No podemos permitir que nos pase según qué.
Vaya por delante que merezco poco respeto, porque he comido muy bien, invitado por un amigo, y he bebido un par de copas decentes: whisky (malta, please) de más de 15 años, hielo a menos de -15ºC y, en fin, todas esas cosas que, hasta hace bien poco, no sólo eran envidiables sino que se consideraban decentes y parte de los justos premios que la Vida, de vez en cuando, tenía a bien conceder a la gente de mi edad que, según consta en los certificados de su vida laboral, ha estado una cantidad de tiempo inverosímil transportando cosas de utilidad dudosa de un sitio para otro a través de los océanos. Y que, por consiguiente, se suponía que se habían merecido.
Hasta el hipotálamo me pedía hoy un poco de entretenimiento ánimo-neuronal. Osea, una conversación de esas que solía mantener con mis amigos muertos (siempre se te mueren primero los mejores) o con mis enemigos inteligentes (un enemigo inteligente es algo de lo que presumir) o con los acquintances electrónicos que alguna vez he deseado conocer en persona.
Pero resulta que existen dos invasiones simultáneas: el Fútbol y La Cosa.
El Fútbol hace tiempo ya que había devorado el cerebro de muchos de mis compañeros. Lo tenía asumido. Me divertía secretamente oír cómo afirmaban "hemos ganado" a tal o cual equipo; "hemos fichado" a tal o cual jugador. Como si fuesen los dueños de un equipo del que, en realidad, no eran ni socios. Pero el Fútbol sólo los secuestraba los sábados, domingos y miércoles. El resto del tiempo recuperaban la condición de animal social humano.
La Cosa es diferente. Se ha abierto paso hasta las cavernas más recónditas de la mente y nadie puede ya desayunar por la mañana sin poner la radio para oír cómo está La Cosa. Escuchan y mastican mientras asimilan argumentos que oponer a quien opina que La Cosa no está tan mal o que está peor de lo que ellos piensan. Los medios de comunicación suministran el pienso para el que piensa, o cree pensar, con el sabor que se escoja: El Mundo coincide con lo que quieren pensar los que lo compran, mientras que discrepa con lo que desean pensar quienes compran El País, difiere en matices con la opinión ya formada de los lectores de La Razón y parece ciencia ficción a los sesudos lectores de La Vanguardia o El Correo.
Y, mientras, yo, que no he hecho nada malo, que yo sepa, y que tengo poquitos rincones y momentos en los que me sienta bien y no me duela nada, asisto impotente a la desaparición electrónica de algunos entrañables amigos y amigas que había conocido milagrosamente y a la metamorfosis Kafkiana de algunos otros.
¿Dónde estáis, queridos y queridas? ¿No podríamos fingir que La Cosa no nos afecta, o que no nos importa? ¿Podríamos volver a insertar vulgares arias de Puccini en historietas irrelevantes?¿Seríamos capaces de enviar a tomar pol saco, durante un ratito, la supuesta macroeconomía, de la que no tenemos puta idea, para inventarnos una historia o un cuento?
Mi manca Giordano, porco Dí!
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