Durante la Primera Guerra Mundial, varias navieras españolas perdieron sus vapores como consecuencia directa del conflicto. Una de las que se libró fue la Pinillos, Izquierdo y Cía., que, sin embargo, sufrió el naufragio de su buque Príncipe de Asturias en la madrugada del 5 de marzo de 1916.
Dice una canción que “la vida es eterna en cinco minutos”. En poco más de ese tiempo, la eternidad acogió a decenas de pasajeros y tripulantes del
Príncipe de Asturias, el buque con el que la compañía riojana del armador
Antonio Pinillos proseguía su ostentosa carrera naval contra su rival, la todopoderosa
Trasatlántica. Tenía el
Príncipe de Asturias, botado de los astilleros Kingston de Glasgow en 1914, una eslora de ciento cuarenta metros, dieciséis mil quinientas toneladas de desplazamiento y capacidad para unos mil novecientos pasajeros, de los cuales bastante más de la mitad podían ser emigrantes, hasta el punto de que su hundimiento ha sido comparado con el del
Titanic, acaecido en 1912.
Había partido del puerto de Barcelona el
17 de febrero de 1916; era su sexta travesía entre la ciudad condal y Buenos Aires; y haría escala en Valencia, Cádiz, Las Palmas, Santos (Brasil) y Montevideo (Uruguay), antes de atracar en la capital bonaerense. El capitán
José Lotina, un veterano de la confianza de Pinillos, pilotaba este palacio flotante que transportaba veinte estatuas de bronce destinadas al monumento de la independencia argentina, así como una formidable cantidad de oro no declarado, tal vez once toneladas, en pago al Gobierno argentino por sus importaciones de trigo a España.
El capitán del infortunado buque, don José Lotina.Si bien oficialmente viajaban quinientas ochenta y ocho personas, investigaciones más recientes publicadas en Brasil sugieren que en los entrepuentes podían agazaparse hasta ochocientos polizontes o incluso más de mil, entre ellos dos centenares de jóvenes italianos que huían de la guerra en Europa y a quienes vio embarcar una pasajera de segunda clase en uno de los puertos en que hacía escala.
Las haciendas de café de Brasil y las industrias de Argentina eran los principales destinos. Entre el pasaje se encontraban celebridades de la época como el periodista
Juan Mas Pi, el cónsul de Estados Unidos en Santos,
Carl E. Dichman, que logró salvarse, el pianista
Sola Pujol o multimillonarios como las familias
Aguirre o
Pérez Gardey.
El treinta por ciento del pasaje era vasco; se da la circunstancia de que uno de estos,
Ramón Artagaveytia Gómez, había sobrevivido en su juventud al incendio del vapor
América en la Nochebuena de 1871: lo que sucedió en la madrugada del 5 de marzo de 1916 no pudo contarlo.
UN ARRECIFE EN PUNTA PIRABURA
La colisión por falta de visibilidad contra un arrecife sumergido en
Punta Pirabura, a solo una milla y media de
Punta do Boi (Brasil), fue la causa última de la desgracia. Según la hipótesis más razonable, los metales que acarreaba el buque, unido a las alteraciones magnéticas de la zona por la fuerte tormenta eléctrica, provocaron el desvío del compás magistral de la nave, el que servía de referencia a las otras “brújulas”.
Durante las horas que precedieron al naufragio, la navegación tuvo que hacerse por estima. El faro de Punta do Boi se volvió invisible en la noche infinita, y la responsabilidad de las sucesivas guardias cayó sobre los hombros de los oficiales como una amenaza. La hora fatídica –las cuatro de la mañana– se acercaba; en los camarotes, los pasajeros dormían tras una noche de carnaval, y algún insomne se alejaba prudentemente del barandillo ante los vaivenes del barco.
El capitán Lotina ordenó alrededor de las cuatro de la mañana un cambio de rumbo de cinco grados a babor, a los que añadió otros cinco a las 4:08 horas. A las 4:15, sin que el anhelado faro apareciera todavía a estribor, los oficiales en el puente de mando comprendieron que la luz de la esperanza se encontraba justo a la proa del buque, a menos de una milla de distancia. “¡Es tierra, es tierra!”. Comprendieron, también, que a la velocidad de diez nudos con que maniobraban estaban enfilando irremisiblemente hacia los arrecifes. “¡Todo a babor!”, gritó Lotina al timonel.
Recorte de prensa español dando cuenta de la tragedia del Príncipe de Asturias. Crédito: Biblioteca Nacional de España.Sus palabras no pudieron impedir la tragedia. Todo estaba perdido. Tras chocar contra el arrecife, el
Príncipe de Asturias saltó por los aires. Uno de los mayores especialistas en naufragios de barcos españoles,
Fernando G. Echegoyen, puntualiza que “el choque fue tan violento que desgarró el doble fondo del trasatlántico de proa a popa”. El agua inundó los entrepuentes, las calderas provocaron gran mortandad entre los fogoneros, y una ola gigantesca se tragó el puente de mando, convirtiendo el SOS del capitán Lotina en un leve susurro de agonía. Según algunos testigos, tanto el capitán como su segundo,
Antonio Salazar, se suicidaron de sendos tiros en la cabeza, si bien este extremo no ha podido ser confirmado, pues sus cuerpos no aparecieron nunca.
El barco, a oscuras, se entregaba ya a la mar voraz. Contra ese destino de sombra se revolvieron algunos pasajeros, los pocos que no quedaron enterrados en la tumba del buque; y, en su lucha por la vida, no vacilaron en matar por un chaleco salvavidas, o arrastraron de la mano a desconocidos sin distinguir que ese tacto, aparentemente familiar y cercano, no les era querido. Los botes, como pecios de sombra, fueron la última esperanza para los nadadores más diestros, que se aferraron a los pocos que pudieron arriarse –en ocasiones a sus restos–, en medio de las terribles explosiones que precedieron a la ruina total. En tan solo cinco minutos, el
Príncipe de Asturias, hundido de proa, agonizaba como una ballena herida hasta que se hundió completamente.
Un afortunado grupo de supervivientes, retratados para una revista argentina.Antes de que los cuerpos desahuciados fueran llegando a las cercanas orillas de la isla de San Sebastián y los buitres con aspecto humano se cebaran en sus escasas pertenencias, un carguero francés con destino a Santos, el
Vega, se topó con la catástrofe e inició las tareas de salvamento. Oficialmente, habían salvado su vida ochenta y seis de los ciento noventa y tres tripulantes y cincuenta y siete de los trescientos noventa y cinco pasajeros, que fueron desembarcados en Santos. Todavía dos días después del hundimiento los pescadores siguieron encontrando a náufragos por las costas cercanas.
Durante muchos años, los restos del
Príncipe de Asturias permanecieron bajo las aguas indómitas del Atlántico sur, a una profundidad de cuarenta y cinco metros. A finales del pasado siglo surgieron varias iniciativas con el propósito de recuperarlos. Un libro y una exposición, fruto de las pesquisas del periodista
José Carlos Silvares y del editor
Luiz Felipe Moura, son hasta la fecha las últimas de esas iniciativas. El tiempo resolverá si los misterios que todavía guarda este gigante marino saldrán algún día a la superficie.