El misterioso escritor: Dedicado al cofrade Flavio
Giré levemente la muñeca izquierda y miré las manecillas fluorescentes del reloj deportivo, apenas visibles bajo la luz indirecta de una lámpara de abogado, situada en la esquina del escritorio.
Las tres de la madrugada.
Tenía sueño.
Concluí el párrafo de mi “opera prima” literaria y, cómo siempre hacía, esbocé entre paréntesis, cuatro o cinco palabras, que me permitirían continuar a la noche siguiente, el hilo conductor del argumento.
Desplacé el puntero del ratón hasta el icono de disquette en la Barra de Herramientas superior y guardé el archivo en la carpeta Mis Documentos.
Cerré la aplicación informática y tras desplegar el programa Inicio de Windows 98, hice un doble click sobre el comando Apagar el sistema y confirmé con una nueva pulsación la orden deseada.
El cerebro del portátil conectó miles de artificiales neuronas a la velocidad de la luz y en la pantalla de cristal líquido, se hizo la noche.
Me incorporé del sillón de skai, me desnudé y tras una postrera micción, deslicé mi anquilosado cuerpo junto a la tibia carne de mi esposa. Al instante, me dormí.
[Noche + 1]
Las doce de la noche. Pulsé el botón de encendido del ordenador. Prendí un cigarillo con el viejo Zippo americano y esperé a que apareciera el rutinario papel tapiz de la pantalla. Abrí el archivo dónde guardaba los miles de caracteres de mi primera novela y con la combinación de teclas Ctrl+End, me desplacé al final del documento.
¡¡Los últimos conceptos entre paréntesis habían desaparecido !!
El cursor mostraba su intermitente señal, justo después del punto y aparte, con el que la noche anterior finalicé la trama del relato.
No le dí demasiada importancia.
Posiblemente, el cansancio me habría hecho imaginar la plasmación de aquellas cuatro o cinco palabras, a modo de apuntes para proseguir la historia.
Pero lo cierto es que, al no recordarlas, la narración tomó un nuevo rumbo, ajeno a lo que pensé la primera noche. Proseguí con el relato.
Giré levemente la muñeca izquierda y miré las manecillas fluorescentes del reloj deportivo, apenas visible bajo la luz indirecta de una lámpara de abogado, situada en la esquina del escritorio.
Las cuatro de la madrugada.
Los caracteres danzaban ante mi vista, una sardana y los párpados se abrían y cerraban pesadamente, al tiempo que la cabeza se tambaleaba sobre el teclado, a punto de desplomarse.
Era hora de cerrar el telón. Esta vez, la frase quedaba inconclusa y, cómo siempre hacía, esbocé entre paréntesis cuatro o cinco palabras que me permitirían continuar a la noche siguiente, el hilo conductor del argumento.
Guardé el archivo y completamente agotado, apagué el ordenador por la vía rápida, es decir, presionando durante más de tres segundos, el botón lateral.
[ Noche + 2 ]
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