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Antiguo 10-05-2012, 18:04
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: La otra cara de la Mar.

Pues para mí se acabó. La dejé hace tres años ya. Hablo de la mía, la lejana, la que se quedó con mi juventud, con mi mujer y mi familia, que hartos de no verme el pelo buscaron mejores caladeros. Hablo de la que me secuestró los sueños de aventura y la que me hizo descubrir que no soy casi nada y prácticamente nadie. Hablo de la mar, pero en realidad hablo de mi vida.

Parece evidente ¿verdad?

Pues yo no lo tenía claro. Yo no sabía que la mar era, en realidad, mi vida.

He vivido en brazos de una golfa casi cuarenta años. Nunca me pegó, al menos no muy fuerte, pero me hizo apretar los dientes de dolor rabioso en muchas ocasiones. Hacia el final ya se me hacía interminable la espera, y el último viaje me llenó de temores y de supersticiones. Me acordé del viejo del Titanic y el del Andrea Doria, aniquilados en cuerpo o en alma en su última travesía. Qué cruel, la muy cabrona. Pobres viejos abnegados. Hablo de la mar, pero en realidad hablo del Destino.

Evidente, pero tampoco sabía yo que la mar era mi destino.

Desembarqué con la conciencia de que nadie me echaría de menos en ningún barco y con el convencimiento de que quienes asistieron a mi última fiesta no lo hubiesen hecho pagando las bebidas que se tomaron. El aire, repleto de los gañidos de las grúas pórtico y de los pitidos de los van-carriers, olía a pescado muerto, a gasoil quemado y a cocina de barco. A tomar por culo, pensé.

Así que me fui al mejor hotel. Tomé un larguísimo baño, me puse la ropa nueva -que había guardado celosamente en bolsas de plástico para que no se impregnase del olor a barco-, subí al bar terraza y pedí una copa del mejor whisky que tuviesen. Desde la terraza no se veía la terminal ni mi barco, pero reconozco que mis ojos lo buscaron, tal vez por costumbre, pero sólo un instante.

Y así estaba, en paz y respirando hondo, ensoñando montañas, cuando se levantó algo de brisa. Un vientecillo húmedo, que hizo restallar brevemente las banderas y la lona del bar y transportó desde la lejanía el mugido discreto de un remolcador o, quizás, de una gabarra. Y, como un gilipollas, muerto de vergüenza, me puse a llorar.

Así que ya sé lo que voy a sentir mientras me muera. Voy a pensar en ella, la muy puta, aliviado porque ya no nos veremos más y llorando, como un gilipollas, muerto de vergüenza (esa vez ya del todo), por la misma razón.

Perdonen ustedes que me haya puesto lírico.

Es que, hoy, la he vuelto a ver. Y creo que nunca estuvo tan bella para mí como lo estaba hoy para vete a saber quién. Azul como una virgen, la muy...
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