Un clásico de la vela española es mi vecino de pantalan: casi ochenta años, un Condor 20 que se cae a pedazos, una plaza de alquiler en vilo permanente y, sobre todo, una ilusión y un deseo de navegar que convierte en mera pose veraniega tanta historia regatera y tanta tradición. Insisto en mi necedad: sigo sin entender, con datos y cifras, cómo las grandes fortunas a flote ayudan a democratizar el sector.
