06 de Junio
Estábamos durmiendo. Se oye un “bum” y oigo a Vicente que dice: “Miguel”.

Salimos disparados linterna en mano y prácticamente en bolas. No hay nada sospechoso. Comprobamos el fondeo, miramos el mar alrededor, por si algo había golpeado el casco, reviso las marcas… nada.

El amanecer era precioso: cielo rosado y las siluetas de los pesqueros recortándose sobre él.

Un bostezo y a entrar de nuevo. Pero claro, yo ya estaba mosca. ¿Qué había sido ese ruido? No conseguí dormirme del todo.
A las 08:30 salgo de la cama y me lavo un poco. Vuelve a sonar ese “bum”. Misterio aclarado: como habíamos abierto uno de los depósitos (tenemos tres de inox) al bajar un poco la temperatura por la noche había perdido dilatación y comprimido el agua. Al volver a abrir el grifo, el agua baja un poco y el depósito vuelve a su ser. Pues bien, listo el misterio.
Desayunamos solos frente a la playa ante una vista preciosa y a las 10:00 levantamos fondeo y, a motor (de viento ná de ná) ponemos rumbo directo a Mazarrón. Maese Tury llega en coche y continúa un par de días con nosotros.
De la travesía nada a resaltar. Calor, nada de viento y nada de mar. Solo un par de calderones que se nos acercan bastante, unos 25 metros. Respiran un par de veces y desaparecen.
Comemos una buena ensalada de tomates, pimiento verde, zanahoria rallada, cebolla y una lata de bonito y a las 19:00 estábamos amarrados en el Club de Regatas de Mazarrón, mi puerto favorito desde hace casi treinta años y en el cual siempre soy bienvenido.
Tury llega a las 20:00 y les llevo a hacer la “visita guiada” de Mazarrón.

Tomamos una fritura en un bar del paseo marítimo, porque el propietario de mi restaurante favorito, el Barbas, ha sufrido un problema de salud y está cerrado. Espero que se recupere pronto.
Un rato de charleta en la bañera, con un chupito de whisky y al pulguero.
Mañana esperaremos a mi hijo y pasado a Cartagena.
Seguiremos informando.
