Re: un mensaje en una botella
Tiempo e estado sin visitar esta taberna pues enormes aventuras he vivido e con vuestras mercedes compartir deseo.
Deciros quiero, que tuve que huir de la venta en donde esperaba a mi amada cuando tres alguaciles recios llamaron a la puerta pidiendo justicia, salte al jardín apenas como dios me trajo al mundo con tal mala fortuna que un esbirro de la justicia hállame allí, escondido bajo un árbol y aunque en desigual lucha me deshice de el a golpe de florete.
Con apenas un jubón salí corriendo buscando a mi siervo Garpatux y en menos que canta un gallo salimos de aquella villa camino de Barcelona.
En nuestro destierro topamos con un comerciaente turronero de los que por esas tierras moran y tanta nuestra necesidad era que robamosle, no sin remordimiento, dos libras de aquel manjar que tanto bien hizo a nuestros necesitados cuerpos.
A la entrada de Valencia dos frailes piadosos, al vernos mas cerca de la parca que de este siglo apiadaronse de nosotros e nos alojaron en su convento, donde esa noche me tomaron en confesión e quedaron asustados de todas las tropelerias por mi reveladas, e me dijeron que eran tantas, e tan impías que siendo ellos unos simples frailes potestad no tenían para absolverme de tantos pecados, e que eran tan grandes estos pecados que solo obispo o cardenal podría librarme del averno al que estaba condenado.
A la mañana siguiente se anuncio con gran estruendo de campanas que una embajada del Santo Oficio llegaría al convento e viendo peligrar mi persona puse de nuevo pies en los caminos a destino de Barcelona.
En la entrada de la ciudad de Tarraco entramos en una venta donde la soldadesca jugaba alegremente al juego de los naipes, mi siervo Garpatux, gran truhán e tramposo en los juegos confesome que guardaba en sus calzones dos reales e que podría doblar sus fortuna entrando en juego con aquellos quintos, e en menos que canta un gallo vimos como nuestra fortuna se agrando gracias a los enredos y a las farsas de mi siervo.
Temerosos de ser descubiertos salimos de nuevo a los caminos en oscura noche donde nos encontramos con una caravana de gitanos a los que compramos dos hermosos pencos.
Llegamos a Barcelona e nos dirigimos a los arrabales del puerto.
Sabiéndome perseguido por el Santo oficio decidí dejar mi vida piadosa e esa noche disfrute de los servicios de las barraganas de la venta de la Mina, famosa por la belleza de sus pupilas, e cabalgue en pecado toda la noche no dando descanso alguno a mi cuerpo.
A la mañana desayunamos un gran plato de buñuelos, e mientras esto hacíamos entro en aquella venta el comendador del marques López de Pacheco anunciando buena fortuna a quien embarcase en la falúa que estaba armando para ir a berbería e sin dar tiempo a que mi mente lo pensara dos veces me convertí en soldado.
En la travesía hacia aguas de turcos nos encontramos a la altura de Eivissa con una galera de sarracenos. Acercándose nuestra falúa con la intención de hacer presa en ella. La galera estaba a un parvo de las rocas e su capitán encontrabase sobre una roca derramando al viento unas cenizas que sacaba con sus manos de un pequeño cofre mientras que el resto de la marinería encontrabase en la galera.
Nuestro capitán docto en campañas de berbería hizome saber que era ceremonia propia de moros e infieles e que tanta pompa e boato se debía al entierro de la princesa turca de nombre Eliet que habiendo sido abrasada en hoguera después de muerta sembraban al piélago con sus cenizas en creencia pagana.
Confesar tengo que aquel rito emociono de tal modo mi espíritu que incapaz me veía de arremeter con armas aquellas gentes e cuando el cabo de escuadra dio la orden de embestir aquella galera me tire al agua abandonando de esta forma el oficio de la armas, pues no soy yo de verdad hombre de guerra.
En cuanto los primeros perdigones rozaron los bonetes de aquellas gentes se dieron a la huida e al ser mas rápida su galera que la falúa en poco tiempo pusieron mar de por medio. Mientras tanto era menester que yo a tierra llegase pues si no soy hombre de guerras tampoco de mar.
Mi siervo Gatpatux socorriame en mis desvanecimiento e cuando ya estaba a punto de entregar mi alma a dios apareció de entre la nada la falúa sarracena que nos salvo de padecimiento tan atroz.
Aquellas gentes nos izaron a bordo, y fue entonces cuando puede ver que entre su soldadesca se encontraban dos bellas moras que con pudor se tapaban la cara tras unos hermosos velos…
Editado por gargantua en 19-02-2011 a las 02:43.
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