![]() |
Re: Rincón literario
Analema, que gusto encontrarte aqui, y ver que tenemos otro gusto en comùn.
Ademàs me has sacado de un error, atribuì la frase a Lorca cuando era de Miguel Hernàndez :o De todas formas, ambos son geniales. |
Re: Rincón literario
Gracy, el gusto es común con mucha gente. A mí también me encanta Miguel Hernández que se decía "como el toro nacido para el luto".
Pero es que tenemos, en nuestra lengua tantos y tan buenos autores. Uno de los escritores que más me ha gustado leer es Valle-Inclán. ¡Que dominio del idioma castellano! Y eso que era gallego. Cuando leí sus Sonatas me maravilló como algunos autores son capaces de armonizar, tan magistralmente, argumento y lenguaje. Si en su Sonata de estío, tanto la historia como el idioma rezuman luz, acción, ardor, color, sensualidad… “Oyó la respuesta el contramaestre, que pasaba ordenando una maniobra, y con esa concisión dura y franca de los marinos curtidos, sin apartar el pito de los labios ni volver la cabeza, apuntóle: - ¡Cuatro monedas y no seas guaje!... El negro pareció dudar. Asomóse al barandal de estribor y observó un instante el fondo del mar, donde temblaban amortiguadas las estrellas. Veíanse cruzar argentados y fantásticos peces que dejaban tras si estela de fosforescentes chispas y desaparecían confundidos con los rieles de la luna. En la zona de sombra que sobre el azul de las olas proyectaba el costado de la fragata, esbozábase la informe mancha de una cuadrilla de tiburones. El marinero se apartó reflexionando. Todavía volvióse una o dos veces a mirar las dormidas olas, como penetrado de la queja que lanzaban en el silencio de la noche. Picó un cigarro con las uñas, y se acercó: - Cuatro centenes, ¿le apetece a mi amita? La Niña Chole, con ese desdén patricio que las criollas opulentas sienten por los negros, volvió a él su hermosa cabeza de reina india, y en tono tal, que las palabras parecía dormirse cargadas de tedio en el borde de los labios murmuró: - ¿Acabarás?... ¡Sean los cuatro centenes! Los labios hidrópicos del negro esbozaron una sonrisa de ogro avaro y sensual. Seguidamente despojóse de la blusa, desenvainó el cuchillo que llevaba en la cintura y como un perro de Terranova tomóle entre los dientes y se encaramó sobre la borda. El agua del mar relucía aun en aquel torso desnudo que parecía de barnizado ébano. Inclinóse el negrazo sondeando con los ojos el abismo: Luego cuando los tiburones salieron a la superficie, le vi erguirse negro y mitológico sobre el barandal que iluminaba la luna, y con los brazos extendidos echarse de cabeza y desaparecer buceando." La Sonata de otoño usa un lenguaje de tempo lento, desencantado, melancólico, decadente, triste, como la historia que el protagonista de todas ellas (feo, católico y sentimental) nos narra en ese momento… " Llegué hasta su alcoba, que estaba abierta. Allí la oscuridad era misteriosa, perfumada y tibia, como si guardase el secreto galante de nuestras citas. ¡Qué trágico secreto debía guardar entonces! Cauteloso y prudente dejé el cuerpo de Concha tendido en su lecho y me alejé sin ruido. En la puerta quedé irresoluto y suspirante. Dudaba sí volver atrás para poner en aquellos labios helados el beso postrero: resistí la tentación. Fue como el escrúpulo de un místico. Temí que hubiese algo de sacrílego en aquella melancolía que entonces me embargaba. La tibia fragancia de su alcoba encendía en mí, como una tortura, la voluptuosa memoria de los sentidos. Ansié gustar las dulzuras de un ensueño casto y no pude. También a los místicos las cosas más santas les sugestionaban, a veces, los más extraños diabolismos. Todavía hoy el recuerdo de la muerta es para mí de una tristeza depravada y sutil: me araña el corazón como un gato tísico de ojos lucientes. El corazón sangra y se retuerce, y dentro de mí ríe el Diablo que sabe convertir todos los dolores en placer. " Huelga decir que las sonatas de primavera e invierno tienen un ritmo y una acción acorde al título. Supongo que todos los que han leído a este genio piensan lo mismo, que todos sus escritos son, cuanto menos, increíbles. :brindis: |
Re: Rincón literario
Algo de Jorge Manrique.
Solo algunas estrofas, pues es muy largo para copiarlo entero aqui. http://img264.imageshack.us/img264/5...gemanrique.jpg COPLAS POR LA MUERTE DE SU PADRE Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando, cuán presto se va el placer, cómo, después de acordado, da dolor; cómo, a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor. .................................................. .................... Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos, y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos. .................................................. ................... Este mundo es el camino para el otro, que es morada sin pesar; mas cumple tener buen tino para andar esta jornada sin errar. Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos, y llegamos al tiempo que fenecemos; así que cuando morimos descansamos. .................................................. ........................... Ved de cuán poco valor son las cosas tras que andamos y corremos, que en este mundo traidor, aun primero que muramos las perdamos: de ellas deshace la edad, de ellas casos desastrados que acaecen, de ellas, por su calidad, en los más altos estados desfallecen. .................................................. ....................... Los placeres y dulzores de esta vida trabajada que tenemos, no son sino corredores, y la muerte, la celada en que caemos. No mirando nuestro daño, corremos a rienda suelta sin parar; desque vemos el engaño y queremos dar la vuelta, no hay lugar. .................................................. .................. Esos reyes poderosos que vemos por escrituras ya pasadas, por casos tristes, llorosos, fueron sus buenas venturas trastornadas; así que no hay cosa fuerte, que a papas y emperadores y prelados, así los trata la muerte como a los pobres pastores de ganados. .................................................. ........... Amigo de sus amigos, ¡qué señor para criados y parientes! ¡Qué enemigo de enemigos! ¡Qué maestro de esforzados y valientes! ¡Qué seso para discretos! ¡Qué gracia para donosos! ¡Qué razón! ¡Cuán benigno a los sujetos! ¡A los bravos y dañosos, qué león! .................................................. ........... Después de puesta la vida tantas veces por su ley al tablero; después de tan bien servida la corona de su rey verdadero: después de tanta hazaña a que no puede bastar cuenta cierta, en la su villa de Ocaña vino la muerte a llamar a su puerta, diciendo: "Buen caballero, dejad el mundo engañoso y su halago; vuestro corazón de acero, muestre su esfuerzo famoso en este trago; y pues de vida y salud hicisteis tan poca cuenta por la fama, esfuércese la virtud para sufrir esta afrenta que os llama. .................................................. ...... Así, con tal entender, todos sentidos humanos conservados, cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados, dio el alma a quien se la dio ¡en cual la dio en el cielo en su gloria, que aunque la vida perdió dejónos harto consuelo su memoria. Salud y :brindis: |
Re: Rincón literario
Coplas a la muerte de mi padre.... mi sicoanalista, cuando muriò mi padre, me dijo que era la prueba de un gran amor.
logicamente, esto lo logra un genio de la literatura, por màs amor que se tenga, a mi no me sale.:o |
Re: Rincón literario
Como todo lector compulsivo me gusta conocer la obra, al menos un fragmento, de escritores que han sido famosos por una u otra causa. Por aquello de saber si entiendo su fama de buenos escritores, salvando los intereses creados (ya sabemos que el arte, de cualquier tipo, es subjetivo). Por eso compré en un quiosco de esos de ofertas un librito del Marqués de Sade “Cuentos, historietas y fábulas”. Os traigo dos de sus historietas, que seguro que muchos de vosotros conoceréis.
UN OBISPO EN EL ATOLLADERO Resulta bastante curiosa la idea que algunas personas piadosas tienen de las blasfemias. Creen que ciertas letras del alfabeto, ordenadas de una forma o de otra, pueden, en uno de esos sentidos, lo mismo agradar infinitamente al Eterno como, dispuestas en otro, ultrajarle de la forma más horrible, y sin lugar a dudas ese es uno de los más arraigados prejuicios que ofuscan a la gente devota. A la categoría de las personas escrupulosas en lo que respecta a las "b" y a las "f" pertenecía un anciano obispo de Mirepoix, que a comienzos de este siglo pasaba por ser un santo. Cuando un día iba a ver al obispo de Pamiers, su carroza se atascó en los horribles caminos que separan esas dos ciudades: por más que lo intentaron los caballos no podían hacer más. -Monseñor -exclamó al fin el cochero, a punto de estallar-, mientras permanezcas ahí mis caballos no podrán dar un paso. -¿Y por qué no? -contestó el obispo. -Porque es absolutamente necesario que yo suelte una blasfemia y Vuestra Ilustrísima se opone a ello; así, pues, haremos noche aquí si no me lo permite. -Bueno, bueno -contestó el obispo, zalamero, santiguándose-, blasfema, pues, hijo mío, pero lo menos posible. El cochero blasfema, los caballos arrancan, monseñor sube de nuevo... y llegan sin novedad. AGUDEZA GASCONA Un oficial gascón había recibido de Luis XIV una gratificación de ciento cincuenta doblones y, recibo en mano, entra sin hacerse anunciar en casa del señor Colbert, que estaba sentado a la mesa con varios caballeros. -Señores, ¿cuál de vosotros -pregunta con un acento que delataba su patria-, quién, os lo ruego, es el señor Colbert? -Yo, señor -le responde el ministro-. ¿En qué puedo serviros? -Una fruslería, señor. Se trata tan sólo de una gratificación de ciento cincuenta doblones que es preciso que me descontéis en seguida. El señor Colbert, que se da perfecta cuenta de que el personaje se prestaba a la burla, le pide permiso para acabar de cenar y, para que no se impaciente, le ruega que se siente a la mesa con él. -Con mucho gusto -contestó el gascón-, excelente idea, pues no he cenado todavía. Terminada la comida, el ministro, que ha tenido tiempo de prevenir al encargado mayor, dice al oficial que ya puede subir al despacho, que su dinero le espera; el gascón sube... pero no le entregan más que cien doblones. -¿Queréis bromear, señor? -dice al funcionario-. ¿O no veis que mi orden dice ciento cincuenta? -Señor -le contesta el escribiente-, veo perfectamente vuestra orden, pero os descuento cincuenta doblones por la cena. -¡Pardiez, cincuenta doblones! Si en mi posada me cuesta sólo diez sueldos! -Os creo, pero allí no tenéis el honor de cenar con un ministro. -Perfectamente -replica el gascón-, en ese caso, señor, guardároslo todo; mañana traeré a uno de mis amigos y estamos en paz. La respuesta y la broma que le había provocado hicieron reír durante un rato a la corte; se añadieron los cincuenta doblones a la gratificación del gascón, que regresó triunfalmente a su tierra, hizo el elogio de las cenas del señor Colbert, de Versalles y de cómo era allí recompensado el ingenio del Garona. :brindis: |
Re: Rincón literario
Las Inquietudes de Shanti Andía.
Se puede leer en este link, pongo dos ejemplos diferentes ya que al contener muchos de ellos grabados, se descuadra el texto una barbaridad. Para recordar tiempos jóvenes. www.gutenberg.org/files/12848/12848-h/12848-h.htm I SHANTI SE DISCULPA Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la vida, las ideas, las aspiraciones de todos. Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por algunos momentos difíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí la gana de escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresión de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en narrador y lector me indujo a continuar. VIII CORRERÍAS DE CHICO Tanto me habían hablado de la maldad de los chicos, que fuí a la escuela como un borrego que llevan al matadero. Yo estaba dispuesto a luchar, como Martín Pérez de Irizar, contra cualquier Juan Florin que me atacase, aunque mis fuerzas no eran muchas. Al principio me puso el maestro entre los últimos, lo que me avergonzó bastante; pero pasé pronto al grupo de los de mi edad. El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se había empeñado en enseñarnos a hablar y a pronunciar bien. Odiaba el vascuence como a un enemigo personal, y creía que hablar como en Burgos o como en Miranda de Ebro constituía tal superioridad, que toda persona de buen sentido, antes de aprender a ganar o a vivir, debía aprender a pronunciar correctamente. A los chicos nos parecía una pretensión ridicula el que don Hilario quisiera dar importancia a las cosas de tierra adentro. En vez de hablarnos del Cabo de Buena Esperanza o del Banco de Terranova, nos hablaba de las viñas de Haro, de los trigos de Medina del Campo. Nosotros le temíamos y le despreciábamos al mismo tiempo. El comprendía nuestro desamor por cuanto constituía sus afectos, y contestaba, instintivamente, odiando al pueblo y a todo lo que era vasco. Nos solía pegar con furia. A mí me salvó muchas veces de las palizas la recomendación de mi madre de que no me pegara, porque me encontraba todavía enfermo. Yo, comprendiendo el partido que podía sacar de mis enfermedades, solía fingir un dolor en el pecho o en el estómago para esquivar los castigos. Me libré muchas veces de los golpes; pero perdí mi reputación de hombre fuerte. «Este chico no vale nada», decian de mí; y hasta hoy creen lo mismo. Ahora se ríe uno pensando en las marrullerías infantiles; pero si se intenta volver con la imaginación a la época, se comprende que los primeros días de la escuela han sido de los más sombríos y lamentables de la vida. Después se han pasado tristezas y apuros, ¿quién no los ha tenido? Pero ya la sensibilidad estaba embotada; ya dominaba uno sus nervios como un piloto domina su barco. Sí; no es fácil que los de mi época, al retrotraerse con la memoria a los tiempos de la niñez, recuerden con cariño las escuelas y los maestros que nos amargaron los primeros años de la existencia. Esta impresión de la escuela, fría y húmeda, donde se entumecen los pies, donde recibe uno, sin saber casi por qué, frases duras, malos tratos y castigos, esa impresión es de las más feas y antipáticas de la vida. Es extraño; lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como más débil, como más tierno, merece más cuidado y hasta más respeto que el hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el que sería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con el consentimiento de sus padres. Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilización. A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos que han seguido siendo amigos míos hasta ahora: el uno, José Mari Recalde; el otro, Domingo Zelayeta. José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban así a su padre por haber demostrado, repetidas veces, un valor extraordinario; José Mari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente. El otro chico, Chomin Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor de poleas del muelle. Chomin se distinguía por su viveza y por su ingenio. El padre era un tipo, hombre enérgico, de carácter fuerte y un poco fosco, que encontraba motivos raros para sus decisiones. —¿Por qué no se casa usted de nuevo, Zelayeta?—le dijo alguno. —No, no; ¿para qué? Tendría que hacer mayor la casa, y no me conviene. Habían querido una vez nombrarle concejal; pero él se opuso con todas sus fuerzas. —Pero, hombre, ¿por qué no quieres ser concejal? —Antes me matan—dijo él—que obligarme a llevar una levita de cola de golondrina. Esta levita, tan aborrecida por Zelayeta, era el frac que, en ciertas solemnidades de Lúzaro, hay la costumbre de que lo vistan los concejales. Zelayeta, padre, a pesar de sus genialidades y de sus rabotadas, era hombre de tendencia progresiva; le gustaba suscribirse a los libros por entregas, sobre todo para que los leyese su hijo. Los primeros meses de escuela mi madre me enviaba a la Iñure, a la salida, y aunque la buena vieja no era muy severa conmigo, tenía que marchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por donde querían. Después de muchas súplicas y reclamaciones, conseguí libertad para ir y venir a la escuela sin rodrigón vigilante. Mi madre me recomendaba que anduviera por donde quisiera, menos por el muelle, lo cual significaba lo mismo que decirme que fuera a todos lados y a ninguno. A pesar de sus advertencias, al salir de la escuela echaba a correr hasta las escaleras del muelle. Otros chicos, en general los de familias terrestres o terráqueas, como dicen algunos en Lúzaro, tenían más afición a ir al juego de pelota; nosotros, los de familia marinera, entre los que nos contábamos Recalde, Zelayeta y yo, nos acercábamos al mar. Veíamos salir y entrar las barcas; veíamos a los chicos que se chapuzaban, desnudos, en la punta de Cay luce, y a los pescadores de caña haciendo ejercicio de paciencia. Los pescadores nos conocían. ¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con sus ojos miopes, redondos y estúpidos, su pico de lechuza y sus horribles brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salía enroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por la vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente repugnantes. Cuando no nos vigilaba nadie nos descolgábamos por las amarras y correteábamos por las gabarras y lanchones, y saltábamos de una barca a otra. En este punto de la independencia infantil se va ganando terreno velozmente, y yo fuí avanzando en mi camino, con tal rapidez que llegué en poco tiempo a gozar de completa libertad. Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde. Don Hilario, el maestro, mandaba recados a casa avisando que el día tal o cual no había ido; pero mi madre me disculpaba siempre y, como veía que me iba poniendo robusto y fuerte, hacía la vista gorda. Los domingos y los días de labor que faltábamos a clase solíamos ir al arenal, nos quitábamos las botas y las medias y andábamos con los pies descalzos. Recogíamos conchas, trozos de espuma de mar, mangos de cuchillo y piedrecitas negras, amarillas, rosadas, pulidas y brillantes. Al anochecer saltaban los pulgones en el arenal, y los agujeros redondos del solen echaban burbujas de aire cuando pasaba por encima de ellos la ligera capa de agua de una ola. Alguna vez logramos ver ese molusco, que nosotros llamábamos en vascuence deituba y que no sé por qué decíamos que solía estrangularse. Para hacerle salir de su escondrijo había que echarle un poco de sal. El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta; él encontraba la estrella de mar o la concha rara; él veía el pulpo entre las peñas o el delfín nadando entre las olas. Siempre estaba escudriñándolo todo; su padre, por esta tendencia a registrar, le llamaba el carabinero. Los domingos mi madre comenzó a dejarme andar con los camaradas, después de hacerme una serie de advertencias y recomendaciones. Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentábamos con ir al arenal; subíamos al Izarra y después íbamos descendiendo a las rocas próximas. Cuando ya estuvimos acostumbrados a andar entre los peñascos, nos pareció la playa insípida y poco entretenida. El fin práctico de nuestros viajes a las rocas era coger esos cangrejos grandes y obscuros que aquí llamamos carramarros, y, en otros lados, centollas y ermitaños. El monte Izarra, a una de cuyas faldas está Lúzaro, forma como una península que separa la entrada del puerto de una ensenada bastante ancha comprendida entre dos puntas: la del Faro y la de las Animas. El monte Izarra es un promontorio pizarroso, formado por lajas inclinadas, roídas por las olas. Estos esquistos de la montaña se apartan como las hojas de un libro abierto, y avanzan en el mar dejando arrecifes, rocas negras azotadas por un inquieto oleaje, y terminan en una peña alta, negra, de aire misterioso, que se llama Frayburu. Para hacer nuestras excursiones solíamos reunimos a la mañanita en el muelle, pasábamos por delante del convento de Santa Clara, y por una calle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salíamos a un callejón formado por las tapias de unas huertas. Luego cruzábamos maizales y viñedos y salíamos más arriba, en el monte, a descampados pedregosos con helechos y hayas. En la punta del Izarra debió de haber en otro tiempo una batería; aun se notaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento de los cañones. Cerca existía una cueva llena de maleza, donde solíamos meternos a huronear. Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de la batería, para guarecerse de la lluvia, y que a nosotros nos servía para jugar a los Robinsones. El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo a Zelayeta que aquella cueva era un antro donde se guarecía una gran serpiente con alas, la Egan suguia. Esta serpiente tenía garras de tigre, alas de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendo fechorías, sorbiendo la sangre de los niños, y su aliento era tan deletéreo que envenenaba. Desde que supimos esto, la cueva nos imponía algún respeto. A pesar de ello, yo propuse que quemáramos la maleza del interior. Si estaba la Egan suguia se achicharraría, y si no estaba, no pasaría nada. A Recalde no le pareció bien la idea. Así se consolidan las supersticiones. La parte alta del Izarra era imponente. Al borde mismo del mar, un sendero pedregoso pasaba por encima de un acantilado cuyo pie estaba horadado y formado por rocas desprendidas. Las olas se metían por entre los resquicios de la pizarra, en el corazón del monte, y se las veía saltar blancas y espumosas como surtidores de nieve. Algunos chicos no se atrevían a asomarse allí, de miedo al vértigo; a mí me atraía aquel precipicio. Allá abajo, en algunos sitios, las piedras escalonadas formaban como las graderías de un anfiteatro. En los bancos de este coliseo natural quedaban, al retirarse la marea, charcos claros, redondos, pupilas resplandecientes que reflejaban el cielo. El mismo Yurrumendi aseguraba, según Zelayeta, que aquellas gradas estaban hechas para que las sirenas pudieran ver desde allá las carreras de los delfines, las luchas de los monstruos marinos que pululan en el inquieto imperio del mar. El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olas rompían en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballos salvajes, con las crines al aire. Lejos, a media milla de la costa, como el centinela de estos arrecifes, se levantaba la roca de aspecto trágico, Frayburu. Los pescadores decían que enfrente de Frayburu, el monte Izarra tenía una gran cavidad, una enorme y misteriosa caverna. Pasada esta parte, el Izarra se cortaba en un acantilado liso, pared negra y pizarrosa, veteada de blanco y de rojo, en cuyas junturas y rellanos nacían ramas y hierbas salvajes. Aquí, el mar de mucho fondo era menos agitado que delante de los arrecifes. Cuando ya bajaba el camino, se veía la playa de las Animas, entre la punta del Faro y otro promontorio lejano. Sobre el arenal de la playa se levantaban dunas tapizadas de verde, y las casitas esparcidas de la barriada de Izarte, echando humo. Ya cerca de la punta del Faro abandonábamos el camino para meternos entre las rocas. Había por allí agujeros como chimeneas, que acababan en el mar. En algunas de estas simas se sentía el viento, que movía las florecillas de la entrada; en otras se oía claramente el estrépito de las olas. Saltábamos de peña en peña, y solíamos avanzar hasta los peñascos más lejanos; pero cuando comenzaba a subir la marea teníamos que correr, huyendo de las olas, y a veces descalzarnos y meternos en el agua. En la marea baja, entre las rocas cubiertas de líquenes, solían verse charcos tranquilos, olvidados al retirarse el mar. Muchas horas he pasado yo mirando estos aguazales. ¡Con qué interés!¡Con qué entusiasmo! Bajo el agua transparente se veía la roca carcomida, llena de agujeros, cubierta de lapas. En el fondo, entre los líquenes verdes y las piedrecitas de colores, aparecían rojos erizos de mar cuyos tentáculos blandos se contraían al tocarlos. En la superficie flotaba un trozo de hierba marina, que al macerarse en el agua, quedaba como un ramito de filamentos plateados, una pluma de gaviota o un trozo de corcho. Algún pececillo plateado pasaba como una flecha, cruzando el pequeño océano, y de cuando en cuando el gran monstruo de este diminuto mar, el cangrejo, salía de su rincón, andando traidoramente de lado, y su ojo enorme inspeccionaba sus dominios buscando una presa. Algunos de estos charcos tenían sus canales para comunicarse unos con otros, sus ensenadas y sus golfos; viéndolos, yo me figuraba que así, en gran tamaño, serían los océanos del mundo. En los recodos de las peñas donde se amontonaban las algas y se secaban al sol, me gustaba también estar sentado; ese olor fuerte de mar me turbaba un poco la cabeza, y me producía una impresión excitante como la del aroma de un vino generoso. Las horas se nos pasaban entre las rocas, en un vuelo; casi siempre yo llegaba tarde a casa. Muchos domingos el tiempo nos fastidiaba; comenzaba a llover de una manera desastrosa, y mi madre no me dejaba salir. Le acompañaba a Aguirreche, comíamos en casa de mi abuela y pasábamos la tarde allí. ¡Qué aburrimiento! Se formaba una tertulia de señoras respetables, entre las que había dos o tres viudas de capitanes y pilotos, y al anochecer se tomaba chocolate. ...Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi abuela, y veía con desesperación el caer de la lluvia continua y monótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de los canalones a chocar en las aceras. |
Re: Rincón literario
Es curioso, a todos parece gustarnos la lírica más que la prosa (al menos en este hilo). Sin embargo, se venden muchos menos libros de poesía (en comparación, se entiende). Vamos con otro de nuestros poetas: Dámaso Alonso.
SOLO Como perro sin amo, que no tiene huella ni olfato, y yerra por los caminos... Antonio Machado Hiéreme. Sienta mi carne tu caricia destructora. Desde la entraña se eleva mi grito, y no me respondías. Soledad absoluta. Solo. Solo. Sí, yo he visto estos canes errabundos, allá en las cercas últimas, jadeantes huir a prima noche, y esquivar las cabañas y el sonoro redil, donde mastines más dichosos, no ignoran ni el duro pan ni el palo del pastor. Pero ellos huyen, hozando por las secas torrenteras, venteando luceros, y si buscan junto a un tocón del quejigal yacija, pronto otra vez se yerguen: se yerguen y avizoran la hondonada de las sombras, y huyen bajo la indiferencia de los astros, entre los cierzos finos. Oh, sí, yo tengo miedo a la absoluta soledad. Miedo a tu soledad. Sienta tu garra, tu beso de furor. Lo necesito como un perro el castigo de su amo. Mira: soy hombre, y estoy solo. ORACIÓN POR LA BELLEZA DE UNA MUCHACHA Tú le diste esa ardiente simetría de los labios, con brasa de tu hondura, y en dos enormes cauces de negrura, simas de infinitud, luz de tu día; esos bultos de nieve, que bullía al soliviar del lino la tersura, y, prodigios de exacta arquitectura, dos columnas que cantan tu armonía. Ay, tú, Señor, le diste esa ladera que en un álabe dulce se derrama, miel secreta en el humo entredorado. ¿A qué tu poderosa mano espera? Mortal belleza eternidad reclama. ¡Dale la eternidad que le has negado! |
Re: Rincón literario
Por si no se lee bien en el azulejo del hilo de los barcos, lo copio aquí.
A LOS VELOCES VELEROS DE LUARCA. Puñal de agua que rasga y abre en vía el asturiano campo enverdecido, y en lírico paisaje, así partido: Luarca, piedra y ola en armonía. La gente de tu orilla se gloria de haber domado al mar embravecido. El viento por tus velas fue vencido y el tritón a tus naves de rendía. Encontrando tus ámbitos pequeños, trenzaron linos y labraron leños, ala y quilla que al que al globo entero enarca. Y, de un polo a otro polo, en anchos mares dieron fama a tus hombres y a tus lares los veloces veleros de Luarca. J.E. Casariego :brindis::brindis: |
Re: Rincón literario
|
Re: Rincón literario
Aportando mi granito de arena para esta pequeña gran biblioteca con un pequeño párrafo que me ha puesto muchas veces las pilas en la universidad cada vez que me "ausentaba" de mis quehaceres...:borracho::borracho:
Un pequeño párrafo de D. Edgar Allan Poe.- …. Tenemos ante nosotros una tarea que realizar y hemos de llevarla a cabo rápidamente. Sabemos que demorarla causará nuestra ruina. La más importante crisis de nuestra vida reclama, a golpe de trompeta, energía y acción inmediatas. Ardemos de impaciencia, nos consume el ansia de comenzar el trabajo, nuestras almas se inflaman con el goce anticipado del glorioso resultado. Cebemos, deberíamos acometer hoy la tarea y, no obstante, la aplazamos para el día siguiente. ¿Y por qué? No hay respuesta, como no sea que nos parece perverso, utilizando la palabra sin comprender el principio. Llega el día siguiente y con él una más impaciente ansiedad por cumplir nuestro deber, pero con esa acrecentada ansiedad llega, también, un deseo innominado y absolutamente pavoroso por impenetrable, de demorarlo de nuevo. Este deseo gana fuerza a medida que pasa el tiempo. La última hora para emprender la acción está en puertas. Temblamos por la violencia del conflicto que se libra dentro de nosotros –de sombra--, pero si la lucha ha alcanzado ese punto, es la sombra la que prevalece… nosotros pugnamos ya en vano. El reloj suena y sus sones son el toque de difuntos de nuestra felicidad. Y son a la vez también el canto que ahuyenta el fantasma que nos ha atemorizado tanto tiempo. El fantasma escapa, desaparece… estamos libres. Renace la vieja energía. Ahora trabajaremos. Pero, ¡ay, es demasiado tarde! …. El demonio de lo perverso :brindis: |
Re: Rincón literario
Quería poneros un fragmento de una absorbente, original y curiosa novela policíaca “El misterio de la carretera de Sintra”, pero como no he encontrado en la red el fragmento que buscaba y estoy vaga para escribirlo, os pongo un trozo de otra obra del autor (un escritor bastante crítico e irónico con la sociedad de su tiempo y país y al que muchos conoceréis), que también es representativa de su originalidad.
De un modo sobrenatural llegó a mí la noticia de la existencia de este papel, donde una pobre horca podrida y negra relataba algunas cosas de su historia. Esta horca procuraba escribir sus trágicas Memorias. Debían ser profundos testimonios sobre la vida. Como árbol, nadie conocía tan bien el misterio de la Naturaleza; como horca, nadie conocía mejor al hombre. Nadie puede ser tan espontáneo y genuino como el hombre que se retuerce al extremo de una cuerda, ¡a no ser ese otro que se le sube a los hombros! Por desgracia, la pobre horca se pudrió y murió. Entre los apuntes que dejó, los menos completos son estos que transcribo, resumen de sus dolores, vaga apariencia de gritos instintivos. ¡Si ella hubiera podido escribir su vida compleja, llena de sangre y de tristezas! Es hora de que sepamos, por fin, cual es la opinión que la vasta Naturaleza, montes, árboles y aguas, tiene del hombre imperceptible. Tal vez este sentimiento me lleve algún día a publicar papeles que guardo avaramente y que son las Memorias de un átomo y las Notas de viaje de una raíz de ciprés. Así discurre el fragmento que copio y que es, tan sólo, el prólogo de las Memorias: «Pertenezco a una antigua estirpe de robles, raza austera y fuerte, que ya en la antigüedad dejaba caer de sus ramas pensamientos para Platón. Era una familia hospitalaria e histórica: ella había dado vida a navíos para la ruta tenebrosa de las Indias, lanzas para los alucinados de las Cruzadas y vigas para los techos sencillos y aromáticos que cobijaron a Savonarola, Spinoza y Lutero. Mi padre, olvidando las altas tradiciones sonoras y su linaje vegetal, tuvo una vida inerte y profana. No respetaba las morales antiguas, ni la ideal tradición religiosa, ni los deberes de la Historia. Era un árbol materialista. Lo habían pervertido los enciclopedistas de la vegetación. ¡Carecía de fe, de alma, de dios! Profesaba la religión del sol, de la savia y del agua. Era el gran libertino de la selva pensante. En verano no bien sentía la fermentación vívida de las savias, cantaba agitándose al sol, cobijaba los grandes conciertos de pájaros bohemios, escupía la lluvia sobre el pueblo encorvado y humilde de las hierbas y de las plantas, y por la noche, en el abrazo de las hiedras lascivas, roncaba bajo el silencio estelar. ¡Cuando llegaba el invierno, con la pasividad animal de un mendigo, alzaba hacia la impasible ironía del azul sus brazos flacos y suplicantes! »Por eso nosotros, sus hijos, no fuimos felices en la vida vegetal. Uno de mis hermanos fue llevado para convertirse en tablado de payasos; ¡rama contemplativa y romántica, todas las noches iba a ser pisada por la burla, por el escarnio, por la farsa, por el hambre! La otra rama, llena de vida, de sol, de polvo, recia, solitaria de la vida, luchadora contra los vientos y las nieves, fue arrancada de nosotros, ¡para ir a ser cuaderna de una barca! ¡Yo, el más digno de lástima, acabé en horca! »Desde pequeño fui triste y compasivo. Tenia grandes amistades en la selva. Yo sólo quería el bien, la risa, la sana dilatación de las fibras y de las almas. El rocío que me humedecía de noche lo lanzaba a unas pobres violetas que vivían debajo de nosotros, dulces muchachitas dolientes, melancólicas, condensadas y vivas de la gran alma silenciosa de la vegetación. Cobijaba a todos los pájaros en víspera de temporales. Era yo quien recibía la furia de la lluvia. Venía ella con los cabellos desgreñados, ¡perseguida, mordida, quebrantada por el viento! Le abría mis ramas y mis hojas y la ocultaba allí, al calor de la savia. El viento pasaba, confundido e imbécil. Entonces la pobre lluvia, que lo veía alejarse, silbando lascivo, se dejaba caer en silencio por el tronco, gota a gota, para que el viento no la oyese, ¡e iba, a rastras, entre la hierba, a unirse con su alma madre el Agua!... Jose María Eça de Queiroz (1845-1900).- “Memorias de una horca “ |
Re: Rincón literario
Hola a todos/as.
LLevaba unos dias sin leeros-mucho lio- y estoy ya un par de horas saboreando lo ultimo que habeis escrito. Crimi, es cierto que se nos nota mas tendencia a la lirica, genero que esta hoy un poco apartado, al menos en el Taller que desarrollo a dia de hoy, la gente me pide, narrativa-prosa-. Y aqui en el foro una vez mas salta la sorpresa, para mi lo es, de ese... ardor por la poseia :sip:. A menudo en mi cabeza da vueltas este poema de Salinas que aprendi en el Instituto y me encanta, claro, con quince años.... :o Dime tu nombre, sombra en esta hora en que apenas clarea, y si no tienes nombre de tu paso, dejame alguna huella, porque en la leve herida que me has hecho, la sangre ya se seca y mis labios se cierran sin nombrarte por no saber quien eras. Si eras tu ,de verdad, ¿por que no vuelves de nuevo a la pelea?. Si eras solo la mascara de un nombre : mejor es que no vuelvas. :sorry: Si he omitido alguna linea o algun posesivo no esta usado debidamente , es que la he escrito de memoria. Besotes para todos y unos cafes. :brindis: |
Re: Rincón literario
Quise decir: ardor por la [b]POESIA[b],que fallo!! .
|
Re: Rincón literario
Leopoldo Maria Panero
http://img4.imageshack.us/img4/5052/...ariapanero.jpg Poeta, narrador y ensayista español nacido en Madrid en 1948. Hijo del poeta Leopoldo Panero y hermano de Juan Luis Panero, también poeta, mostró desde muy pequeño su interés por la poesía. A los dieciseis años, fascinado por la izquierda radical, ingresó al entonces prohibido Partido Comunista, cuya militancia le valió su primera estancia en prisión. Inició su carrera como poeta de la mano del maestro Pere Gimferrer, sin embargo, su vida fue trastornada por el alcoholismo, la depresión y dos intentos de suicidio antes de cumplir los ventiún años. Padece una esquizofrenia que lo mantiene internado por voluntad propia en un pabellón psiquiátrico, donde mantiene vivo su interés por la literatura. Autor de una importante obra, está considerado como uno de los poetas más importantes de España. Su primer libro «Por el camino de Swan» en 1968, fue el inicio de una cadena de publicaciones entre las que vale la pena destacar «Así se fundó Carnaby Street» 1970, «En Teoría» 1973, «Narciso en el acorde último de las flautas» 1979, «Dioscuros» 1982, «Poemas del manicomio de Mondragón» 1987 y «Heroína y otros poemas» 1992. © EL NOI DEL SUCRE Tengo un idiota dentro de mí, que llora, que llora y que no sabe, y mira sólo la luz, la luz que no sabe. Tengo al niño, al niño bobo, como parado en Dios, en un dios que no sabe sino amar y llorar, llorar por las noches por los niños, por los niños de falo dulce, y suave de tocar, como la noche. Tengo a un idiota de pie sobre una plaza mirando y dejándose mirar, dejándose violar por el alud de las miradas de otros, y llorando, llorando frágilmente por la luz. Tengo a un niño solo entre muchos, as a beaten dog beneath the hail, bajo la lluvia, bajo el terror de la lluvia que llora, y llora, hoy por todos, mientras el sol se oculta para dejar matar, y viene a la noche de todos el niño asesino a llorar de no se sabe por qué, de no saber hacerlo de no saber sino tan sólo ahora por qué y cómo matar, bajo la lluvia entera, con el rostro perdido y el cabello demente hambrientos, llenos de sed, de ganas de aire, de soplar globos como antes era, fue la vida un día antes de que allí en la alcoba de los padres perdiéramos la luz. HIMNO A SATÁN «Ten piedad de mi larga miseria» Le fleurs du mal Charles Baudelaire Tú que eres tan sólo una herida en la pared y un rasguño en la frente que induce suavemente a la muerte: tú ayudas a los débiles mejor que los cristianos tú vienes de las estrellas y odias esta tierra donde moribundos descalzos se dan la mano día tras día buscando entre la mierda la razón de su vida; yo que nací del excremento te amo y amo posar sobre tus manos delicadas mis heces. Tu símbolo es el ciervo y el mío la luna: que caiga la lluvia sobre nuestras faces uniéndonos en un abrazo silencioso y cruel en que como el suicidio, sueño sin ángeles ni mujeres desnudo de todo salvo de tu nombre de tus besos en mi ano y tus caricias en mi cabeza calva rociaremos con vino, orina y sangre las iglesias regalo de los magos y debajo del crucifijo aullaremos. "Poemas del manicomio de Mondragón" A mi personalmente me encandila y a la vez me impacta cada vez que le leo, ire poniendo alguno de vez en cuando. Salud y :brindis: |
Re: Rincón literario
Pues… que quieras que te diga, Urtzi, será por la edad -y puede que mi condición de mujer-, pero no me dice nada la poesía de este hombre (aunque debo reconocer que no lo he leído mucho, quizás porque no me engancha). Hace ya demasiado tiempo que dejé las flores del mal, a pesar de la atracción tan poderosa que sentía por ellas a mis 20 años:
EL AMOR Y EL CRÁNEO El amor se ha sentado en el cráneo de la humanidad y en este trono el profano de risa descarada, sopla alegremente burbujas redondas que suben en el aire, como para juntar los mundos al fondo del éter. El globo luminoso y frágil toma un gran vuelo, estalla y escupe su alma tenue como un sueño de oro. Oigo el cráneo en cada burbuja rogar y gemir: "Este juego feroz y ridículo, ¿cuándo ha de terminar? Pues lo que tu boca cruel esparce en el aire, monstruo asesino, es mi cerebro. ¡Mi sangre y mi carne!" Y ahora, si busco misticismo y el sentido de la vida (cosa poco frecuente en una vieja agnóstica, que cree más bien en el absurdo de la vida) prefiero mil veces estos armoniosos versos, aunque ya no estén de moda: Cántico espiritual 1 Adónde te escondiste, amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti, clamando, y eras ido. Pastores, los que fuerdes allá, por las majadas, al otero, si por ventura vierdes aquél que yo más quiero, decidle que adolezco, peno y muero. Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores, ni temeré las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras. ¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del amado! ¡Oh prado de verduras, de flores esmaltado, decid si por vosotros ha pasado! …. 9 ¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste? Y pues me le has robado, ¿por qué así le dejaste, y no tomas el robo que robaste? Apaga mis enojos, pues que ninguno basta a deshacellos, y véante mis ojos, pues eres lumbre dellos, y sólo para ti quiero tenellos. ¡Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados, formases de repente los ojos deseados, que tengo en mis entrañas dibujados! … 14 ¡Mi amado, las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos; la noche sosegada, en par de los levantes de la aurora, la música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora; … 27 Allí me dio su pecho, allí me enseñó ciencia muy sabrosa, y yo le di de hecho a mí, sin dejar cosa; allí le prometí de ser su esposa. Mi alma se ha empleado, y todo mi caudal, en su servicio; ya no guardo ganado, ni ya tengo otro oficio, que ya sólo en amar es mi ejercicio. Pues ya si en el ejido de hoy más no fuere vista ni hallada, diréis que me he perdido; que andando enamorada, me hice perdidiza, y fui ganada… Pero, afortunadamente, hay gustos distintos y el arte es siempre subjetivo, sino el mundo sería muy aburrido. :brindis: |
Re: Rincón literario
Efectivamente para gustos son los colores.
Te entiendo perfectamente cuando dices que no te engancha mi amigo Leopoldo. Yo dependiendo de mi estado de animo o estado "espiritual" hay ocasiones en que no me gusta nada, es mas lo aborrezco, pues me deja hecho polvo y abatido, en cambio en otras misteriosamente entiendo cada verso y creo entender al autor. De cualquier manera la considero poesia "dificil" si se puede decir tal cosa de la poesia :nosabo:. Mi intencion al traerlo a este rincon literario era precisamente escuchar comentarios de este autor "maldito" pero para mi genial. Un Loco Tocado De La Maldición Del Cielo Un loco tocado de la maldición del cielo canta humillado en una esquina sus canciones hablan de ángeles y cosas que cuestan la vida al ojo humano la vida se pudre a sus pies como una rosa y ya cerca de la tumba, pasa junto a él una princesa. “Poemas del manicomio de Mondragón” Salud y :brindis: |
Re: Rincón literario
Te comprendo Urtzi, me pasa lo mismo, el estado espiritual me influye mucho tambièn.
Me fascinò lo primero que has puesto de Leopoldo, pero tambièn siento que me deprime un poquito y a veces, el espìritu no està tan fuerte como para soportar algo que llegue a ponerte en una situaciòn de bajòn total. Me pasa con los poemas de Almafuerte, cuando estoy "guerrera" me encantan y cuando estoy "espiritual" me parecen de terror. |
Re: Rincón literario
Hoy rindo homenaje a un escritor que cumple 103 años. :eek:
"El arte, como proceso espiritual, como actuación, consiste en desprender de la realidad una apariencia orientada por la brújula del sentido estético, no de otro modo que la máquina del fotógrafo desprende una apariencia exactísima, y, sin embargo, independiente, de los objetos colocados en su campo. El toque del arte consiste en herir a la Naturaleza en su talón de Aquiles, en ese punto vulnerable, sensible, cuyo contacto -así también en la mujer; así en la caja de caudales- basta a lograr la apertura de su entraña estética. (...) Nos ha tocado a nosotros sondear el fondo de lo humano y contemplar los abismos de lo inhumano, desprendernos así de engaños, de falacias ideológicas, purgar el corazón, limpiar los ojos, y mirar al mundo, con una mirada que, si no expulsa y suprime todos los habituales prestigios del mal, los pone al descubierto y, de ese modo sutil, con sólo su simple verdad, los aniquila. " ... "Lo propio del hombre de letras es escrutar con toda libertad el mundo, preguntarse por los últimos misterios, tratar de descubrir el sentido de la vida humana, el sentido de todo lo existente y ofrecer sus intuiciones plasmadas en obra a la consideración de sus semejantes con objeto de despertar en ellos intuiciones o percepciones análogas". Francisco Ayala. :brindis: |
Re: Rincón literario
Felicidades al Sr. Ayala, eso si que es una gesta, :cid5:y llegar como el lo ha hecho y felicidades a Crimi por su mensaje.:sip:
|
Re: Rincón literario
Seguro que este mensaje también te alegra, Analema. Rindo homenaje a uno de nuestros mejores escritores: D. Miguel Delibes, que si no tiene el Nobel no es porque no se lo merezca sobradamente.
Y en éstas, se presentó en el cortijo el Azarías, y la Régula le dio los días y le tendió el saco de paja junto a la cocina como era habitual, pero el Azarías ni la miraba, se implaba y rutaba y hacía como si masticara algo sin nada en la boca y su hermana, ¿te pasa algo, Azarías, no estarás enfermo? y el Azarías, la vacua mirada en el fuego, gruñía y juntaba las encías desdentadas, y la Régula, ae, no te se habrá muerto la otra milana que tú dices ,¿verdad, Azarías? Y tras mucho porfiar, el Azarías, el señorito me ha despedido, y la Régula, ¿el señorito? y el Azarías, dice que ya estoy viejo, y la Régula, ae eso no puede decírtelo tu señorito, si te pusiste viejo, a su lado ha sido, y el Azarías, yo tengo un año más que el señorito, y rutaba y mascaba la nada. sentado en el taburete, acodado en los muslos, la cabeza entre las manos, la mirada huera, fija en el hogar, pero, inopinadamente, se oyó el alarido de la Niña Chica y los ojos del Azarías se iluminaron, y sus labios se distendieron en una sonrisa babeante, y le dijo a su hermana, arrímame a la Niña Chica anda, y la Régula, ae, estará sucia y el Azarías, alcánzame a la Niña Chica, y, ante su insistencia, la Régula se incorporó y regresó con la Charito cuyo cuerpo no abultaba lo que una liebre y cuyas piernecitas se doblaban como las de una muñeca de trapo, como si estuvieran deshuesadas, pero el Azarías la tomó con dedos trémulos, la acomodó en el regazo, sujetó delicadamente su cabecita desarticulada contra su brazo fornido, bajo el sobaco, y comenzó a rascarle suavemente en el entrecejo mientras musitaba, milana bonita, milana bonita... |
Re: Rincón literario
Hoy, Blas de Otero
HOMBRE Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte, al borde del abismo, estoy clamando a Dios. Y su silencio, retumbando, ahoga mi voz en el vacío inerte. Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando solo. Arañando sombras para verte. Alzo la mano, y tú me la cercenas. Abro los ojos: me los sajas vivos. Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas. Esto es ser hombre: horror a manos llenas. Ser —y no ser— eternos, fugitivos. ¡Ángel con grandes alas de cadenas! BASTA Imagine mi horror por un momento que Dios, el solo vivo, no existiera, o que, existiendo, sólo consistiera en tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento. Y que la muerte, oh estremecimiento, fuese el hueco sin luz de una escalera, un colosal vacío que se hundiera en un silencio desolado, liento. Entonces ¿para qué vivir, oh hijos de madre, a qué vidrieras, crucifijos y todo lo demás? Basta la muerte. Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos. O si no, déjanos precipitarnos sobre Ti -ronco río que revierte. |
Re: Rincón literario
Crimi ,muchas gracias reina, como olvidar al Sr. Delibes, cuando la mayoria crecimos con el Mochuelo, entre nuestras manitas...Ay, que tiempos!.
Como decia en el hilo de las pelis, este poema de la Sra Emily Dickinson, me parece unico: Haced amplia esta cama. Hacedla con espanto, y en ella esperareis hasta que el Juicio empieze Justo y Magnifico. Que el colchon sea recto y la almohada redonda, y que el ruido amarillo de los amaneceres no perturbe este suelo. Besos y rondas:brindis: |
Re: Rincón literario
Vuelva usted mañana
Mariano José de Larra Gran persona debió de ser el primero que llamó pecado mortal a la pereza; nosotros, que ya en uno de nuestros artículos anteriores estuvimos más serios de lo que nunca nos habíamos propuesto, no entraremos ahora en largas y profundas investigaciones acerca de la historia de este pecado, por más que conozcamos que hay pecados que pican en historia, y que la historia de los pecados sería un tanto cuanto divertida. Convengamos solamente en que esta institución ha cerrado y cerrará las puertas del cielo a más de un cristiano. Estas reflexiones hacía yo casualmente no hace muchos días, cuando se presentó en mi casa un extranjero de estos que, en buena o en mala parte, han de tener siempre de nuestro país una idea exagerada e hiperbólica, de estos que, o creen que los hombres aquí son todavía los espléndidos, francos, generosos y caballerescos seres de hace dos siglos, o que son aún las tribus nómadas del otro lado del Atlante: en el primer caso vienen imaginando que nuestro carácter se conserva intacto como nuestra ruina; en el segundo vienen temblando por esos caminos, y pregunta si son los ladrones que los han de despojar los individuos de algún cuerpo de guardia establecido precisamente para defenderlos de los azares de un camino, comunes a todos los países. Verdad es que nuestro país no es de aquellos que se conocen a primera ni a segunda vista, y si no temiéramos que nos llamasen atrevidos, lo compararíamos de buena gana a esos juegos de manos sorprendentes e inescrutables para el que ignora su artificio, que estribando en una grandísima bagatela, suelen después de sabidos dejar asombrado de su poca perspicacia al mismo que se devanó los sesos por buscarles causas extrañas. Muchas veces la falta de una causa determinante en las cosas nos hace creer que debe de haberlas profundas para mantenerlas al abrigo de nuestra penetración. Tal es el orgullo del hombre, que más quiere declarar en alta voz que las cosas son incomprensibles cuando no las comprende él, que confesar que el ignorarlas puede depender de su torpeza. Esto no obstante, como quiera que entre nosotros mismos se hallen muchos en esta ignorancia de los verdaderos resortes que nos mueven, no tendremos derecho para extrañar que los extranjeros no los puedan tan fácilmente penetrar. Un extranjero de estos fue el que se presentó en mi casa, provisto de competentes cartas de recomendación para mi persona. Asuntos intrincados de familia, reclamaciones futuras, y aun proyectos vastos concebidos en París de invertir aquí sus cuantiosos caudales en tal cual especulación industrial o mercantil, eran los motivos que a nuestra patria le conducían. Acostumbrado a la actividad en que viven nuestros vecinos, me aseguró formalmente que pensaba permanecer aquí muy poco tiempo, sobre todo si no encontraba pronto objeto seguro en que invertir su capital. Pareciome el extranjero digno de alguna consideración, trabé presto amistad con él, y lleno de lástima traté de persuadirle a que se volviese a su casa cuanto antes, siempre que seriamente trajese otro fin que no fuese el de pasearse. Admirole la proposición, y fue preciso explicarme más claro. -Mirad -le dije-, monsieur Sans-délai -que así se llamaba-; vos venís decidido a pasar quince días, y a solventar en ellos vuestros asuntos. -Ciertamente -me contestó-. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista para mis asuntos de familia; por la tarde revuelve sus libros, busca mis ascendientes, y por la noche ya sé quién soy. En cuanto a mis reclamaciones, pasado mañana las presento fundadas en los datos que aquél me dé, legalizadas en debida forma; y como será una cosa clara y de justicia innegable (pues sólo en este caso haré valer mis derechos), al tercer día se juzga el caso y soy dueño de lo mío. En cuanto a mis especulaciones, en que pienso invertir mis caudales, al cuarto día ya habré presentado mis proposiciones. Serán buenas o malas, y admitidas o desechadas en el acto, y son cinco días; en el sexto, séptimo y octavo, veo lo que hay que ver en Madrid; descanso el noveno; el décimo tomo mi asiento en la diligencia, si no me conviene estar más tiempo aquí, y me vuelvo a mi casa; aún me sobran de los quince cinco días. Al llegar aquí monsieur Sans-délai traté de reprimir una carcajada que me andaba retozando ya hacía rato en el cuerpo, y si mi educación logró sofocar mi inoportuna jovialidad, no fue bastante a impedir que se asomase a mis labios una suave sonrisa de asombro y de lástima que sus planes ejecutivos me sacaban al rostro mal de mi grado. -Permitidme, monsieur Sans-délai -le dije entre socarrón y formal-, permitidme que os convide a comer para el día en que llevéis quince meses de estancia en Madrid. -¿Cómo? -Dentro de quince meses estáis aquí todavía. -¿Os burláis? -No por cierto. -¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa! -Sabed que no estáis en vuestro país activo y trabajador. -¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal siempre de su país por hacerse superiores a sus compatriotas. -Os aseguro que en los quince días con que contáis, no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis. -¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad. -Todos os comunicarán su inercia. Conocí que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarían mucho los hechos en hablar por mí. Amaneció el día siguiente, y salimos entrambos a buscar un genealogista, lo cual sólo se pudo hacer preguntando de amigo en amigo y de conocido en conocido: encontrámosle por fin, y el buen señor, aturdido de ver nuestra precipitación, declaró francamente que necesitaba tomarse algún tiempo; instósele, y por mucho favor nos dijo definitivamente que nos diéramos una vuelta por allí dentro de unos días. Sonreíme y marchámonos. Pasaron tres días; fuimos. -Vuelva usted mañana -nos respondió la criada-, porque el señor no se ha levantado todavía. -Vuelva usted mañana -nos dijo al siguiente día-, porque el amo acaba de salir. -Vuelva usted mañana -nos respondió al otro-, porque el amo está durmiendo la siesta. -Vuelva usted mañana -nos respondió el lunes siguiente-, porque hoy ha ido a los toros. -¿Qué día, a qué hora se ve a un español? Vímosle por fin, y «Vuelva usted mañana -nos dijo-, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está en limpio». A los quince días ya estuvo; pero mi amigo le había pedido una noticia del apellido Díez, y él había entendido Díaz, y la noticia no servía. Esperando nuevas pruebas, nada dije a mi amigo, desesperado ya de dar jamás con sus abuelos. Es claro que faltando este principio no tuvieron lugar las reclamaciones. Para las proposiciones que acerca de varios establecimientos y empresas utilísimas pensaba hacer, había sido preciso buscar un traductor; por los mismos pasos que el genealogista nos hizo pasar el traductor; de mañana en mañana nos llevó hasta el fin del mes. Averiguamos que necesitaba dinero diariamente para comer, con la mayor urgencia; sin embargo, nunca encontraba momento oportuno para trabajar. El escribiente hizo después otro tanto con las copias, sobre llenarlas de mentiras, porque un escribiente que sepa escribir no le hay en este país. No paró aquí; un sastre tardó veinte días en hacerle un frac, que le había mandado llevarle en veinticuatro horas; el zapatero le obligó con su tardanza a comprar botas hechas; la planchadora necesitó quince días para plancharle una camisola; y el sombrerero a quien le había enviado su sombrero a variar el ala, le tuvo dos días con la cabeza al aire y sin salir de casa. Sus conocidos y amigos no le asistían a una sola cita, ni avisaban cuando faltaban, ni respondían a sus esquelas. ¡Qué formalidad y qué exactitud! -¿Qué os parece de esta tierra, monsieur Sans-délai? -le dije al llegar a estas pruebas. -Me parece que son hombres singulares... -Pues así son todos. No comerán por no llevar la comida a la boca. Presentose con todo, yendo y viniendo días, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacísimamente. A los cuatro días volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión. -Vuelva usted mañana -nos dijo el portero-. El oficial de la mesa no ha venido hoy. «Grande causa le habrá detenido», dije yo entre mí. Fuímonos a dar un paseo, y nos encontramos, ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadísimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid. Martes era el día siguiente, y nos dijo el portero: -Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy. -Grandes negocios habrán cargado sobre él -dije yo. Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señoría estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debía costar trabajo el acertar. -Es imposible verle hoy -le dije a mi compañero-; su señoría está en efecto ocupadísimo. Dionos audiencia el miércoles inmediato, y, ¡qué fatalidad!, el expediente había pasado a informe, por desgracia, a la única persona enemiga indispensable de monsieur y de su plan, porque era quien debía salir en él perjudicado. Vivió el expediente dos meses en informe, y vino tan informado como era de esperar. Verdad es que nosotros no habíamos podido encontrar empeño para una persona muy amiga del informante. Esta persona tenía unos ojos muy hermosos, los cuales sin duda alguna le hubieran convencido en sus ratos perdidos de la justicia de nuestra causa. Vuelto de informe se cayó en la cuenta en la sección de nuestra bendita oficina de que el tal expediente no correspondía a aquel ramo; era preciso rectificar este pequeño error; pasose al ramo, establecimiento y mesa correspondiente, y hétenos caminando después de tres meses a la cola siempre de nuestro expediente, como hurón que busca el conejo, y sin poderlo sacar muerto ni vivo de la huronera. Fue el caso al llegar aquí que el expediente salió del primer establecimiento y nunca llegó al otro. -De aquí se remitió con fecha de tantos -decían en uno. -Aquí no ha llegado nada -decían en otro. -¡Voto va! -dije yo a monsieur Sans-délai, ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población? Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio! -Es indispensable -dijo el oficial con voz campanuda-, que esas cosas vayan por sus trámites regulares. Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejercicio militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio. Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma o al informe, o a la aprobación o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una notita al margen que decía: «A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado.» -¡Ah, ah!, monsieur Sans-délai -exclamé riéndome a carcajadas-; éste es nuestro negocio. Pero monsieur Sans-délai se daba a todos diablos. -¿Para esto he echado yo mi viaje tan largo? ¿Después de seis meses no habré conseguido sino que me digan en todas partes diariamente: «Vuelva usted mañana», y cuando este dichoso «mañana» llega en fin, nos dicen redondamente que «no»? ¿Y vengo a darles dinero? ¿Y vengo a hacerles favor? Preciso es que la intriga más enredada se haya fraguado para oponerse a nuestras miras. -¿Intriga, monsieur Sans-délai? No hay hombre capaz de seguir dos horas una intriga. La pereza es la verdadera intriga; os juro que no hay otra; ésa es la gran causa oculta: es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas. Al llegar aquí, no quiero pasar en silencio algunas razones de las que me dieron para la anterior negativa, aunque sea una pequeña digresión. -Ese hombre se va a perder -me decía un personaje muy grave y muy patriótico. -Esa no es una razón -le repuse-: si él se arruina, nada, nada se habrá perdido en concederle lo que pide; él llevará el castigo de su osadía o de su ignorancia. -¿Cómo ha de salir con su intención? -Y suponga usted que quiere tirar su dinero y perderse, ¿no puede uno aquí morirse siquiera, sin tener un empeño para el oficial de la mesa? -Puede perjudicar a los que hasta ahora han hecho de otra manera eso mismo que ese señor extranjero quiere. -¿A los que lo han hecho de otra manera, es decir, peor? -Sí, pero lo han hecho. -Sería lástima que se acabara el modo de hacer mal las cosas. ¿Conque, porque siempre se han hecho las cosas del modo peor posible, será preciso tener consideraciones con los perpetuadores del mal? Antes se debiera mirar si podrían perjudicar los antiguos al moderno. -Así está establecido; así se ha hecho hasta aquí; así lo seguiremos haciendo. -Por esa razón deberían darle a usted papilla todavía como cuando nació. -En fin, señor Fígaro, es un extranjero. -¿Y por qué no lo hacen los naturales del país? -Con esas socaliñas vienen a sacarnos la sangre. -Señor mío -exclamé, sin llevar más adelante mi paciencia-, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manía de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquí tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabían más que ellas. »Un extranjero -seguí- que corre a un país que le es desconocido, para arriesgar en él sus caudales, pone en circulación un capital nuevo, contribuye a la sociedad, a quien hace un inmenso beneficio con su talento y su dinero, si pierde es un héroe; si gana es muy justo que logre el premio de su trabajo, pues nos proporciona ventajas que no podíamos acarrearnos solos. Ese extranjero que se establece en este país, no viene a sacar de él el dinero, como usted supone; necesariamente se establece y se arraiga en él, y a la vuelta de media docena de años, ni es extranjero ya ni puede serlo; sus más caros intereses y su familia le ligan al nuevo país que ha adoptado; toma cariño al suelo donde ha hecho su fortuna, al pueblo donde ha escogido una compañera; sus hijos son españoles, y sus nietos lo serán; en vez de extraer el dinero, ha venido a dejar un capital suyo que traía, invirtiéndole y haciéndole producir; ha dejado otro capital de talento, que vale por lo menos tanto como el del dinero; ha dado de comer a los pocos o muchos naturales de quien ha tenido necesariamente que valerse; ha hecho una mejora, y hasta ha contribuido al aumento de la población con su nueva familia. Convencidos de estas importantes verdades, todos los Gobiernos sabios y prudentes han llamado a sí a los extranjeros: a su grande hospitalidad ha debido siempre la Francia su alto grado de esplendor; a los extranjeros de todo el mundo que ha llamado la Rusia, ha debido el llegar a ser una de las primeras naciones en muchísimo menos tiempo que el que han tardado otras en llegar a ser las últimas; a los extranjeros han debido los Estados Unidos... Pero veo por sus gestos de usted -concluí interrumpiéndome oportunamente a mí mismo- que es muy difícil convencer al que está persuadido de que no se debe convencer. ¡Por cierto, si usted mandara, podríamos fundar en usted grandes esperanzas! Concluida esta filípica, fuime en busca de mi Sans-délai. -Me marcho, señor Fígaro -me dijo-. En este país «no hay tiempo» para hacer nada; sólo me limitaré a ver lo que haya en la capital de más notable. -¡Ay, mi amigo! -le dije-, idos en paz, y no queráis acabar con vuestra poca paciencia;mirad que la mayor parte de nuestras cosas no se ven. -¿Es posible? -¿Nunca me habéis de creer? Acordaos de los quince días... Un gesto de monsieur Sans-délai me indicó que no le había gustado el recuerdo. -Vuelva usted mañana -nos decían en todas partes-, porque hoy no se ve. -Ponga usted un memorialito para que le den a usted permiso especial. Era cosa de ver la cara de mi amigo al oír lo del memorialito: representábasele en la imaginación el informe, y el empeño, y los seis meses, y... Contentose con decir: -Soy extranjero. ¡Buena recomendación entre los amables compatriotas míos! Aturdíase mi amigo cada vez más, y cada vez nos comprendía menos. Días y días tardamos en ver las pocas rarezas que tenemos guardadas. Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse. ¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? ¿Será cosa de que vuelva el día de mañana con gusto a visitar nuestros hogares? Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso haciendo el quinto pie de la mesa de un café, hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; te añadiré que cuando cierran el café, me arrastro lentamente a mi tertulia diaria (porque de pereza no tengo más que una), y un cigarrito tras otro me alcanzan clavado en un sitial, y bostezando sin cesar, las doce o la una de la madrugada; que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza. Y concluyo por hoy confesándote que ha más de tres meses que tengo, como la primera entre mis apuntaciones, el título de este artículo, que llamé «Vuelva usted mañana»; que todas las noches y muchas tardes he querido durante ese tiempo escribir algo en él, y todas las noches apagaba mi luz diciéndome a mí mismo con la más pueril credulidad en mis propias resoluciones: «¡Eh!, ¡mañana le escribiré!». Da gracias a que llegó por fin este mañana que no es del todo malo: pero ¡ay de aquel mañana que no ha de llegar jamás! El Pobrecito Hablador, n.º 11, enero de 1833. :brindis::brindis:lo recortaria,pero seria un atrevimiento por mi parte en su 200 aniversario:sorry: |
Re: Rincón literario
200 años del nacimiento de este genio. Gracias Botarate,:gracias:
|
Re: Rincón literario
da Separação
De repente do riso fez-se o pranto Silencioso e branco como a bruma E das bocas unidas fez-se a espuma E das mãos espalmadas fez-se o espanto De repente da calma fez-se o vento Que dos olhos desfez a última chama E da paixão fez-se o pressentimento E do momento imóvel fez-se o drama De repente, não mais que de repente Fez-se de triste o que se fez amante E de sozinho o que se fez contente Fez-se do amigo próximo o distante Fez-se da vida uma aventura errante De repente, não mais que de repente Vinicius de Moraes De repente la risa se hizo llanto de silencio y albor, como la bruma y tu boca, en la mía, se hizo espuma y de las manos juntas nació espanto. De repente la calma, se hizo viento que en los ojos cegó la última llama el pasado volvió en presentimiento y aquél momento inmóvil se hizo drama. De repente, tan sólo de repente, se tiñó de tristeza el rosto amante, quedó inmóvil la calma en un instante, el amigo mejor, quedó distante, cambió la vida en aventura errante... de repente, tan sólo de repente.... |
Re: Rincón literario
Un fragmento que para mi es imborrable:
Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara. Jorge Luis Borges (1899-1986) Del libro El hacedor |
Re: Rincón literario
Uno de los hombres más interesantes de su época, aunque tiene mala fama para algunos.
Quomodo adulaltores sint fugendi (De como hay que huir de los aduladores) El Príncipe - Nicolás Maquiavelo |
Re: Rincón literario
Cita:
Justamente ese es el problema que mantengo en estos dìas (años), que cuando digo la verdad ( la mia, mi opiniòn), la gente se ofende y justamente la conclusiòn es que ,estamos demasiado acostumbrados a las adulaciones. Con respecto a Maquiavelo, su nombre a quedado como sinònimo de algo malvado. Tuve, en la facultad de Abogacìa, un profesor que se autollamaba "el defensor de Maquiavelo", siempre hablaba de èl. Maquiavelo fue un hombre de gran inteligencia y la puso al servicio del poder de aquella època, el papado y los principes y, justamente, en la obra que has transcripto, es donde él aconseja a quien detente el poder , actuar con ..."un minimun de ètica". Esto fue malinterpretado,como si le restara importancia a lo ètico, pero lo que Maquiavelo proponìa era no olvidarse de la ètica al tomar las decisiones. |
Re: Rincón literario
Crimilda, eres la mejor:adoracion:
Y ahora, si me permiten vuesas mercedes un par de apuntes nauticos-literarios. ...para el hombre que sueña ante el mar, seis o siete leguas representan el radio del infinito.....(Baudelaire) Venga a mi el mar,que es mi nodriza, venga a mi el mar, que es verde y espumoso que se aferra al corazon, con mas fuerza que toda otra cosa y me ofrece el mas generoso de los pechos; me canta la mas imperiosa de las canciones de amor; me otorga una mas brillante luz del sol; hace sonar para mi la mas tormentosa trompeta para mi, la de mas dulces acentos....(Swinburne). :brindis:Navegar es ciencia, es historia y arte, pero sobre todo es poesia |
Re: Rincón literario
Ya sabéis "Más sabe el diablo por viejo..."
:brindis: |
Re: Rincón literario
Cita:
Hace muuuucho que no releo El Hacedor, pero he recordado el pasaje, nada mas verlo. :brindis:, gracias de nuevo amigo. |
Re: Rincón literario
Sí, es posible que algunos tampoco sepan que Borges se atrevió también con la poesía. EL LABERINTO Zeus no podría desatar las redes de piedra que me cercan. He olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado camino de monótonas paredes que es mi destino. Rectas galerías que se curvan en círculos secretos al cabo de los años. Parapetos que ha agrietado la usura de los días. En el pálido polvo he descifrado rastros que temo. El aire me ha traído en las cóncavas tardes un bramido o el eco de un bramido desolado. Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte es fatigar las largas soledades que tejen y destejen este Hades y ansiar mi sangre y devorar mi muerte. Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el último día de la espera. Lo de las “cóncavas tardes” me ha traído a la memoria al poeta ciego y sus cóncavas naves: Homero. — ¡Oídme teucros y aqueos, de hermosas grebas, y os diré lo que en el pecho mi corazón me dicta! El cronída, de sublime trono, no ha cumplido los juramentos, y seguirá causándonos males a unos y a otros, hasta que toméis Ilión, de bellas torres, o sucumbáis junto a las naves que atraviesan el ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes aqueos; aquel a quien el ánimo incite a combatir conmigo, adelántese y será campeón con el divino Héctor. Propongo lo siguiente y Zeus sea testigo: Si aquél, con su bronce de larga punta, consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas a las cóncavas naves, y entregue mi cuerpo a los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban a la pira; y si yo le matare a él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas a la sagrada Ilión, las colgaré en el templo del flechador Apolo, y enviaré el cadáver a los navíos de muchos bancos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo a orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los hombres venideros, atravesando el vinoso mar en su nave de muchos órdenes de remos: Esa es la tumba de un varón que peleaba valerosamente y fue muerto en edad remota por el esclarecido Héctor. Así hablará, y mi gloria será eterna. De tal modo se expresó. Todos enmudecieron y quedaron silenciosos, pues por vergüenza no rehusaban el desafío y por miedo no se decidían a aceptarlo. Al fin levantóse Menelao, con el corazón afligidísimo, y los apostrofó de esta manera: — ¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas, que no aqueos. Grande y horrible será nuestro oprobio si no sale ningún dánao al encuentro de Héctor. Ojalá os volvierais agua y tierra ahí mismo donde estáis sentados, hombres sin corazón y sin honor. Yo seré quien se arme y luche con aquel, pues la victoria la conceden desde lo alto los inmortales dioses. Esto dicho, empezó a ponerse la magnífica armadura. Entonces, oh Menelao, habría acabado para tí la vida en manos de Héctor, cuya fuerza era muy superior, si los reyes aqueos no se hubiesen apresurado a detenerte. El mismo Agamenón Atrida, el de vasto poder, asióle de la diestra exclamando: |
Re: Rincón literario
Canción de la noche en el mar. 1906
¿Qué barco viene allá? ¿Es un farol o es una estrella? ¿Qué barco viene allá? ¡Es una linterna tan bella... y no se sabe adónde va.! ¡Es Venus, es Venus la bella! ¿Es un alma o es una estrella? ¿Qué barco viene allá? Es una linterna tan bella... ¡y no se sabe adónde irá! ¡Es Venus, es venus, es Ella! Es un fanal y es una estrella que nos indica el más allá, y que el Amor sublime sella, y es tan misteriosa y tan bella, que en la noche deja su huella ¡y no se sabe adónde va! RUBÉN DARÍO |
Re: Rincón literario
El océano, los animales y el hombre, 1971
Eran las dos de la madrugada. Sobre el techo del puente, me subí para escapar por un rato de esa pasión del juego que se concentra en una tripulación, y la amplitud de la noche me retuvo. Me quedé ahí, bien calada al pie del gonio, unida al estremecimiento suave de la nave. El tiempo carecía ya de medida, las miradas podían perderse en la negra transparencia. Estábamos en camino. La mar inmensa y fría; liberada de un cielo de tormenta que durante largo rato había ennegrecido el horizonte, salía de ese espesor bajo y pesado. Se desplegaba hasta donde alcanzaba la vista hinchando unas curvas que parecían alas y volvían a caer sobre la espesura de las sombras. Se hinchaba como un pájaro que va a emprender el vuelo, pero su fuerza no podía despegarse de sí misma y cada golpe del oleaje profundo y vibrante perecía por su propio impulso: las cumbres se escurrían bajo nustras formas. El aire era como un cristal helado. En la oscuridad, el corazón del barco latía con golpes rápidos, sobrealimentados. En él, en el propio motor, yo sabía que hacía calor. El deseo de este calor obsesionaba mis sentidos, la embriaguez del frío quebraba mis fuerzas, y las luces del mastil trazaban arcos en las estrellas. ¿En qué parte de la tierra nos encontrábamos? Anita Conti. |
Re: Rincón literario
y ahora damos paso a la publicidad . . .
Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños. -El miedo que tienes -dijo don Quijote- te hace, Sancho, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo; que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda. Y diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Sancho, diciéndole: -Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote; que voto a Dios que son carneros y ovejas las que va a embestir!. Vuélvase, ¡desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados. ¿Qué es lo que hace, pecador soy yo a Dios ? Ni por ésas volvió don Quijote; antes en altas voces iba diciendo: -Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alifanfarón de la Trapobana. Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas, con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los pastores y ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Don Quijote no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, decía: -¿Adónde estás, soberbio Alifanfarón? Vente a mí; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta. Llegó en esto una peladilla de arroyo y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, creyó, sin duda, que estaba muerto o malferido y, acordándose de su licor, sacó su alcuza, y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza, tan de lleno, que se la hizo pedazos, llevándole, de camino, tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano. Tal fue el golpe primero; y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores y creyeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y sin averiguar otra cosa, se fueron. |
Re: Rincón literario
Hoy, que estoy la mar de aburrida, algo distinto, menos literario: Ortega y Gasset
Ni este volumen ni yo somos políticos. El asunto de que aquí se habla es previo a la política y pertenece a su subsuelo. Mi trabajo es oscura labor subterránea de minero. La misión del llamado "intelectual" es, en cierto modo, opuesta a la del político. La obra intelectual aspira, con frecuencia en vano, a aclarar un poco las cosas, mientras que la del político suele, por el contrario, consistir en confundirlas más de lo que estaban. Ser de la izquierda, es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejia moral. Además, la persistencia de estos calificativos contribuye no poco a falsificar más aún la "realidad" del presente, ya falsa de por sí, porque se ha rizado el rizo de las experiencias políticas a que responden, como lo demuestra el hecho de que hoy las derechas prometen revoluciones y las izquierdas proponen tiranías. Hay obligación de trabajar sobre las cuestiones del tiempo. Esto, sin duda. Y yo lo he hecho toda mi vida. He estado siempre en la brecha. Pero una de las cosas que ahora se dicen -una "corriente"- es que, incluso a costa de la claridad mental, todo el mundo tiene que hacer política sensu stricto, Lo dicen, claro está, los que no tiene otra cosa que hacer. Y hasta lo corroboran citando de Pascal el imperativo d'abêtissement, Pero hace mucho tiempo que he aprendido a ponerme en guardia cuando alguien cita a Pascal. Es una cautela de higiene elemental. El politicismo integral, la absorción de todas las cosas y de todo el hombre por la política, es una y misma cosa con el fenómeno de rebelión de las masas que aquí se describe. La masa en rebeldía ha perdido toda capacidad de religión y de conocimiento. No puede tener dentro más que política, una política exorbitada, frenética, fuera de sí, puesto que pretende suplantar al conocimiento, a la religión, a la sagesse -en fin, a las únicas cosas que por su sustancia son aptas para ocupar el centro de la mente humana-. La política vacía al hombre de soledad e intimidad, y por eso es la predicación del politicismo integral una de las técnicas que se usan para socializarlo. Cuando alguien nos pregunta qué somos en política, o, anticipándose con la insolencia que pertenece al estilo de nuestro tiempo, nos adscribe a una, en vez de responder debemos preguntar al impertinente qué piensa él qué es el hombre y la naturaleza y la historia, qué es la sociedad y el individuo, la colectividad, el Estado, el uso, el derecho. La política se apresura a apagar las luces para que todos estos gatos resulten pardos. “La rebelión de las masas “ (Prólogo para franceses) |
Re: Rincón literario
. . .
-Ya están atados -replicó Sancho-. ¿Qué hemos de hacer ahora? -¿Qué? -respondió don Quijote-. Santiguarnos y levar ferro; quiero decir, embarcarnos y cortar la amarra con que este barco está atado. Y dando un salto en él, siguiéndole Sancho, cortó el cordel, y el barco se fue apartando poco a poco de la ribera; y cuando Sancho se vio obra de dos varas dentro del río, comenzó a temblar, temiendo su perdición; pero ninguna cosa le dio más pena que el oír roznar al rucio y el ver que Rocinante pugnaba por desatarse, y díjole a su señor: -El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros. ¡Oh carísimos amigos, quedaos en paz, y la locura que nos aparta de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva a vuestra presencia! Y en esto, comenzó a llorar tan amargamente que don Quijote, mohíno y colérico, le dijo: -¿De qué temes, cobarde criatura? ¿De qué lloras, corazón de mantequillas? ¿Quién te persigue, o quién te acosa, ánimo de ratón casero, o qué te falta, menesteroso en la mitad de las entrañas de la abundancia? ¿Por dicha vas caminando a pie y descalzo por las montañas rifeas, sino sentado en una tabla, como un archiduque, por el sesgo curso deste agradable río, de donde en breve espacio saldremos al mar dilatado? Pero ya habemos de haber salido, y caminado, por lo menos, setecientas o ochocientas leguas; y si yo tuviera aquí un astrolabio con que tomar la altura del polo, yo te dijera las que hemos caminado; aunque, o yo sé poco, o ya hemos pasado, o pasaremos presto, por la línea equinocial, que divide y corta los dos contrapuestos polos en igual distancia. -Y cuando lleguemos a esa leña que vuesa merced dice -preguntó Sancho-, ¿cuánto habremos caminado? -Mucho -replicó don Quijote-; porque de trecientos y sesenta grados que contiene el globo, del agua y de la tierra, según el cómputo de Ptolomeo, que fue el mayor cosmógrafo que se sabe, la mitad habremos caminado, llegando a la línea que he dicho. -Por Dios -dijo Sancho-, que vuesa merced me trae por testigo de lo que dice a una gentil persona, puto y gafo, con la añadidura de meón, o meo, o no sé cómo. Rióse don Quijote de la interpretación que Sancho había dado al nombre y al cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolomeo, y díjole: -Sabrás, Sancho, que los españoles y los que se embarcan en Cádiz para ir a las Indias Orientales, una de las señales que tienen para entender que han pasado la línea equinocial que te he dicho es que a todos los que van en el navío se les mueren los piojos, sin que les quede ninguno, ni en todo el bajel le hallarán, si le pesan a oro; y así, puedes, Sancho, pasear una mano por un muslo, y si topares cosa viva, saldremos desta duda; y si no, pasado habemos. -Yo no creo nada deso -respondió Sancho-, pero, con todo, haré lo que vuesa merced me manda, aunque no sé para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de la ribera cinco varas, ni hemos decantado de donde están las alemañas dos varas, porque allí están Rocinante y el rucio en el propio lugar do los dejamos; y tomada la mira, como yo la tomo ahora, voto a tal que no nos movemos ni andamos al paso de una hormiga. -Haz, Sancho, la averiguación que te he dicho, y no te cures de otra; que tú no sabes qué cosa sean coluros, líneas, paralelos, zodíacos, eclíticas, polos, solsticios, equinocios, planetas, signos, puntos, medidas, de que se compone la esfera celeste y terrestre; que si todas estas cosas supieras, o parte dellas, vieras claramente qué de paralelos hemos cortado, qué de signos visto, y qué de imágines hemos dejado atrás, y vamos dejando ahora. Y tórnote a decir que te tientes y pesques; que yo para mí tengo que estás más limpio que un pliego de papel liso y blanco. Tentóse Sancho, y llegando con la mano bonitamente y con tiento hacia la corva izquierda, alzó la cabeza y miró a su amo, y dijo: -O la experiencia es falsa, o no hemos llegado adonde vuesa merced dice, ni con muchas leguas. -Pues ¿qué? -preguntó don Quijote-. ¿Has topado algo? -¡Y aun algos! -respondió Sancho. Y sacudiéndose los dedos, se lavó toda la mano en el río, por el cual sosegadamente se deslizaba el barco por mitad de la corriente, sin que le moviese alguna inteligencia secreta, ni algún encantador escondido, sino el mismo curso del agua, blando entonces y suave. En esto, descubrieron unas grandes aceñas que en la mitad del río estaban; y apenas las hubo visto don Quijote . . . CAPITULO XXIX -El barco encantado- ¿eh? ¡ah! sí. del quijote ese. buenas noches. |
Re: Rincón literario
Cita:
:cunao::cunao: :brindis: |
Re: Rincón literario
Cuano mi infancia quedó atrás y los días ya no parecían eternos, sino que se habían reducido a doce horas, o menos, empecé a pensar seriamente en la muerte. La procesión funeraria de mi abuela, en la cual participaron la mitad de las mujeres de Drépano, lamentándose como chorlitos, fue la que me hizo cobrar conciencia de mi propia mortalidad. Pronto me casaría, tendría hijos, me volvería corpulenta vieja y fea (o delgada, vieja y fea) y poco después moriría. ¿Y qué dejaría tras de mí? Nada ¿Qué me esperaba? Peor que nada: una eterna penumbra, donde los espíritus de mis antepasados vagan por una llanura sin relieves, parloteando como murciélagos; mis antepasados, peritos en todas las tradiciones del pasado y del futuro, pero impedidos de beneficiarse con ellas; dotados aún de pasiones humanas como los celos, la lujuria, el odio y la codicia, pero impotentes para consumarlas¿Que duración tiene un día cuando una esta muerta?.
Robert Graves |
Re: Rincón literario
El domador de sueños.
"Había una vez un hombre al que se le daba tan bien soñar, que podía soñar con lo que quisiera". <<De tal manera que cuando oyó al panadero decir que siempre había deseado ser capitán de barco, al día siguiente regresó a la panadería contándole que había soñado con él, embarcado en un rompehielos que surcaba los mares del Ártico, y el panadero se sintió feliz explicándole a todo el mundo la aventura soñada, como si fuera verdad. Después...>> de Nicolai Troshinsky. De 6 a 9 años. (Hoy en Babelia) |
| Todas las horas son GMT +1. La hora es 20:08. |
Powered by vBulletin® Version 3.7.0
Copyright ©2000 - 2026, Jelsoft Enterprises Ltd.
© La Taberna del Puerto