Re: A los cofrades de Barcelona
Gracias Antartic,
Voy a colgar uno que no tiene nada que ver con la mar y sin la morriña y el poso de tristeza de los anteriores. Se titula:
Un amor imposible
A Ramiro le tocaba pagar esa noche el peaje de la amistad y escuchar en un bar, frente a un torrente de cerveza, la historia de desamor de Martín.
-Yo sé que le gustaba, lo mismo que ella me gustaba a mí, y también lo sabía. Esas cosas a veces se notan sin necesidad de decirlas de forma expresa. Las miradas al cruzarse, ciertas sonrisas, el tono de voz al saludar… a veces reflejan mejor el amor o la pasión que cien cartas de amor. –Ramiro asentía con un gesto de condescendencia- Pero eso lo sé ahora –continuó Martín- y mejor me habría ido de haberlo sabido antes de mostrarle mis sentimientos como lo hice, sin pensar en las consecuencias -lamentó.
-¿Por qué dices eso? –intervino Ramiro por dar pie a su amigo para que siguiera con su desahogo.
-Mira, la salida del colegio era el mejor momento del día. Lo esperaba con ansiedad desde que me levantaba cada mañana. Cuando los niños se subían a mi autobús, ella se sentaba a mi lado en el trasportín y, entre parada y parada, en medio de los gritos de la chavalería, entablamos una relación que me llevó a enamorarme... y de verdad creo que yo a ella también le gustaba. Me preguntaba con admiración cómo hacía para manejar un autocar tan grande por algunas calles estrechas de la ciudad; me contó todo de su etapa en Salamanca, donde estudió Filosofía y Letras, sobre su doctorado, del que se sentía orgullosa, y también me habló mucho de cuando obtuvo la plaza en el colegio para dar clases de Lengua y Literatura, una vocación por la que me confesó que había tenido que renunciar incluso al amor, pero yo, iluso de mí, creía que era una exageración, una forma de hablar...
-¿Que no puede enamorarse por dar clases de Lengua y Literatura? ¿Exige votos de castidad a sus profesores ese colegio o algo así? –intervino su amigo, aunque Martín, absorto en su melancolía, siguió con su desahogo:
-Con el paso de las semanas y de los meses –prosiguió- fuimos intimando. Ya llegaba el final de curso y no quería ni pensar en la posibilidad de pasar tres meses sin verla, con lo que me propuse hacer algo para mantener el contacto. Me había contado que adoraba recibir cartas a la antigua usanza, y no esos fríos correos electrónicos o los mensajes de teléfono móvil, que consideraba odiosos. Yo sabía en qué zona vivía ella por la parada en la que se bajaba del autobús cada día, así que lo que no me resultó demasiado difícil sacarle su dirección con charlas sobre un supuesto amigo que se había mudado a su barrio. Yo creo que ella intuía que quería verla durante el verano y la idea no le desagradaba, porque me dio los detalles que necesitaba sin mostrar extrañeza por ese interés mío. En cuanto tuve la calle, la guía telefónica me dio las señas completas. Pensé en llamarla por teléfono e invitarla a salir, pero entonces recordé las muchas veces que me había comentado cuánto le gustaba recibir cartas escritas a mano a pesar de que hacía años que nadie le enviaba una, salvo un puñado de tarjetas insulsas por Navidad.
-¿Y le escribiste?
-¡Pues claro! ¡Pero si hasta me compré folios y sobres con un tacto acartulinado y una estilográfica! Llenaría de pruebas una docena de folios antes de conseguir escribir con la pluma sin embadurnarme los dedos de tinta y conseguir una buena caligrafía.
-Vaya, ¿en serio? ¿Pero qué le pusiste en la carta? –insistió Ramiro.
-Le escribí una carta en la que le agradecía los buenos momentos que pasaba de charla junto a ella, le mostraba mi deseo de avanzar un paso más en nuestra relación de amistad. Después, le escribí otras muchas en las que me mostraba poco a poco cuáles eran mis sentimientos hacia ella.
-¿Y qué pasó? ¿No te contestó?
-¡Inmediatamente! Respondía a vuelta de correo a cada una de las docenas de cartas de amor que le envié durante todo el verano.
-Pero entonces... ¿cuál fue el problema?
Martín dio un trago a su botella de cerveza, bajó la mirada con gesto avergonzado, sacó del bolsillo un folio manuscrito, lo dejó sobre la mesa, y se sinceró con su amigo:
-Me las devolvía corregidas. Las faltas de ortografía, subrayadas, y con anotaciones para los errores de sintaxis.
Ramiro le echó un vistazo a la carta y leyó una frase al azar que decía: “No sabes lo que me duele cada día el dolor de no verte...” El redundante dolor de Martín enamorado estaba rodeado a rotulador con un grueso trazo de intenso color rojo sangre hacia el que apuntaba una flecha y una acusación de puño y letra de su amada que denunciaba rotunda: ¡¡¡PLEONASMO!!!
-Lo mejor es que la olvides –le dijo su amigo mientras le acercaba otra cerveza.
__________________
El mar, la mar
El mar. Siempre la mar
|