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Hermano de la costa
 
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WAKEEBOO


A finales de septiembre, los bosques canadienses aún conservan parte de la luminosidad verde del verano. Pero algunos magníficos arces de azúcar empiezan a tomar tintes amarillentos que preludian el otoño que se avecina. Es una época perfecta para visitarlos, ya que una vez pasada la temporada estival, y la algarabía de turistas, sólo encontramos la tranquilidad con la que viven los oriundos del lugar que empiezan a prepararse para la temporada de caza otoñal.
Gema y yo, habíamos alquilado un pequeño refugio de cazadores a orillas de un lago, a sólo un par de kilómetros de la población más cercana. Buscábamos esa paz de la que tanto habíamos escuchado. Y relajarnos del ajetreo que había supuesto la pasada temporada de charter estival con nuestro velero por baleares. En definitiva, buscábamos el contraste de climas y paisajes respecto a nuestro quehacer cotidiano. Para impregnarnos de la frondosidad de los bosques, todas las mañanas que el tiempo nos lo permitía, dábamos largos paseos rodeados de coníferas e imponentes pinos, cedros y arces. En uno de esos paseos, tuvimos un encuentro paranormal, que nos impactó y es causa de este relato.
El día del “encuentro”, amaneció radiante. El cielo, con sólo alguna ligera nube aislada, auguraba un excelente día para adentrarnos en el bosque. La noche precedente, había llovido algo y en la vegetación algunas gotas de agua reverberaban, dando brillo a los colores de las plantas y las flores silvestres. Tras un par de horas de caminata, por un sendero señalizado, llegamos a un gran claro en cuyo centro había un altozano. En el margen del claro nos sentamos a descansar y comer algo de la fruta que habíamos traído. Fue entonces, cuando, como si de fuegos fatuos se tratara, de la tierra del altozano emergió una neblina glauca que ascendía unos metros hacia el cielo y en la cúspide del montículo se fueron materializando cada vez con más claridad las figuras de un indio cubierto por una especie de piel blanca, un ciervo albino y un poni. El indio estaba tocado con una cinta en la frente de la que salía una pluma, y llevaba en su mano un arco y un puñado de flechas. Dichas figuras, que en un principio se transparentaban, pudiéndose ver a través de ellas la vegetación del otro lado del claro. Poco a poco, fueron haciéndose más opacas hasta llegar a parecer seres totalmente materiales. El indio, como buscando algo, oteó a su alrededor pasando su mirada en cierto momento por la zona donde nos hallábamos. Pero, como si no nos hubiera visto, siguió abarcando con su mirada todo el bosque que lo rodeaba. Después de esto, volvió a diluirse con el ciervo albino y el poni hasta desaparecer de nuevo. Y con ellos, la glauca neblina. Gema, tiritando de miedo, se abrazó a mi, incrustando su cara en mi pecho y dando la espalda al altozano, por miedo a que el indio volviera de nuevo si se había percatado de nuestra presencia. La abracé y entrelazando mis dedos entre los rizos de su cabello la fui tranquilizando hasta que volvió a tener valor para separarse de mi y volver la mirada hacia montículo. Y decir: “vayámonos de aquí inmediatamente, volvamos a la cabaña”. Y volvimos tras nuestros pasos al refugio.
Ya por la tarde de ese día, nos acercamos a la vecina población para informarnos sobre lo que habíamos presenciado. Y preguntar si había algún antecedente al respecto. En un principio, dudamos de hacerlo por no ser considerados unos turistas fantasiosos. Pero dado que la vivencia había sido tan real, nos dijimos que muy probablemente, no fuera esta la primera ocasión que había ocurrido. Lo que, efectivamente, fue confirmado.
Al narrar nuestra experiencia al barman del bar de cazadores de la población, este, con un asentimiento, nos hizo dirigir nuestra mirada hacia un cuadro pintado al óleo situado en el frontal de la chimenea. La escena representada en el lienzo, era exactamente la escena que habíamos vivido esa mañana y parecía estar escenificada en el mismo claro y con el mismo altozano. El barman nos comunicó que, efectivamente, el indio siempre se materializaba en el mismo lugar y que habíamos sido muy afortunados al haber sido testigos de una de sus materializaciones.
Uno de los clientes del bar se ofreció a contarnos la leyenda que rodea al indio. Esta es la historia que nos contó:
El indio se llama, “Wakeeboo” (Guaquibú, en transcripción fonética a nuestro idioma) cuyo nombre significa “El hombre-ciervo” en “anishinaabemowin”, el idioma que hablaban los “Ojibwe”, uno de los grupos nativos americanos más grandes del continente, que es, a la sazón, la etnia a la que pertenecía “Wakeeboo”, el indio cuyo espíritu se materializa en el altozano. Dice la leyenda, que siendo “Wakeeboo” sólo un niño, su padre murió en un fortuito accidente mientras cazaba venados con otros miembros de la tribu. Su madre, al quedar viuda, murió de hambre al no tener un hombre que la proveyera de alimentos, ya que no aceptó a casarse con otro miembro del clan y según las costumbres de la tribu, una mujer que no tenía un hombre que la alimentara era repudiada por el grupo siendo condenada a morir de hambre o envenenada al ingerir alguna hierba o planta venenosa. Excepto la hechicera, que conociendo las plantas y sus beneficios, subsistía gracias a una alimentación vegetariana. La misma suerte hubiera corrido “Wakeeboo” de no haber sido alimentado por la hechicera. Y en su dieta, la única carne que ingería eran los corazones de los venados que la tribu cazaba. Ya que “Wakeeboo”, desde la muerte de su padre había decidido ser lo más parecido a un ciervo, alimentándose sólo de hierbas como ellos y comiendo sus corazones para adquirir su fuerza, su esencia natural. Y de esta manera, creía que se llegaría a convertir en el mejor cazador de venados de la tribu (vengando de ese modo a su padre), pues llegaría a comprender su espíritu y, con ello, anticiparse a sus reacciones. De esta manera fue creciendo apartado de los demás niños de la tribu, como un niño raro, y de ahí, a su vez, le viene el nombre de “hombre-ciervo”. Continúa diciendo la leyenda, que siendo un joven cazador, iba siempre a cazar sólo, al contrario de los demás cazadores de la tribu que lo hacían en grupo. Y que una vez, cazó un gran ciervo, pero al acercarse a su presa se percató de que esta era el padre de un cervatillo albino y sintió pena y empatía por el pobre animal por ser diferente a los demás ciervos por una parte, y por haberlo dejado huérfano por otra. De modo que, aún habiéndolo dejado en el bosque con la cierva que parecía ser la madre, al volver al asentamiento solicitó al grupo de ancianos que dictaban las normas por las que se regía la tribu, que dicho ciervo no fuera nunca cazado por ningún miembro del clan. Favor que le fue concedido. A partir de ahí y en los siguientes años, cada vez que “Wakeeboo” se adentraba en el bosque, iba en búsqueda del ciervo albino y sólo mataba una pieza si antes se aseguraba que de ella no dependía ninguna otra de la manada. Llegando incluso a hacer huir a la manada si veía que en esta había algún cervatillo y viera que los demás cazadores de la tribu pudieran matar a alguno de sus progenitores. Lo que le convirtió, no en el gran cazador que de niño había soñado ser, sino en su mejor protector. Pasados los años, el ciervo albino murió de forma natural y “Wakeeboo” al verlo muerto lo despojó de su piel y con ella se hizo una capa que es con la que se le ve en sus materializaciones.
Pues esta es la historia del encuentro que tanta impresión nos causó a Gema y a mi. Y la leyenda que nos contó el lugareño respecto a dicha aparición.
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Editado por Alex en 09-02-2011 a las 19:02.
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