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Antiguo 01-03-2008, 22:17
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Natachamar Natachamar esta desconectado
La Jefa
 
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Sabor a sal (Addabaran)

Sabor a sal, olor a azahar y azul en los ojos. Se repetía una y otra vez.
Sabor a sal, olor a azahar y azul en los ojos. Rezaba mientras balanceaba con furia la palanca de la bomba de achique.

A la deriva, en medio del Atlántico desde hacía más de una semana, desarbolado cruelmente por una galerna y con el motor anegado, había pasado dos noches encerrado en la cabina, amarrado al palo y zarandeado sin piedad por olas de más de nueve metros que habían echado a perder la poca comida que le quedaba.

Según sus cálculos debía encontrase en algún punto situado al Noroeste de las Azores, quizá a unas sesenta millas escasas, que ahora, se le antojaban inalcanzables.

Lejos quedaba ya la ilusión por volver al mediterráneo.

Tras años de vivir en New Jersey añoraba la luz, el color, el olor de su infancia....sabor a sal, olor a azahar y azul en los ojos, musitaba entre dientes, mientras se sujetaba con fuerza a la brazola y oía el espantoso crujido del casco al caer en el seno de una ola.

Acondicionó su barco para el viaje con el ímpetu y el tesón del iluminado. Fue concienzudo en sus previsiones y no escatimó esfuerzos en reparar, sustituir o añadir aquellos elementos de seguridad que estimó necesarios para una perfecta singladura.

Revisó la ruta y las cartas de pilotaje cientos de veces, incluso diseñó alternativas de escape en caso de que se complicase la navegación.

Nada de eso parecía suficiente. Solo, en mitad de la nada, empezaba a sentirse muy cansado. Las manos le pesaban y sus piernas, atravesadas por miles de agujas invisibles, ya no le respondían, sólo quería dormir.


Sobresaltado, se incorporó sobre la bañera. El fragor de las olas batiendo contra las rocas le despertó. Rendido, había dormido desde el mediodía.
La poca luz que quedaba le ofrecía un nada halagüeño final.
Se encontraba a barlovento de una costa tajada y abrupta que irrumpía en el océano precedida por islotes que se alzaban verticales acuchillando el brumoso cielo del anochecer.

Apretó los dientes y se repitió: sabor a sal, olor azahar, azul en los ojos. Raudo abrió el tambucho de estribor y extrajo el ancla flotante, necesitaba tiempo para pensar.

Amarró el ancla a una estacha de treinta metros de cabo y diez de cadena y deslizando la maroma por el ojo de la bita de babor la llevó hasta el chigre del mismo costado. Después arrojó el ancla por sotavento.

El corazón se le paralizó por unos segundos. Se sentó en la bañera agarrando con fuerza su arnés. El barco inició un ligero borneo hacía estribor. Sintió un pequeño tirón y el velero empezó a atravesarse lentamente a las olas hasta que una lo alcanzó por el costado haciendo tumbar el barco y a él caer sobre la regala de babor donde quedó sujeto a la línea de vida, sumergido en las gélidas aguas que irrumpían en la bañera.

El barco finalmente se aproó lo suficiente para recuperar la estabilidad lateral aunque sus cabeceos eran tan violentos que apenas le permitían mantenerse en pie.

A su popa los islotes se acercaban implacables. Sólo tendría una oportunidad de pasar entre ellos, confiaba en que, a su socaire, el mar estuviera más calmado y le permitiese embarrancar su viejo Halcón en algún lugar con bajo fondo.

Maniobró el timón para evitar que se atravesase al mar y le hiciera virar involuntariamente. La pala parecía soldada al casco y los brazos le temblaban por el esfuerzo de mantener la caña a la vía.

Comenzó a diluviar. El viento parecía darle un respiro aunque establecido aun por encima de los cincuenta nudos y sin gobierno seguía siendo demasiado.

El barco disminuyó la velocidad y acompasó su deriva a las olas que impactaban en la proa sumergiendo el casco para después hacerlo emerger. La estacha no soportaría mucho tiempo los violentos estrechonazos.

El Halcón se acercaba a los islotes. La espumaba blanca volaba a su alrededor entremezclada con la lluvia. Le costaba respirar.

A cada caída del barco en el seno de una ola imaginaba la orza aplastada contra el fondo. Restaban menos de cincuenta metros para cruzar los bajíos cuando la cresta de una ola elevó el barco hasta casi ponerlo vertical para después lanzarlo a plomo sobre el seno de la siguiente.

La estacha se tensó y arrancó la cornamusa llevándose consigo el balcón de proa, arrastrándose por los guardamancebos de babor doblando los candeleros hasta quedar fija en el chigre.

El barco borneo 180º hasta hundir su popa en la siguiente ola. Empezaba a cabalgar sobre el bajío arrastrando el ancla flotante y con la pala del timón a punto de reventar.

Sabor a sal, olor a azahar, azul en los ojos, repetía apretando los dientes.

Las olas encapillaban la popa del barco. Tarde o temprano alguna la alzaría más de la cuenta. El riesgo de que una guiñada lo atravesara al mar parecía inevitable. No tenía más opción. Alcanzó como pudo una hachuela que tenía estibada en el cofre de babor y sobre el balcón de popa retorcido sesgó la estacha golpeándola furiosamente.

El barco se lanzó proyectado hacia delante balanceándose sobre los costados. A duras penas podía gobernarlo y conseguir que derivará a suficiente velocidad sobre las olas como para permitirle superar los bajíos. Se alegró de tener un barco ligero, de quilla corta y esbelta.

El primer crujido sobre el costado le heló la sangre. El segundo le hizo acostarse en la bañera. Mientras, el lamento de las cuadernas de estribor, apagaba el ruido de las olas. El viejo Halcón clavó la orza y se apoyó sobre la banda de estribor al tiempo que giraba sobre sí mismo. Durante unos segundos dejó de derivar. Pensó que era el fin.

El impacto de la siguiente ola fue brutal, pero liberó el barco del fondo rocoso donde había embarrancado. Se adrizó derivando a más de tres nudos. Había superado el arrecife. Las olas ya no rompían con tanta intensidad aunque embarcaba demasiada agua por la herida abierta en su costado.
Frente a él, a un centenar de metros, la costa tajada entre la que se adivinaba un pequeño abra entre dos cantiles. Aprovechó la estrepada del barco para gobernar hacía él. Los balanceos eran constantes. La orza golpeaba y se liberaba alternativamente haciéndole rodar por la bañera.

El Halcón empezaba a perder velocidad, llevaba demasiada agua en su interior y encapillaba una ola tras otra provocando una guiñada que dirigió su proa hacia el cantil de babor proyectándolo contra la pared rocosa.

Tuvo el tiempo justo para dar un último golpe de timón y acostar la banda de babor sobre la roca. El mar le empujaba por popa rasgando el forro del casco contra el saliente, embocándolo dentro del abra. Recorrió, entre bandazos los pocos metros que le separaban de la costa hasta que la orza se clavó en el fondo. El agua comenzaba a superar la borda.

Alcanzó a nado la playa mientras la incipiente luna apenas traspasaba las nubes.

De bruces sobre la arena, con los ojos cerrados musitó.... sabor a sal, olor a azahar, azul en los ojos.
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:16.
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