Un principito muy apuesto paseaba en su caballo por el bosque cuando sobre una roca, a la orilla de un caudaloso río, vió una ranita.
Sin darle mayor importancia, seguía su paseo cuando una vocecilla le llamó:
¡principito!, ¡principito!.
El príncipe miró a su alrededor pero no veía a nadie y la voz volvió a decir:
¡principito!, ¡principito!; mira sobre la roca, ¡estoy aquí!.
El príncipe, miró sobre la roca pero únicamente vió la rana.
Si, principito, soy yo quien te llama, pero no soy una ranita; soy una princesita encantada.
El príncipe, asombrado miraba a la rana de hito en hito.
La ranita insistía. No soy una ranita sino una princesita y estoy encantada pero si me das un besito me volveré a convertir en princesita.
El príncipe no daba crédito a lo que oía y veía pero la rana se lo volvió a repetir con lo que al final, asombrado y casi sin darse cuenta de lo que hacía se bajó del caballo y se acercó a la rana depositando un beso en su cabeza.
Instantáneamente, la rana se convirtió en princesa, bellísima, pero estaba desnudita.
El principito se le quedó mirando con cara de embeleso y la princesita le dijo:
principito, principito, si haces eso que estás pensando vas a quedar encantado.
El principito, haciendo caso omiso se lo hizo tres veces...
Y quedó encantadíííííííííííííííííííísimo.´
