
¡¡¡ Queridos Cofrades. Con todos los respetos… romperé una lanza por ésta vilipendiada “Dama”!!!
Creo que la pobre hélice de proa, sufre el mismo e injustificado desprecio que sufrieron, en su día, los primeros y “heterodoxos” veleros que osaron dotarse de motor.
Acordaos del romanticismo de Peter Heaton, allá por los años 50, o el mismísimo Bernard Moitessier, quienes a regañadientes y con no disimulada repugnancia a duras apenas reconocían el derecho a la existencia de tan… abominable… artilugio y su utilidad.
Podríamos discutir…(pese al inevitable subjetivismo) cual es la eslora mínima y demás características del barco, a partir de las cuales, debe tomarse en consideración el reprobado invento.
Considero un hecho indubitado, que cada tiempo y circunstancia tienen sus necesidades.
Parece más o menos claro, que si navegamos casi exclusivamente en el entorno de nuestro puerto base, su necesidad, pueda ser... discutible.
Pero en una época de puertos y fondeaderos atestados, mini-espacios de maniobra, gran movilidad náutica, puertos desconocidos y poca tripulación… me parece, más que útil, necesaria… y... en la navegación en solitario,... a mi modo de ver, casi imprescindible.
De hecho soy de los que piensan que más que un extra o un capricho, es un verdadero elemento de seguridad.
Todo esto no impide que intentemos alcanzar la perfección de nuestras maniobras sin ella. Es como el radar o el GPS. No es obligatorio utilizarlos…. Pero tranquiliza saberlos ahí.
Os apostaría un barril de Calvados, a que dentro de poco y para determinadas esloras, será obligatoria.

Vivamos,

bebamos y

veremos.