Que me borro de los viajes estos de los tiempos, que ya no quiero viajar y menos al futuro. Acabo de enterarme de que hay una
violencia cósmica de alucinar.
Sí, sí, existen unas relaciones amorosas entre estrellas que ponen los pelos de punta: las
Rezagadas Azules, unas estrellas la mar de monas, resulta que deben su alumbramiento al choque y destrucción de sus padres. ¡Señor, que amor más destructivo!
Hay hasta colisiones galácticas, cuyo encuentro amoroso mejor es no verlo. Y no porque nos tachen de voyeurs, qué va, es por la que nos esperaría con el nacimiento de
galaxias elípticas, muy chulas ellas, eso sí. Las galaxias tienen
agujeros negros en su centro, una especie de desagüe gigante que se traga todo lo que pilla.
Agujero negro con estrella compañera, disco de acrecimiento y chorros de gas.
Para muestra una galaxia que se llama Estrella de la Muerte (nada que ver con el juguetito de La guerra de las galaxias) que anda tragándose a otra, cual Saturno a sus hijos, con todo descaro. Y de esa acreción de materia al agujero negro nace un
cúasar, también muy mono y brillante él, pero que como te acerques mucho te chamusca.
¿Que qué tiene que ver todo esto con viajar o no al futuro? Pues, a que parece ser que precisamente dentro de 2.000 millones de años la Vía Láctea (nuestra casa como quien dice) se aproximará peligrosísimamente a Andromeda, ya que se andan tirando los tejos una a otra y, aunque esta aproximación no cuajará entonces, por aquello del flirteo galactico, la colisión será dentro de 4.500 millones de años.
¡
Pa´ chasco me pille viajando hacia allí en el tiempo, sin saberlo, que estas máquinas las carga el diablo!
Me temo que a partir de ahora no voy a ver las estrellas de la misma idílica forma.
