valiosa mercancía.
Y entonces sobrevino aquella extraña somnolencia. Se asustó; ahora comenzaba la fase más delicada de la operación. El contrabando - de estupefacientes, nada menos - ya se había consumado. La posible intervención de la patrulla fiscal implicaría una frenética y zigzagueante carrera por ensenadas repletas de escollos; una navegación a ciegas siguiendo las cartas dibujadas en la memoria, en la que una colisión se saldaba indefectiblemente con la muerte del piloto. En tierra esperaban sus hijos. No podía dormirse ahora, estaba demasiado curtido en aquellos menesteres como para cometer el error de un principiante.

La mar seguía empeorando. Tenía que bajar el régimen de los motores; mantuvo la velocidad justa para seguir avanzando, evitando el peligroso planeo de la lancha. Todavía tenía dos horas para alcanzar la playa; más que suficiente, incluso haciendo rumbos sesgados a su destino para huir de las olas de través.

Cedió el gobierno al piloto automático. Durante un rato, su única ocupación solo sería mantenerse despierto. Sintió el impulso irrefrenable de coger la guitarra. Y comenzó a tocarla. En su cabeza sonaba una canción hermosa, pero desconocida. Descubrió, sorprendido, que sus dedos deambulaban instintivamente por los trastes, acompañando fielmente aquella melodía. Era una modulación serena, de cadencia arcaica; un romance, un allegro assai que sonaba como si de alguna manera siempre hubiese estado allí, una especie de canción del mar. Y entonces se sintió realmente solo. Su inquietud aumentó. Se sentía extraviado, dentro de un mundo increíble que no parecía el suyo. Y, finalmente, se durmió. Se desplomó desfallecido sobre el cuadro de instrumentos de la embarcación, dejando caer la guitarra de sus manos.

Aún no había amanecido cuando despertó. Estaba varado sobre la arena de una cala desconocida; algunas de las cajas de la furtiva carga flotaban entre las rocas. Miró desolado a su alrededor. Al menos, el lugar parecía desierto. Saltó a la orilla y se dispuso a explorar los contornos; estaba a punto de amanecer y el lugar pronto se llenaría de curiosos. Tendría que salir de allí lo antes posible, confundido con las sombras.

Avistó en la lejanía el resplandor de la ciudad y se dispuso a calcular la distancia y el tiempo que tardaría en alcanzarla. Seguía sumido en estos pensamientos cuando, en medio del silencio, escuchó un suave murmullo procedente de la embarcación naufragada. Parecía una respiración. Se acercó dando un rodeo. Había una mujer sentada en la borda. Estaba recostada cómodamente contra una de las pocas cajas de resina de hachís que quedaban en la lancha. Su expresión era relajada e irónica. Había, no obstante, algo huidizo, mágico y secreto en aquellos ojos. Algo que extasiaba o incomodaba como si, en su presencia, todas las certezas se tambaleasen. Se dirigió a ella intentando camuflar su aturdimiento.

- ¿Quién eres y qué haces aquí?, preguntó.

- Siento romper tus esquemas, contestó. Soy una sirena común y corriente. Pero no te asustes, ya he conseguido que naufragaras. No deseo hacerte daño.

- Dirás que no deseas hacerme más daño, prosiguió él. ¿Te dedicas a encantar narcotraficantes? Venga, dime quién eres de verdad. Puedo darte dinero si no me denuncias. No te pido más que tres horas de discreción.

- ¡Ya te he dicho quien soy, dijo enfadada!. Tensó sus brazos contra la cubierta e introdujo, airada, su esbelta cola de pez en la embarcación. Él creyó desvanecerse. En su cabeza chispearon cientos de luces de colores y una náusea repentina le obligó a sentarse en la húmeda arena. Cuando levantó la cabeza, ella estaba junto a él.

- No intentes comprarme, susurró en su oído. El viento me trajo tu melodía. Y no pude evitar llamarte. De la única forma en que sabemos hacerlo las sirenas.

- Pues menos mal que no pilotaba un petrolero, dijo él intentando recuperar la serenidad.

- Te esperaban en la playa, ¿sabes? La turbolancha de la fiscal. Bien abrigados y tomando café, mientras tú rastreabas en alta mar con ese repugnante aparato que llena el espacio de ondas infames.

- No sabía que te molestaran los radares.

- Esas malditas señales atacan nuestra entidad. Nuestra esencia incorpórea convive con la vuestra en todos los planos de la existencia, excepto en el material; o mejor dicho, en el margen de sensación que vosotros percibís, esa particular percepción que denomináis tangible. ¿Te has preguntado alguna vez por qué hay cada vez menos contactos entre nuestros mundos?

- Jamás fui consciente de ellos, dijo el hombre.

- Nosotros sí lo somos. Y la historia de los hombres está plagada de relatos que los confirman.

- Creí que sólo eran leyendas, aseveró él.

- Siempre os refugiáis en las palabras. Siempre dejáis que os tiranicen los significados. Sólo son burdos intentos de acotar lo ilimitado.

Él suspiró, incómodo. Se recostó contra el costado de la embarcación y miró, abstraído, a su alrededor. Algunas cajas se habían destrozado contra las rocas. La carga aparecía ya dispersa por la playa.

- Bonito plan has urdido para evitar mi emboscada. También habrías podido despertarme cuando aún estaba a flote.

- Oye… ¿a ver si te crees que soy un socorrista? No me importaba tu lancha y menos aún la carga. Sólo me ocupo de lo que me gusta. Soy un ser inmoral....desde el punto de vista de vuestros esquemas mentales. ¿No has leído La Odisea?.....te salvé a ti porque me gustaba tu música. Y tú también.....bueno....un poquito.

El hombre se sentó despacio junto a ella. En lo más profundo de su ser seguía sonando, indomable, aquella melodía hechicera de tiempos lejanos. Tenía la ropa empapada. Vació como pudo el agua de su guitarra. Le miró a los ojos y sonrió....cántame otra vez aquella canción, dijo a la sirena.
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:14.
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Vic (13-03-2015)