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Re: Verano del 74
Tahleb, muy agradecido. La evasión que me brindas con tus capítulos es algo de lo que no deseo desprenderme, me sientan muy bien. Hasta que lo acabes te estaré persiguiendo y exigiendo con respetuosa devoción. :burlon:
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Re: Verano del 74
El Mar Jónico se abrió ante mí con una meteorología perfecta. Contribuyendo al ambiente monástico de mi barco, la voz frailuna del servicio meteorológico italiano, sonando por el canal 68 del VHF, me informó de que cabía esperar vientos de Poniente de fuerza cuatro durante las próximas 36 horas. En cuanto pude observar que rolaba de Norte a Oeste, me aproé para tomar dos rizos a la mayor y, vuelto a rumbo, atangoné el génova por babor, cazando la trinquetilla a crujía, como suelo hacer para ir de empopada en solitario.
Pronto comprobé que navegaba mucho mejor si caía unos grados a babor - poniendo proa al paso entre Creta y Antikithera- que apuntando al sur de Creta según estipulaba el trayecto del Camí de Jerusalem. Si optaba por Antikithera la derrota me llevaría luego a pasar por Karpathos y ambas son, tal vez, las islas griegas más preservadas y más intensas de todas, así que permití que las guiñadas me fueran apartando poco a poco del “Camí” y no tardé en ver puntas de ocho nudos en la corredera. Atangonado y con el centro vélico muy a proa, no tenía gran cosa que hacer más que gestionar mis horas de sueño y mis comidas, molicie que me llevó en seguida de regreso a reflexiones más o menos febriles. Yo, a diferencia de Jean, no había movido ni un dedo para recuperar a Iulia. En verdad, ni se me llegó a pasar por la cabeza. Tan sólo me encerré en mí mismo y pasé años y años lamiéndome la herida. Sinceramente, le espeté a la imagen barbuda que me devolvía el espejo, si tanto la querías ¿por qué no hiciste nada? Aunque intenté disimular todo lo que pude, Iulia no tardó en darse cuenta de que todos sus amigos me parecían detestables; sus padres, dos momias decimonónicas; su concepto de la honestidad, un sepulcro blanqueado. Y yo no tardé en asumir que, para ella, mis amigos carecían de estilo, mis padres eran nihilistas y muchos de mis planteamientos morales eran ingenuos y más propios de un boy-scout adolescente. Al hacer el equipaje para ir de visita a su ciudad, mis zapatos de lona y cuero, mis camisas de algodón egipcio sin cuello, mis sweeters de punto grueso y mis americanas de lana con guarniciones de tela eran sistemáticamente expulsados de la maleta y sustituidos por una fórmula constante a base de mocasines italianos, pantalones de pinza, camisas de dos colores, jerseys de lana de Shetland y calcetines a juego. Una vez le comenté que aquello equivalía a decir que, en estado natural, yo resultaba impresentable en su ambiente. Puede ser, me respondió, pero no nos engañemos: tú como mejor estás es sin ropa. Teníamos un mundo común muy pequeño. Tan pequeño como una isla griega en mitad del planeta Mar. Pero era un mundo intensamente azul y blanco, de vino muy rojo y de aguas muy claras. De vientos que deformaban el crecimiento de los árboles y de rocas desnudas en las que el Sol parecía reventar y hacerse añicos. Una pequeña isla en la que, de vez en cuando, era día de fiesta, se bailaba hasta el amanecer y se cometían locuras. http://www.youtube.com/watch?v=dx_v5qVv6H4 Fuimos, probablemente, una experiencia individual simultánea que no hubiésemos podido vivir el uno sin encontrar al otro. |
Re: Verano del 74
Supongo que ya te lo han dicho, pero ¿no te planteas publicar esto? Es un placer leerlo...
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Re: Verano del 74
Un verdadero placer leerte y saludarte,camarada.
Espero la vida se porte bien contigo. Unos chupitos de caña de "herbas" para ayudar a endulzarla. Y por favor,sigue.... :brindis: |
Re: Verano del 74
Estas inmenso Tahleb,entro buscándote en esta taberna y cada vez me produce
más placer leerte. |
Re: Verano del 74
:brindis:
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Re: Verano del 74
No conocía este hilo .....y leerlo ha sido precioso.
Gracias por estas aportaciones. :brindis: |
Re: Verano del 74
Antikithera, que apareció en el horizonte dos días y medio después de pasar la Isola delle Correnti, era tan pequeña como nuestro extinto mundo en común. A penas diez kilómetros de largo por tres de ancho; cincuenta habitantes repartidos por cuatro poblados diminutos. Su capital, Potamos, cuenta con tan sólo diecinueve almas.
Hace muchos años, con ocasión de un viaje de vacaciones a Creta, la avistamos desde el ferry que nos llevaba hacia el Peloponeso. La isla es casi completamente rocosa y sus piedras, expuestas al sol y al viento desde el inicio de los tiempos, parecen transmitir vejez y cansancio. Estas piedras, dijo Iulia al verlas, siempre fueron libres: nunca las cubrió un jardín, ni un palacio, ni un templo. Ni siquiera un leve manto de tierra. La Libertad, consume. Unos pocos árboles, aislados, raquíticos y torcidos por el Meltemi, se obstinan en sobrevivir introduciendo las raíces, tenaces, entre las rocas, en disputa con matas polvorientas de tomillo y de romero. Recordé un precioso poema de Serrat que habla de una encina que crece aferrada a un risco en el reino de los robles y de las hayas: ...Y de haber nacido en la tierra baja pudo ser timón y volverse al mar. Pudo ser rueda y ver mundo, ser mango, cuna o altar. Pudo ser ceniza y humo o pudo, simplemente, no haber nacido donde manda el roble, pero ahí nació desafiando las reglas, consentida por el sol. Más cerca de las estrellas. De abrazarse al suelo, a pelear la tierra con los aguaceros, de rellenar grietas con bojes, tomillos y enebros, de andar huyéndole al hacha que el amo blande ligero..., nudos amargos duelen en tus maderas, encina verde. Que tus contornos te quieran, que te respete la muerte. Que es bueno que cuando el haya enrojece y los caminos mudan de color, entre esqueletos de robles, salpiques con tu verdor las palideces del bosque. |
Re: Verano del 74
recobrando el placer, PLACER, por la lectura
gracias, compañeiro :brindis: |
Re: Verano del 74
Cita:
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Re: Verano del 74
Y aún siendo tan pequeña, seca y desolada, Antikithera le ha dado a la humanidad dos cosas fascinantes que han situado su nombre en la Historia: una cosa bella y un objeto misterioso.
A principios del siglo pasado unos pescadores de esponjas encontraron frente a Antikithera los restos de un naufragio de la época romana; una nave que, sin duda, se dirigía a Italia con el botín obtenido tras la conquista de una ciudad griega. Entre esos restos se hallaban los fragmentos de una estatua de bronce que, una vez reconstruida, resultó ser un efebo. Es decir, un hombre joven y bellísimo. Su brazo derecho está levantado y los dedos de la mano tienen una postura curiosa, casi como formando el signo de la victoria pero sin estar extendidos del todo. Cuando vimos la estatua en el museo de Atenas, Iulia me contó cuál era la teoría más plausible: la estatua representaría o bien a Perseo o a un juvenil Hércules. En ambos casos su mano estaría sujetando una de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides ahora desaparecida. Tal vez la famosa manzana de la discordia. El objeto misterioso es una máquina hallada en el mismo naufragio y que, según inscripciones que figuran en ella, data del año 200 A.C., por lo menos. Se compone de docenas de engranajes de bronce, diales y agujas indicadoras que, al parecer, reproducen los movimientos de los astros y predicen los eclipses. Muchos consideran que es un OOPArt (Out Of Place Artifact) de los que hay varios por el mundo. Para mí, en cambio, Antikithera es, sobre todo, una de las puertas del corazón de Grecia. Al dejarla por la popa me internaba en el Egeo y una parte de mí quedaba atrás. El sol salía por la proa, como una promesa, y me puse a bailar con pasos de zempekiko la canción del amanecer: Despleguemos las velas hacia el Sol y el olvido, la vida seca las lágrimas. ¡Amanece! ¡Amanece! http://www.youtube.com/watch?v=m8mks...ature=youtu.be |
Re: Verano del 74
Si camarada,por mucho que la jodamos,cada dia vuelve a darnos otra oportunidad....
Proa al sol,proa a la vida. La vida,que por mucho que la odiemos siempre nos acompaña. Tus escritos siempre me tocan la fibra, estan llenos de realidad de desgarradora y autentica realidad. Gracias,camarada y por favor,sigue.... :brindis: |
Re: Verano del 74
Desde Antikithera hasta el paso entre Karpathos y Kasos hay unas 180 millas al rumbo 096. En época de Meltemi es un trayecto muy malo, pues la mar parece venir de todas las direcciones entre Noroeste y Nordeste, pero en mayo aún es posible cruzar con cierta facilidad. En mi caso, el viento de Poniente acabó cayendo y me vi forzado a llevar una típica navegación mediterránea, negociando ventolinas, parando y arrancando motor, ajustando el aparejo cada cuarto de hora. Del Norte llegaba una mar vieja muy larga que nos acunaba serenamente, con ritmo de péndulo grande, y parecía imponernos su compás al barco y a mí. Fue en ese tramo donde más me arrepentí de no haber embarcado a algún tripulante, pues no duermo tranquilo si navego a motor y el cansancio me hizo mella enseguida. Si me sentaba en la cámara, me quedaba hipnotizado con la danza pendular de la cocina o con el movimiento de metrónomo lento de los lápices en su alojamiento de la mesa de cartas; si me quedaba fuera, me hechizaba el contoneo de la rosa del compás dentro de su cúpula cristalina. El mar tenía ese tono de azul que sólo se ve en algunos esmaltes o en ciertos cuadros de Matisse: el color de lo insondable.
Con el cansancio volvieron los recuerdos y las ensoñaciones, pero se había producido un cambio esencial en los efectos que me causaban. Acodado de perfil en la brazola cerré un momento los ojos y, en ese espacio de tiempo tan pequeño, me vi transportado al viejo sloop de mi padre, sentado en la misma posición y con Iulia sentada muy cerca junto a mí. Ambos mirábamos hacia proa. El viento hacía flotar sus cabellos y éstos me acariciaban la cara y me deleitaban con su aroma. Sin que ella se diera cuenta yo atrapaba algunos entre mis labios intentando descubrir su sabor. Eran ligeramente salados, como toda su piel y su amor. Al abrir los ojos me sentí afortunado. Aquel recuerdo era un tesoro vital. Y tenía muchos más. La pena y la nostalgia habían desaparecido. Mi opus nigrum empezaba a brillar. Iulia, acepté por fin, nunca fue una mujer del todo real. La esencia de Iulia era mía. Se componía de un soporte material adecuado y de todo mi amor, todos mis sueños, mis ambiciones y deseos colocados sobre ese soporte como un vestido. ¡Y qué bien lo llevó durante los catorce años que compartimos! ¿Habría cosido ella también un traje semejante para mí? Es evidente que yo no fui exactamente como ella quería. Por eso cambiaba el contenido de mi maleta cuando debíamos entrar en su mundo familiar y se enfadaba conmigo si participaba demasiado en las conversaciones con sus colegas. Yo era perfecto en el mar, sobre todo en los mares de Grecia que le ayudé a cruzar, y en su cama. Le encantaba que la escuchase embelesado mientras me contaba episodios de la mitología o me hablaba del origen de las palabras que hoy usamos. Y pienso, ahora, que también amaba en mí aquello que de griegos tenemos casi todos los marinos del Mediterráneo. Pero había otras muchas cosas mías que, sencillamente, no percibía. Como si yo emitiese en una longitud de onda en la que ella no sintonizaba. Qué lástima, pensé, que el conocimiento te alcance siempre cuando ya no puede ser aplicado. Atravesé el Stenos Karpathy y seguí a rumbo, Este media cuarta al Sur, hacia Chipre; patria, precisamente, de Pigmalión y Galatea. |
Re: Verano del 74
Que enbriagador, uno tiene la sensación de estar allí y de repente cuando te ves fuera a la fuerza, por la brevedad del relato, sigue el regusto que deja un buen cafe o una buena copa. Si me pregunta mi mujer donde he estado no se lo va a creer. :sip: :cid5:
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Re: Verano del 74
Resistí la tentación de mirar hacia popa al alejarme de Kasos, pues una vieja superstición marinera sostiene que nunca se regresa a aquellos lugares que has mirado mientras los dejas atrás. Y yo quiero volver a Kasos algún día. Más particularmente al islote de Armathia, al Oeste de Kasos, donde una vez, hace muchos años ya, me planteé la posibilidad de no moverme más.
Ahora tenía por la proa un montón de millas. Casi trescientas si me decidía por el Cabo Akrotiri, al sur de Chipre, y doscientas cincuenta si tiraba hacia el puertecito de Latsi, en el norte. El viento se había entablado de Noroeste y el aparente me entraba casi de través, lo que me permitía ir con todo el trapo arriba desde la salida a la puesta de Sol. Por la noche prefería reducir a mayor y trinquetilla para dormir más tranquilo. Empezaba a pesarme la rutina. Tal vez porque no era una rutina del todo plácida al tener que mantener una buena vigilancia sobre el tráfico de mercantes, pesqueros y diversas artes de pesca de deriva. Pero pronto descubrí que, tras dejar Karpathos cuarenta millas por la popa, me había quedado solo en mitad de mi disco de horizonte. Así que me sumí de nuevo en un ritmo monástico que habría de durar un par de días con sus correspondientes noches. El amanecer del tercer día reveló en el horizonte el perfil agreste del Cabo Akamas. Lo remonté cerca del mediodía y, como el tiempo había quedado en una brillante calma, decidí detenerme en una cala que se conoce como Blue Lagoon, a unas cinco millas al Noroeste de Latsí, cuyas aguas son de una transparencia irreal. Ya estaba en Chipre. A menudo los viajes parecen tomar entidad propia, como si tuvieran vida en sí mismos y el viajero tan sólo fuese un organismo adicional adherido a ese existir indefinible. Y como todos los seres vivos, a veces los viajes se resisten a morir o a cambiar de aspecto. De pronto no sentía ya prisa por llegar. Lo deseaba, pero sin prisas. Así que fondeé en aquellas aguas de cristal y me concedí veinticuatro horas de nirvana. Mañana llegaría a tierra. Hoy no. http://www.panoramio.com/photo/41462...=kh.google.com |
Re: Verano del 74
"... me encontraba en la playa mirando la inmensidad de las azules aguas. Había comprado algo para comer en un puesto cercano, el comedor del Hotel Comino quedaba alejado y no quería perder ni un solo minuto de aquel paisaje.
Observaba el contraste de las cristalinas aguas con los acantilados, pensaba en echar raíces en ese lugar y no volver a moverme de ese paraíso. A mi edad había viajado mucho, quizás demasiado..... Miraba la roca solitaria que cerraba la hermosa cala en mitad del agua, pensaba que este era uno de esos rincones paradisíacos y vírgenes que todavía quedaban en el mediterráneo. Sus aguas limpias, transparentes y azuladas me transportaban a esas otras playas de blanca arena que antes creía que solo existían en el "caribe" o el "pacífico". Esta joya de laguna azul situada entre las dos mini islas de Comino y Cominete es sencillamente hermosa. Parecía incríble que en este lugar donde se respiraba tanta paz hubiera habido allende los tiempos sangrientas luchas entre cristianos y otomanos.... Vi aquel fantástico velero llegar y fondear, quien sabe, quizás vendría de tierras lejanas. Me fije y pude advertir que colgaba pabellón español y catalán. Era otra alma perdida, perdida como la mía, quizás en busca de sus recuerdos.... Tras largo tiempo de observación comprobé que iba un solo tripulante. Navegaría en solitario como yo haría algún día..... "Algún día" es la respuesta que nos damos al plantearnos lo que realmente deseamos, y creemos que siempre lo podemos posponer, como si el tiempo fuera algo infinito y que podemos administrar a placer. Nos cuesta mucho asumir que el tiempo va siempre en descuento, olvidando que cualquier deseo será mas difícil de cumplir cuanto mas lo pospongamos. Tal vez mañana pueda verlo en el puerto de La Valletta, conocer a su patrón y compartir soledades...." |
Re: Verano del 74
Muy bien Atarip. En efecto, hay más de un Blue Lagoon en el Mediterráneo. Al menos dos: el de Malta y el de Chipre. Tal vez el de Malta (Comino) es el más mágico de los dos. Cuéntanos más...
Yo sigo con Chipre: ...Tomé un buen baño de mar, aunque el agua de mediados de mayo estaba aún un poco demasiado fría para mi gusto. Comprobé que el ancla estaba bien enterrada en la arena y, con la tranquilidad que eso me dio, me preparé una cena espléndida, tomé un par de copas de buen whisky –cosa que no me había atrevido a hacer en toda la navegación- y me fui a dormir sin despertador por primera vez en dos semanas. La navegación en solitario es como un shock para el cerebro de los humanos contemporáneos. De pronto, al seso le desaparecen multitud de “inputs” de urgencia, como los que produce, por poner un ejemplo, la sencilla actividad de conducir un coche o, incluso, la de ser espectador de una película de intriga. Los sueños, faltos de simbología fresca, derivan enseguida hacia estímulos del pasado y codifican recuerdos de sensaciones que el consciente ha olvidado hace mucho. El paso de una disciplina estricta, no sólo en materia de horas “dormibles” sino también de pensamientos autorizables, comida asumible, planteamientos permisibles y bebidas inocuas, a la situación de moral laxa en fondeadero, también provoca un claro desajuste de los ritmos neuronales de costumbre y hace que lo onírico adquiera una calidad extraordinaria y desconocida. Soñé el recuerdo remoto de mi madre sosteniéndome en brazos mientras me cantaba una canción de cuna de la perdida Sefarad: durme, durme mi alma doncella; durme sin ansia y dolor. Soñé sus labios de fresa y los dientes perfectos que, en la felicidad, mostraba. Soñé el recuerdo de que, con tan sólo ser, hacía feliz a quien más amaba. Recordé el sueño de las manos de Iulia acariciando mi cuerpo de héroe imberbe; de su boca besando la piel ingenua de la vaguada que conducía de mis caderas a mi vientre. Escuché en un eco lejano la voz áspera de mi padre, presión viva de su mano en mi brazo, al ritmo de una canción de guerra: Nous sommes des dégourdis, Nous sommes des lascars Des types pas ordinaires. Nous avons souvent notre cafard... Y regresé a la vigilia, con el Sol ya visible, en un último sueño de grandes barcos que, cargados de contenedores, partían sin mí. Entré, por fin, en el atestado puerto de Latsí; alquilé un coche y me dispuse a rodar hacia Famagusta con escala previa en la Nicosia turca. |
Re: Verano del 74
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Re: Verano del 74
La carretera discurre cerca de la línea de la costa durante unos cien kilómetros, orillando el enclave de Kokkina y cruzando la doble línea de separación de las Naciones Unidas. Después de tantos años aún se respira el ambiente de conflicto y el odio latente entre griegos y turcos. Siguiendo el consejo de varios amigos, tuve que entregar el coche antes de cruzar la frontera y cambiarlo por otro, idéntico, pero de matrícula turca. Curiosamente, ambos pertenecían a la misma compañía de alquiler.
Llegué a Nicosia a media tarde, justo a tiempo de tomar un té antes de cenar con mi viejo amigo Metin, antiguo estudiante de Marina en Marsella, donde nos conocimos, y actual alto cargo de la Policía turco-chipriota. Gracias a la llamada de teléfono que le hice antes de dejar Barcelona, mi entrada en el país no había tropezado con las habituales exigencias de visados y demás obstáculos administrativos. Hacía mucho que no nos veíamos. Había engordado considerablemente y parecía observar el entorno a través de los párpados semicerrados mientras desgranaba en su mano derecha las cuentas de un rosario islámico. Disfruté muchísimo del ambiente que se creaba a su alrededor, como cristalizado por su aura de Pachá y por las atenciones orientales que le dedicaban los camareros y el dueño del restaurante. Descubrí, con sorpresa, que casi no bebía alcohol y que había dejado de fumar cigarrillos. Ya sólo disfrutaba, de vez en cuando, de alguna pipa de agua con tabaco aromatizado de manzana. Ahora, me dijo con expresión lobuna, he centralizado todos mis vicios en uno sólo que está tolerado por el Corán: las mujeres. Me había preparado una especie de salvoconducto en forma de carta con el membrete oficial de la policía en el que, copiando descaradamente la leyenda que ilustraba el reverso de nuestros antiguos títulos profesionales, rogaba a las autoridades y funcionarios de la república que me dieran asistencia en caso de necesitarla. Me dio también el nombre del comisario de Famagusta y el del comandante militar de la zona, con la recomendación de que fuese a verlos, de su parte, y de que les explicase claramente mi intención de violar sus leyes entrando en la zona de exclusión de Varosha. Necesitan, me dijo, mirarte a los ojos para estar seguros de que no les vas a complicar la vida con alguna imprudencia o con alguna fotografía publicada en algún sitio improcedente. Toma nota también, añadió, de que Varosha ya no existe. Ahora se llama Mereş. Cenamos una selección de platillos de comida chipriota, idéntica a la turca y a la griega, pero con nombres diferentes. Bebimos “ayran”, que es una especie de yogur aguado muy saludable y, con los postres, además del inevitable café turco, a mí me sirvieron un whisky con hielo y a Metin un vaso de raki, llamado ouzo por los griegos, que es un aguardiente de anís muy seco que hay que mezclar con agua. El restaurante estaba en lo que, de ser romana la casa, hubiese sido el “compluvium” y, de ser andaluza, el patio. Una fuente central nos brindaba su rumor; miles de geranios y de otras flores, cuyo nombre desconozco, esparcían un suave aroma. La música ambiental, también como un perfume, exhalaba notas de flauta sufí. http://www.youtube.com/watch?v=aEPZxf3l8hI Me invadió un sentimiento que no sé definir: estaba en casa. La gran casa de quienes tuvimos la fortuna de nacer a orillas de la más bella de las mares. Y de la que, siendo la más pequeña, más sangre humana por metro cúbico contiene. Metin recuperó del fondo de uno de sus bolsillos el rosario y se inclinó levemente hacia mí, mirándome intensamente entre sus párpados de Pachá. Cuando entres en Mereş, Tahleb, hermano mío, piensa en Turay, el hijo de mi padre y de mi madre, que también pudo ser tu hermano y que murió en agosto del 74 en el frente de Pentadactilia, no lejos de aquí, luchando por la libertad y la identidad de su pueblo. Te aseguro que no había más remedio que matar o morir. Cuando entres en Mereş, no te compadezcas sólo de los griegos. Nosotros pagamos con el doble de sangre que ellos su misma locura. |
Re: Verano del 74
Hablamos de lo divino y de lo humano durante horas. Intentó explicarme los porqués de su deriva hacia estéticas islámicas, que yo atribuía a la simple necesidad de adaptarse a los vientos sociales predominantes, pero que tenía raíces personales mucho más profundas. Durante toda su juventud Metin había procurado sumarse a las corrientes occidentales que regían nuestra generación: el concepto de mundo que se engendró en las barricadas de mayo del 68, la liberación de la mujer, el concepto de la Democracia como ejercicio real y no sólo como juego de teoría política, el amor libre, el pacifismo.
Pero su tierra, a la que regresó al principio de los ochenta, lo devolvió a la realidad. El norte de Chipre pertenece a Oriente y, por lo tanto, los cambios suceden con un ritmo distinto. No se podían introducir esos cambios de repente sin destruir elementos fundamentales de la estructura social. La solución, pensaba él, estaba en el recurso a la bondad. Por eso, precisamente, se hizo policía. Para combatir la maldad y proteger a los buenos. La buena gente estaba habituada a la imagen de hombre justo un poco gordo, un poco espiritual -de ahí el rosario que desgranaba continuamente- y muy vigilante, como sugería su mirada pretendidamente escrutadora. Un jefe de policía de nervios templados engendraba confianza y esperanza. Ambas generaban bondad y, la bondad, engendra justicia. Esa mirada puesta en las cumbres del bien común le había hecho perder, sin embargo, las dioptrías necesarias para ver los motivos vitales de gente como yo. Respetó escrupulosamente mis sentimientos, pero sé que no pudo comprender por qué estaba yo perdiendo el tiempo en aquel viaje a los recuerdos. Especialmente, supongo, teniendo en cuenta que las esperanzas suyas y las de su gente se basaban ahora en la posibilidad de olvidar. ¿Sabes?, me dijo, cada día cruzan la Línea más de veinte mil turco-chipriotas para ir a trabajar al lado griego y varios miles de griegos pasan hacia aquí para hacer sus negocios. Es cuestión de tiempo que unos y otros se decidan a instalarse cerca de sus trabajos y, por lo tanto, que empiecen a convivir. Son gente joven que no conoce los detalles de lo que pasó. Y es mejor que nadie se lo recuerde. Lo más importante es que podamos mantener quietos a los militares ambiciosos de medallas y a los periodistas ávidos de reportajes enardecedores. El tiempo cierra las heridas. Vas a Mereş a recordar momentos felices, pero también recordarás desgracias y penas. A la mañana siguiente me dispuse a emprender la última etapa de mi viaje. Un par de ancianos vestidos a la vieja usanza turca me observaban con atención mientras cargaba la maleta en el coche y, mecánicamente, me dirigía luego a la portezuela delantera izquierda. Cuando quedó patente mi desconcierto al ver que el volante no estaba allí, uno de los ancianos le entregó un billete al otro, que lo recibió con una gran sonrisa mientra me dirigía un simpático guiño. En Chipre se conduce por la izquierda. A menudo y especialmente por las mañanas, los turistas lo olvidamos. |
Re: Verano del 74
Afortunadamente, la carretera que, desde Nicosia, lleva hasta Famagusta es una autopista de dos carriles por sentido que permite conducir relajado, sin la atención constante que exige la circulación por la izquierda y que, a medida que me aproximaba a mi destino, me hubiese costado mucho mantener.
La primavera estaba en su esplendor. A ambos lados de la autopista se veían frutales floridos y campos labrados que empezaban a verdear. Bajé la ventanilla para que entrase el aire con sus aromas y aprecié, una vez más en mi vida, que cada país tiene su olor propio y que los olores son el pilar más sólido de los recuerdos. Chipre tiene olor de especias mezcladas, algo así como el curry, y, de vez en cuando, una fugaz bocanada, áspera e intensa, de los efluvios de las higueras. La última vez que lo aspiré estaba mezclado con los gases de la cordita, el keroseno de los aviones y la chamusquina de incendios lejanos en los que, probablemente, no era sólo madera lo que ardía, pero su olor propio subyacía, bien identificable, como una esperanza de tiempos mejores. Llegué por fin a Famagusta. Crucé primero algún arrabal y, en cuanto las casas se espesaron un poco, me encontré bordeando la valla que separa a Varosha del presente y de la vida. El corazón se me aceleró cuando descubrí que la calle Kemal Server era en realidad la que yo conocí como calle Iras, donde se hallaba el Golden Mariana, y que la valla de prohibición que la interrumpía estaba a poco más de doscientos metros del hotel. Tan cerca y tan lejos. Aparqué el coche detrás del Hotel Palm Beach, a la sombra del esqueleto arruinado del Hotel Salamina, aún en pie al otro lado de la valla, el mismo que fue bombardeado mientras Iulia tocaba “Imagine” al piano en la verandah del Golden Mariana. Un tremendo boquete hacia la mitad de su altura indicaba el lugar por el que había penetrado uno de los cohetes de la aviación, mientras que por la cara norte se apreciaba el desprendimiento de la fachada en cuatro o cinco de los pisos. Me quedé un rato como extasiado por el hecho de aquella simultaneidad. Era como si aquel destrozo estuviera tan ligado a las notas de la canción que se diría que era efecto de éstas y no de un ataque aéreo. http://www.panoramio.com/photo/27010...=kh.google.com Sólo acontecimientos muy sonados dejan en nuestro recuerdo la grabación exacta del lugar en el que nos encontrábamos y de lo que hacíamos cuando sucedieron. El asesinato de JFK o el atentado del 11 de septiembre son dos de ellos y afectan a casi todo el mundo. El ataque al Salamina es, para mí, una de esas grabaciones imborrables. Recuerdo que, al oír el primer estampido, los jóvenes soldados que coreaban la canción apoyados alrededor del piano se agacharon instantáneamente. Iulia levantó las manos del teclado como si se quemase. Asimina, la camarera, dejó caer la bandeja que llevaba y se me abrazó, escondiendo la cara en mi pecho, y temblando como un gorrión. Con Asimina bajo el brazo izquierdo, agarré a Iulia con el derecho y me las llevé a ambas tras la protección de los ladrillos con los que estaba hecha la barra del bar. Nos sentamos en el suelo, asustados, aturdidos y fuertemente abrazados los tres. Iulia, que no temblaba en absoluto, puso su mano sobre la cabeza de Asimina en ademán protector. En ese instante y por causa de ese gesto, el futuro me desveló una de sus grandes promesas. Tomé conciencia de que Iulia era una mujer fuerte y valiente. Supe que, probablemente y si salíamos con bien de aquella, el Mundo iba a ser nuestro. El destino me había regalado una camarada. |
Re: Verano del 74
Tras inscribirme en el hotel salí, impaciente, a dar un paseo por la playa hasta la valla que, introduciéndose en el mar de un modo bastante rústico, impide el acceso más allá de los parasoles que fueron, en su día, del Salamina. Observé, a menos de 100 metros, la escalinata medio arruinada del King George y el lugar, sobre la arena, en el que 37 años atrás descansaban los botes de vela ligera que me hicieron concebir locos planes de evasión. La playa había retrocedido mucho y, poco después del King George, hacia el Sueste, las olas casi lamían los cimientos de los primeros rascacielos. Una pátina de color tabaco, que matizaba todos los colores antiguos, cubría como un sudario los edificios y la vegetación salvaje que crecía entre ellos.
Tenía una extraña sensación en el estómago, mezcla de ansiedad, tristeza y excitación. Sentía la proximidad de Varosha y la del pasado al mismo tiempo. Era como si el presente y el tiempo intermedio, es decir, mi vida desde entonces, no hubiera sido más que una alucinación vaga y que, de alguna manera factible y simple aunque ignorada, yo pudiese regresar a agosto del 74 y retomar mi juventud. Tal vez con el equivalente de un chasquido de los dedos o la pronunciación de una palabra mágica o, quizás, dando no más de un par de pasos en una dirección esotérica adecuada me sería posible franquear aquella barrera tan sutil. Me pasaron por la mente todas las teorías sobre realidades paralelas que había escuchado alguna vez. Sentía tan vivo el latido de mi corazón de joven, estaba todo tan próximo, que cerré los ojos con la verdadera esperanza de ver ante mí la sonrisa de Iulia y el resplandor de aquel verano en cuanto los volviese a abrir. ¡Qué cerca estaba todo! Aún con los ojos cerrados volví a verla. Paseaba semidesnuda ante mí, recortada en contraluz por el atardecer que discurría tras el ventanal de nuestra habitación mientras leía y declamaba un escrito de Hölderlin: “Dejé mi patria para encontrar, más allá del mar, la Verdad. ¡Cómo latía mi corazón, lleno de grandes esperanzas! No encontré nada más que a ti. Tampoco tú encontraste a nadie más que a mí. Nosotros no somos nada; aquello que buscamos lo es todo”. |
Re: Verano del 74
Y, efectivamente, no encontré nada cuando, finalmente, abrí de nuevo los ojos. Allí estaba la playa abandonada y el impasible sol de la tarde, deslumbrándome. Un soldado aburrido me observaba desde su garita; una caseta construida con materiales de saqueo sobre la terraza del mismo hotel en el que, antaño, se servía la mejor langosta del Mediterráneo.
Por allí había pasado el temible caballo de la Guerra, pero, a diferencia de la mayoría de las tierras y las ciudades devastadas, las heridas abiertas por su guadaña no habían podido cerrarse aún ni ser enterradas por el paso de la historia. Me impresionó, sobre todo, la súbita consciencia de la habitualidad de lo tremendo. Yo mismo era, en aquel lugar, un visitante común y mil veces visto. Al regresar al hotel, un camarero en uniforme impecable me aguardaba para conducirme hasta una mesa junto a la cristalera del salón, desde la que se divisaban las ruinas de Varosha bañadas por la luz del Poniente. Tal vez., sugirió, me apetecería tomar alguna bebida contemplando la Ciudad Fantasma. Le hice alguna pregunta sobre los años transcurridos junto a la ciudad prohibida, pero me contestó con un discreto encogimiento de hombros: lo siento, señor, yo soy de Jordania y no tengo ni idea de por qué están esas ruinas tan feas ahí. Las de Jerash, me informó con un susurro cómplice, estaban junto a su pueblo y ésas sí que valían la pena. Y, además, podían visitarse. Al día siguiente intenté ver al comandante militar al cargo de la zona, pero me informaron, sin demasiada amabilidad, de que no podría concederme ninguna entrevista hasta una semana después. A continuación intenté ver al jefe de la policía enseñando la carta de Metín como tarjeta de visita, y obtuve, a pesar de todo, una respuesta similar. Mis genes de colono europeo empezaron a sentirse a gusto en aquel escenario. Junto a las murallas de la fortaleza veneciana, en un mercadillo de tenderetes, encontré un puesto en el que vendían, como si fuesen antigüedades, llaveros de las habitaciones de casi todos los hoteles de Varosha, pero no hallé ninguno del Golden Mariana ni nadie que recordase haberlos visto nunca en venta. Al parecer, el hotel estaba demasiado cerca del trayecto habitual de las rondas de vigilancia y no había sufrido demasiados saqueos. Pregunté en un par de sitios si alguien recordaba al libanés de Varosha en cuya tienda, casi cuatro décadas atrás, había comprado mis víveres de supervivencia y, por fin, hallé a un viejecillo frágil y encorvado que asintió sonriendo: ¡claro que me acuerdo! ¡Ese era yo! Y, pasmosamente, se acordaba también de mí. En realidad, de quien se acordaba era de Iulia, pero sabía que la acompañaba un muchacho que bien pudiera ser yo. Ejerciendo de típico comerciante oriental se sirvió del poder de sus gestos para ordenar a los dependientes que fuesen a buscar té y cigarrillos, y me hizo sentar junto a una mesa baja para conversar. Procediendo en estricto orden cronológico me habló de su inquietud por nosotros cuando dejó de vernos; de su esperanza de que hubiésemos sido evacuados sin novedad con los demás extranjeros; del miedo y la angustia vividos el quince de agosto, cuando hubo que abandonar la ciudad en tan sólo un par de horas; de su determinación por quedarse en la zona turca, a pesar de ser cristiano; de los largos años de conquista de la estabilidad y de la paz de los últimos tiempos, rodeado de hijos y nietos que lo veneraban. Y de la gran alegría que se llevó cuando, siete u ocho años atrás, Iulia vino a visitarlo. |
Re: Verano del 74
Thaleb por que no publicas ??
:sip: -- :brindis: JJ |
Re: Verano del 74
Cita:
:sip::sip::sip: :brindis::brindis::brindis: |
Re: Verano del 74
:gracias: una vez mas Tahleb.
Benditos y malvados recuerdos que nos hacen estar vivos y a la vez nos matan lentamente. Gracias por compartirlos camarada. :brindis: |
Re: Verano del 74
Había aparecido una mañana más o menos igual que yo, mezclada entre docenas de turistas que vagaban por el mercadillo, y se había quedado frente al mostrador con una sonrisa, mirando sin dudar al envejecido libanés. ¿Se acuerda usted de mí?
Hablaron un rato sobre la vida, los hijos y nietos habidos por una u otra parte, de las penas y alegrías que el tiempo había traído y de la nostalgia de lo pasado. Iulia rechazó los cigarrillos que, junto con el té, formaban la base de la hospitalidad del libanés. Ya no fumaba. Sus pulmones ya no se lo permitían, dijo. Cumplidas las normas de cortesía, Iulia expuso su intención de volver a visitar el Golden Mariana. Sin dar muchos detalles pero poniendo mucha pasión, contó que deseaba volver, aunque sólo fueran unos minutos, al lugar en el que había sido tan feliz y en el que había vivido tantas emociones. ¿Podría alguien ayudarla a conseguir su objetivo? Por Famagusta habían pasado multitud de griegos y de extranjeros cuyas casas y propiedades habían quedado atrapadas dentro del cerco de Varosha. Por lo general querían recuperar algunos objetos en particular –documentos, fotografías, libros- por los que tenían un interés concreto. Todos eran conscientes de los peligros que entrañaría para ellos cruzar la valla de prohibición y se limitaban a ofrecer dinero a cambio de que algún “experto” se aviniese a localizar aquello que deseaban recuperar y se lo hiciera llegar al lugar en el que se hospedaban. Se habían llegado a establecer unas a modo de tarifas que dependían de la dificultad de acceder a la casa o el piso de que se tratase y de la carga a transportar. Monsieur Michel, que así se llamaba el libanés, tenía contactos y conocidos capaces de hacer ese pequeño tráfico, pero entrar y salir con una turista que, además, padecía de una tosecilla continua, era muy arriesgado. Mas ¿cómo resistirse a su poder de persuasión? Iulia consiguió entrar y salir de Varosha sin más daños que un par de rozaduras en los codos y las rodillas. De lo que hizo allí, el libanés no tenía ni idea. En todo caso, dijo mirándome inquisitivamente, yo podría preguntárselo a ella misma, ¿no? ¿Acaso no había viajado conmigo? Dudé unos instantes y decidí no dar malas noticias. Iulia, le dije, se había quedado en casa esta vez. A continuación le conté que yo también quería entrar en el Golden Mariana por las mismas razones que la habían impulsado a ella y que le estaría muy agradecido si pudiese ponerme en contacto con uno de los “especialistas”. Preferiblemente, el mismo que la había conducido a ella. Eso está hecho, respondió con una sonrisa. |
Re: Verano del 74
Cita:
Gracias por el halago :brindis: |
Re: Verano del 74
Gracias!
Permanezco a la escucha de la próxima entrega. :brindis::brindis::brindis: |
Re: Verano del 74
Sigo con mucho interés todas tus entregas, atento y calladito desde el fondo de la clase.
Gracias por dejarnos disfrutar de tus relatos. Y, ya de paso.... FELIZ CUMPLEAÑOS TAHLEB!! :brindis::brindis: |
Re: Verano del 74
Pues llego tarde, pero no importa.....
Muchas felicidades, Tahleb! :pirata::pirata::pirata: :brindis::brindis::brindis: |
Re: Verano del 74
-oño :eek:
No sabia nada. :pirata::pirata: FELIZ,FELIZ,FELIZ CUMPLE :borracho: unas de orujo y una de cañas de hierbas:D Que seas muy feliz camarada. :brindis::brindis::brindis: |
Re: Verano del 74
¡Callaito se lo tenia Vuesa Merced, Maese Tahleb!... pero bueno, como todos los santos tienen octava... pues... dese Vd. por felicitado... y ¡hala! a por el próximo cumpleaños.
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Re: Verano del 74
Mil gracias por dejarnos leerte Tahleb , es un verdadero placer.:cid5::cid5::gracias::brindis::brindis:
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Re: Verano del 74
Muchísimas gracias. Cuando uno experimenta un poquito de vértigo a causa de la altura de la "sesentena" conforta mucho saber que aún hay quien te quiere bien.
Ahí va otro pedacito de historia: El guía resultó ser Mustafá, un hombrecillo atlético y vivaracho, poseedor de un gran bigote y de unos ojos pequeños que transmitían bondad, simpatía y solidez. Hacía un par de años que había dejado de internarse en la ciudad fantasma, pero cuando el libanés le habló de mi relación con Iulia y de las aventuras corridas en los viejos tiempos, aceptó encantado la posibilidad de guiarme hasta el Golden Mariana. Ah, l’amore, l’amore! decía extasiado, poniendo los ojillos en blanco. Ante mi mirada de sorpresa Monsieur Michel me contó que, al parecer, el argumento de Iulia para convencerlo había sido el de querer visitar de nuevo el nido de su primer amor, cosa a la que Mustafá, que era un romántico perdido, no había sabido negarse. El momento de la incursión quedó fijado para cuatro días después; con la Luna ya en cuarto menguante, lo que nos daría unas cuatro o cinco horas de oscuridad. Mustafá se encargaría de todo el equipo necesario y, antes de iniciar la entrada, debería vaciarme los bolsillos para demostrar que no llevaba ninguna linterna, ni teléfono móvil, ni monedas ni llaves; es decir, nada que pudiese brillar, sonar, tintinear ni iluminarse fuera del estricto control de Mustafá. También debería llevar calzado y ropa interior de color oscuro, ligera pero que empapase el sudor, ya que tendría que enfundarme en uno de esos trajes que usan los trabajadores de los frigoríficos. El Golden Mariana no estaba lejos del punto por el que pasaríamos la valla, así que sólo deberíamos aguantar la tortura de los trajes isotérmicos durante quince o veinte minutos a lo sumo. Allí hay mucho polvo, me advirtió, y es imposible no dejar marca. Cómprate unos zapatos de lona baratos, como los que usamos todos por aquí, para que no se puedan identificar tus huellas. Tomamos un par de vasos de raki mientras Michel y Mustafá me contaban los motivos de la invasión turca de la isla –sólo con que la mitad fuera cierta, estarían cargados de razón- y nos despedimos con un cordial apretón de manos hasta el día D. Vi salir la Luna, llena y radiante, desde el balcón de mi cuarto. Su reflejo dibujaba sobre el mar el típico camino rectilíneo e infinito que, de niño, me tentaba con una promesa de aventura. Intenté componer su nombre con los rudimentos de turco que conozco: Gümüş Yolay. El camino de plata de la Luna. La posibilidad de acabar en un calabozo de Famagusta añadía encanto a aquella travesura. Fue entonces cuando me pareció sentir los dos golpecitos en el brazo con los que Iulia solía llamarme a la realidad o al orden. Estás chiflado, susurró su voz, risueña, como viniendo de algún lugar entre el horizonte y la Luna. |
Re: Verano del 74
Cita:
Sea cuando sea y los que sean, un brindis porque no dejes nunca de escribir. :brindis: |
Re: Verano del 74
Pues sí, ¡FELICIDADES! Aunque sea con un par de días de retraso...
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Re: Verano del 74
Aunque con muchísimo retraso, no paso por aquí sin desearte un feliz cumpleaños. Como siempre gracias Tahleb
Saghabour |
Re: Verano del 74
Pasé los siguientes cuatro días deambulando por las murallas, las ruinas y las calles de Famagusta. Una de las tardes me llegué hasta Nicosia para devolver la invitación a cenar de mi amigo Metin y decirle que, finalmente, no iba a utilizar los contactos que tan amablemente me había facilitado. Se limitó a mostrarme la palma de su mano, como quien detiene el tráfico, en ademán de no querer saber por qué ni cómo. Me lo imaginaba, dijo. Si fueras turco serías el arquetipo de un efendi, un caballero de educación superior. Si te metes en un lío haré lo que pueda por ti. Sé prudente.
Cada atardecer observaba la hora de salida de la Luna. Cincuenta minutos de retraso cada día; casi una hora de oscuridad extra por día de espera. En la mañana del quinto día fui al encuentro de Mustafá. ¿Será hoy? Sí, hoy será. Obedeciendo a la quebrada lógica de cuanto sucede en Oriente, el punto de entrada era sorprendentemente visible: un agujero en la alambrada que daba al espacio que alguna vez fue jardín entre dos chalets. Con total descaro, Mustafá me hizo aparcar el coche a escasos dos metros del hueco; echó una mirada circular no muy inquisitiva, agarró la bolsa con el equipo y se metió por el agujero con la agilidad de un hurón. Lo seguí, intentando imitar en lo posible su displicencia y su facilidad de movimiento, y entramos en el vestíbulo de una de las casas. Allí, asistidos por la luminosidad azulada y escasa de una linterna de leds, nos enfundamos en los trajes isotérmicos, cuya función era la de hacernos invisibles a eventuales cámaras o visores de infrarrojos de los que, al parecer, se servían a veces las patrullas de la ONU, y salimos al exterior para recorrer el último tramo de mi viaje de ida hacia el pasado, hacia el recuerdo de la juventud y, quizás, como sugería Hölderlin en el fragmento de Hyperion que Iulia tenía como libro de cabecera, hacia el descubrimiento de alguna Verdad de esas que cabe escribir con mayúscula. Como marino, mis ojos conocen la profunda oscuridad de las noches sin luna, pero la mar no es tan absolutamente negra como puede llegar a serlo una tierra cubierta de espesura y de arboleda salvaje, en la que el tenue atisbo de la luz estelar no encuentra dónde reflejarse. Mustafá caminaba a buen paso delante de mí y yo lo seguía mal que bien con la única guía del rumor de sus pasos quedos y, de vez en cuando, un fugaz alumbramiento de la linterna de leds. Supongo que fuimos a buscar la calle Stadiu y que, luego, giramos a la izquierda por la que antaño fue Sokratu, pero a los efectos de mi recuerdo, lo mismo hubiéramos podido estar caminando por un túnel lleno de hierbajos. Mustafá se detuvo al fin, agachándose junto a un árbol rodeado de zarzas. Hemos llegado a la calle Iras, me dijo; el Golden Mariana está justo enfrente de nosotros, pero antes de cruzar quiero asegurarme de que no hay ningún vehículo de patrulla parado calle arriba o calle abajo. Quédate aquí un minuto. Casi podría decir que, a fuerza de dilatadas, me dolían las pupilas. El Golden Mariana estaba a seis metros escasos de distancia, al otro lado de la calle, pero tan sólo podía percibir su masa superior, recortada vagamente contra el brillo grisáceo de las estrellas. Vía libre, susurró Mustafá junto a mi oído. Vamos allá. Let’s go! Tras cuatro o cinco zancadas sentí bajo mis pies los escalones que conducían a la recepción, aquellos mismos escalones sobre los que, hacía toda una vida, había quedado Asimina llorando, con doscientos dólares en el bolsillo y su vida en serio peligro, mientras Iulia y yo éramos evacuados. |
Re: Verano del 74
:gracias::gracias::gracias:
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