Re: A los cofrades de Barcelona
Cita:
Originalmente publicado por Nacouda
|
Bueno, pues ahí va un relato de amor al mar, a ver si os gusta.
Por cierto, que os informo que mis personajes, tras llegar a la plaza de la Barceloneta por las calles de Ginebra y del Mar, están comiendo en 'Can Ganassa' unas anchoas y un arroz negro regado con una botellita de 'Juvé i Camps'. Por la tarde se van a navegar en el 'Bernard'. (¡Qué envidia).
Bueno, ahí va, se titula:
Un final feliz
No hacía falta que nadie le diera un diagnóstico; él mismo había tratado en sus muchos años como médico a docenas de pacientes con los mismos síntomas y la imagen de la resonancia magnética que le había tenido que mostrar su amigo y colega no venía sino a confirmar un desenlace próximo que Luis ya daba por descontado. Tampoco es que viviera la noticia con dramatismo. Desde que enviudó había perdido la ilusión por hacer cosas nuevas y su próxima jubilación se presentaba más como una amenaza que como una nueva vida. Sus hijos tenían sus propios caminos bien trazados y sus asuntos personales se encontraban ordenados, de modo que estaba listo para soltar amarras. Claro que le angustiaba la pena que le causaría a los suyos, e incluso sentía cierto temor al dolor propio, aunque sabía que los cuidados paliativos actuales casi le podían garantizar que el final sería llevadero. Sin embargo pensaba que quedaba algo pendiente, aunque no conseguía saber de qué se podía tratrar. “En fin –pensó- supongo que llegado este momento siempre queda algo pendiente. El trance final siempre es un trago, pero yo hubiera firmado por tener una vida como la que he tenido”.
En la soledad de su cuarto –una ventaja de trabajar como médico en ese mismo hospital era no tener que compartir la habitación- se quedó absorto con la vista fija en un cuadro que decoraba la pared de enfrente, junto al televisor de monedas. Luis pensaba en el momento adecuado y las palabras que emplearía para dar él mismo la noticia a Lucía –la única de entre sus tres hijos que vivía en su misma ciudad-, aunque sabía que ella era lo suficientemente lista como para intuir cual sería el diagnóstico de su padre.
Su mente saltó de repente de sus meditaciones a la pintura de la pared. Era una acuarela mediocre en lo artístico; una de esas marinas demasiado manidas, con un velero de velas blancas que surcaba un mar en calma bajo un cielo tamizado de suaves cirros. Ni la típica gaviota le faltaba a la escena. “Quien ha hecho eso ni sabe pintar ni ha visto de cerca un velero en su vida” –pensó con una sonrisa en los labios. El cuadro consiguió trasladarle de repente a su niñez, a aquellos veranos en los que acompañaba a su padre y a su tío a faenar en el “María Aurora”. Recordó los enfados de su madre, que no quería que su pequeño también acabara enganchado a aquella mar que llevaba siglos ganándose el amor y el odio de los suyos, que siempre habían vivido de sus frutos, pero que tenía en sus entrañas a más parientes que el cementerio del pueblo. –“El chico vale para otra cosa, no es como vosotros. Lo dicen los profesores, así que deja de meterle la sal en las venas o te juro que no te lo perdono” –escuchó en cierta ocasión cómo su madre amenazaba a su padre, que le contestó con un: “Tranquila mujer, que te prometo que el chico será lo que quiera ser, pero déjale que sepa también de dónde viene y que aprenda a apreciar lo que cuestan las cosas”.
Luis recordó cómo con 17 años zarpó tierra adentro para estudiar, y vio de nuevo con toda nitidez la cara de orgullo de su padre y la felicidad de su madre cuando asistieron a su graduación como Licenciado en Medicina y Cirugía, a pesar de que sabían que su vida estaría ya para siempre alejada del pueblo, de esa mar de su niñez, y en cierta medida de ellos mismos, que serían reemplazados por una familia propia que ya entonces proyectaba con la que sería su nuera, y que conocieron ese mismo día para completar su felicidad.
Desde su cama del hospital, volvió a mirar el cuadro y ya no le parecía una pintura tan mala. Se concentró en la escena y sintió deseos de entrar dentro de la acuarela, de sentir el olor de las algas, subir a bordo de ese velero, tomar su caña y hacerlo ceñir al viento. Quería ser él mismo el velero, o mejor aún, que su cuerpo mismo se convirtiera en el tajamar de aquel barco para arar las aguas con unos efímeros surcos sobre el océano. Entró en tal estado de excitación que por primera vez en su vida sintió literalmente cómo por sus venas corría esa sal contra la que le advertía su madre. Entonces lo vio claro, cayó en lo que le faltaba y descolgó el teléfono para llamar a su hija.
Seis meses después, Lucía cumplía, acompañada por sus hermanos, el encargo de su padre desde la cubierta del “María Aurora Segundo”, el barco pesquero de sus primos. Mientras dejaba volar a sotavento sus cenizas, sintió rodar las lágrimas de emoción por sus mejillas y pensó que ni los faraones de Egipto, ni el emperador chino Quin Shi Huang con sus guerreros de terracota fueron capaces de superar a su padre a la hora de soñar un mausoleo más grandioso, bello y eterno.
__________________
El mar, la mar
El mar. Siempre la mar
|