Originalmente publicado por Crimilda
Pues estamos de acuerdo en muchas cosas. Pero yo pienso que no hay dos tipos de personas. Hay tantos tipos como personas. Cada uno es hijo de su genética, de su tiempo, de sus circunstancias y de su genio. Con estas cuatro variables (simplificando, porque seguro que hay muchas más) hay miles de posibilidades y, por lo tanto, tipos para aburrir. Cada individuo se suele asociar al tipo que más se le asemeja o le convence. Y eso no tiene nada que ver con la creatividad, sino con la utilidad. Contestación no es sinónimo de creación. La creatividad, como todo, tiene varias caras; se puede ser creativo, creativísimo, en un campo y ser un borrego en otro. Otra cosa es el genio para dictar normas (artísticas, filosóficas, políticas, sociales…) y la capacidad de seguimiento que posee el genio. Asociado a la oportunidad y el momento, claro. Esto luego se convierte en academicismo.
Entre los que dictan las normas académicas, las normas a seguir en cualquier campo, ni son todos los que están -ya sabemos que existen, además los intereses creados-ni están todos los que son. Lo mismo ocurre con los que las contradicen. El genio surge fuera y dentro de la norma. Es lo que tiene el genio, que está por encima de la norma. El estar por encima hace que pueda crear norma. El resto -los no genios -se limita a seguirle según convencimiento y necesidad (de hecho pienso que son más las veces que un grupo de presión o poder utiliza al Genio que viceversa). Claro que otro vendrá, más tarde o más temprano, que viejo te hará y vuelta a empezar. Y sí, casi cualquier norma empieza con la crítica de lo anterior (y podrás ser acusado de corromper a la juventud, como a Sócrates), pero la crítica tiene que ser constructiva o se llega a la destrucción sin más. Se va creando lo nuevo que, si convence, es en sí mismo una crítica de lo viejo. Descartes y su método lo explican muy bien: hay que dudar de todo –duda metódica, no práctica- e ir en busca de una evidencia indubitable.
¿Indubitable? Y ¿qué es lo indubitable? ¿lo verdadero? ¿y qué es lo verdadero? ¿lo útil para tí o para mí y los que piensan como nosotros?. No siento pena por el que piensa distinto a mí, no le desprecio hasta ese punto generalmente, no soy tan fundamentalista en mis opiniones, por eso me gusta la controversia. “De la discusión nace la luz”. ¡Qué frase! (Y yo sin saber de quién es). Aceptar la verdad de otro es difícil si no lleva algo de la tuya.
Mira, para mí, lo mejor es vivir como piensas que es correcto (o acabarás pensando como vives, porque es muy fácil convercerse a sí mismo de que lo que me es útil es bueno) y contestando lo que crees que no lo es, pero teniendo claro que lo que se piensa que es ideal, puede que no lo sea para otro, o sea, sin molestar pero sin otorgar. Y sin que te molesten, por lo mismo. Por eso no queda más remedio de que tengan que existir ciertas normas –que a nadie gustan por entero, tenlo por seguro-normas que van evolucionando afortunadamente según cambia el sentir de los tiempos, lentamente eso sí. Las nuevas ideas, las nuevas corrientes y su debate hacen evolucionar al individuo, pero hay que ver en qué fallaron otras y aprender del error para las nuevas que ya se están gestando. No obstante, creo que algo hemos avanzado. Antes, sería impensable la libertad de la que goza una mujer en todos los campos, pero el valor y, sobre todo, el genio constructivo de algunas -¡gracias mujeres sufragistas, gracias Marie Curie, gracias Pardo Bazán, gracias Maruja Mallo y sí, por qué no, gracias Teresa de Jesús! -han cambiado las normas. ¡Y nos queda mucho todavía!
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