Re: Rincón literario
¿Hemos puesto algo de Lady Agatha? Para el verano es de lo más entretenido. Por lo menos para mí.
«Hubiera podido continuar así si no hubiese topado con Elsa Greer. Elsa Greer...
El señor Jonathan sacudió la cabeza.
Poirot preguntó:
—¿Y por qué Elsa Greer? Dijo el otro inesperadamente:
—Pobre criatura... pobre criatura...
—Conque... ¿esos sentimientos le inspira?
Respondió Jonathan:
—Tal vez sea porque soy un viejo; pero encuentro, monsieur Poirot, que hay algo en el desvalimiento de la juventud que me conmueve. ¡Es tan vulnerable la juventud! ¡Es tan despiadada... tan segura de sí misma! ¡Tan generosa y exigente!
Se puso en pie y se acercó a la biblioteca. Sacó un volumen, lo abrió, pasó las páginas. Luego leyó en voz alta:
SÍ la tendencia de vuestro amor es honorable,
y vuestra intención matrimonio, mandadme aviso mañana
por uno que yo procuraré para que a vos llegue,
de cuándo y en qué hora ejecutaréis el rito,
y mi destino a vuestros pies pondré
y os seguiré a través del mundo, dueño mío.
—He ahí cómo el amor aliado a la juventud, en las palabras de Julieta. Sin reticencias, sin retenciones, sin lo que llaman modestias de doncella. Es el valor, la insistencia, la fuerza despiadada de la juventud. Shakespeare conocía a la juventud. Julieta escoge a Romeo. Desdémona reclama a Otelo. No tienen dudas los jóvenes, ni temores, ni orgullo.
Poirot dijo, pensativo:
—Así, pues, para usted, ¿Elsa Greer habló con las palabras de Julieta?
—Sí. Era una niña mimada de la Fortuna... joven, hermosa, rica... Halló su pareja y la reclamó... No un Romeo joven, sino un pintor de edad madura, casado. Elsa Greer no tenía principios que la cohibieran. Se guiaba por el código moderno: Toma lo que quieras... ¡sólo se vive una vez!
Exhaló un suspiro, se recostó contra el respaldo de su asiento y volvió a tabalear dulcemente con los dedos sobre el brazo del sillón.
—¡Una Julieta de presa! Joven, despiadada, pero horriblemente vulnerable. Jugándoselo todo a una carta. Y al parecer, ganó. Y luego... en el último instante... la muerte interviene... y la Elsa viva, ardiente, gozosa, murió también. Quedó sólo una mujer dura, vengativa, fría, que odiaba con toda su alma a la mujer cuya mano había consumado el hecho. Cambió su voz:
—Vaya, vaya... perdóneme que haya caído en lo melodramático. Una joven cruda... con crudas perspectivas de la vida. Un tipo nada interesante en mi opinión. Juventud blanca, rosa, apasionada, pálida, etc. Quitemos eso y ¿qué queda? Sólo una mujer joven, algo mediocre, que busca otro héroe de tamaño natural a quien entronizar sobre un pedestal vacío.
—Si Amyas Crale no hubiera sido un pintor famoso...
—Justo... justo. Ha comprendido usted admirablemente. Las Elsas de este mundo son adoradoras de héroes. Un hombre ha de haber hecho algo, ha de ser alguien... Carolina Crale, con todo, hubiera podido ver calidad en un dependiente de Banco o un agente de Seguros. Carolina amaba a Crale el hombre, no a Crale el pintor. Carolina Crale no era cruda... Elsa Greer sí lo era.
Agregó:
—Pero era joven y bella, y a mi modo de ver, infinitamente digna de compasión.
Hércules Poirot se acostó aquella noche muy pensativo. Le fascinaba el problema de la personalidad.
Para Edmunds, Elsa Greer era una cualquiera, ni más ni menos.
Para el viejo Jonathan era la eterna Julieta.
¿Y Carolina Crale?
Todos la habían visto de distinta manera. Montague Depleach la había despreciado por derrotista... por la encarnación del romanticismo. Edmunds sólo había visto en ella «señorío». El señor Jonathan la había llamado una criatura tempestuosa, turbulenta.
¿Cómo la hubiera visto él, Hércules Poirot?
Tenía el presentimiento de que de la respuesta a esa pregunta dependía el éxito de la investigación.
Cinco cerditos.- Agatha Christie
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Vive y deja vivir,
pero vive como piensas,
o acabarás pensando como vives.
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