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La Jefa
 
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LA JAULA Y EL HORIZONTE AZUL. (Ironia)

Hola soy Miguel, un español medio que como tu, vivía sin saberlo en una jaula particular, trabajaba en una multinacional alemana, muchas horas al día, de sol a sol como en el tajo, para llevar a casa un sueldo que la mayoría de los meses apenas llegaba a fin de mes.
Esto es un relato de como empezó a cambiar mi vida un verano hace unos años, de los que estaba con mi familia pasando unos días en la playa.

Yo salía de la jaula una vez al año, me dejaban la puerta abierta y nos íbamos a la costa, una casita de alquiler pagada con la extra de verano, aunque tras esos maravillosos días sin ataduras, o eso pensaba yo, volvíamos a casa para volver a cerrar la puerta de la jaula. Ese año un amigo nos invitó a salir en barco, unos bocadillos, mucho sol y aguas cristalinas, algún mareo repentino que se quito con un remojón, y un agradable día que pareció gustarnos a todos. Salí con el a navegar un par de veces más, una a pescar al curri, y la otra a una regata del club donde el atracaba el barco.

La experiencia me debió marcar, por que en casa decían que los ojos me brillaban de una forma rara, que tenía las pupilas dilatadas, y que hablaba un idioma raro diciendo unas palabras extrañas que no entendían, como cornamusa, génova, gratil, pujamen, wincher,……etc.

Ese verano, cuando volvíamos a casa en el coche, en medio de un atasco para entrar en la ciudad, mi pensamiento no era el de todos los años, no rememoraba lo bien que lo habíamos pasado en la costa, o me apenaba de que se hubiesen acabado esos días maravillosos, ¡no!, mi mente hacía planes a futuro, estaba sin ser consciente cortando uno de los primeros barrotes de la jaula.

Ese invierno, me apunté a una academia para sacar el Patrón de Embarcaciones de Recreo, dos días a la semana, dos horas al día, estaba estudiando otra vez después de 10 años de acabar la carrera, y la verdad me costaba mucho, no se si era por lo cansado que llegaba después de un duro día de trabajo, o por la poca práctica que tenía, pero para seguir el ritmo de los demás, invertía mis días de descanso en hacer problemas de navegación, memorizar luces de colores, y aprender ese idioma raro que mi familia aun no entendía.

El 17 de enero es una fecha marcada en mi currículum personal, ¡por fin estaba autorizado a llevar un barco de hasta doce metros! Salí de la capitanía con el título debajo del brazo y con esa rara sensación por segunda vez en mi vida, la primera fue recién licenciado en la facultad, sin tener ni idea de nada, buscando trabajo sin experiencia. Ahora estaba igual, con un título de navegación pero sin experiencia de nada.

Ya había pasado la primera etapa de mi plan marcado a la vuelta de las vacaciones, ahora necesitaba saber si éramos capaces de vivir en un barco unos días todos juntos y no tirarnos por la borda ante la primera dificultad. No fue fácil ir convenciendo al personal de que en las próximas vacaciones de Semana Santa, haríamos un charter por la costa mediterránea, ellos eran más de:
- ¿Por qué no lo dejamos para el verano? Hará mejor temperatura y podremos bañarnos.
Yo quería saber si serían capaces de convivir en un espacio reducido, mas incomodo y en movimiento, al mismo tiempo necesitaba experiencia pues mis planes para ese verano eran otros, si todo salía bien, ya no volveríamos al alquiler del apartamento de la playa.

Fueron unos días maravillosos, salimos de casa con todo preparado y con la incertidumbre de pasar una aventura que nos marcaría, cogimos el tren que nos llevaría a nuestro destino, Alicante. Ya de noche llegamos al puerto en el que nos esperaba Manuel, el Capi, nos acomodamos en un magnifico barco, un Belliure de 35 pies con unos añitos, pero que estaba muy bien preparado para su función. Cenamos en un bar del puerto unas tapas y hablamos largo y tendido de lo que haríamos en los días siguientes. Los niños aunque estaban cansados del viaje, no perdían ni palabra, no quisieron irse a dormir, creo que para ellos era “su gran aventura”, la que podrían contar en su clase a la vuelta de las vacaciones.

El día amaneció soleado, el parte anunciaba levante f3, y marejadilla, las condiciones eran ideales para unos novatos como nosotros y para aprender las maniobras del barco. Fue en ese momento en el que sorprendí a mi parroquia con todo lo aprendido ese invierno, me veían hablar en ese idioma extranjero con el Capi, de tu a tu, yo me encontraba que me salía de la bola del mundo, y así de esa guisa, recorrimos las millas que separaban Alicante de Altea.

Al día siguiente nuestra travesía nos deparaba una prueba crucial, salíamos de Altea con rumbo al Cabo de la Nao y el parte hoy no acompañaba. El viento subiría a medio día a f5 del noreste y podíamos tener riesgo de chubascos intermitentes, desayunamos con un nudo en el estomago, aunque el Capi nos tranquilizaba, parecía que para el era algo normal, y nos daba sensación que sabía lo que hacía, nos explicó con todo detalle lo que íbamos a pasar ese día, creo que se lo agradeceré siempre, nos fuimos adaptando a la diferentes situaciones, y el barco, muy marinero y seguro, se comportó como nunca otros en los que navegué. Yo estaba sacando mis propias conclusiones de aquellos días, y las largas charlas con el Capi en la bañera me iban abriendo los ojos sobre mis planes de futuro.
Doblar el Cabo de la Nao y el de San Antonio fue duro, muy duro para nosotros, animales de tierra adentro que no sabíamos desenvolvernos en una coctelera de 35 pies, con rociones de agua y un par de chubascos que nos dejaron calados hasta los huesos, el viento llegó a rachas de 35 nudos y nuestro rumbo fue de ceñida, dos rizos en la mayor, sin la trinqueta y con un pequeño foque que llevaba para los días duros y el génova enrollado. La recompensa era enorme, teníamos nuestra aventura, la habíamos pasado con un aprobado raspando, pero al fin y al cabo, “un aprobado”.

El tercer día lo pasamos en el puerto de Denia, las condiciones meteorológicas empeoraron, y el Capi recomendó variar nuestro plan inicial, no pasar por Cullera y terminar directamente en Valencia, cosa que hicimos un día después. Salimos a conocer esta bonita ciudad y descubrimos que el placer del crucerista, no está solo en el mar, si no en descubrir esos sitios por donde uno pasa, sus gentes y costumbres.
Con viento de levante f4, amainando a 3 y 2 a última hora de la tarde, cubrimos nuestra última travesía de esas vacaciones. Saliendo al amanecer, con ese café preparado por el Capi, con sus tostadas recién hechas, aceite y jamón, el sol nacía por levante como un bola anaranjada que dos daba los buenos días y con la sensación de haber cubierto la segunda etapa del plan, segundo barrote cortado de la jaula.

Pensé que mi familia estaba preparada para la tercera parte del plan, y como el tema estaba calentito, decidí que el tren de vuelta era el momento de soltarlo.
¡Este verano compraremos un barco y lo pasaremos en el ¡
Las caras de mi familia eran dignas de ser fotografiadas, a mi mujer se le cayó el alma al suelo, ¿estás loco? ¿cómo lo vamos a hacer?, por otro lado tenía como cómplices a mis dos hijos, que reflejaron en su cara una felicidad similar a la vivida estos cuatro días. El resto del viaje transcurrió en un examen de ingeniería financiera para explicar como podíamos cumplir el sueño, por fin me iban a servir de algo los años de facultad.

La primavera la pasamos enfrascados en las distintas posibilidades de conseguir “la pasta”, y barajando que tipo de embarcación necesitábamos para nuestros planes. Internet, algún paseo de fin de semana para ver barcos y puertos, fueron nuestros objetivos.
Pero fue una bonita mañana de sábado, cuando paseando por el puerto de San Pedro de Pinatar, el flechazo me tiró directo al corazón, estaba ahí, tenía un cartel de “Se Vende”, era un precioso Westerly de 34 pies, con unos años encima y con bandera inglesa. El barco estaba bien conservado y muy completo, pues había sido la vivienda de una extraordinaria pareja de ingleses que habían empleado sus últimos 10 años dando la vuelta al mundo, ahora ya mayores, lo querían cambiar por una caravana, para continuar por Europa rumbo a casa.
Volvimos dos fines de semana más a verlo, hablar con los dueños, regatear, probarlo, pero el precio seguía siendo para nosotros un problema, se pasaba del presupuesto y ya contábamos con los ahorros, ampliación de la hipoteca, y un par de prestamos familiares con la promesa de devolución sin intereses.
Fue un buen amigo de la oficina el que me dio la idea, que a la larga nos podía acercar a nuestro sueño. La operación era sencilla aunque arriesgada, pues si la pareja de ingleses buscaban una caravana, ¿Por qué no preguntarles por sus preferencias y comprar una que luego intercambiaríamos?
Nosotros podíamos acceder a un mercado mayor que ellos, por el idioma, lugar de residencia, y contactos de nuestros amigos, muy aficionados a ir de camping en verano. En un par de meses, encontramos lo que ellos buscaban y tras un largo y agotador regateo que duró un mes mas, compramos la caravana y nos dirigimos a Murcia con muchas incertidumbres e ilusiones.
La vuelta la hicimos en tren, nuestro sueño se estaba empezando a cumplir, y ahora solo necesitaba un par de semanas más para reunir el resto del dinero, pues el barco era de mas valor que la caravana.

El tercer barrote de la jaula, lo corté en un día de julio, comiendo un arroz caldero en el puerto y cerrando la compra venta, de nuestro barco, el “My Way”, un nombre estupendo al que no estábamos dispuestos a renunciar ni cambiar, y no por que seamos supersticiosos, si no por que creo que se ajustaba muy bien a todo lo que estábamos pasando en esta nueva aventura. ¡Ya éramos armadores de nuestra propia embarcación!

Ese verano lo pasamos por la costa de levante con el barco, preferimos hacer un recorrido ya conocido e ir adaptándonos al barco, colocándolo a nuestra forma de vida y sintiéndolo como uno mas de la familia.
El plan era navegar en verano por la costa y no repetir cada año los mismos puertos, de manera que fuéramos conociendo diferentes sitios del mediterráneo, y en invierno dejarlo en un puerto base que iría cambiando cada vez mas al norte. Eso nos pareció lo más adecuado, pero nuestro primer inconveniente fue la falta de puntos de amarre, no podemos dejarlo donde nos guste, ni siquiera pagando, si no que lo vamos dejando donde queda hueco. Así pasamos unos años magníficos, en los que solo necesitaba una lista de teléfonos de puertos y anticipar con unos meses nuestros movimientos.

La jaula se iba abriendo, con cada travesía un barrote nuevo era cortado, y el horizonte azul estaba mas cerca, alcanzable, se podía palpar con la mano, estirando el brazo por la proa, esa sensación de libertad que yo sentía, y que me hacía mas grande en mi interior, era como una droga que poco a poco te atrapaba y no te das cuenta…………
Y no te das cuenta que lo que te rodea está cambiando, tu vives en una burbuja, pero la realidad es otra, no la quieres ver, pero está ahí, los niños crecen, tienen nuevas amistades, ya no les interesa tanto el barco, para ellos la aventura está en otra parte, lejos de sus padres, ahora lo que quieren es estar con sus amigos, novias, etc.…. y es entonces cuando un semáforo rojo se enciende en tu interior, y sientes que empiezan a soldar nuevos barrotes en la jaula, que ese horizonte que estabas a punto de palpar se vuelve a alejar como la línea de la costa en esos días de travesía a las Pitiusas que has estado viviendo los últimos años.

Y en ese momento un mazo te cae en la cabeza, arrollador, es un tren de mercancías que viene sin frenos y tu estas en medio de la vía, ennortado, pensando en ese horizonte azul, y no lo ves llegar, no pita, no tiene frenos, pero te acecha por la espalda y no te perdona, te dice,

- cariño, he conocido a alguien, hace ya unos meses, estaba sola, tu te ibas al barco los fines de semana, que si hay que arreglar tal cosa, que si tal otra, y yo aquí me sentía como abandonada, la otra, sentí que preferías al barco mas que a mi, que My Way estaba antes que yo, y ahí apareció él, atento, galán, me valora, he vuelto a sentir cosas que hace tiempo ya no sentía.

Quedé petrificado, me abandonaba, no había marcha atrás, y lo que era peor, se iba con mi mejor amigo, o eso creía yo, aquel que me dijo que comprara la caravana, me pareció que ya entonces urdía su plan, un plan mezquino para arrebatarme aquello que mas me importaba y que hasta ese momento no me había dado cuenta estaba perdiendo.

Pasé una temporada hundido en la mas absoluta de las miserias, no podía dormir por las noches, no comía, adelgacé mas de diez kilos, incluso mi estado de ánimo influyó en mi rendimiento profesional. Era un trabajo que exigía muchas horas y estar lúcido para tomar decisiones rápidas y lo mas importante, acertadas. Los tranquilizantes no eran el mejor de los aliados en ese caso y me vi en pocos meses sin familia, sin trabajo y tirado en la calle, con unos pocos de ahorros para vivir unos meses.
La puerta con todos los barrotes se volvía a cerrar, no sabía que iba a ser de mí.

Es en esos momentos en los que uno no tiene nada que perder, en los que surgen esas ideas, locuras o como lo quieran llamar, pero a mi solo me quedaba un barco, un pequeño coche utilitario que hacía años no salía de la misma ciudad, y una maleta en la que cabían la ropa de invierno y verano. Eso eran mis posesiones después de tantos años de esfuerzos, trabajo y privaciones. No era momento de mirar hacia atrás, la jaula había que romperla, de un martillazo, hacer saltar por los aires todos los barrotes, y eso era lo mas importante.

Con el coche hecho polvo, recorrí el camino hacia la costa, recuperé una cinta de casete de U2, que escuché en el viejo radiocasete del coche un par de veces antes de que se rompiera la correa de distribución, por lo que dejé el coche en la cuneta, hice autostop mas de dos horas, antes de que una furgoneta de reparto urgente me acercara a la costa.

Empezaba una nueva vida, compre en un viejo ultramarino del puerto una botella de un buen Rioja, gran reserva decía la etiqueta, una lata de caviar, de ese que se cría en Riofrío, de esturiones de los buenos, y un variado de ahumados, soy de los que piensan que una nueva vida hay que empezarla con buen pié, y ahí estaba My Way, esperándome, siempre fiel parece que me mira al llegar y me da la bienvenida, hoy voy a cenar y mañana…….. ya veremos como nos las arreglamos.

Desde ese momento vivo en el barco, es cálido en invierno y no muy caluroso en verano, en libertad enterré los fantasmas del pasado, vivo de……………eso es otra historia que en otro relato os contaré.

Un saludo
El capitán
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:14.
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