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Re: Por la emancipación de lo sofisticado.
Inestimable -señor Hopeto- su aclaración. tanto que resulta difícil añadir algo interesante.
Si acaso, aprovecho para traer aqui un mito que como el mismo Prometeo fueron usados por el romanticismo. Prometeo –que tomé para mi velero y mi nick- expresa la emancipación humana frente a los dioses que simbolizan la superstición o lo antiguo. El otro mito, nos toca de alguna manera a nosotros: Adamastor, la figura que usa Camoens para expresar los monstruos de la mente que turban el sentido de los marineros. El gigante fulminado por Zeus se convierte en promontorio, en la roca basáltica que compone el Cabo de las tormentas aterrorizando a los navegantes, hundiendo sus naos. El autor de Los Lusiadas, le adjudica una flaqueza al gigante, un amor imposible, mostrando que hasta el más poderoso se doblega ante el poder infinito de la pasión. Su incorporación del “Carpe diem” (concepto que dio nombre a muchos veleros), me parece también muy apropiada. Sirve para discernir entre aquellos que disfrutan de una aventura, frente a los que solo se deleitan en contarla. Los primeros viven el presente, mejor dicho viven realmente, mientras que los otros son reactivos, pues necesitan un público para encontrar satisfacción. Todas las intervenciones han sido muy oportunas y razonadas, nunca se ha criticado lo útil, sino lo superfluo, aunque es evidente que este es un concepto subjetivo. Me parece a mí sin embargo, que lo mismo que los antiguos creían en Adamastor como figura que encarnaba el terror que le generaba la incertidumbre de un mar tormentoso o se postraban en acto de fe al ver el fuego de San Telmo, hoy hemos creado nuevos mitos. Son aquellos que generan la falsa impresión de que al poseer tal o cual avance o artilugio, se elimina la incertidumbre y el miedo. Unos y otros. Monstruos o ángeles de la guarda, se ponen fuera de la acción de los hombres, desprecian a los mismos al renunciar a sus potencialidades y lo alejan de la emancipación y la libertad. |
Re: Por la emancipación de lo sofisticado.
Parece que se han abierto muchas líneas de reflexión en este hilo.
Soy exmarino mercante, y en aquellos años en los que yo era más joven que mis ropas tuve tiempo de pensar en las razones por las que existían las tradiciones típicas de los barcos. La conclusión a la que llegué es que todo aquel rígido sistema de formas iba encaminado a no asalvajarse; a conservar la "humanidad". A menudo la comida era una porquería, pero usábamos todos los cubiertos y la cristalería que hubiesen colocado en un hotel de lujo, y a nadie se le hubiera ocurrido pelar una fruta con las manos. Tenía su encanto, pero sobre todo tenía un sentido: comerse aquella bazofia sobre mantel de hule hubiera sido muy deprimente. Lo mismo podría decirse de la imagen de los oficiales y del Capitán. Al viejo lo tratábamos todos de Don, tuviera la edad que tuviese, y de Don trataban los subalternos a todos los oficiales, aunque tuviesen acné juvenil. También esto tenía un sentido, porque muy a menudo nuestros barcos salían al mando de un muchacho de 30 años, o menos, con unos oficiales más jóvenes aún, y se largaban a viajes que duraban seis meses fácilmente con períodos de desconexión del mundo que duraban semanas. Las tripulaciones eran muy numerosas, las condiciones muy duras (ya he hablado de la comida) y todo lo que ayudase a mantener el orden y la efectividad del trabajo era imprescindible. Solíamos ir bien vestidos y en muchas navieras era obligatorio el uniforme aún en los barcos de carga y , sobre todo, al llegar a puerto. Está claro que a la hora de dirigir a cuatro o cinco manos de estibadores al mismo tiempo, procurando que aprovecharan el espacio de las bodegas al máximo y que no robasen demasiado, toda apariencia de "autoridad" era bienvenida. También, los cargadores y aseguradores dormían mejor y pagaban con más diligencia el flete si la gente a la que le habían encomendado sus mercancías tenía un aspecto disciplinado y un poco "militar". Recuerdo a un compañero que decía que si existían los galones en la marina era porque resultaba imprescindible señalizar a los gilipollas, ya que de otro modo nadie podría imaginarse que ellos eran los que estaban al mando. Y creo que el esfuerzo de mi generación fue mucho en esa dirección. Había que intentar llegar a ser el capitán aunque se estuviera en pelotas dentro de un burdel incendiado. Muchos consideramos que el tratamiento era, muchas veces, una barricada que servía a dos trincheras y que propiciaba a los vagos y los emboscados. Había que dejarse de cuberterías y cristalerías y exigir que la gente comiese bien. Dejarse de dones y de señores y hacer que la gente trabajase de forma efectiva y segura. Nos pagaban por llegar a tiempo y con pocas averías, no por ser guapos. Puede que algunas cosas cambiasen porque cambiaron los tiempos y la tecnología. Poco a poco los maquinistas fueron disponiendo de cuartos de control con aire acondicionado, los marineros dejaron de dormir en sollados y pasaron a tener sus camarotes, los contenedores hicieron que el trato con los estibadores fuese muy tangencial y los propietarios de la mercancía dejaron de saber en qué barco iba ésta a cruzar la mar. Cambiaron las condiciones y los tiempos, y en consecuencia los uniformes, los tratamientos y muchos de los rituales quedaron fuera de su tiempo. Quedaron anacrónicos. En cuanto a los honores patrios, qué puedo decir. Cualquiera que, yendo embarcado en un candray español, ganando un sueldo español y con la Ley Penal y Disciplinaria de la Marina Mercante en vigor, haya compartido muelle con barcos alemanes, franceses, ingleses, italianos o en general cualquier cosa menos griegos (pobre gente) creo que desarrolla la tendencia a pensar que las banderas son de tela y a cada cual le toca la que le toca, como el ser alto o tener el pelo negro. Uno sólo puede sentirse legítimamente orgulloso de aquello en cuya creación ha participado. Si yo estuve mis mejores años apartando agua y subiendo o bajando olas, creo que lo hice por mi futuro y por mi familia. No creo haber hecho nada por mi bandera ni que ella haya hecho por mí nada que no hubiera hecho cualquier otra a cambio de mi trabajo. En este sentido coincido mucho con Theodor Heuss, primer presidente de la República Federal de Alemania, que cuando le preguntaron con insistemcia si amaba a Alemania contenstó que amar, amaba a su mujer. Pero supongo que esto es independiente de que yo haya sido marino o relojero. Es sólo mi sentir. A veces miro las fotografías, no muchas, que tengo de aquella época y me encanta ver lo guapos que estábamos todos. Recuerdo el ambiente de la cámara de oficiales de algún barco de hace casi 40 años, aquellos uniformes de lana gruesa que olían a rayos, y me enternece nuestra lucha por mantener la dignidad y la elegancia. Pero aquello ya pasó y, como dice mi querido y denostado colega en este mismo hilo, si algo echo de menos es el levantarme sin que me duela nada. Por mi oficio actual sigo en contacto con los marinos de hoy, y me parecen tan valientes, tan capaces y tan marinos como lo fuimos nosotros. Y un poco más altos, en general. Será que se alimentan mejor. Y todos se tratan de tú a tú sin que se hunda el mundo (ni el barco, claro está). Por último, vaya rollo estoy largando, hay que comprender que quienes han vivido estas cosas en propia carne se sientan un poco sorprendidos o tal vez incómodos ante quienes intentan mantener aquellas cosas que ya están muy rancias y que, en su momento, no existieron por placer, sino porque no había otro modo de hacerlas. Vaya una ronda a mi cuenta. Y perdón por el tocho! :brindis: |
Re: Por la emancipación de lo sofisticado.
Compañeros, por fin un foro que me ha tocado el alma.
Soy partidario de la electrónica, siempre tengo la última generación. Vivo de ello cómo algunos sabeis, y muy bien por cierto, no me puedo quejar. Me gusta un barco de madera clásico, como una buena mujer, pero nunca me casaría con ellos. Demasiado mantenimiento. Un motor de los de antes, se les podía hacer algo, si sabías, hoy pasa lo mismo; yo he arreglado mi coche esta semana con un portatil y un programita que me he agenciado. Sólo han cambiado los conocimientos, no las cosas, antes había averías y hoy también, menos mal, porque sino de que iba a currar. Es para que todos lo veamos claro, un barco de madera o uno de fibra. ¿cual es mejor? No seais malos, e invertir en electrónica. La electrónica es buena o es que sos pegó de pequeñitos una tele de válvulas. |
Re: Por la emancipación de lo sofisticado.
¡Qué magnífica reflexión, Werke! (y la de Heuss, que no conocía)
Ya no importa tanto la idea con la que Prometeo inició este bendito hilo, porque algunos de vosotros estais volcando en él unas experiencias hermosamente narradas y sumamente emotivas. Sin duda sois dignos herederos de Prometeo, el de Homero, el de Byron y el de Sheley, el que se enfrenta al mismísimo Zeus en nombre de la dignidad humana. Mi relación con la mar no es casual, sino intencionada y buscada, pero nunca ha sido mi pan ni el de los míos. No puedo aportar un punto de vista tan valioso como el vuestro. Gracias Prometeo por tu inciativa y por mantener este hilo vivo.:brindis: |
Re: Por la emancipación de lo sofisticado.
Señor Werke, ha sido delicioso y emocionante su relato y si me permite solo quisiera puntualizar que en ningún caso quise expresar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Creo que hablé que el mundo profesional tiene muy poco de romántico. Solo trataba de reivindicar lo simple frente a lo artificioso. Derivamos en generaciones de motores, hablamos de electrónica y acabamos en tratamientos y en respeto. Quiero también decir que nunca he denostado a nadie, al revés mi intención fue defender y justificar la intervención que comenta, dado que yo practicaba un juego que no se conocía hasta que lo expliqué. Quería desvelar la paradoja de que lo que debería ser normal se convierte en excepcional. No quiero aquellos tratamientos decimonónicos que usted describe, pero reclamo una recuperación del buen gusto, de la elegancia verbal, que va ligada con una cierta sobriedad. Por desgracia esta actitud es bien escasa, por no decir excepcional y la falta de ella desemboca en la vulgaridad que en cierto modo es sinónimo de brutalidad. Insisto en que nadie de este foro debe darse por aludido, en otras entradas lo he explicado.siempre me he sentido tratado con mucho afécto
Con relación a los símbolos, solo estoy en parte de acuerdo con usted. Es cierto que las banderas solo son trapos, pero tienen su utilidad. Somos un pueblo iconoclasta empeñado en destruir símbolos para inventar o imponer otros. Los símbolos son necesarios, expresan sentimiento de pertenencia, valores compartidos…como usted opino que solo se ama a la mujer, pero ¿Cómo le llamo a los que son y se sienten mis camaradas? Algunos lucen un ancla, otros una hélice, me da igual, pero pongámosle nombre. Dicen que los esquimales disponen de muchas formas para denominar a la nieve. Ese dato muestra la importancia que para ellos tiene ese estado del agua para su supervivencia. Aquellos que no les ponen nombre a las cosas, lo primero que denotan es desprecio o ignorancia sobre su valía. Por eso, con todo el respeto a su experiencia, comprendiendo el rencor que pudiera tener a los que le hablaron de orgullo patrio ( y no confundo patriotismo con nacionalismo) mientras despreciaban sus derechos, insisto en los ritos y los símbolos pues como decía en otras entradas, esos son los instrumentos para conectar aquel mundo que algunos vivimos con el ahora impera. Son muy distintos, es cierto, pero para mi forman un todo y sin querer suplantar su criterio, me da la impresión- por el respeto que manifiesta a los jóvenes-, algo parecido a mi siente. :brindis::brindis: |
Re: Por la emancipación de lo sofisticado.
He tenido ocasión de releer las ultimas intervenciones y sinceramente pienso que todas tienen mucha mas calidad que mis textos atropellados. Las referencias que se citan, los cuidados argumentos, me indican que detrás de ese apodo o nick, hay profesores y marinos eruditos repletos de experiencias.
Y si me permite otro atrevimiento el señor Hopetos Después de ser tan superficial y poco cuidadoso en el tratamiento del pasado según el romanticismo que no tiene disculpa aún a pesar del poco tiempo y el ansía de ser cortés y contestar en la medida de lo posible a todos. El hecho de que use el nombre del mito para mi velero y también como nick es un homenaje, como lo fueron algunos de mis travesías que tenían como fin, dar a conocer las figuras de algunos navegantes de la antigüedad. No pretendo tal honor para mi ni mucho menos. Si acaso me imagino como Pigmaleon y su Galatea. He conocido muchos marinos. Dentro de mi familia donde ha habido marinos mercantes y del sector de la pesca, no todos han entendido mi dedicación. Cada uno ve el mar a su manera. Algunos están deseando buscar un trabajo en tierra y no me extraña, los comprendo muy bien. Otros como mi viejo Pancho, trabajó en el mar toda la vida y ya jubilado cuando volvía a salir al mar, parecía un comanche en su pradera, un Yanomami en su selva. Enfermo de cáncer, a las puertas de la muerte, quiso acompañarme a traer el Prometeo desde el Mediterráneo. Comimos con nuestras familias en navidad y salimos disparados para poder llegar a tiempo a Galicia antes de Reyes. Pasamos las doce campanadas ciñendo en el Estrecho. Las poblaciones de la costa celebraban con fuegos artificiales una noche tan señalada. Como aquella otra noche de fin de año en Cabo San Vicente de ruta al Caribe, - que casualidad- nos sentimos unos privilegiados. Pasando frío, en regata con una baja que nos había anunciado Rafael y que después nos zumbó en la costa portuguesa. Aquel hombre enfermo debería de estar en su casa, rodeado por su familia, con una manta sobre sus piernas, pero el quería estar allí. Por primera vez hablamos claramente de su enfermedad, siempre lo había engañado o el nos había engañado a todos haciéndonos pensar que no sabía nada. Me dijo que el mar le había dado mucho sufrimiento, pero también le había otorgado la emoción de un buen lance tan intensa como encontrar un tesoro, tan apasionante como sentir como se conjuran el mar, el viento y el barco para hacerte volar. Es evidente que Pancho no sentía como otras personas. El mar era su Galatea, la fuerza de su imaginación que daba vida a alto totalmente distinto a la manera de verlo por los demás. Una creación de su mente que tomaba vida propia alimentando las ganas de vivir de él mismo. Un ente imaginario cobrando vida por culpa de su portentosa sensibilidad. Porque tan importante como lo vivido es lo imaginado o contado. Tan importante como una gesta es su crónica. Nunca diga usted que no puede aportar nada. Montones de vocaciones se han forjado por culpa de la literatura. Creo firmemente en que la imaginación como impulso fundamental del crecimiento humano. Con la imaginación, con la visualización incluso entrenan los deportistas de élite. Por culpa, o gracias a la imaginación se han alcanzado las mayores empresas. No creo que sea usted un Marcel Proust describiendo la vida social parisina desde su buhardilla. ha descrito sentimientos que solo aprecian con la experiencia y como profesor usted bien sabe que enseñando también se aprende. Es cierto que hasta ahora corrían tiempos en los que dictaminaban tenían escasa práctica sobre la vida real, pero también es cierto que hay que prestigiar el estamento académico, por la misma razón que defiendo los símbolos sobre todo ahora que el conocimiento se ha universalizado pero también vulgarizado. Lo mismo que es importante en la ciencia la labor de divulgación, es importante la labor de quien aún sin tener la experiencia de Pancho, no renuncia a su pasión por sentir, soñar, imaginar, contar, enseñar como usted hace. Al citarlo en una entrada anterior me viene a la mente un suceso de la vida de Luís Camoens, cuando se embarco en Macao con todos sus bienes, con destino a Goa. Una noche cuando la nave iba a entrar en el Golfo de Siam, una violenta tempestad, arrojó el barco contra la costa y lo hizo pedazos. En los momentos de pánico que precedieron al tremendo choque, el poeta no pensó en sus bienes, se preocupó de salvar, a la vez que su vida, lo que juzgaba su mayor tesoro, el manuscrito de “Los Lusiadas”, y llevándolo en alto, nado hacia la costa y logó salvarse y salvarlo. Aquélla elección, fue la causa del sórdido fin de su protagonista, mas los legajos salvados, al servir para divulgar aquellas épicas gestas quinientistas fueron mil veces mas valiosos que el tesoro perdido aquella noche a la entrada del Golfo de Siam. |
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