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Re: Rincón literario
Aquel hombre llegó a la playa
con la niebla parda del segundo mes. El mar, amo de la vida, suele agasajarnos con regalos tales cuatro días después de una tormenta. Lo abrigamos con pieles y sintió la forma en que crepita el fuego amigo. Famoso es nuestro asilo más allá de las tierras sin nieve. "¿De dónde vienes? ¿Naufragaste?", preguntaron las mujeres. Y más grande que la noche azul fue su silencio. Pero un día, ya nadie lo esperaba, pues había la luna mudado muchas veces, se alzó la primavera en la boca de aquel hombre, "Yo vine a contar aquello que le fue negado a los labios celestes", dijo. Y toda nuestra patria lo escuchó, y lo creímos. Extracto del poema épico islandés Keflareik, de autor anónimo. Alejandro Pedregosa. <<Los Labios Celestes>> PRE-TEXTOS |
Re: Rincón literario
Nicolás Serrano, un filósofo de treinta inviernos, víctima de la bilis y de los nervios, viajaba por consejo de la medicina, representada en un doctor, cansado de discutir con su enfermo. No estaba el médico seguro de que sanara Nicolás viajando; pero sí de verse libre, con tal receta, de un cliente que todo lo ponía en tela de juicio, y no quería reconocer otros males y peligros propios que aquellos de que tenía él clara conciencia. En fin, viajó Serrano, lo vio todo sin verlo, y regresaba a España, después de tres años de correr mundo, preocupado con los mismos problemas metafísicos y psicológicos, y con idénticas aprensiones nerviosas.
Era rico; no necesitaba trabajar para comer, y, aunque tenía el proyecto, ya muy antiguo en él, de dejarlo todo para los pobres y coger su cruz, esperaba, para poner en planta su propósito, a tener la convicción absoluta, científica, es decir, una, universal, verdadera y evidente de que semejante rasgo de abnegación estaba conforme con la justicia, y era lo que le tocaba hacer. Pero esta convicción no acababa de llegar: dependía de todo un sistema; suponía multitud de verdades evidentes, metafísicas, físicas, antropológicas, sociológicas, religiosas y morales, averiguadas previamente; de modo que mientras no resolviera tantas dudas y dificultades, continuaba siendo rico, desocupado, pero con poca resignación. Para él, las dudas y los dolores de cabeza y estómago, y aun de vientre, ya venían a ser una misma cosa; y veces había, sobre todo a la hora de dormirse, en que no sabía si su dolor era jaqueca o una cuestión psico-física atravesada en el cerebro. No era pedante ni miraba la filosofía desde el punto de vista de la cátedra o de las letras de molde, sino con el interés con que un buen creyente atiende a su salvación o un comerciante a sus negocios. Así que, a pesar de ser tan filósofo, casi nadie lo sabía en el mundo, fuera de él y su médico, a quien había tenido que confesar aquella preocupación dominante, para poder entenderse ambos. …/ Superchería.- Leopoldo Alas “Clarín” |
Re: Rincón literario
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Re: Rincón literario
Con vuestro permiso uno de mi cosecha de hace 6 ó 7 años, fue una temporada que no podía pensar en otra cosa, en todo momento mi cabeza no paraba de tratar de construir versos, cosas...
Luz de luna Cruzamos nuestros pasos ya perdidos de soledad, nos vamos y venimos por las sendas de la tarde en racimos con los ojos ciegos de luz, heridos en ausencias y recuerdos, abatidos, sin nombre, con la mano en los arrimos, como mendigos en los templos, pedimos urgiendo una mirada, suspendidos. Y nos alcanza la noche vestida de tristeza, tocada de luz plata, sin rumbo por las calles de la nada ni destello ni ágata escogida, sólo un sollozo en solo de sonata de la luna que brilla en la mirada. (Con toda la humildad) José Luis |
Re: Rincón literario
¡Cuántos poetas en esta taberna!
Gracias, Tronconegro. Un poco de historia, contada por un genial maestro. Como todas las ciudades de aquel tiempo, Cartago también hacía remontar sus orígenes a una especie de milagro y contaba su historia como una novela. Según la cual fue fundada por Dido, a quien más tarde sus conciudadanos veneraron como diosa, hija del rey de Tiro. Enviudó por culpa de su hermano que le mató el marido, luego se puso al frente de un grupo de secuaces en busca de aventuras y, desde el extremo oriental del Mediterráneo, zarpó con ellos hacia el Oeste a bordo de una nave. Haciendo cabotaje a lo largo de la costa meridional de África, rebasó Egipto, Cirenaica y Libia. Y al llegar, por fin, a una decena de millas del lugar donde hoy se alza Túnez, desembarcó y dijo a sus amigos: «Aquí construiremos la Ciudad Nueva.». Así la llamaron, efectivamente: Ciudad Nueva, como Nápoles y Nueva York, que en su lengua se decía Kart Hadasht y que luego los griegos tradujeron Karchedon y los romanos Carthago. Naturalmente, las cosas no acontecieron precisamente así. Pero es difícil saber cómo se desarrollaron en realidad, porque de Cartago, que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, también los romanos hicieron lo que habían hecho de Etruria: la redujeron a un cieno tal como para hacer casi imposible hoy, por falta de materiales, una reconstrucción exacta de su historia y de su civilización. Con seguridad la fundaron los fenicios, pueblo de raza y lengua semita como los hebreos, grandes mercaderes y navegantes que iban de un lado para otro con sus embarcaciones, vendiendo y comprando un poco de todo. No tenían miedo ni del diablo. Fueron los primeros marinos del Mundo que rebasaron las llamadas Columnas de Hércules, es decir, el estrecho de Gibraltar, para bajar por el Atlántico a lo largo de la costa de África y remontarlo a lo largo de la de España y Portugal. Sobre este itinerario habían fundado ya, cuando nació Roma, varios pueblos, que al principio debieron ser tan sólo un astillero y un bazar, o sea un mercado. Leptis Magna, Útica, Bizerta, Bona, tuvieron sin duda ese origen. Y Cartago fue su hermanita, acaso entre las más humildes, hasta que las circunstancias la hicieron más conspicua. Historia de Roma.- Indro Montanelli |
Re: Rincón literario
El traumatólogo, observando la radiografía me dijo: ves estas dos
vértebras aquí abajo -señalándomelas con su dedo- que no siguen la curvatura normal? pues ellas son las que irradian el dolor a las caderas y consiguen que se te queden las piernas dormidas, tiene operación pero aún eres joven para operar, la solución al problema es nadar, fortalecerás los músculos abdominales y el problema se te aliviará en poco tiempo. Ah bueno, vale vale, me dije yo, si sólo es eso ya nadaré, más adelante, a lo mejor se me pasa pronto, joé, con lo aburrido que es eso. Pero en plenas vacaciones el caminar se me hizo un suplicio, eso sí, me sentaba tres o cuatro minutos y podía seguir andando perfectamente, hasta que me volvía el dolor, y así, en los últimos días de vacaciones iba madurando la decisión: en abril empiezo en la piscina . . . y en ella estaba desde entonces y desde primera hora. Al acabar salía, me tomaba un café y llegaba a mi hora al trabajo. Por una vez en mi vida le hice caso al médico, pero no al día siguiente, no, sino casi al año de decírmelo. Empecé nadando una ridiculez de distancia y agobiado con el agua, con la respiración y hasta conmigo mismo, pero al poco tiempo ya era otra cosa, había conseguido nadar una hora seguida y salir de la piscina sin sudar, cosa que me fastidiaba mucho porque seguía sudando una vez fuera de ella y cuando llegaba al trabajo en vez de llegar parecía que salía. Y así con un poco de constancia al mes y medio se me fueron aliviando los dolores y poco después desaparecieron y además empezó a gustarme eso de nadar. ¿que para que cuento esto? para que veáis de que forma se pueden liar las cosas por un malentendido, esto fue lo que me ocurrió y os lo cuento de la mejor forma que sé y conforme van viniendo los recuerdos a mi cabeza. El caso es que en la piscina que iba había dos, una para los aventajados que ya sabían (joé, algunos parecían misiles rozaolas) y otra para personas mayores, minusválidos y niños, yo elegí esa, más que nada por las velocidades de vértigo de la otra y ahí empecé. Al principio en mi calle solíamos coincidir y nadar una señora y yo. Yo no la conocía de nada, sólo de verla allí y en cierto modo le tenía aprecio y aparte, me guardaba un secreto. Sí, uno de los días que llegaba yo andando a la piscina, como siempre pensando en mis asuntos, no ví un agujero colocado justo para que mi pie entrará en él, di un traspiés y caí hecho un trapo al suelo, no me hice daño, no había nadie en la calle, me levanté disimulando y en eso que miro al frente y la veo a ella maniobrando el coche para aparcar, ella también disimulaba mirando el retrovisor, sólo ella y yo sabemos de mi metedura de pata. Desde entonces le tuve bastante consideración. Yo, aunque no creo demasiado en el destino si pienso que a veces éste te utiliza para arrancarle una sonrisa a alguien, alguien al que también él utiliza situándolo delante de la escena, evidentemente. A veces llegaba yo antes, a veces ella, otras veces nos encontramos con una tercera persona, pero la mayoría de los días nadábamos los dos solos. Los dos nos otorgamos nuestras propias normas para recorrer la piscina, normalmente se va por la derecha y se vuelve por la izquierda, nosotros no, nosotros teníamos media calle para cada uno, evitábamos nadar en paralelo y sólo nos cruzábamos una vez en el recorrido así no nos molestábamos ni teníamos que ir pendientes el uno del otro. El trato era correcto y cuando nos veíamos por primera vez ambos correspondíamos al saludo con un movimiento de cabeza a la vez que esbozamos una leve sonrisa, quizás algo forzada pero sincera por mi parte, la verdad que a partir de ese momento me sentía a gusto, y pienso en mi enfermiza candidez que ella también. Cuando nadábamos yo la miraba disimuladamente por encima de la superficie del agua y por debajo. Con la serenidad que desprendía su mirada y con un proporcionado cuerpo, que aún no daba muestras de su declive y al que debía mantener a raya nadando, me fui formando una imagen de su existencia. Le suponía una vida tranquila, sosegada, libre de naderías e incapaz de molestarse por nada y por nadie, como se suele decir debía estar por encima del bien y del mal. En un par de meses hice verdaderos progresos y yo mismo decidí que el período de adaptación había terminado y como me vi preparado me pasé a la otra, entrando en el circuito de tres o cuatro nadadores por calle, además ésta tiene una línea medianera de referencia pintada en el fondo, como dispositivo separador de tráfico. Pero como todo en la vida, sobre todo en la mía, el nadar también tuvo sus altibajos y hubo un tiempo en que no es que me aburriese del todo el nadar sino que a pesar de seguir la rutina cada día y haberme recuperado de mis dolores, yo creo que al cien por cien, no mejoraba los tiempos en los recorridos, tampoco es que me preocupase en exceso, pero desde el principio fue un aliciente que yo me autoimpuse, y ahora al ver que no conseguía bajarlos me desmotivaba bastante. Pasaron los meses y de nuevo comenzó a venir a primera hora bastante más gente de la habitual, así es que en varias ocasiones, por retrasarme, me encontré mi segunda piscina saturada y me tenía que ir a la otra, la primera, donde seguía asistiendo la señora. Y entre idas y venidas de una piscina a otra un día saltó la chispa que prendió mi curiosidad y fue simplemente ver, de soslayo y bajo el agua, a medias los trazos de unas letras grabadas en la piel cuya otra mitad ocultaba el bañador de la señora. Ya había encontrado un nuevo aliciente y me marqué como objetivo descubrir la palabra. . . . Crónicas de la edad mediana - Guilem de Ventresca. |
Re: Rincón literario
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A mí, la verdad, es que desde pequeño me ha fascinado la magia de las letras, las palabras, formar una frase . . . y esa fascinación fue el motivo que me llevó a aprender, creo, a escribir y leer a edad muy temprana, incluso en inglés he ido de forma autodidacta aumentando mi vocabulario, conozco bastantes palabras como para expresarme sin dificultad escribiéndolo y leyéndolo, hablándolo es distinto. Incluso las palabras de los crucigramas también las cruzo con cierta soltura, no suelo dejar inacabado ninguno, aunque a veces recurro a las soluciones en busca de una o dos palabras, sobre todo para memorizarlas. Y esta palabra tenía que descubrirla como fuera, yo sabía que tenía que responder a alguna definición de aquella señora que nunca, nunca cambiaba de piscina. Al cabo de muchos días descubrí la palabra escrita cuando conseguí leer el pequeño tatuaje que llevaba en la cara exterior y en la parte alta de su muslo derecho, casi siempre oculto por el bañador, un tatuaje evidentemente colocado para verlo sólo en la intimidad, no para lucirlo públicamente. Ella cuidaba de que el bañador lo cubriese continuamente pero mientras recorría la calle no podía hacerlo, sólo cuando llegaba al borde y mientras daba el giro se lo ajustaba. Yo, largo tras largo, ajustaba la brazada para llevar la cabeza sumergida en los cruces con ella, pero imposible, tenía que acercarme mucho y girar francamente la cabeza para leerlo, y cuando no tenía las gafas con vaho las llevaba con agua. Así un día tras otro, hasta que un día, ya casi al final, conforme me iba acercando la vi parada en el borde, pensé que ella también había terminado e iba a salir, pero no, siguió en la misma posición. Tampoco pensé que no se hubiese ajustado el bañador, pero en mi última inmersión justo antes de tocar con la mano el borde giré la cabeza a la derecha y pude leer con toda claridad lo que ponía el tatuaje, en letra gótica y en color azul ponía: Reina. Ahora era yo el que compartía un secreto de la señora, evidentemente el destino también había tenido algo que ver. Seguí nadando algún tiempo más junto a la señora pero la asistencia se iba haciendo menos numerosa y un día decidí en el vestuario irme a la segunda, pero cuando llegué a la divisoria de ambas piscinas se me olvidó y automáticamente me vi bajando las escalerillas de la primera, me paré y pensé, dudé si irme ya o hacerlo al día siguiente, decidí quedarme una última vez, al día siguiente me iría, pero . . . ya no hubo siguiente día. Ese día, a pesar de las simples reglas que nos dimos desde un principio y del respeto que nos teníamos, surgió el accidente. Yo comienzo muy concentrado a nadar y cuando llevo cierto tiempo nadando, aún sin estar fatigado, me pongo a pensar en mis cosas, y casi siempre me despisto en los metros, en el tiempo no, porque me lleva la cuenta el cronómetro, no sé si yo en esa ocasión me acerque a la línea de crujía más de lo debido o fue ella, o los dos, el caso es que nos rozamos con las manos. Yo, si he de ser sincero, sí, note cierto golpe, pero inmediatamente pensé para mí que ella también advertiría que fue un simple roce sin, ni mucho menos, intención alguna y yo seguí nadando . . . y hasta el día de hoy, en que he visto en un posavasos, donde descansa un cuttyshark con gingerale, las letras del tatuaje con el mismo color y mismo tipo de letra, sigo pensando que fue un lamentable accidente cuyas consecuencias pagué con creces. No me pregunten el cómo ni el porqué pero su mano empezó a sangrar. Yo no llevo uñas largas, no me gustan e incluso a veces me las muerdo. La señora me llamó a voz en grito, recriminándome que la había lastimado, los gritos se oyeron por toda la piscina. Todas las cabezas se volvieron hacia donde estábamos y una vez que la sangre, que es muy escandalosa, tiñó de rojo el agua alrededor de nosotros surgieron las primeras voces acusándome de haber herido a la señora. Se formaron corrillos alrededor de la escalerilla por donde yo, entendiendo que era el camino más corto al botiquín, pretendía salir con la señora del brazo. Desde la orilla gesticulaban y parecía que me decían que la soltase, pero yo con el griterío no entendía nada, vino gente de la sala de musculación, otros de las bicicletas, otras se dejaron el aeróbic, los de la cafetería en pleno, nunca hubiera imaginado que a esa hora hubiese tanta gente allí, cuando de pronto se lanzaron al agua dos buceadores, por lo menos de combate, que, amenazantes, me indicaron que me alejase de allí, a pesar de que la señora ya no me recriminaba y como ausente accedía a dejarse llevar del brazo. Pero los insultos, el abucheo y los gestos de desprecio fueron increíbles, me decían de todo, parecía que conocían mi vida con pelos y señales, que si esto que si lo otro, no me dejaban ni salir del agua, y allí estuve hasta que se aburrieron. No sé cuanto tiempo estuve en el agua, sólo recuerdo las caras de desprecio de los últimos cuando se iban, mascullando insultos y volviendo la vista atrás de vez en cuando . . . entonces pude salir y vi al fondo al chico de la cafetería mirándome, pensé para mí: menos mal que hay alguien esperándome, pero rápidamente me dijo: tengo que cerrar ya, ¡eh! que por su culpa me he quedado aquí, y eso que siempre me muestro amable con él, le pago al servirme y siempre llevo el cambio justo por si no tiene para cobrar el café. Yo para no molestar más llegué al vestuario cogí la bolsa y tal como iba en bañador, con el gorro y las gafas puestas salí de la piscina. En la calle me sequé como pude, me metí en el coche y arranqué para irme pero ¿a dónde? Ya era muy tarde para ir a cualquier parte donde hubiese alguien más a parte de mí. Tal era el estado de desconcierto en que me encontraba que con las manos en el volante y la mirada detenida en el parabrisas comenzaron los interrogantes ¿qué había hecho yo?, ¿a quién había lastimado?, ¿tan importante era para que acudieran todos en su ayuda?, ¿por qué ese ensañamiento conmigo? Si me hubiese dejado me hubiese disculpado, le hubiese pedido perdón, aunque no se bien porqué, incluso le hubiese curado la herida a besos si me lo hubiera pedido . . . pero no, no me lanzó ningún cabo, tan señora como yo la consideraba y tanto como creía que nos respetábamos. Recorrí las calles, salí de la ciudad y me dejé llevar por la carretera de la costa . . . Crónicas de la mediana edad - Guilem de Ventresca. |
Re: Rincón literario
EL OTOÑO
http://blufiles.storage.live.com/y1p...07lfy1RZd7zuuY http://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gifhttp://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gifhttp://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gif http://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gif Esta mañana como cada día, paseaba por el parque antes de dirigirme al trabajo, para despertar mis sentidos, con el murmullo de sus hojas y el espectáculo de su grandiosa fuente, ( las fuentes me gustan, pequeñas y silenciosas, grandiosas y ruidosas, con un solo y solitario hilo de agua, o con miles de chorros componiendo graciosas figuras) Una gaviota despistada o quizas huyendo del chaparron que los oscuros nubarrones avecinaban, sobrevolaba la majestuosa glicinia que desde antaño cubre la pérgola que rodea la fuente, dejando tras de sí una estela fresca en esta mañana aún veraniega, pero ya con los claros signos del otoño oliendo en el aire, a la vez que los árboles anunciaban su llegada, con ese alboroto de hojas tan suyo. Mientras paseaba pensaba en algo que me dijo una conocida hace unos días, me hablaba sobre como notaba en su interior el proceso de curación, un equilibrio con todo lo que le rodeaba, sintiéndose mucho más tranquila consigo misma,, claro eso debe ser el otoño, me he dicho, así alguien me dijo hace poco en otoño se olvida lo malo del verano, sintiendo aún lejos el invierno.”http://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gif Es en otoño cuando el paisaje estalla en una sintonía de colores, y se visten los bosques de ardiente follaje, y los vientos otrora azules se salpican de ocas blancas, antes de dar la bienvenida a la monotonía invernal y es en otoño cuando losmontes son un autentico espectaculo de color y los caminos se vuelven mullidas alfombrashttp://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gif En otoño cuando la naturaleza parece que reúne sus últimas fuerzas en una explosión de colores (rojizos, dorados, luminosos) y sabores, ofreciendo a nuestros ojos un aspecto incandescente, es cuando el año se acerca a su término, el sol declina, la claridad disminuye y nuestra mirada se dirige hacia dentro el otoño es buen momento para recogerse, para revisar lo antiguo, plantar la serenidad, acallar las emociones, constatar que estas son como el agua de un arroyo que sino las controlamos pueden desbordarse con las lluvias venideras, el otoño es buen momento para descargar tensiones cual tormenta que alivia el bochorno del abrasador viento sur.http://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gif El otoño, es estación de quietud, de sentarse en la galería para ver golpear las gotas de lluvia y bailar las hojas , de pasearse por la orilla del mar y que las gotas de agua marina nos salpiquen el rostro, de sentir el viento que nos corta la respiración en los días de tormenta. Y cuando el otoño empieza a sentirse en los huesos ya ha llegado la hora de encender la chimenea y escuchar algo asi http://www.gifss.com/plantas/hojas/hoja.gifacurrucada en unos tiernos brazos en los que pasar el crudo y largo invierno |
Re: Rincón literario
Muy bonito, Farera. Reconozco que los colores del otoño son insuperables... pero lo encuentro demasiado melancólico. :o
Por cierto, Slocum, ¿quién es el tal Gilem de Ventresca? :nosabo: Confieso mi absoluta ignorancia. |
Re: Rincón literario
yo puedo ser muy melancolica, hasta pelin cursi :meparto: y tambien lo contrario, cosas de la vida:brindis:
Cita:
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Re: Rincón literario
Cita:
:cid5: :cid5: :cid5: Heyyy hola a todos!!!! que hace tanto que no vengo por aquí que ya me he olvidado cómo se contesta!!! Hoy invito con lo que quieran tomar! Salud camaradas :brindis: |
Re: Rincón literario
. . . me llevó allí donde he ido otras veces a pescar a la vez que aprovecho para pasar
unas horas meditando y recordando a un amigo que se fue. Aparqué en la explanada, cogí la telescópica que siempre llevo en el maletero y tal como iba en bañador eche a andar por la senda que bordea el acantilado, desde donde se ve a la derecha la playa cuya orilla, seguida con la vista, te conduce hacía el pueblo y cuando la vuelves hacia la izquierda te lleva hacía la punta y más allá al cabo. Desplegué la caña y la puse a mi lado, su presencia me servía de excusa. A esta playa venía de adolescente casi todos los veranos hasta que pasó lo que pasó y justo en el lugar que ahora mismo tengo delante, unos días después de mi boda, a él me regresan muchas veces los recuerdos. Desde pequeño mi mente siempre ha tenido cierta habilidad para trasladar mi pensamiento a un lugar remoto evitándome sufrimientos ante los cuales no puedo hacer nada para evitarlos y también es hábil para aislar, como en una cámara acorazada, los recuerdos desagradables. Esta última habilidad la adquirió bastante después. Me senté, cruce los brazos y me acurruqué junto a un peñasco, dejé vagar la mirada y con ella mis pensamientos. Recorría con la mirada las boyas señalizadoras de la almadraba y mentalmente delimitaba la zona donde pudo ocurrir el trágico accidente, imaginaba cómo habrían sido sus últimos momentos de conciencia pero los párpados se me cerraban y el sueño me atrapó. Desperté encogido de frío y sobresaltado por un sueño en el que me veía nadando y buceando por toda la ensenada como hacíamos cada verano en busca de pulpos. El sol había caído, recogí la caña y me dirigí de nuevo al coche. Entré, encendí el motor y conecté la calefacción, pronto recuperé calor y mi mundo poco a poco se fue remansando y ocupando su lugar en mi cabeza, sucesivamente pensé en mi familia, en mi casa y en mi trabajo, sí, en ese mismo orden y lentamente fueron ocupando el lugar del que habían sido expulsados. Recordé que en la bolsa llevaba el móvil y me bajé a cogerlo, lo tenía en silencio, lo ponía así para que no sonara mientras estaba nadando, por eso no oí las múltiples llamadas que tenía, llamé a casa y dije que ya iba para allá que me había quedado a comer con un representante y que nos estábamos despidiendo, en una media hora llegaría. De regreso iba pensando en olvidarme de la dichosa piscina, además ya estaba recuperado del problema que me llevó a ella, así es que debía abandonar lo que se había convertido en un agradable hobby, cualquiera volvía a ese lugar, yo por supuesto no. Al día siguiente llamé a un amigo al que llevo bastante tiempo sin ver y con el que compartí una época bastante buena, época en la que consolidamos una gran amistad, a prueba de todo, y a pesar de que ninguno nacimos junto al mar fuimos a conocernos en una ciudad que si lo tenía, donde con mucho esfuerzo terminó la carrera y materializó su sueño, montar un gabinete de psicología, aunque realmente su verdadero sueño, del que siempre seré testigo mudo y él lo será del mío, es regresar a su pueblo, echar un ganado y ser pastor. Después de recordar los buenos tiempos le conté lo que me sucedió pero no me dio respuestas sólo me dejó dos preguntas: ¿no tienes el mar cerca? ¿Cómo reaccionarías si alguien consciente o inconscientemente libera un fantasma al que tú encierras? Evidentemente el mar está y sigue estando aquí mismo, por eso en vez de piscina desde hace un año estoy yendo a nadar al mar y siempre a primera hora de la mañana también. Voy, varios días por semana, a una pequeña cala próxima, donde mi padre nos enseñó a nadar cuando nos vinimos a vivir aquí. Cada vez que veo la gran roca me acuerdo que de pequeño me parecía una isla lejana y ahora la veo tan cerca de la orilla que casi de un salto podría llegar a ella. Allí nado sin importarme el tiempo, la distancia ni los compañeros de calle, entro en el agua y me olvido de todo, me voy para no volver pero algo me devuelve a la orilla en el momento exacto. Me olvidé del cloro y ahora me impregno de salitre y yodo y respiro profundamente cada vez que emerjo para tomar aire, es indescriptible la sensación, serán varias pero se resumen en una sola: plenitud. Mezclo mi fuerza con su fuerza y lo abarco con mis brazos, lo agarro y me fundo con él, me siento tan vivo como él y así fundidos el uno en el otro me hago mar con él. A parte de la adecuada forma física que he conseguido reconozco que en este último año no sé lo que es un resfriado ni una otitis. Respecto a la segunda pregunta cuando dijo fantasmas, al instante me acordé de los míos. Los fantasmas son esos recuerdos en forma de mancha que nos hemos echado o nos ha echado la vida alguna vez, mancha que si tu no te obligas a dejar de ver y de limpiar continuamente siempre se te hará más presente y dolorosa y que normalmente nadie podrá evitártelo, sencillamente porque la ignora, no la ve o porque bastante tiene con las suyas. Y yo sigo ignorando, hasta el día de hoy, si aquella señora tiene o no tiene alguna mancha pero tengo muy claro que aquel mutuo golpe ni fue intencionado ni pretendió liberar ningún fantasma. Todo lo que sucedió a continuación fue una muestra del proceder de la masa en circunstancias en las que siempre los sentidos anulan la razón y poniéndose al lado del más débil zanja el asunto. Sé que los gritos de la señora, en una masa especialmente sensibilizada por las últimas y trágicas noticias, fueron el detonante para que dicha reacción se produjese pero . . . en este caso la única víctima fui yo, caso del que ya estoy repuesto y espero que la señora, a la que siempre tendré consideración, también. vuelvo a mirar el posavasos y lo único que se me ocurre es dejar escrito junto a la palabra Reina una imposible disculpa: lo siento. Crónicas de la mediana edad. -Guilem de Ventresca- ------------------------------------------- ------------------------------------------- no quiero citar, es que no me gustan las citas, siempre llego tarde a todas. Gracias Fareraa por tu intimista descripción del otoño. Crimilda, es de un autor novel, no es muy conocido. Flavio me alegro de verte por el foro, se nos está yendo el verano y ya podemos compartir un poquito de frío contigo, un abrazo. |
Re: Rincón literario
Se me ha ocurrido quitar el polvo a los libros. Por supuesto no he terminado...
Amor de sola una vista nace, vive, crece y se perpetua Diez años de mi vida se ha llevado en veloz fuga y sorda el sol ardiente, después que en tus dos ojos vi el Oriente, Lísida, en hermosura duplicado. Diez años en mis venas he guardado el dulce fuego que alimento, ausente, de mi sangre. Diez años en mi mente con imperio tus luces han reinado. Basta ver una vez grande hermosura; que una vez vista, eternamente enciende, y en l'alma impresa eternamente dura. Llama que a la inmortal vida trasciende, ni teme con el cuerpo sepultura, ni el tiempo la marchita ni la ofende. Amor constante más allá de la muerte Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día, y podrá desatar esta alma mía hora a su afán ansioso lisonjera; mas no, de esotra parte, en la ribera, dejará la memoria, en donde ardía: nadar sabe mi llama la agua fría, y perder el respeto a ley severa. Alma a quien todo un dios prisión ha sido, venas que humor a tanto fuego han dado, medulas que han gloriosamente ardido, su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado. Francisco de Quevedo |
Re: Rincón literario
Amor casi de un vuelo me ha encumbrado
adonde no llegó ni el pensamiento; mas toda esta grandeza de contento me turba, y entristece este cuidado, que temo que no venga derrocado al suelo por faltarle fundamento; que lo que en breve sube en alto asiento, suele desfallecer apresurado, mas luego me consuela y asegura el ver que soy, señora ilustre, obra de vuestra sola gracia, y que en vos fío: porque conservaréis vuestra hechura, mis faltas supliréis con vuestra sobra, y vuestro bien hará durable el mío. Fray Luis de León |
Re: Rincón literario
Llevo tu corazón conmigo,
lo llevo en mi corazón. Nunca estoy sin él donde quiera que voy, vas tú amada mía, y lo que sea que yo haga es tu obra. No temo al destino, ya que tu eres mi destino. No quiero ningún mundo, porque tu eres mi mundo, mi certeza. Y eso es lo que eres tú. Lo que sea que una luna siempre pretendió, lo que sea que un sol quiera ser. Este es el secreto más profundo que nadie conoce. Esta es la raíz de la raíz, el brote del brote, el cielo del cielo de un árbol llamado vida, que crece más alto de lo que el alma puede esperar o la mente ocultar. Es la maravilla que mantiene a las estrellas separadas. Llevo tu corazón. Lo llevo en mi corazón. E.E. Cummings - Llevo tu corazón |
Re: Rincón literario
Je, je, je. :cunao:
Esto de quitar polvo a los libros entretiene mucho. He escaneado una hoja cortada de no sé dónde y olvidada en uno de ellos. Es un magnífico ejemplo de ironía. ¿O es sarcasmo?.De todas formas, ahí va. http://i35.tinypic.com/17g0b4.jpg :brindis: |
Re: Rincón literario
Me acaban de enviar este texto. He pensado que el Rincón literario era un buen lugar para dejarlo. O tal vez ya lo hayáis subido vosotros. Pero me ha gustado mucho.
Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer a un alma, y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad. Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, ni promesas... comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto y aprenderás a construir hoy todos tus caminos, porque el terreno de mañana es incierto para los proyectos y el futuro tiene la costumbre de caer en el vacío. Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado...Aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitarás perdonarlas... Aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma.... Descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos destruirla y que tu también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de la vida. Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo a pesar de las distancias y que no importa qué es lo que tienes, sino a quién tienes en la vida y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir. Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian. Te darás cuenta que puedes pasar buenos momentos con tu mejor amigo haciendo cualquier cosa o simplemente nada, sólo por el placer de disfrutar su compañía. Descubrirás que muchas veces tomas a la ligera a las personas que más te importan y por eso siempre debemos decir a esas personas que las amamos, porque nunca estaremos seguros de cuándo será la última vez que las veamos. Aprenderás que las circunstancias y el ambiente que nos rodea tienen influencia sobre nosotros, pero nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos. Comenzarás a aprender que no nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queramos imitarlos para mejorar. Descubrirás que se lleva mucho tiempo para llegar a ser la persona que quieres ser, y que el tiempo es corto. Aprenderás que no importa a dónde llegaste, sino a dónde te diriges y si no lo sabes, cualquier lugar sirve... Aprenderás que si no controlas tus actos, ellos te controlarán y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad, porque no importa cuán delicada y frágil sea una situación: siempre existen dos lados. Aprenderás que héroes son las personas que hicieron lo que era necesario, enfrentando las consecuencias... Aprenderásque la paciencia requiere mucha práctica. Descubrirás que algunas veces, la persona que esperas que te patee cuando te caes, tal vez sea una de las pocas que te ayuden a levantarte. Madurar tiene más que ver con lo que has aprendido de las experiencias, que con los años vividos. Aprenderás que hay mucho más de tus padres en ti de lo que supones. Aprenderás que nunca se debe decir a un niño que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes y sería una tragedia si lo creyese porque le estarás quitando la esperanza. Aprenderás que cuando sientes rabia, tienes derecho a tenerla, pero eso no te da el derecho a ser cruel. Descubrirás que sólo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede, porque hay personas que nos aman, pero que no saben cómo demostrarlo... o siempre es suficiente ser perdonado por alguien, algunas veces tendrás que aprender a perdonarte a ti mismo. Aprenderás que con la misma severidad con que juzgas, también serás juzgado y en algún momento condenado. Aprenderás que no importa en cuántos pedazos tu corazón se partió, el mundo no se detiene para que lo arregles. Aprenderás que el tiempo no es algo que pueda volver hacia atrás, por lo tanto, debes cultivar tu propio jardín y decorar tu alma, en vez de esperar que alguien te traiga flores. Entonces y sólo entonces sabrás realmente lo que puedes soportar; que eres fuerte y que podrás ir mucho más lejos de lo que pensabas cuando creías que no se podía más. ¡Es que realmente la vida vale cuando tienes el valor de enfrentarla!. William Shakespeare. |
Re: Rincón literario
"Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está. ¡Oh, hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte, y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto de este mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, ¡oh, hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra. Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso, que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos han subido a la suma dignidad pontificia o imperatoria; y de esta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho, si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula alguno de tus parientes, no lo deseches ni le afrentes, antes lo has de acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie le desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida, con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún enemigo tuyo, aparta las mientes de tu injuria, y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más veces serán sin remedio, y si le tuviere, será a costa de tu crédito y aún de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y, en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los tributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible; casarás tus hijos como quieres; títulos tendrán ellos y tus nietos; vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y, en los últimos pasos de la vida, te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos." Don Quijote de la Mancha -Miguel de Cervantes. Miguel de Cervantes también pone en boca de Don Quijote estos consejos para Sancho, consejos mas bien para andar por . . . la ínsula. |
Re: Rincón literario
Sentenciosos estáis, pardiez. Yo, para compensar, traigo algo más ligero. Y no es por llevar la contraria. :santo:
En la colina, que la hora morada va tornando oscura y medrosa, el pastorcillo, negro contra el verde ocaso de cristal, silba en su pito, bajo el temblor de Venus. Enredadas en las flores, que huelen más y ya no se ven, cuyo aroma las exalta hasta darles forma en la sombra en que están perdidas, tintinean, paradas, las esquilas claras y dulces del rebaño, disperso un momento, antes de entrar al pueblo, en el paraje conocido. —Zeñorito, zi eze gurro juera mío... El chiquillo, más moreno y más idílico en la hora dudosa, recogiendo en los ojos rápidos cualquier brillantez del instante, parece uno de aquellos mendiguillos que pintó Bartolomé Esteban, el buen sevillano. Yo le daría el burro... Pero ¿qué iba yo a hacer sin ti, Platero? La luna, que sube, redonda, sobre la ermita de Montemayor, se ha ido derramando suavemente por el prado, donde aún yerran vagas claridades del día; y el suelo florido parece ahora de ensueño, no sé qué encaje primitivo y bello; y las rocas son más grandes, más inminentes y más tristes; y llora más el agua del regato invisible... Y el pastorcillo grita, codicioso, ya lejos: — ¡Ayn! Zi eze gurro juera míooo... Platero y yo.- Juan Ramón Jiménez :brindis::brindis: |
Re: Rincón literario
¡Qué barbaridad, cuantas peticiones! Quiero..., quiero..., quiero.
¡Y dice sin condiciones! ¡A ver que piensa que quiere el otro! No me hagas caso Chiqui, pero es que no entiendo muy bien a estos que dicen que no ponen condiciones y están exigiendo como quieren que sea o actue el otro. ¿Y si al otro le gusta juzgar, aconsejar, decidir...? Si no te interesa te vas, o ni siquiera te acercas, pero no le dices que cambie él. :meparto::meparto: Bueno yo venía a poner algo sencillito :santo:. PAPEL PRIMERO (Publicado en febrero de 1827) I.- ADVERTENCIA DE UN HOMBRE MORBOSAMENTE VIRTUOSO La mayoría de los que leemos libros tenemos noticias de una Sociedad para el Fomento del Vicio, del Club del Fuego del Infierno, fundado en el siglo pasado por Sir Francis Dashwood, etc. Creo que fue en Brighton donde se fundó una Sociedad para la Supresión de la Virtud. Esa sociedad se suprimió, pero tengo el sentimiento de decir que existe otra en Londres de un carácter más atroz aún. Por su tendencia puede denominarse Sociedad para el Fomento del Asesinato, pero según su propio y delicado εύφημισμός, se llama la Sociedad de Peritos en el Asesinato. Estos declaran ser curiosos del homicidio, aficionados y dilettanti de los diversos modos de la matanza y, en una palabra, caprichosos del crimen. Toda atrocidad de esa clase revelada por los anales de la policía europea hace que se reúnan para criticarla como si se tratara de una pintura, de una estatua o de otra obra de arte. Pero no tengo que esforzarme e intentar describir el tono de sus procedimientos, pues el lector lo deducirá mucho de una de las conferencias mensuales leídas ante la Sociedad el año pasado. Ha caído en mis manos incidentalmente, a pesar de toda la vigilancia que ejercen para que sus deliberaciones no sean conocidas por el público. Esta publicación los alarmará, y ése es mi propósito. II.- La Conferencia Señores: He tenido el honor de ser designado por vuestro comité para la difícil tarea de leer la Conferencia Williams sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes, tarea que podía ser bastante fácil hace tres o cuatro siglos, cuando el arte era poco comprendido y se conocían pocos modelos de altura; pero en esta época, cuando se han realizado excelentes obras maestras por hombres profesionales, es evidente que el público buscará en el estilo de la crítica que se haga de ellas una perfección en consonancia. Práctica y teoría deben avanzar pari passu. La gente empieza a darse cuenta que en la composición de un bello crimen intervienen algo más que dos imbéciles, uno que mata y otro que es asesinado, un cuchillo, una bolsa y una callejuela oscura. Un designio, señores, la agrupación de las figuras, luz y sombra poesía, sentimiento, se consideran indispensables ahora para intentos de esa naturaleza. Mr. Williams ha exaltado el ideal del asesinato en todos nosotros y a mí, en particular, me ha hecho con ello más difícil la tarea de hoy. …. El asesinato, considerado como una de las bellas artes.- Tomas de Quincey. (Esta versión española es de la edición de 1966). |
Re: Rincón literario
Pelea con la Xelma
Y de parte de tarde descubrimos un bajel al parecer grandísimo, como lo era; tomámosle por la juga por no perderle; y así nos encontramos a medianoche, y con el artillería lista le preguntamos «¿Qué bajel?». Respondió «Bajel que va por la mar». Y como él venía listo también, porque de un bajel no se le daba nada, a causa que traía más de cuatrocientos turcos dentro y bien artillado, dionos una carga que de ella nos llevó al otro mundo diecisiete hombres, sin algunos heridos. Nosotros le dimos la nuestra, que no fue menos. Abordámonos y fue reñida la pelea, porque nos tuvieron ganado el castillo de proa y fue trabajoso el rechazarlos a su bajel. Quedámonos esta noche hasta el día con lo dicho, y amaneciendo nos fuimos para él, que no huyó, pero nuestro capitán usó de un ardid que importó, dejando en cubierta no más de la gente necesaria y cerrados todos los escotillones, de suerte que era menester pelear o saltar a la mar. Fue reñida batalla, que les tuvimos ganado el castillo de proa muy gran rato, y nos echaron de él, con que nos desarrizamos y le combatíamos con el artillería, que éramos mejores veleros y mejor artillería. Aquí vi dos milagros este día que son para dichos: y es que un artillero holandés se puso a cargar una pieza descubierto y le tiraron con otra de manera que le dio en medio de la cabeza, que se la hizo añicos, y roció con los sesos a los de cerca, y con un hueso de la cabeza dio a un marinero en las narices, que de nacimiento las tenía tuertas. Y después de curado, quedaron las narices tan derechas como las mías, con una señal de la herida. Otro soldado estaba lleno de dolores que no dejaba dormir en los ranchos a nadie, echando por vidas y reniegos. Y aquel día le dieron un cañonazo o bala de artillería raspándole las dos nalgas, con lo cual jamás se quejó de dolores en todo el viaje, y decía que no había visto mejores sudores que el aire de una bala. Pasamos adelante con nuestra pelea aquel día a la larga, y viniendo la noche trató el enemigo de hacer fuerza para embestir en tierra, que estaba cerca, y siguiéndole nos hallamos todos dos muy cerca de tierra, con una calma, al amanecer, día de Nuestra Señora de la Concepción, y el capitán mandó que todos los heridos subiesen arriba a morir, porque dijo «Señores, o a cenar con Cristo o a Constantinopla». Subieron todos, y yo entre ellos, que tenía un muslo pasado de un mosquetazo y en la cabeza una grande herida que me dieron al subir en el navío del enemigo, con una partesana, el día antes cuando ganamos el castillo de proa. Llevábamos un fraile carmelita calzado por capellán y díjole el capitán «Padre, échenos una bendición, porque es el día postrero». El buen fraile lo hizo, y acabado mandó el capitán a la fragata que nos remolease hasta llegar al otro bajel, que estaba muy cerca; y abordándonos fue tan grande la escaramuza que se trabó que, aunque quisiéramos apartarnos, era imposible, porque había echado un áncora grande, con una cadena, dentro del otro bajel, porque no nos desasiéramos. Duró más de tres horas y al cabo de ellas se conoció la victoria por nosotros, porque los turcos, viéndose cerca de tierra, se comenzaron a echar a la mar, y no veían que nuestra fragata los iba pescando. Acabóse de ganar, con que después de haber aprisionado los esclavos se dio a saquear, que había mucho y rico. Y eran tantos los muertos que había dentro que pasaban doscientos cincuenta, y no los habían querido echar a la mar porque nosotros no lo viéramos. Echámoslos nosotros y vi aquel día cosa que para que se vea lo que es ser cristiano; digo que entre los muchos que se echaron a la mar muertos, hubo uno que quedó boca arriba, cosa muy contrario a los moros y turcos, que en echándolos muertos a la mar, al punto meten la cara y cuerpo hacia abajo y los cristianos hacia arriba. Preguntamos a los turcos que teníamos esclavos que como aquél estaba boca arriba, y dijeron que siempre lo habían tenido en sospecha de cristiano y que era renegado bautizado, y cuando renegó era ya hombre, de nación francesa. Discurso de mi vida desde que salí a servir al rey, de edad de catorce años . . . - Alonso de Contreras - |
Re: Rincón literario
Las cosas
El bastón, las monedas, el llavero, La dócil cerradura, las tardías Notas que no leerán los pocos días Que me quedan, los naipes y el tablero, Un libro y en sus páginas la ajada Violeta, monumento de una tarde Sin duda inolvidable y ya olvidada, El rojo espejo occidental en que arde Una ilusoria aurora. Cuántas cosas, Limas, umbrales, atlas, copas, clavos, Nos sirven como tácitos esclavos, Ciegas y extrañamente sigilosas Durarán más allá de nuestro olvido; No sabrán nunca que nos hemos ido. Jorge Luís Borges Canción Ven, muerte, tan escondida que no te sienta conmigo, porque el gozo de contigo no me torne a dar la vida. Ven como rayo que hiere, que hasta que ha herido no se siente su rüido por mejor herir do quiere; así sea tu venida, si no, desde aquí me obligo que el gozo que habré contigo me dará de nuevo vida. Comendador Escrivá. Siglo XV. … Vosotros, que lograsteis vuestros sueños, ¿qué entendéis de sus ansias malogradas? Vosotros, que gozasteis y sufristeis, ¿qué comprendéis de sus eternas lágrimas? Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos son como niebla que disipa el alba, i qué sabéis del que lleva de los suyos la eterna pesadumbre sobre el alma! Cuando en la planta con afán cuidada la fresca yema de un capullo asoma, lentamente arrastrándose entre el césped, le asalta el caracol y la devora. Cuando de un alma atea, en la profunda oscuridad medrosa brilla un rayo de fe, viene la duda y sobre él tiende su gigante sombra. … Los tristes.- Rosalía de Castro |
Re: Rincón literario
Bonito hilo. Me he detenido en algunas y ha valido la pena. Después del recorrido he echado de menos "El embargo", de Gabriel y Galan. Sobre el "papel" pierde fuerza. Mejor si te la recitan. La escuché siendo adolescente en boca de un profesor de literatura. Cuando la releo intento recordar aquella lectura y todavía se me ponen como escarpias ("porque aquí lo jinco delanti usté mesmo..."). :tequiero:
Señol jues, pasi usté más alanti y que entrin tos esos, no le dé a usté ansia no le dé a usté mieo... Si venís antiayel a afligila sos tumbo a la puerta. ¡Pero ya s'ha muerto! ¡Embargal, embargal los avíos, que aquí no hay dinero: lo he gastao en comías pa ella y en boticas que no le sirvieron; y eso que me quea, porque no me dio tiempo a vendello, ya me está sobrando, ya me está gediendo! Embargal esi sacho de pico, y esas jocis clavás en el techo, y esa segureja y ese cacho e liendro... ¡Jerramientas, que no quedi una! ¿Ya pa qué las quiero? Si tuviá que ganalo pa ella, ¡cualisquiá me quitaba a mí eso! Pero ya no quio vel esi sacho, ni esas jocis clavás en el techo, ni esa segureja ni ese cacho e liendro... ¡Pero a vel, señol jues: cuidaíto si alguno de ésos es osao de tocali a esa cama ondi ella s'ha muerto: la camita ondi yo la he querío cuando dambos estábamos güenos; la camita ondi yo la he cuidiau, la camita ondi estuvo su cuerpo cuatro mesis vivo y una nochi muerto! ¡Señol jues: que nenguno sea osao de tocali a esa cama ni un pelo, porque aquí lo jinco delanti usté mesmo! Lleváisoslo todu, todu, menus eso, que esas mantas tienin suol de su cuerpo... ¡y me güelin, me güelin a ella ca ves que las güelo!... |
Re: Rincón literario
muchas gracias Juan Capanegra por traer a uno de los mejores poetas del 98, a mi juicio. si, es verdad aun no había salido, quizás sea por que el castúo no se entiende bien. mantuvo correspondencia con unamuno, el cual fue su mentor e introductor en los círculos literarios de la época. sus recuerdos de infancia y juventud en tierras de castilla y, su amor por las tierras y por las gentes del pueblo llano extremeño encontraron en este dialecto, el castúo, su mejor forma de expresión. a mi si que me gusta mucho. es curioso que en este embargo de la cama . . . la cama fuese una de las pocas cosas que en aquel tiempo la ley ya no permitía su embargo.:brindis:
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Re: Rincón literario
de todas formas yo quería poner esto:
. . . Todo empezó a medianoche cuando desde el San juan de Recalde, vigilante de la retaguardia, se divisaron grandes luces en la Armada enemiga, luces que eran embarcaciones de fuego, primero dos y luego hasta ocho que arrastradas por la corriente se internaron en nuestro fondeadero con las velas desplegadas. El duque dio órdenes y varios botes se dispusieron a apresar y remolcar hasta la costa a aquellas naves de la muerte. Con esfuerzo, habilidad y bravura, una pinaza de Oquendo, la Guadalupe consiguió clavar el garfio en el primero; un patache de don Pedro Valdés agarró al segundo con el cable y el áncora, pero ya nada se pudo hacer con los demás que como rayos venían hacia nosotros; el alquitrán, la pez y la resina prendidos en su interior hacían estallar los cañones desparramando una lluvia de chispas y balas contra los cascos de las naves, como si de un gigantesco toro de fuego se tratara. Todo el mundo hizo memoria y recordó los terroríficos «mecheros del infierno» de Amberes del famoso Giambelli que ahora trabajaba para la reina inglesa, según se dijo luego en el San Martín. Entre la confusión y el pánico se aconsejó levar anclas e internarse en el mar para que los brulotes empujados por el viento terminaran su infernal carrera en la playa; luego se fondearía de nuevo en el mismo lugar. Casi todas las naves soltaron amarras y se dispersaron por las aguas perdiendo en la escapada aparejos y áncoras. La formación, que con tanto celo hacía guardar Medina Sidonia, se deshizo y los daños fueron grandes, pues las naos, sin el gobierno de las áncoras, intentaban maniobrar para no ser arrastradas por las corrientes y el viento del noroeste hacia los arenales. Todos lo que se han embarcado alguna vez saben que el fuego es el peor enemigo de un navío; el velamen agitado por el viento, el cordaje embreado y la madera reseca por el aire y el sol arden como la yesca, así que todo nuestro empeño era escapar del infierno de los brulotes. El primero de ellos pasó tan cerca del galeón Real que todos creímos que se estrellaba contra nosotros. Desde La Trinidad Valencera rogaron al duque que abandonara el San Martín y se refugiase en la fortaleza de Calais, a lo que de inmediato se negó por parecerle deshonroso el consejo. . . . Aquellas costas de Inglaterra. -Blanca Sanz- El principio . . . del fin, vaya. |
Re: Rincón literario
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Viendo entonces nuestro Señor cuán difícilmente luchaba el Almirante con tantos contradictores, quiso que el jueves, a 11 de Octubre, después de mediodía, cobrasen mucho ánimo y alegría, porque tuvieron manifiestos indicios de estar ya próximos a tierra, pues los de la Capitana vieron pasar cerca de la nave un junco verde, y después un gran pez verde, de los que no se alejan mucho de los escollos; luego, los de la carabela Pinta vieron una cana y un palo, y tomaron otro palo labrado con artificio, y una tablilla, y una mata arrancada de la hierba que nace en la costa. Otros semejantes indicios vieron los de la carabela Niña, y un espino cargado de fruto rojo, que parecía recién cortado, por cuyas señales y por lo que dictaba su razonable discurso, teniendo el Almirante por cosa cierta que estaba próxima a tierra, ya de noche, a la hora en que se acababa de decir la Salve Regina que los marineros acostumbran cantar al atardecer, habló a todos en general, refiriendo las mercedes que Nuestro Señor les había hecho en llevarlos tan seguros y con tanta prosperidad de buenos vientos y navegación, y en consolarlos con señales que cada día se veían mucho mayores; y rogóles que aquella noche velasen con atención, recordando que bien sabían, cómo en el primer capítulo de la instrucción dada por él a todos los navíos en Canarias, mandaba a éstos que después que hubiesen navegado setecientas leguas al Poniente, sin haber hallado tierra, no caminasen desde media noche hasta ser de día, a fin de que, si el deseo de tierra no daba resultado, al menos, la buena vigilancia supliese a su buen ánimo. Y porque tenía certísima esperanza de hallar tierra, mandó que aquella noche, cada uno vigilase por su parte, pues a más de la merced que Sus Altezas habían prometido de diez mil maravedís anuales de por vida al primero que viese tierra, él le daría un jubón de terciopelo. Esto dicho, dos horas antes de media noche, estando el Almirante en el castillo de popa, vio una luz en tierra; pero dice que fue una cosa tan dudosa, que no osó afirmar fuese tierra, aunque llamó a Pedro Gutiérrez, repostero del Rey Católico, y le dijo que mirase si veía dicha luz; aquél respondió que la veía, por lo que muy luego llamaron a Rodrigo Sánchez de Segovia, para que mirase hacia la misma parte; mas no pudo verla, porque no subió pronto donde podía verse, ni después la vieron, sino una o dos veces, por lo cual pensaron que podía ser una candela o antorcha de pescadores, o de caminantes, que alzaban y bajaban dicha luz, o, por ventura, pasaban de una casa a otra, y por ello desaparecía y volvía de repente con tanta presteza que pocos por aquella señal creyeron estar cercanos a tierra. Pero, yendo con mucha vigilancia, siguieron su camino hasta que dos horas después de media noche la carabela Pinta, que por ser gran velera, iba muy delante, dio señal de tierra; la cual vio primeramente un marinero llamado Rodrigo de Triana cuando estaban separados de tierra, dos leguas. Pero, la merced de los 10.000 maravedís no fue concedida por los Reyes Católicos a éste, sino al Almirante, que había visto la luz en medio de las tinieblas, denotando la luz espiritual que por él era introducida en aquellas obscuridades. Estando, pues, entonces, cerca de tierra, todos los navíos se pusieron a la cuerda, o al reparo, pareciéndoles largo el tiempo que quedaba hasta el día, para gozar de una cosa tan deseada. . . . Historia del Almirante -Hernando Colón- . . . otro principio. |
Re: Rincón literario
Hay ciento noventa y tres especies vivientes de simios y monos. Ciento noventa y dos de ellas están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo sapiens. Esta rara y floreciente especie pasa una gran parte de su tiempo estudiando sus más altas motivaciones, y una cantidad de tiempo igual ignorando concienzudamente las fundamentales. Se muestra orgulloso de poseer el mayor cerebro de todos los primates, pero procura ocultar la circunstancia de que tiene también el mayor pene, y prefiere atribuir injustamente este honor al vigoroso gorila. Es un mono muy parlanchín, sumamente curioso y multitudinario, y ya es hora de que estudiemos su comportamiento básico.
Yo soy zoólogo, y el mono desnudo es un animal. Por consiguiente, éste es tema adecuado para mi pluma, y me niego a seguir eludiendo su examen por el simple motivo de que algunas de sus normas de comportamiento son bastante complejas y difíciles. Sírvame de excusa el hecho de que, a pesar de su gran erudición, el Homo sapiens sigue siendo un mono desnudo; al adquirir nuevos y elevados móviles, no perdió ninguno de los más vivos y prosaicos. Esto es, frecuentemente, motivo de disgusto para él; pero sus viejos impulsos le han acompañado durante millones de años, mientras que los nuevos le acompañan desde hace unos milenios como máximo... y no es fácil sacudirse rápidamente de encima la herencia genética acumulada durante todo su pasado evolutivo. El mono desnudo.- Desmond Morris |
Re: Rincón literario
¿Se considera literatura los libros de cocina?........Ahí va una muestra.
PLATOS PRINCIPALES En el mundo árabe se denomina a estos platos como los básicos de la mesa. En occidente y en otras culturas es habitual presentar como entrante un primer plato suave, un segundo plato más consistente y finalmente el tercero, que representa el plato fuerte y básico. Entonces, los comensales comentan los diferentes platos que han consumido. En el mundo árabe, en cambio, únicamente se menciona el plato básico, a pesar de que junto a éste se presentan infinidad de platos. Así pues, ante la pregunta clásica que hacen los árabes ¿que has comido en casa de fulano?, la respuesta se refiere siempre al plato principal, ignorando totalmente el resto. Los platos principales contienen detalles inequívocos y significativos del rango tanto del huésped como del anfitrión. El árabe, tradicional y maquinalmente, siempre presenta sus mejores platos al desconocido y el incumplimiento de este deber es imperdonable. En cambio, esto no tienen el mismo sentido para y con los familiares y amigos. Está mal visto que un anfitrión de escasos recursos ofrezca un manjar extraordinario a un rico conocido suyo y en cambio se considera un rasgo de gran generosidad si lo hace con un pobre o con un amigo de igual rango social. Con los ricos ocurre todo lo contratio; no está bien valorado que ofrezcan un gran festín a sus amigos, conocidos o familiares cuyo rango socioeconómico sea inferior, porque este hecho fácilmente podría interpretarse como una exhibición y ostentación insultantes. "Aroma Árabe" Salah Jamal |
Re: Rincón literario
Very, es que hay libros de cocina... y libros de cocina con guarnición :meparto:
Yo traigo hoy un fragmento de una novela de piratas. Piratas de novelas de mi niñez, piratas descritos de una forma, que nada tiene que ver con la de hoy. Algunos eran caballeros ante todo. :santo: Don Diego de Mendoza bajó su acero, realmente sorprendido. Nunca hubiera podido imaginar que aquel pirata tan diestro con la espada fuese una mujer. En el navío resonó un griterío largo tiempo contenido: los partidarios de don Diego le aclamaron como vencedor mientras los asaltantes del galeón rendían sus armas. La joven, con los ojos llameantes, se dirigió al capitán: -¿No tomáis mi vida como botín? -Su voz era bien timbrada y sonaba agradablemente. ¡He sido vencida! -Ignoro cuáles son las causas que os han lanzado a esta aventura, señora mía --dijo cortésmente Mendoza-. Mas para un español, una dama tiene siempre todos los honores y es digna de respeto. No habéis sido vencida por mí, sino por la suerte, y yo os devuelvo la libertad. La mujer le miró sorprendida. Una sonrisa parecía que iba a dibujarse sobre la fina línea de sus labios, pero se disipó pronto. -En verdad que sois bien extraño, señor. No sé cuál es vuestro nombre ni qué significa esa extraña bandera que lleva vuestro galeón. Yo me llamo Catalina. -Mi nombre es don Diego de Mendoza y Díaz de Solís -se presentó el español- Y viajo en estos mis galeones persiguiendo a los corsarios ingleses. -¿Es cierto? -preguntó la joven, reanimada- . ¡Qué rara coincidencia! También aborrezco yo a esos piratas y procuro combatirles. -¿Quién sois, señora? -Ya os he dicho mi nombre. Es cuanto debo deciros. Hace tiempo que navego por estos mares en cumplimiento de un propósito: acabar con Drake y sus secuaces. --Puesto que nuestros fines son los mismos, ¿Por qué no unimos nuestras fuerzas? -Me parece una buena idea -afirmó la bella joven-. Yo tengo dos galeras y vos dos galeones. Por cierto que si os hemos atacado es porque mi piloto reconoció vuestros barcos como pertenecientes a Drake. ¿Es cierto? -De él fueron, pero ahora son de España. Se los he arrebatado frente a Puerto de Caballos. La marca del corsario.- Luís Iglesias de Souza. |
Re: Rincón literario
Entonces dijo Gangleri:
“¿Qué será después, cuando se hayan quemado el cielo y la tierra y todo el mundo, y hayan muerto todos los dioses y todos los einherjar y toda la humanidad? ¿Dijisteis antes que los hombres vivirán en un mundo para siempre?”. Entonces dijo Thridi: “Habrá muchos lugares buenos y muchos malos. El mejor estará en Gimlé, en el cielo, y se beberá allí magníficamente, y los que quieran disfrutarán en el palacio que llaman Brimir, que está en Okolnir. Hay también un palacio grande y horrible, cuya puerta mira al norte y que está hecho con los esqueletos de las serpientes, como una casa de mimbre, y las cabezas de las serpientes miran hacia adentro de la casa y escupen veneno, de forma que por las salas corren ríos de veneno. Esos ríos han de vadearlos los que rompieron juramentos y los asesinos. Y aún es peor en Hvergelmir ". Textos mitológicos de las Eddas.- Snorri Sturluson. |
Re: Rincón literario
El negro llevaba aún al cinto dos yataganes. Comprendiendo que el albanés no volvería para salvarle, trabó, con los escualos, que le atacaban por todas partes, una frenética lucha. Robusto, vigoroso y excelente nadador, no iba a dejarse destrozar a la primera embestida.
Las medusas, con su brillo fosforescente, alumbraban el combate, y Mico veía con toda perfección al gigante distribuyendo tajos y mandobles a todos los tiburones y defendiendo de sus dentelladas brazos y piernas, sin dejar de lanzar horrorosas exclamaciones, que no amedrentaban en lo más mínimo a los tiburones. Mico levantó el farol y miró. Los tiburones se habían alejado. Pero era seguro que esperarían a mayor profundidad el descenso del cadáver para devorarlo entre dos aguas con toda tranquilidad. El albanés se limpió el frío sudor que bañaba su frente y volvió a cargar con cuidado las pistolas, murmurando: –Son instantes espantosos. Pero hay que defenderse de la forma que sea… La galera del Bajá.- Emilio Salgari. |
Re: Rincón literario
Otra de aventuras:
Luciendo una reluciente armadura, Metiub fue el primero en presentarse de un salto sobre la cubierta de la galeota, seguido de una docena de turcos cubiertos totalmente de hierro y provistos de enormes pistolas y cimitarras. – ¡Me alegra verte de nuevo, señora!- manifestó con acento burlón el turco, avanzando hacia la duquesa. – ¡Eres una mujer maravillosa y me agradas más de esta manera que como te presentaste en el castillo! Eres la hija del bajá de Medina, no el hijo. ¡Lo lamento por Haradja! Al escuchar estas sarcásticas palabras, la duquesa se incorporó y cogió la espada que dejó caer. ¡Calla! –gritó. – ¡Te herí una vez ante la sobrina del bajá y ahora voy a matarte! ¡Enfréntate a esta mujer cristiana, tú que te jactas de ser el mejor espadachín del ejército mahometano! ¡Lucha conmigo si eres capaz! El turco dio un paso atrás y cogió de las manos de uno de sus marineros una pistola. – ¿Tienes miedo y pretendes asesinarme a balazos? –gritó la duquesa, con extraordinaria vehemencia. – ¡Yo me enfrento a ti con mi espada! ¡Da pruebas de tu caballerosidad, turco! ¡Yo soy una mujer y tú un hombre! Un sordo cuchicheo surgió entre los marineros que se hallaban alrededor del capitán, y el murmullo no era, en verdad, aprobando el comportamiento del lugarteniente de Haradja. La hermosura y el valor de la duquesa habían producido admiración entre los fieros seguidores del Profeta. Un oficial asió por la muñeca a Metiub, impidiéndole disparar y dijo: – ¡Esta cristiana es de Haradja y no te está permitido matarla! El capitán no ofreció resistencia y se dejó desarmar. – ¡En Hussif liquidaremos nuestras cuentas, señora! –exclamó. – ¡Ésta no es ocasión propicia para iniciar un duelo de esgrima! –Y, en especial, contra quien ha derrotado al León de Damasco y a ti –adujo la duquesa. – ¡Una mujer! –exclamaron sorprendidos algunos turcos. – ¡Sí, yo, una mujer, he vencido a ambos! –dijo Leonor. Y, arrojando la espada con gesto despectivo, agregó: – ¡Haced conmigo lo que os plazca! El turco se quedó titubeando entre la admiración que le producía la mujer y el ridículo en que se hallaba ante sus hombres, hasta que, por último, anunció: –Sois mi prisionera y mi obligación es llevaros al castillo de Hussif. – ¡Entonces átame! –contestó con acento irónico la duquesa. –No se me ha dado tal orden. Mi galera dispone de camarotes. –Con mis amigos ¿qué pensáis hacer? –Haradja lo decidirá. – ¡Y yo! –exclamó en aquel instante un hombre que lucía las ropas de capitán de jenízaros, haciéndose paso por entre los marineros. EL TRATO DEL POLACO Al escuchar aquella voz, Perpignano, que luchaba contra siete u ocho turcos, enérgicamente vapuleados por el tío Stake, que suministraba puñetazos con sorprendente celeridad y abundancia, muy poco satisfactorias para los enemigos de la cruz, se abrió paso entre ellos, precipitándose contra el recién llegado. – ¡Renegado! –barbotó. – ¡Toma esto! Su mano abierta se abatió sobre el semblante del capitán, produciendo un chasquido semejante al de un latigazo. Una especie de rugido surgió de los labios del polaco. La defensa de Chipre.- Emilio Salgari. |
Re: Rincón literario
¡Que abandonado está esto!
Echo de menos la lecturas de mis cofrades habituales :santo: Pongo otro trocito de un relato. No me hago responsable de las afirmaciones sobre marinos hechas por el autor. :nop: Al llegar aquí, Legrand, habiendo calentado de nuevo el pergamino, lo sometió a mi examen. Los caracteres siguientes aparecían groseramente trazados, en color rojo, entre la calavera y el cabrito: 53‡‡†305))6*;4826)4‡.)4‡);806*;48†8p60))85;I‡(;:‡* 8†83(88)5*†;46(;88*96*?;8)*‡(;485);5*†2:*‡(;4956*2 (5*4)8p8*;4069285);)6†8)4‡‡;I(‡9;4808I;8:8‡I;48†85 ;4)485†528806*8I(‡9;48;(88;4(‡?34;48)4‡;I6I;:188;‡ ?; —Pero —observé, devolviéndole la banda de pergamino— sigo estando tan a oscuras como antes. Si todas las joyas de Golconda esperasen de mí la solución de este enigma, estoy en absoluto seguro de que sería incapaz de obtenerlas. —Y sin embargo —dijo Legrand— la solución no resulta tan difícil como parece a simple vista. Estos signos, según pueden todos adivinarlo fácilmente forman una cifra, es decir, contienen un significado pero por lo que sabemos de Kidd, no podía suponerle capaz de construir una de las más abstrusas criptografías. Pensé, pues, lo primero, que ésta era de una clase sencilla, aunque tal, sin embargo, que pareciese absolutamente indescifrable para la tosca inteligencia del marinero, sin la clave. —¿Y la resolvió usted, en verdad? —Fácilmente; había yo resuelto otras diez mil veces más complicadas. Las circunstancias y cierta predisposición mental me han llevado a interesarme por tales acertijos, y es, en realidad, dudoso que el genio humano pueda crear un enigma de ese género que el mismo ingenio humano no resuelva con una aplicación adecuada. En efecto, una vez que logré descubrir una serie de caracteres visibles, no me preocupó apenas la simple dificultad de desarrollar su significación. En el presente caso —y realmente en todos los casos de escritura secreta— la primera cuestión se refiere al lenguaje de la cifra, pues los principios de solución, en particular tratándose de las cifras más sencillas, dependen del genio peculiar de cada idioma y pueden ser modificadas por éste. En general, no hay otro medio para conseguir la solución que ensayar (guiándose por las probabilidades) todas las lenguas que os sean conocidas, hasta encontrar la verdadera. Pero en la cifra de este caso toda dificultad quedaba resuelta por la firma. El retruécano sobre la palabra Kidd sólo es posible en lengua inglesa. Sin esa circunstancia hubiese yo comenzado mis ensayos por el español y el francés, por ser las lenguas en las cuales un pirata de mares españoles hubiera debido, con más naturalidad, escribir un secreto de ese género. Tal como se presentaba, presumí que el criptograma era inglés. El escarabajo de oro.- Edgar Allan Poe |
Re: Rincón literario
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Pasó, pues, el tiempo, que no da respiro. Sin sentir se me ha pasado el tiempo todo de la vida. Corre y vuela la vida del hombre, menos breve que la del perro, pero así y todo ¡tan corta! Y cuando ya se acerca uno a esa edad caduca en que, como al pobre Barbián en sus postrimerías, sólo le resta ya esperar el término, tal vez acuden a ocupar su mente ociosa viejas memorias insignificantes y ridículas como esta historia mía del atracón goloso, para dejarle a uno con la incómoda sensación de haber permitido ingratamente que se desvanezca el pasado. Si se esfuerza uno entonces por atraparlo de nuevo y recuperarlo, comprobará con desolación que todos los testimonios se han perdido sin dejar huella. Ni tan siquiera se tiene idea de dónde habrá ido a parar aquella fotografía en que Barbián aparecía sentado junto a ese niño pequeñito que fui yo. ¡Me gustaría tanto haberla conservado, poder mirarla ahora!, pero.. ¿dónde habrá ido a parar? El perro Barbián era un ejemplar muy hermoso, con las orejas largas y peludas, y grandes manchas color canela oscuro sobre su piel blanca. Dulces recuerdos del libro El jardín de las malicias de Francisco Ayala. descansa en paz un hombre de letras. |
Re: Rincón literario
«El derecho natural no existe; es una ficción, una antigualla digna del fiscal que me acosó hace pocos días en la vista y a cuyo abuelo enriqueció una confiscación decretada por Luís XIV.No puede existir el derecho si no lo apoya una ley y lo sanciona un castigo. Ante la ley, lo único natural es la fuerza del león, o la necesidad del ser que siente hambre, que tiene frío... el necesitado, en una palabra. No: las gentes que pasan por honradas son malvados a quienes no han sorprendido en flagrante delito. Una infamia enriqueció al fiscal que la ley lanzó contra mí. Reo soy yo de asesinato, y no me quejo; me condenaron justamente, pero, poco más o menos el Valenod que me condenó es mil veces más perjudicial que yo a la sociedad.
¡Pues bién! - prosiguió Julián con tristeza infinita, pero sin cólera- Más que todos esos hombres vale mi padre, no obstante su sórdida avaricia. Jamás me ha querido, y hoy vengo a colmar la medida, deshonrando sus canas con mi muerte infamante. El temor a la miseria, el concepto exagerado, de la dureza humana, que se llama avaricia, hacen que vea un manantial prodigioso de consuelos en los trescientos o cuatrocientos luises que puedo legarle. Cualquier domingo, después de comer, enseñará su tesoro a todos los envidiosos de Verrières, y su mirada les dirá: ¿Quién de vosotros no vería guillotinar con gusto a un hijo a este precio?” Aun suponiendo que la filosofía de Julián hubiese sido verdadera, habría bastado para que, quien por tal la tuviera, desease con todas las fuerzas de su alma la muerte. Cinco días horribles, cinco días eternos pasó dominado por pensamientos desconsoladores. Trataba con urbanidad a Matilde, a la que veía exasperada por los celos. Un día, el condenado pensó muy seriamente en la conveniencia de suicidarse. Su alma estaba muerta desde que no la vivificaba la presencia de la señora de Rênal. Ni en la vida real, ni en su imaginación, tan fecunda en otro tiempo, hallaba nada que le distrajese. La falta de ejercicio comenzaba a alterar su salud y a darle el carácter exaltado y débil al mismo tiempo. Hasta le había abandonado esa altanería viril que rechaza con un juramento enérgico ciertas ideas poco convenientes que asaltan a las almas de los desgraciados. “-¡Amo la verdad!- se repetía- ¿Pero dónde encontrarla? Yo no veo más que hipocresía, charlatanismo, hasta en los que llevan fama de virtuosos... ¡Oh! ¡El hombre no puede fiarse del hombre!.. Me decía la señora de... encargada de recoger limosnas para los huérfanos, que el príncipe de... le había dado diez luises... ¡Mentira!. Pero hay más: Napoleón en Santa Elena... ¡puro charlatanismo, comedia pura también! ¡Santo Dios! Si este hombre, en circunstancias en que la desgracia debió excitarle más severamente que nunca al cumplimiento del deber, se rebajó hasta el punto de ser un comediante, ¿qué puede esperarse del resto de la especie?.” «¡Qué tormento vivir solo, aislado, sin creencias! ¡Me vuelvo loco... y soy injusto, porque si es cierto que hoy vivo aislado en este calabozo, no lo es menos que no viví aislado en la tierra: me acompañaba la idea del deber... del deber que me había impuesto con razón o sin ella... del deber, que era el árbol sólido contra cuyo robusto tronco me apoyaba cuando rugía el huracán... ¿Pero por qué maldigo la hipocresía de los demás si yo soy también hipócrita? Atribuyo a la humedad del calabozo, al aislamiento, a la proximidad de la muerte, la melancolía que me abruma, y sé que la causa la ausencia de la señora de Rênal. ¿Me quejaría si hubiese de pasar semanas enteras encerrado en los sótanos de su casa de Verrières para verla? Me contagia el ambiente de hipocresía que respiro... Me encuentro a dos pasos de la muerte y soy hipócrita... ¡Oh siglo XIX!” Rojo y Negro.- Stendhal |
Re: Rincón literario
Un poco de música, mientras recuerdo algo nuevo que poner que no haya puesto. :cunao:
:brindis::brindis: |
Re: Rincón literario
Apreciada Dama: Como habeis mostrado sobradamente vuestro gusto por la buena literatura, os dejo dos cuentos cortos muy hermosos.
Vicente Blasco Ibañez Lobos de mar Retirado de los negocios después de cuarenta años de navegación con toda clase de riesgos y aventuras el capitán Llovet era el vecino más importante del Cabañal, una población de casas blancas de un solo piso, de calles anchas, rectas y ardientes de sol, semejante a una pequeña ciudad americana. La gente de Valencia que veraneaba allí miraba con curiosidad al viejo lobo de mar, sentado en un gran sillón bajo el toldo de listada lona que sombreaba la puerta de su casa. Cuarenta años pasados a la intemperie, en la cubierta de un buque, sufriendo la lluvia y los rocio nes del oleaje, le habían infiltrado la humedad hasta los mismos huesos, y esclavo del reuma, permanecía en su sillón, prorrumpiendo en quejidos y juramentos cada vez que se ponía en pie. Alto, musculoso, con el vientre hinchado y caído sobre las piernas, la cara bronceada por el sol y cuidadosamente afeitada, el capitán parecía un cura en vacaciones, tranquilo y bonachón en la puerta de su casa. Sus ojos grises, de mirada fija e imperativa, ojos de hombre habituado al mando, eran lo único que justificaba la fama del capitán Llovet, la leyenda sombría que flotaba en torno de su nombre. Había pasado su vida en continua lucha con la Marina Real inglesa, burlando la persecución de los cruceros en su famoso bergantín repleto de carne negra que transportaba desde la costa de Guinea a las Antillas. Audaz y de una frialdad inalterable, jamás le vieron oscilar sus marineros. Contábanse de él cosas horripilantes. Cargamentos enteros de negros arrojados al agua para librarse del crucero que le daba caza; los tiburones del Atlántico, acudiendo a bandadas, haciendo hervir las olas con su fúnebre coleteo, cubriendo el mar de manchas de sangre, repartiéndose a dentelladas los esclavos, que agitaban con desesperación sus brazos fuera del agua; sublevaciones de tripulación contenidas por él solo a tiros y hachazos; raptos de ciega cólera, en los que corría por cubierta como una fiera; hasta se hablaba de cierta mujer que le acompañaba en sus viajes, la cual, desde el puente, fue arrojada al mar por el iracundo capitán, después de una disputa por celos. Y junto con esto, inesperados arranques de generosidad: socorros a manos llenas a las familias de los marineros. En un arrebato de cólera era capaz de matar a uno de los suyos; pero si alguien caía al agua, se arrojaba para salvarle, sin miedo al mar ni a sus voraces bestias. Enloquecía de furor si los compradores de negros le engañaban en unas cuantas pesetas, y en la misma noche gastaba tres o cuatro mil duros celebrando una de aquellas orgías que le habían hecho famoso en la Habana. «Pega antes que habla», decían de él los marineros, y recordaban que en alta mar, sospechando que su segundo conspiraba contra él, le había deshecho el cráneo de un pistoletazo. Aparte de esto, un hombre divertidísimo, a pesar de su cara fosca y su mirada dura. En la playa del Cabañal, la gente, reunida a la sombra de las barcas, reía recordando sus bromas. Una vez dio un convite a bordo al reyezuelo africano que le vendía sus esclavos, y viendo borrachos a la negra majestad y sus cortesanos, hizo como el negrero de Mérimée: desplegó velas y los vendió como esclavos. Otra vez, viéndose perseguido por un crucero británico, desfiguró su buque en una sola noche, pintándolo de otro color y cambiando la arboladura. Los capitanes ingleses tenían datos en abundancia para conocer el buque del audaz negrero; pero como si no tuvieran nada. El capitán Llovet, como decían en la playa, era un gitano del mar y trataba su barco como a un burro de feria, haciéndole sufrir transformaciones maravillosas. Cruel y generoso, pródigo de su sangre y de la ajena, duro para el negocio y manirroto para el placer, los negociantes de Cuba le habían apodado el Capitán Magnífico, y así seguían llamándole los pocos marineros de su antigua tripulación que todavía arrastraban por la playa las piernas reumáticas, tosiendo y encorvando el pecho. Casi arruinado por empresas comerciales, al retirarse de la trata se había metido en su casa del Cabañal, viendo pasar la vida ante su puerta, sin otras distracción que jurar como un condenado cuando el reuma le hacía permanecer inmóvil en su asiento. Por una respetuosa admiración venían a sentarse en la acera algunos de aquellos vejestorios que habían recibido de él en otros tiempos órdenes y palos, y juntos hablaban con cierta melancolía de la gran calle, como el capitán llamaba al Atlántico, contando las veces que habían pasado de una acera a otra, de Africa a América, corriendo temporales y chasqueando a los polizontes del mar. En verano, los días que no apretaba el dolor y las piernas estaban fuertes, bajaban a la playa, y el capitán, enardecido a la vista del mar, desahogaba sus odios. Odiaba a Inglaterra por haber oído silbar más de una vez las balas de sus cañones. Odiaba a la nave gación a vapor como un sacrilegio marítimo. Aquellos penachos de humo que pasaban por el horizonte eran los funerales de la Marina. Ya no quedaban sobre el agua hombres de oficio; ahora el mar era de los fogoneros. En los días tempestuosos del invierno siempre le veían en la playa con la nariz palpitante, olfateando la tormenta, como si aún estuviera sobre cubierta preparándose a resistir el tiempo. Una mañana lluviosa vio correr la gente hacia el mar, y allá fue, contestando con gruñidos a la familia que le hablaba de su reuma. Entre las negras barcas encalladas en la orilla destacábanse sobre el mar, lívido y cubierto de espumarajos, los grupos de blusas azules; las faldas ondeantes por el vendaval, con las que se resguardaban de la lluvia las mujeres. Lejos, en la bruma que cerraba el horizonte, corrían como ovejas asustadas las barcas pescadoras, con la vela casi recogida y negruzca por el agua, sosteniendo una lucha de terribles saltos, enseñando la quilla en cada cabriola, antes de doblar la punta del puerto, amontonamiento de peñascos rojos barnizados por las olas, entre los cuales hervía una espuma amarillenta, bilis del irritado mar. Una barca desarbolada iba como pelota de ola en ola hacia la siniestra punta. La gente gritaba en la playa viendo a los tripulantes tendidos en la cubierta, anonadados por la proximidad de la muerte. Se hablaba de ir hasta la barca, de echarle un cabo, de atraerla a la playa; pero los más audaces, mirando las olas que se desplomaban, llenando el espacio de polvo de agua, callábanse atemorizados. La barca que saliera daría la voltereta antes de mover un remo. -A ver: ¡gente que me siga! Hay que salvar a esos pobres. Era la voz ruda e imperiosa del capitán Llovet. Se erguía sobre sus torpes piernas, la mirada brillante y fiera, las manos temblorosas por la cólera que le infundía el peligro.Las mujeres le miraban asombradas; los hombres retrocedían, formando ancho corro en torno de él, que prorrumpió en juramentos, agitando sus manos como si fueran a cerrar a golpes con toda la chusma. Le enfurecía el silencio de aquella gente como si estuviera ante una tripulación insubordinada. -¿Desde cuándo el capitán Llovet no encuentra en su pueblo hombres que le sigan al mar? Lo dijo rugiendo como un tirano que se ve desobedecido, como un Dios que contempla la huída de sus fieles. Hablaba en castellano, lo que era en él señal de ciega cólera. -Presente, capitá -gritaron a un tiempo unas cuantas voces temblonas. Y abriéndose paso, aparecieron en el centro del corro cinco viejos, cinco esqueletos roídos por el mar y las tempestades, antiguos marine ros del capitán Llovet, arrastradospor la subordinación y el afecto que crea el peligro afrontado en común. Avanzaron unos arrastrando los pies; otros, con saltitos de pájaro; alguno, con los ojos muy abiertos, mostrando en las pupilas la vaguedad de la ceguera senil; todos temblorosos de frío, con el cuerpo forrado de bayeta amarilla y la gorra calada sobre dobles pañuelos arrollados a las sienes. Era la vieja guardia corriendo a morir junto a su ídolo. De los grupos salían mujeres y niños que se arrojaban sobre ellos queriendo detenerlos: «~Agüelo!», gritaban los nietos. «¡Padre!», gemían las mocetonas. Y los animosos vejetes, irguiéndose como los rocines moribundos al oír el clarín de las batallas, repelían los brazos que se anudaban a sus cuellos y piernas, y gritaban, contestando a la voz de su jefe: «Presente, capitá.» Los lobos de mar, con su ídolo al frente, abriéronse paso para echar al mar una de las barcas. Rojos, congestionados por el esfuerzo, con el cuello hinchado por la rabia, sólo consiguieron mover la barca y que se deslizara algunos pasos. Irritados contra su vejez, intentaron un nuevo esfuerzo; pero la muchedumbre protestaba contra su locura, y cayó sobre ellos, desapareciendo los viejos arrebatados por sus familias. -¡Dejadme, cobardes! ¡Al que me toque lo mato! -rugía el capitán Llovet. Pero por primera vez, aquel pueblo, que le adoraba, puso la mano en él. Le sujetaron como a un loco, sordos a sus súplicas, indiferentes a sus maldiciones. La barca, abandonada a todo auxilio, corría a la muerte, dando tumbos sobre las olas. Ya estaba próxima a los peñascos, ya iba a estrellarse entre torbellinos de espuma; y aquel hombre, que tanto había despreciado la vida del semejante, que había nutrido a los tiburones con tribus enteras y que llevaba un nombre aterrador como una leyenda lúgubre, revolvíase furioso, sujeto por cien manos, blasfemando, porque no le dejaban arriesgar la existencia socorriendo a unos desconocidos, hasta que, agotadas sus fuerzas, acabó llorando como un niño. FIN[ |
Re: Rincón literario
Segundo relato.
Vicente Blasco Ibañez [ En el mar A las dos de la mañana llamaron a la puerta de la barraca. -¡Antonio! ¡Antonio! Y Antonio saltó de la cama. Era su compadre, el compañero de pesca, que le avisaba para hacerse a la mar. Había dormido poco aquella noche. A las once todavía charlaba con Rufina, su pobre mujer, que se revolvía inquieta en la cama, hablando de los negocios. No podían marchar peor. ¡Vaya un verano! En el anterior, los atunes habían corrido el Mediterráneo en bandadas interminables. El día que menos, se mataban doscientas o trescientas arrobas; el dinero circulaba como una bendición de Dios, y los que, como Antonio, guardaron buena conducta e hicieron sus ahorrillos, se emanciparon de la condición de simples marineros, comprándose una barca para pescar por cuenta propia. El puertecillo estaba lleno. Una verdadera flota lo ocupaba todas las noches, sin espacio apenas para moverse; pero con el aumento de barcas había venido la carencia de pesca. Las redes sólo sacaban algas o pez menudo, morralla de la que se deshace en la sartén. Los atunes habían tomado este año otro camino, y nadie conseguía izar uno sobre su barca. Rufina estaba aterrada por esta situación. No había dinero en casa: debían en el horno y en la tienda, y el señor Tomás, un patrón retirado, dueño del pueblo por sus judiadas, los amenazaba continuamente si no entregaban algo de los cincuenta duros con intereses que le había prestado para la terminación de aquella barca tan esbelta y tan velera que consumió todos sus ahorros. Antonio, mientras se vestía, despertó a su hijo, un grumete de nueve años que le acompañaba en la pesca y hacía el trabajo de un hombre. -A ver si hoy tenéis más fortuna -murmuró la mujer desde la cama-. En la cocina encontraréis el capazo de las provisiones... Ayer ya no querían fiarme en la tienda. ¡Ay,Señor, y qué oficio tan perro! -Calla, mujer; malo está el mar, pero Dios proveerá. Justamente vieron ayer algunos un atún que va suelto; un viejo que se calcula pesa más de treinta arrobas, Figûrate si lo cogiéramos... Lo menos sesenta duros. Y el pescador acabó de arreglarse pensando en aquel pescadote, un solitario que,separado de su manada, volvía, por la fuerza de la costumbre, a las mismas aguas del año anterior. Antoñico, estaba ya en pie y listo para partir, con la gravedad y satisfacción del que se gana el pan a la edad en que otros juegan; al hombro el capazo de las provisiones y en una mano la banasta de los roveles, el pez favorito de los atunes, el mejor cebo para atraerlos. Padre e hijo salieron de la barraca y siguieron la playa hasta llegar al muelle de los pescadores. El compadre los esperaba en la barca preparando la vela. La flotilla removíase en la oscuridad, agitando su empalizada de mástiles. Corrían sobre ellas las negras siluetas de los tripulantes, rasgaba el silencio el mido de los palos cayendo sobre cubierta, el chirriar de las garruchas y las cuerdas, y las velas desplegábanse en la oscuridad como enormes sábanas. El pueblo extendía hasta cerca del agua sus calles rectas, orladas de casitas blancas, donde se albergaban por una temporada los veraneantes del interior en busca del mar. Cerca del muelle, un caserón mostraba sus ventanas como homos encendidos, trazando regueros de luz sobre las inquietas aguas. Era el casino. Antonio lanzó hacia él una mirada de odio. ¡Cómo trasnochaban aquellas gentes! Estarían jugándose el dinero... ¡Si tuvieran que madrugar para ganarse el pan!... -¡Iza! ¡Iza! Que van muchos delante. El compadre y Antoñico tiraron de las cuerdas, y lentamente se remontó la vela latina, estremeciéndose al ser curvada por el viento. La barca se arrastró, primero, mansamente sobre la tranquila superficie de la bahía;después ondularon las aguas y comenzó a cabecear: estaban fuera de puntas, en el mar libre. Al frente, el oscuro infinito, en el que parpadeaban las estrellas, y por todos lados,sobre la mar negra, barcas y más barcas, que se alejaban como puntiagudos fantasmas,resbalando sobre las olas. El compadre miraba el horizonte. -Antonio, cambia el viento. -Ya lo noto. -Tendremos mar gruesa. -Lo sé; pero ¡adentro! Alejémonos de todos estos que barren el mar. Y la barca, en vez de ir tras las otras, que seguían la costa, continuó con la proa mar adentro. Amaneció. El sol, rojo y recortado cual enorme oblea, trazaba sobre el mar un triángulo de fuego, y las aguas hervían como si reflejasen un incendio. Antonio empuñaba el timón, el compañero estaba junto al mástil, y el chicuelo, en la popa, explorando el mar. De la popa y las bordas pendían cabelleras de hilos que arrastraban sus cebos dentro del agua. De cuando en cuando, tirón, y arriba un pez, que se revolvía y brillaba como estaño animado. Pero eran piezas menudas..., nada. Y así pasaron las horas. La barca, siempre adelante, tan pronto acostada sobre las olas como saltando, hasta enseñar su panza roja. Hacía calor, y Antoñico escurríase por la escotilla para beber del tonel de agua metido en la estrecha cala. A las diez habían perdido de vista la tierra; únicamente se veían por la parte de popa las velas lejanas de otras barcas, como aletas de peces blancos. -Pero, Antonio -exclamó el compadre-, ¿es que vamos a Orán? Cuando la pesca no quiere presentarse, lo mismo da aquí que más adentro. Viró Antonio, y la barca comenzó a correr bordadas, pero sin dingirse a tierra. -Ahora -dijo alegremente - tomemos un bocado. Compadre, trae el capazo. Ya se presentará la pesca cuando ella quiera. Para cada uno, un enorme mendrugo y una cebolla cruda, machacada a puñetazos sobre la borda. El viento soplaba fuerte y la barca cabeceaba rudamente sobre las olas, de larga y profunda ondulación. -¡Pae! -gritó Antoñico desde la proa-, un pez grande, mu grande... ¡Un atún! Rodaron por la popa las cebollas y el pan, y los dos hombres aso máronse a la borda. Sí, era un atún; pero enorme, ventrudo, poderoso, arrastrando casi a flor de agua un negro lomo de terciopelo; el solitario, tal vez, de que tanto hablaban los pescadores. Flotaba poderosamente; pero, con una ligera contracción de su fuerte cola, pasaba de un lado a otro de la barca y tan pronto se perdía de vista como reaparecía instantáneamente. Antonio enrojeció de emoción, y apresuradamente echó al mar el aparejo con un anzuelo grueso como un dedo. Las aguas se enturbiaron y la barca se conmovió, como si alguien, con fuerza colosal, tírase de ella, deteniéndola en su marcha e intentando hacerla zozobrar. La cubierta se bamboleaba como si huyese bajo los pies de los tripulantes, y el mástil crujía a impulsos de la hinchada vela. Pero, de pronto, el obstáculo cedió, y la barca, dando un salto, volvió a emprender su marcha. El aparejo, antes rígido y tirante, pendía flojo y desmayado. Tiraron de él y salió a la superficie el anzuelo, pero roto, partido por la mitad, a pesar de su tamaño. El compadre meneó tristemente la cabeza. -Antonio, ese animal puede más que nosotros. Que se vaya, y de mos gracias porque ha roto el anzuelo. Por poco más vamos al fondo. -¿Dejarlo? -gritó el patrón-. ¡Un demonio! ¿Sabes cuánto vale esa pieza? No está el tiempo para escrúpulos ni miedos. ¡A él, a él! Y, haciendo virar la barca, volvió a las mismas aguas donde se había verificado el encuentro. Puso un anzuelo nuevo, un enorme gancho, en el que ensartó va rios noveles, y sin soltar el timón agarró un agudo bichero. ¡Flojo golpe iba a soltarle a aquella bestia estúpida y fornida como se pusiera a su alcance! El aparejo pendía de la popa casi recto. La barca volvió a estremecense, pero esta vez de un modo horrible. El atún estaba bien agarrado y tiraba del sólido gancho, deteniendo la banca, haciéndola danzan locamente sobre las olas. El agua parecía hervir; subían a la superficie espumas y burbujas en turbio remolino, cual si en la profundidad se desarrollase una lucha de gigantes, y de pronto la barca, como agarrada pon mano oculta, se acostó, invadiendo el agua hasta la mitad de la cubierta. Aquel tirón derribó a los tripulantes. Antonio, soltando el timón, se vio casi en las olas; peno sonó un crujido y la banca recobró su posición normal. Se había noto el aparejo, y en el mismo instante apareció el atún, junto a la bonda, casi a flor de agua, levantando enormes espumarajos con su cola poderosa. ¡Ah ladrón! ¡Pon fin se ponía a tino! Y rabiosamente, como si se tratara de un enemigo implacable, Antonio le tiró varios golpes con el bichero, hundiendo el hierro en aquella piel viscosa. Las aguas se tiñeron de sangre y el animal se hundió en un rojo remolino. Antonio respiró al fin. De buena se habían librado. Todo duró algunos segundos;peno un poco más, y se hubieran ido al fondo. Miró la mojada cubierta y vio al compadre, al pie del mástil, agarrado a él, pálido, peno con inalterable tranquilidad. -Creí que nos ahogábamos, Antonio. Hasta he tragado agua. ¡Maldito animal! Pero buenos golpes le has atizado. Pero ya verás cómo no tarda en salir a flote. -¿Y el chico? Esto lo preguntó el padre con inquietud, con zozobra, como si temiera la respuesta. No estaba sobre cubierta. Antonio se deslizó pon la escotilla, esperando encontrarle en la cala. Se hundió en el agua hasta la rodilla; el mar la había inundado. Peno ¿quién pensaba en esto? Buscó a tientas en el reducido y oscuro espacio, sin encontrar más que el tonel del agua y los aparejos de repuesto. Volvió a cubierta como un loco. -¡El chico! ¡El chico!... ¡Mi Antoñico! El compadre torció el gesto tristemente. ¿No estuvieron ellos próximos a in al agua? Atolondrado pon algún golpe, se habría ido al fondo como una bala. Pero el compañero, aunque pensó todo esto, nada dijo. Lejos, en el sitio donde la barca había estado próxima a zozobrar, flotaba un objeto negro sobre las aguas. -¡Allá está! Y el padre se arrojó al agua, nadando vigorosamente, mientras el compañero amainaba la vela. Nadó y nadó; pero sus fuerzas casi le abandonaron al convencense de que el objeto era un remo, un despojo de su barca. Cuando las olas le levantaban, sacaba el cuerpo fuera para ver más lejos. Agua por todas partes. Sobre el mar sólo estaban él, la barca que se aproximaba y una curva negra que acababa de surgir y que se contraía espantosamente sobre una gran mancha de sangre. El atún había muerto... ¡Valiente cosa le importaba! ¡La vida de su hijo único, de su Antoñico, a cambio de la de aquella bestia! ¡Dios! ¿Era esto manera de ganarse el pan? Nadó más de una hora, creyendo a cada rozamiento que el cuerpo de su hijo iba a surgir bajo sus piernas, imaginándose que las sombras de las olas eran el cadáver del niño que flotaba entre dos aguas. Allí se hubiera quedado; allí habría muerto con su hijo. El compadre tuvo que pescarle y meterle en la barca como un niño rebelde. -~,Qué hacemos, Antonio? Él no contestó. -No hay que tomarlo así. Son cosas de la vida. El chico ha muerto donde murieron todos nuestros parientes, donde moriremos nosotros. Todo es cuestión de más pronto o más tarde... Pero, ahora, a lo que estamos: a pensar que somos unos pobres. Y, preparando dos nudos corredizos, apresó el cuerpo del atún y lo llevó a remolque de la barca, tiñendo con sangre las espumas de las olas. El viento los favorecía; pero la barca estaba inundada, navegaba mal, y los dos hombres, marineros ante todo, olvidaron la catástrofe, y, con los achicadores en la mano, encorváronse dentro de la cala, arrojando paletadas de agua al mar. Así pasaron las horas. Aquella ruda faena embrutecía a Antonio, le impedía pensar;pero de sus ojos rodaban lágrimas y más lágrimas, que, mezclándose con el agua de la cala, caían en el mar sobre la tumba del hijo. La barca navegaba con creciente rapidez, sintiendo que se vaciaban sus entrañas. El puertecillo estaba a la vista, con sus masas de blancas casitas doradas por el sol de la tarde. La vista de tierra despertó en Antonio el dolor y el espanto adormecidos. -¿Qué dirá mi mujer? ¿Qué dirá mi Rufina? -gemía el infeliz. Y temblaba, como todos los hombres enérgicos y audaces, que en el hogar son esclavos de la familia. Sobre el mar deslizábase como una caricia el ritmo de alegres valses. El viento de tierra saludaba a la barca con melodías vivas y alegres. Era la música que tocaba en el paseo, frente al casino. Pon debajo de las achatadas palmeras desfilaban, como las cuentas de un rosario de colores, las sombrillas de seda, los sombreritos de paja, los trajes claros y vistosos de toda la gente de veraneo. Los niños, vestidos de blanco y rosa, saltaban y corrían tras sus juguetes, o formaban alegres corros, girando como ruedas de colores. En el muelle se agolpaban los del oficio: su vista, acostumbrada a las inmensidades del mar, había reconocido lo que remolcaba la barca. Pero Antonio sólo miraba, al extremo de la escollera, a una mujer alta, escueta y negruzca, erguida sobre un peñasco, y cuyas faldas arremolinaba el viento. Llegaron al muelle. ¡Qué ovación! Todos querían ver de cerca el enorme animal. Los pescadores, desde sus botes, lanzaban envidiosas minadas; los pilletes, desnudos, de color de ladrillo, echábanse al agua para tocarle la enorme cola. Rufina se abrió paso ante la gente, llegando hasta su marido, que, con la cabeza baja y una expresión estúpida, oía las felicitaciones de los amigos. -¿Y el chico? ¿Dónde está el chico? El pobre hombre bajó aún más su cabeza. La hundió entre los hombros, como si quisiera hacerla desaparecen para no oír, para no ver nada. -Peno ¿dónde está Antoñico? Y Rufina, con los ojos ardientes, como si fuera a devorar a su marido, le agarraba de la pechera, zarandeando rudamente a aquel hombrón. Pero no tardó en soltarle, y, levantando los brazos, prorrumpió en espantosos alaridos. -¡Ay Señor!... ¡Ha muerto! ¡Mi Antoñico se ha ahogado! ¡Está en el mar! -Sí, mujer -dijo el marido lentamente, con torpeza, balbuciendo y como si le ahogaran las lágrimas-. Somos muy desgraciados. El chico ha muerto; está donde su abuelo; donde estaré yo cualquier día. Del mar comemos y el mar ha de tragarnos... ¡Qué remedio! No todos nacen para obispos. Pero su mujer no le oía. Estaba en el suelo, agitada pon una crisis nerviosa, y se revolcaba pataleando, mostrando sus flacas y tostadas desnudeces de animal de trabajo,mientras se tiraba de las greñas, arañándose el rostro. -¡Mi hijo!... ¡Mi Antoñito!... Las vecinas del barrio de los pescadores acudieron a ella. Bien sabían lo que era aquello; casi todas habían pasado pon trances iguales. La levantaron sosteniéndola con sus poderosos brazos y emprendieron la marcha hacia su casa. Unos pescadores dieron un vaso de vino a Antonio, que no cesaba de lloran. Y, mientras tanto, el compadre, dominado pon el egoísmo brutal de la vida, regateaba bravamente con los compradores de pescado que querían adquirir la hermosa pieza. Terminaba la tarde. Las aguas, ondeando suavemente, tomaban reflejos de oro. A intervalos sonaba cada vez más lejos el grito desesperado de aquella pobre mujer,desgreñada y loca, que las amigas empujaban a casa: -¡Antoñito! ¡Hijo mío! Y bajo las palmeras seguían desfilando los vistosos trajes, los rostros felices y sonrientes, todo un mundo que no había sentido pasar la desgracia junto a él, que no había lanzado una mirada sobre el drama de la miseria; y el vals elegante, rítmico y voluptuoso, himno de la alegre locura, deslizábase armonioso sobre las aguas, acariciando con un soplo la eterna hermosura del mar. FIN] |
Re: Rincón literario
Y pues, como es sabido que no hay dos sin tres, ahí va el tercer relato de D. Vicente.
La barca abandonada Era la playa de Torre salinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el vientre, jugaban a la capeta a la sombra de las embarcaciones, y los viejos, fumando sus pipas de ebano traídas de Argel, hablaban de la pesca o de las magnificas expediciones que se habian en otros tiempos a Gibraltar y a la costa de Africa, antes que al demonio se le ocuniera inventar eso que llaman la Tabacalera. Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástil graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la playa, donde se deshacían las olas, y una delgada lámina de agua bruñía el suelo, cual se fuese de cristal; detrás, con la embetunada panza sobre la arena, estaban las negras barcas del bou, las parejas que aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de redes; y, en último término, los laúdes en reparación, los abuelos, junto a los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos con caliente alquitrán, para que otra vez volviesen a emprender sus penosas y monótonas navegaciones por el Mediterráneo: unas veces a las Baleares, con sal; a la costa de Argel, con frutas de la huerta levantina, y muchas, con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar. En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya reparados se hacían a la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecía enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la del carabinero que se sentaba a su sombra. El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujían con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadido su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardía de su construcción delataban una embarcación ligera y audaz, hecha para locas carreras, con desprecio a los peligros del mar. Tenía la triste belleza de esos caballos viejos que fueron briosos corceles y caen abandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros. Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni una señal del número de filiación y nombre de la matrícula: un ser desconocido que se moría entre aquellas otras barcas tan orgullosas de sus pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgranar el misterio de su vida. Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían en Torre salinas y no hablaban de ella sin sonreír y guiñar un ojo, como si les recordase algo que excitaba malicioso regocijo. Una mañana, a la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervía bajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado de puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia. -Este falucho -dijo, acariciándole con una palmada el vientre seco y arenoso- es El Socarrao, el barco más valiente y más conocido de cuantos se hacen al mar desde Alicante a Cartagena. ¡Virgen Santísima! ¡El dinero que lleva ganado este condenado! ¡Los duros que han salido de ahí dentro! Lo menos lleva hechos veinte viajes desde Orán a estas costas, y viceversa, y siempre con la panza bien repleta de fardos. El bizarro y extraño nombre de Socarrao me admiraba algo, y de ello se apercibió el pescador. -Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos lo mismo los hombres que las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros; aquí, quien bautiza de veras es la gente. A mí me llaman Felipe; pero si algún día me busca usted, pregunte por Castelar, pues así me conocen, porque me gusta hablar con las personas, y en la taberna soy el único que puede leer el periódico a los compañeros. Ese muchacho que pasa con el cesto de pescado es Chispitas, a su patrón le llaman el Cano, y así estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una, La Purísima Concepción; otra, Rosa del Mar; aquélla, Los Dos Amigos; pero llega la gente con su manía de sacar motes y se llaman La Pava, El Lorito, La Medio Rollo, y gracias que no las distinguen con nombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de toda la matrícula, la bautizamos con el nombre de mi hija: Camila; pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le ocurrió a un pillo de la playa que parecía un huevo frito. ¿Quená usted creerlo? Sólo con este apodo la conocen. -Bien -le interrumpí-; pero ¿y El Socarrao? -Su verdadero nombre era El Resuelto; pero por la prontitud con que maniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron en llamarle El Socarrao, como a una persona de mal genio... Y ahora vamos a lo que ocunió a este pobre Socarrao hace poco más de un año, la última vez que vino de Orán. Miró el viejo a todos lados, y, convencido de que estábamos solos, dijo con sonrisa bonachona: -Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignoraba nadie en el pueblo; pero si yo se lo digo, es porque estamos solos y usted no irá después a hacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en El Socarrao no es ninguna deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la Tabacalera no lo ha creado Dios: lo inventó el Gobierno para hacernos daños a los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy honroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en tierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda. Yo he conocido los buenos tiempos: Cada mes se hacían dos viajes; y el dinero rodaba por el pueblo que era un gusto. Había para todos: para los de uniforme, ¡pobrecitos!, que no saben cómo mantener su familia con dos pesetas, y para nosotros, la gente de mar. Pero el negocio se puso cada vez peor, y El Socarrao hacía sus viajes de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que nos tenían entre ojos y deseaban meternos mano. En la última correría íbamos ocho hombres a bordo. En la madrugada habíamos salido de Orán, y a mediodía, estando a la altura de Cartagena, vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato, un vapor que todos conocimos. Mejor hubiéramos visto asomar una tormenta. Era el cañonero de Alicante. Soplaba buen viento. Ïbamos en popa con toda la gran vela de frente y el foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya no es nada, y el buen marinero aún vale menos. No es que nos alcanzaran, no, señor. ¡Bueno es El Socanao para dejarse atrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfin, con el casco inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretaban las máquinas y cada vez veíamos más grande el barco, aunque no por esto perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡ Si hubiéramos estado a media tarde! Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara, y cualquiera nos encuentra en la oscuridad. Pero aún quedaba mucho día, y corriendo a lo largo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer. El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendió del vapor u oímos el estampido de un cañonazo. Como no vimos la bala, comenzamos a reír satisfechos y hasta orgullosos de que nos avisasen tan ruidosamente. Otro cañonazo; pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaro estaba silbando sobre la barca, y la entena se vino abajo con el cordaje roto y la vela desganada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejo le rompió una pierna a un muchacho de la tripulación. Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y, ¡qué demonio!, ir a la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia, es algo más temible que una noche de tormenta. Pero el patrón de El Socarrao es hombre que vale tanto como su barca: «Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos, no os cogerán.» No hablaba a sordos, y como listos, no había más que pedirnos. El pobre compañero se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándose la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos un trago de agua. ¡Para contemplaciones estaba el tiempo! Nosotros fingíamos no oírle, atentos únicamente a nuestra faena, reparando el cordaje y atando a la entena la vela de repuesto, que izamos a los diez minutos. El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en la mar a aquel enemigo, que andaba con humo y escupía balas. ¡A tierra, y que fuese lo que Dios quisiera! Estábamos frente a Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos con los amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo a tierra, no disparó más. Nos tenía cogidos, y, seguro de su triunfo, ya no extremaba la marcha. La gente que estaba en la playa no tardó en vernos, y la noticia circuló por todo el pueblo. ¡El Socarrao venía perseguido por un cañonero! Había que ver lo que ocunió. Una verdadera revolución: créame usted, caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más o menos directamente del negocio. Esta playa parecía un hormiguero. Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada ansiosa, lanzando gritos de satisfacción al ver cómo nuestra barca, haciendo un último esfuerzo, se adelantaba cada vez más a su perseguidor, llevándole una media hora de ventaja. Hasta el alcalde estaba aquí para servir en lo que fuera bueno. Y los carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de la familia, hacíanse a un lado, comprendiendo la situación y no queriendo perder a unos pobres. «~A tierra, muchachos! -gritaba nuestro patrón-. Vamos a embarrancar. Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. El Socarrao ya sabrá salir de este mal paso.» Y, sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la arena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aún me parece un sueño cuando lo recuerdo: Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto: los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala. «~Aprisa! ¡Aprisa! ¡Qué vienen los del Gobierno!» Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogían los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos desaparecían por aquí, otros se iban por allá; fue aquello visto y no visto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si se lo hubiera tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba a Torresalinas, filtrándose en todas las casas. El alcalde intervino entonces paternalmente: «Hombre, es demasiado -dijo al patrón-. Todo se lo llevan, y los carabineros se quejarán. Dejad, al menos, algunos bultos para justificar la aprehensión.» Nuestro amo estaba conforme: «Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura. Que se contenten con eso.» Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación de la barca. Pero aún se detuvo un momento, porque aquel diablo de hombre estaba en todo: «~Los folios! ¡Borrad los folios!» Parecía que a la barca le habían salido patas. Estaba ya fuera del agua y se anastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía y trabajaba, animándose con alegres gritos. «~Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del Gobierno!» El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su madre. El pobrecillo gemnia de dolor a cada movimiento brusco; pero se tragaba las lágrimas y reía también, como los otros, viendo que el cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reír a todos. Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas, comenzó la rapiña en la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas, los remos; hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros una turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo. La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve. Y, mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. El Socanao se desfiguraba como un burro de gitano. Con cuatro brochazos fue borrado el nombre de popa y de los folios de los costados, de esos malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó ni rastro. El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba a unos amigos que echaban al mar una lancha de pesca. El cañonero envió un bote armado y saltaron a tiena no sé cuántos hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente, juraba furioso mirando El Socarrao y a los carabineros, que se habían apoderado de él. Todo el vecindario de Tonesalinas se reía a aquellas horas, celebrando el chasco, y aún hubiera reído más viendo, como yo, la cara que ponía aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de tabaco malo. -¿Y qué pasó después? -pregunté al viejo-. ¿No castigaron a nadie? -¿A quién? Únicamente podían castigar al pobre Socarrao, que quedó prisionero. Se ensució mucha papel, y medio pueblo fue a declarar; pero nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie le había visto los folios. ¿ Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que al varar habían echado a correr tierra adentro. Y nadie sabía más. -¿Y el cargamento? –dije yo. -Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es pobreza. Cuando embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más a mano y echó a correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos a disposición del patrón; no se perdió ni una libra de tabaco. Los que exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara a la muerte están más libres de tenteciones que los otros. -Desde entonces –continuó el viejo- está ahí preso el pobre Socarrao. Pero no tardará en hacerse a la mar con su amigo amo. Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán a subasta y se lo quedará el patrón por lo que quiera dar. -¿Y si otro da más? -Y quién ha de ser ése? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe quiénes el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. A cada uno lo que sea suyo, y el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el Gobierno. FIN Dá que pensar, ¿ Verdad? |
Re: Rincón literario
Lo que voy a copiar hoy y en días sucesivos, no es sensu stricto literario, pero pienso que como ensayo puede colocarse aquí. Desde que lo leí, hace ya bastantes años, no ha dejado de sorprenderme nunca, porque es la demostración palpable de que, con variantes, la Historia se repite. O al menos, que no hemos cambiado mucho en casi 2.000 años.
Es el prólogo a una obrita de Eileen Power (1889-1940) "Gente medieval" muy fácil de leer para cualquiera que le guste algo la Historia. l. ROMA EN DECADENCIA Todo niño que va a la escuela sabe que la Edad Media surgió de las ruinas del imperio romano. La decadencia de Roma precedió y en algunos aspectos preparó el nacimiento de los reinos y las culturas que componían el sistema medieval. Sin embargo, a pesar de la patente veracidad de esta proposición histórica, es poco lo que sabemos de la vida y el pensamiento en los años intermedios, es decir, en el período en que Europa iba dejando de ser romana pero aún no era medieval. No sabemos qué sentían las personas al contemplar la decadencia de Roma; ni siquiera sabemos si eran conscientes de lo que veían, aunque podemos estar muy seguros de que nadie previó ni, a decir verdad, podía prever la forma que el mundo adquiriría en los siglos posteriores. No obstante, la trágica historia, sus temas y protagonistas principales estaban a la vista de todos. A ningún observador podía pasarle por alto que el imperio romano de los siglos IV y V ya no era el de la gran época de Antonino y Augusto; que había perdido el dominio sobre sus territorios y la cohesión económica y que se veía amenazado por los bárbaros que acabarían arrollándolo. En el momento de su apogeo, el territorio del imperio se extendía desde las tierras situadas a orillas del Mar del Norte hasta las que limitaban con los bordes septentrionales del Sáhara, y desde la costa atlántica de Europa hasta las estepas asiáticas; comprendía la mayoría de las regiones de los antiguos imperios helénico, persa y fenicio, y gobernaba o tenía a raya a grandes grupos de pueblos y principados más allá de sus fronteras galas y norteafricanas. De estas fronteras, las más alejadas, se había retirado y seguía retirándose la Roma del siglo IV. En siglos anteriores dentro de sus fronteras fluían grandes corrientes comerciales entre las regiones, siguiendo las rutas que ligaban todas las provincias del imperio a Roma, así como recíprocamente, a la mayoría de las provincias. Pero a partir del siglo III, empezó a disolverse la unidad económica del imperio y en el siglo V ya habían desaparecido casi todas las grandes corrientes del comercio interregional, a la vez que las provincias y los distritos tenían que valerse de sus propios recursos. Y reducida la riqueza de las provincias, restringido su comercio, las grandes ciudades provinciales también perdieron parte de su población, de su riqueza, de su poder político. Con todo, hasta los últimos momentos el imperio se esforzó por defender sus fronteras contra los bárbaros que convergían en ellas. Las conquistas bárbaras, al igual que todas las conquistas, no sólo eran una amenaza de destrucción y ruina, sino que la forma de vivir de los bárbaros era la negación misma de lo que había sido la civilización romana, pero que, por desgracia, poco a poco iba desvaneciéndose. Sin embargo, no fue en lo material donde las gentes de la época encontraron, o deberían haber encontrado, el conflicto más agudo entre Roma y las perspectivas bárbaras que se le ofrecían. La civilización romana era, sobre todo, una civilización de la mente. Tenía detrás de ella una larga tradición de pensamiento y de logros intelectuales, el legado de Grecia, una tradición a la que había hecho su propia aportación. El mundo romano era un mundo de escuelas y universidades, de escritores y constructores. El mundo de los bárbaros era un mundo en el que la mente se hallaba en su infancia y ésta era larga. Las sagas guerreras de la raza, que prácticamente han desaparecido o se conservan sólo en forma de leyendas creadas en una época posterior; las escasas y rudimentarias reglas que se necesitaban para la buena marcha de las relaciones personales, todo esto apenas constituía una civilización en el sentido que los romanos daban al término. El rey Chilperico, tratando de componer versos en el estilo de Sedulius, aunque no sabía distinguir entre un pie largo y un pie corto y todos sus versos cojeaban; el propio Carlormagno, acostándose con la pizarra debajo de la almohada para practicar, despierto en la cama, aquel arte de escribir que nunca llegaría a dominar; ¿qué tienen en común con Julio César y Marco Aurelio y aquel gran Juliano llamado el Apóstata? Resumen en su misma persona el abismo que había entre la Germanía y Roma. Roma y los bárbaros eran, pues, no sólo protagonistas, sino dos actitudes distintas ante la vida, la civilización y la barbarie. No podemos ocuparnos detalladamente aquí de la cuestión de por qué, al producirse el choque entre las dos, fue la civilización la que pereció y la barbarie la que salió victoriosa. Pero es importante recordar que mientras intentaba defender sus fronteras contra las huestes bárbaras, el imperio fue abriéndolas gradualmente a los colonizadores bárbaros. Esta infiltración pacífica de bárbaros que alteró en su totalidad el carácter de la sociedad invadida hubiese sido imposible, por supuesto, si esa sociedad no hubiera estado enferma. La enfermedad ya es claramente visible en el siglo III. Se manifiesta en esas sanguinarias guerras civiles en las que la civilización se desgarra a sí misma, provincia contra provincia y ejército contra ejército. Se manifiesta en la gran crisis inflacionaria que empieza alrededor del año 268 y en los impuestos que paulatinamente aplastaron a la pequeña burguesía mientras que las fortunas de los ricos se libraban de la red. Se manifiesta en el retroceso gradual de una economía basada en el libre intercambio hacia condiciones cada vez más primitivas, a medida que cada provincia procura ser autosuficiente y el cambio en especie sustituye al comercio. …/ |
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