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Piratilla
 
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Predeterminado Re: Diario De Un Navegante.

Bueno, pues por aquí seguimos. Un poco de ron para refrescar la garganta y a continuar con mi relato....

8.- 23 DE NOVIEMBRE 2003. SALIDA DE LA ARC. INICIAMOS LA TRAVESÍA ATLANTICA.

Los dos primeros días de travesía fueron bastante moviditos. Ya la primera noche al pasar el extremo sur de la isla de Gran Canaria nos encontramos fuertes vientos del SW que nos obligaron a navegar en una ceñida rabiosa. Pero nuestro barco, lento con brisas suaves, se comportaba genial con tiempo duro, y casi sin darnos cuenta estábamos en posiciones de cabeza de la regata tras el tercer día. Os dejo una foto del radar la primera noche que podría servir para examen de PY o de Capitán. A ver quién puede marcar rumbo, dirección y posibilidad de colisión con los cientos de barcos que aparecen en pantalla!!!.
La mayor parte de la flota tomó rumbo sur, apuntando casi a Cabo Verde, buscando la entrada de los alisios. Nosotros, tras revisar los partes y siguiendo algunos consejos que nos dio Albert Bargués, tomamos rumbo directo a Santa Lucía. Haríamos menos millas y los primeros días teníamos buena previsión (mal tiempo pero con mucho viento). Y después ya veríamos. Siempre había tiempo de tomar rumbo Sur.

Todo discurría con normalidad a bordo. El mal tiempo dejaba paso a días soleados con temperaturas muy agradables. Los trajes de agua habían sido sustituidos por el bañador. El viento había rolado al E, y podíamos navegar casi en popa redonda. Siguiendo los consejos de nuestros amigos daneses izamos las dos velas de proa con los dos tangones. El barco volaba e iba sobre raíles, mucho más estable que a “orejas de burro” con la mayor. Pero la segunda noche, un fuerte chubasco, que nuestro tripulante de guardia no advirtió, nos dio un buen susto. El viento subió de golpe de 15 a más de 30 nudos, rolando además muy rápido. El piloto perdió el rumbo por la presión del viento en las velas de proa, rompiéndose los tangones y cayendo uno de los génovas al agua. Momentos de tensión. Te levantas de golpe de la cama y te encuentras el barco sin gobierno, un fuerte viento y lluvia en medio de la noche y la cubierta hecha unos zorros, con los tangones rotos y los cabos y las velas golpeándolo todo. Pero hay que intentar no precipitarse y no cometer más errores. Primero encender luces de cubierta y toda la tripulación con chaleco y arneses. Revisar que no haya cabos en el agua, que se puedan enredar en la hélice, puesta del motor en marcha. Aproamos el barco. Desmontar los tangones y quitarlos de en medio para evitar golpes, y a enrollar a todo trapo el génova original y subir a bordo la vela que se había ido parcialmente al agua amarrándola fuerte en cubierta. Una vez todo bajo control, izamos la mayor y con la trinqueta nos ponemos a rumbo hasta que pase el chubasco, lo cual sucede en poco más de una hora. A la mañana siguiente, gracias a las herramientas que llevamos a bordo, y con un poco de ingenio, arreglamos los tangones. Un corte para eliminar el codo doblado, unos remaches, un poco de cinta americana y tangones como nuevos, eso sí unos 30 centímetros más cortos. Perderemos medio nudo de velocidad, al no poder aplanar bien las velas y aprovechar toda su superficie. Pero a quién le importa eso.

Aprendimos algo de meteo de esta zona atlántica. Los días suelen ser soleados y despejados, pero los chubascos se suceden con cierta habitualidad. Son fenómenos fáciles de ver durante el día (Negros nubarrones y fuertes descargas de agua delatan su presencia) y de esquivar dado lo reducido de su radio. Y si no se pueden esquivar, pues a recoger velas y atravesarlos con la mayor y el génovas listos para trimarlos en función del viento que generan. Es evidente que bajo los mismos se genera una fuerte subida de aire caliente en espiral, y de ahí el peligro que conllevan si no estás atento a los mismos. Por la noche, tan sólo el radar te puede alertar de su presencia si vienen acompañados de lluvia. No obstante para evitar problemas, por las noches navegábamos sólo con un génova sin atangonar. No era cuestión de correr más riesgos de los necesarios. Otra cosa son los barcos regateros con numerosa tripulación y que incluso dejan los spis durante la noche. Pero tienen siempre dos o tres personas en cubierta y varias velas de recambio, lo cual no era nuestro caso.

Al margen de este incidente aislado, las rutinas se sucedían con normalidad. Cada día pescábamos algún bonito o algún dorado. Diego amasaba y horneaba diariamente un pan de pagés impresionante, todo un lujo. Durante el día buena música de fondo, con tiempo para leer, para escribir, para pensar… El mayor de los tesoros que uno puede tener, ser dueño de su tiempo!!!. Y cada día asistiendo además al bello espectáculo de las salidas y puestas de sol. Siempre iguales, siempre diferentes…. Y no puede faltar la asidua y simpática visita de nuestros amigos los delfines. Qué animales tan maravillosos y elegantes en su desplazamiento….

En cuanto a las labores de navegación, además de tener dos plotters independientes en el barco, uno en cubierta y otro en la mesa de cartas, teníamos un gps portátil a pilas. Pero es mejor desconfiar de la electrónica y tener la buena práctica de transcribir la posición al libro de navegación y a la carta, así como todos los datos de navegación relevantes, como viento, rumbo, horas de carga de generador, consumo de baterías, posibles averías, etc…

Y cada día tomaba con el sextante la posición al mediodía, con resultados más que correctos y errores de no más de 5 millas. Nunca logré tomar una buena posición con alguna estrella, y eso que lo intenté, pero era francamente difícil bajarla al horizonte sin que el pulso o el movimiento del barco te traicionase. Ante una avería de gps, o problemas con las baterías, teníamos garantizado encontrar nuestro objetivo con bastante precisión.

El mar en esas latitudes del Atlántico y en esa época del año es el medio más agradecido para cualquier navegante con grandes y largas olas que te mecen con suavidad. Horas y casi diría días de tranquila navegación, sin casi tener que tocar una vela. Sin duda, la travesía, fue la navegación más plácida que nunca haya disfrutado de una manera tan larga y constante.

Los días transcurrían casi sin darnos cuenta. Después del segundo día de navegación nunca más volvimos a avistar ninguna otra embarcación ni a simple vista ni en el radar. Estábamos solos en la inmensidad del océano. Si no fuese por la ronda de comunicaciones de la ARC y por la Rueda del navegante de Rafael del Castillo con el cual manteníamos amenas charlas, y a través del cual conocimos otros barcos españoles participantes en la regata como el Gran Cocotero, cuyo patrón Enrique, procedente de Gran Canaria, ya había ganado alguna edición anterior en su clase, y lideraba la presente.

Había cuatro eventos al día que motivaban la reunión de toda la tripulación: las tres comidas, la puesta de sol, la rueda del navegante y la partida diaria y sagrada de dominó. (Cada día nos jugábamos al dominó quién se ocuparía de la limpieza de cocina, cubiertos y baño).

Tras unos once días de navegación nos llegaban noticias por radio que los primeros barcos regateros estaban llegando a puerto. Qué animales pensaba!!!. Pero a nosotros no nos importaba ni nuestra posición ni la de los demás. Estábamos concentrados en nuestras tareas diarias, disfrutando como “enanos” del placer de navegar sin estar pendientes de hora ni reloj, ni de los dictados de ninguna autoridad. Eres el amo de tu tiempo y de tu territorio (ese pequeño barco de no más de 50 m2). Libertad y naturaleza en estado puro.

La pesca era abundante, como anécdota, un día que navegábamos en medio de un banco de atunes, y mientras éstos surfeaban nuestra proa como suelen hacer los delfines, no se me ocurrió otra cosa que sacar el fusil de pesca submarina y ante la incredulidad y jolgorio de mi tripu, tras dos intentos logré ensartar uno de ellos desde la proa. Otro día de sushi para todos.
Las provisiones fueron más que suficientes, y tanto la pesca como las frutas y verduras dieron para toda la travesía. En cuanto al resto de alimentos necesarios como arroz, pasta, latas, etc…, daban para unos cuantos meses más.

Las baterías las cargábamos con el generador que poníamos en marcha 1 hora al amanecer y 1 hora al atardecer. Con muy poco consumo de gasoil no teníamos problemas de energía. A pesar que ahorrábamos toda la que podíamos siendo muy estrictos y rigurosos con el uso de la misma.

Un día de calma total nos hizo poner motor en marcha y ganar sur para encontrar mejor viento de los alisios. Buena prueba para verificar que el motor trabajase bien, y aunque penalizásemos un poco en la regata, tampoco teníamos ganas de flotar como corchos durante varios días, y menos cuando estábamos a poco más de tres días de nuestra meta. Acabaríamos la travesía con un consumo de poco más de cien litros de gasoil, de los cuales el 60% fueron por el uso del generador, y el resto por las pocas horas de motor.
Los depósitos de agua iban casi llenos también, por cuanto nos duchábamos con la bomba de agua salada y sólo un rápido remojón final de agua dulce al final de la ducha era suficiente para eliminar los restos de sal. Muchos días aprovechábamos algún chubasco para darnos una larga y relajante ducha de agua dulce!!!.

Y así casi sin darnos cuenta, tras más de 3.000 millas y 18 días de navegación, con los primeros rayos de sol de un 12 de Diciembre, nos plantamos frente a Rodney Bay en Santa Lucía. La emoción fue tal que a punto estuvimos de pasarnos la línea de llegada. Estábamos participando en una regata, y el fotógrafo oficial de la ARC se acercó con su zodiac para recordárnoslo!!!.

Cuando amarramos el barco en la marina de Rodney Bay no podíamos creer que ya estábamos allí, que se había cumplido un sueño, que habíamos culminado uno de nuestros grandes objetivos. Y para celebrarlo, al margen de beber de un trago el punch caribeño que nos ofrecieron, que mejor que descorchar una botella de cava y hacer que su espuma volase sobre nuestras cabezas. Al pisar el muelle, una desagradable sensación de mareo. El mareo de tierra. Todo se mueve a tu alrededor….

Buscamos a los barcos amigos, pero no había llegado ninguno, tan sólo el Gran Cocotero, al que sólo conocíamos por radio, había llegado antes. Según nos indicaron en la organización de la ARC la mayor parte de la flota que se fue al Sur en busca de los alisios se encontraron muy pronto con una encalmada de varios días, y en ese caso, dada la larga distancia que te separa de América es mejor esperar la llegada del viento y no consumir gasoil que después puedas necesitar. Casi sin saberlo habíamos llegado entre los primeros barcos de crucero, quintos de nuestra clase. Un éxito inesperado que motivó que Yachting World nos dedicase la foto en su página central.
Pero el éxito fue llegar, con el barco entero y la tripulación sana y salva, habiendo disfrutado de cada segundo de la travesía, y con cierto sentimiento de nostalgia de la vida en altamar. No obstante, nos quedaban meses por delante para disfrutar del Caribe y quién sabe que más aventuras nos quedaban por vivir aún.

La única noticia negativa, fue que Manel, mi gran amigo y socio decidía regresar a España y abandonar la aventura. Poderosas razones amorosas motivaban su marcha. Pero su espíritu continuaría a bordo.

9.- DICIEMBRE Y ENERO 2004. Navegando por el Sur del Caribe.

Continuará.
Imágenes adjuntas
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