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Antiguo 01-03-2008, 22:39
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Natachamar Natachamar esta desconectado
La Jefa
 
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Predeterminado Re: Los Relatos Del Iii Concurso

Un mal trago, de agua salada. (Jose4d)

Cuando Luís abrió los ojos estaba en el suelo. Dolorido, magullado, aturdido, empapado. En un acto reflejo se incorporó y giró la cabeza hacia sotavento. La ola que acababa de arrasar el barco y le había arrastrado por cubierta, estaba a pocos metros de las rocas del arrecife, estrellándose en una explosión de espuma y azules grisáceos.

La situación era grave, no, gravísima.

Notaba que esa última ola le había dejado “tocado” el brazo izquierdo, un dolor sordo, sin estridencias pero contundente le hizo pensar que ahora la batalla sería aún más difícil.

Hasta ahora las esperanzas de alejar el barco del la costa y capear de manera aceptable y sin muchos riesgos el repentino temporal le animaban a olvidarse de la fiebre, del hambre, del cansancio de una travesía rodeada de infortunados acontecimientos.

El velero no era suyo, aunque lo conocía. Había navegado en él bastantes veces y su aptitud positiva, sus ganas de trabajar, su buena predisposición para aprender, siempre dispuesto a cumplir las órdenes del patrón, le granjearon la amistad, la confianza, la consideración de Néstor, el armador.

Un viaje repentino de por cuestiones familiares de Néstor a su país, cuestiones familiares graves, dejando el barco en una náutica extraña a su base. El echo de tenerse que visitar el barco por un posible comprador ese mismo fin de semana , en su puerto de origen, la confianza del armador en su tripulante habitual, facilitaron que la idea de confiar el barco para el traslado a Luís. El estuvo encantado y Néstor se fue tranquilo y agradecido a sus compromisos.
Pero la tormenta apareció sin anunciarse en las predicciones ni en el barómetro.

Al principio intentó unos rizos. No fue suficiente, no tenia tanta experiencia como para enfrentarse a una tormenta, n siquiera a una pequeña. Después del fracaso de los rizos, guardó como pudo las velas, ya con unos vientos, rociones y oleaje considerables.

Pero... ahí empezaron los verdaderos problemas. Quien podía pensar que el motor iba a fallar, precisamente ahora, justo en el momento de máxima necesidad.

No se puso nervioso, o no del todo. Estaba a varia millas de la costa y tenia el barco aproado al oleaje. Aun podía aguantar. Revisó el depósito y había combustible. Revisó baterías y tenían carga, ¿que más podía revisar? Allí no había nada raro, todo estaba en su sito habitual. La preocupación aumentaba pero sabía que una actitud desesperada le conduciría a situaciones desesperantes.

De nuevo intentó una pequeña vela que le permitiera algo de gobierno. Lo justo para moverse y no quedar absolutamente a disposición de la creciente tormenta que adquiría proporciones más que preocupantes. Erró. Decidió desenrollar una pequeño triangulo del Génova, no tenia mas que una elección, o eso o izar apenas metro y medio de mayor. Y optó por lo primero.

La costa ya no estaba a varias millas, que va, estaba apenas a una milla y no precisamente en un lugar de playas, o cerca de un abrigo. La tormenta lo arrastraba hacia el único arrecife en las cuarenta millas del trayecto a recorrer. Parecía que un cabo tirara de el desde el arrecife. La situación comenzó a sobrepasarle de manera obvia. Se sentía abrumado, los pensamientos comenzaron a agolparse en su mente atropelladamente. Intentos de recuerdos de lecciones aprendidas, de consejos leídos, de comentarios sobre situaciones desesperadas narradas en las navegaciones no aportaban soluciones. Más bien al contrario le embotaba las ideas.

Volvió al motor, nuevos e infructuosos intentos de arrancar. El Génova, mal ajustado por las prisas, por el aturrullamiento de acciones desesperadas, se desenrolló solo y cabos, pertrechos y miedos viraron el barco poniéndolo de través. Las olas hicieron el resto. Dos, tres, continuos golpes de mar terminaron por desestabilizarlo. El barco quedó a merced de vientos y olas. La vela, ya casi totalmente desenrollada y con las escotas liadas en obenques, o en el agua, sonaba como un látigo.

Luís no sabía que atender primero. ¿Recoger cabos y escotas por toda la cubierta? ¿Seguir intentando la batalla del motor? Y recurrió a la radio.

Ya se encaminaba enfebrecido, asustado, dolorido por los bandazos y los golpes hacia el interior, cuando una nueva ola de una fuerza poco habitual le hizo perder el equilibrio y que cayera al interior dándose golpes con la mesa.

Se incorporó y sin buscar ni recordar procedimientos de comunicación hizo una llamada desesperada de la manera que en ese momento le salió, “salvamento marítimo, salvamento marítimo, salvamento marítimo, aquí Balaytus, Balaytus, Balaytus, frente al arrecife de Denia en situación comprometida, navegando en solitario y necesitando ayuda por próximo naufragio, ayuda por favor…..” y un nuevo bandazo le separó de la radio con el comunicador en la mano arrancando el cable.
Se levantó, vio en su mano el micrófono y el cable y comenzó a maldecir, a jurar y blasfemar.

Con lágrimas de rabia, de impotencia. Con desesperación. Mezclando blasfemias con peticiones una ayuda divina, subió con fuertes dolores a cubierta.

Directamente miró a la costa. Apenas a cien metros las rocas del arrecife parecían sonreírle con una mueca demoníaca, sin dejar de maldecir, de blasfemar y de pedirle a Dios ayuda volvió a intentar girar el timón para enfrentarse de proa a las olas y darse así algo de tiempo.

Ese fue el momento de la ola que le tumbó. La que le produjo el dolor del brazo, tal vez una luxación, o rotura o dios sabe que. Levantándose como pudo miró por última vez al arrecife. Estaba muy cerca. La ola estrellándose contra él le hizo pensar durante un segundo que ya no había salvación, y al girarse hacia barlovento, la botavara le golpeó en la cara como un mazo.
Los ojos se abrían empañados, borrosos, turbios.

Al primero que vio fue a Néstor, serio, preocupado. De pie. Se percató que la luz y el hecho de ver a Néstor mas alto que él se explicaba porque estaba acostado, pero el cuerpo se negaba a dar sensaciones. La vista se fue aclarando y la voz de Néstor tranquila, surgiendo entre una sonrisa le animó a prestar atención.

Estaba en un hospital, Tenia el cuerpo entumecido, vendado, sin fuerzas. Néstor le fue explicando que la guardia civil le había salvado en el último momento, en una operación que había supuesto varias medallas para alguno de sus miembros que habían jugado con el diablo para burlarle.

Según le contaron la lancha de la salvación llegó cuando estaba a menos de cincuenta metros del arrecife. Que no tenía nada grave salvo una paliza por todo el cuerpo. Que el barco había podido ser remolcado sin desperfectos graves. Que gracias a que el freno del ancla se había soltado, esta había caído enganchándose en unas rocas que aguantaron durante el tiempo suficiente para esperar la llegada de la lancha de salvamento. Había tenido suerte, mucha suerte.

En su primera visita al club náutico. Unas semanas después, aun con muletas y vendajes, lo primero que pidió fue que le acompañaran a la base del equipo de socorro. Allí se le humedecieron los ojos agradeciendo la acción de sus salvadores, que aceptaron unas cañas y una celebración por el buen resultado de la operación. Ya en el bar del club la emoción dejó paso a la aventura, a los relatos, a las batallitas y a las risas cuando recordaron la llamada de socorro. Y un compañero vecino del pantalón dijo en voz alta “vaya llamada de socorro, jajajajaja ¿pero que os enseñan en el P.E.R?” todos estallaron a reír.
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Editado por Natachamar en 02-04-2008 a las 00:18.
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