Verano del 74
Recuerdo el verano del 74 como envuelto en un aura de cielo altísimo, mar en calma y aire limpio y transparente. Me parece sentir aún aquel azul rabioso del Tirreno, del Jónico, invadiéndome las retinas, el cerebro y hasta los pulmones.
Había terminado mis prácticas de alumno en la marina y cuando me ofrecieron la posibilidad de embarcar como marinero en el yate de una familia griega que, por algún motivo, había estado en reparación en La Ciotat, acepté encantado.
El viaje desde La Ciotat hasta Famagusta nos llevó casi un mes, pues fuimos haciendo el típico crucero de los millonarios de la época con escalas en Cannes, Saint Tropez, Antibes, la Riviera italiana, la Costa Esmeralda, Portofino, Capri y algún otro lugar que ya apenas recuerdo. Con tantas millas y tanta escala, los tripulantes no salíamos mucho del barco y las horas de guardia o de simple espera permitieron que intimáramos bastante. A los tres o cuatro días de viaje ya me había enamorado perdidamente de la “au-pair” que cuidaba a los hijos de los jefes; una estudiante española de vertiginosos ojos grises, como la bruma, que había encontrado una manera espléndida de pasar el verano, hacer unos ahorros y perfeccionar el griego demótico, que hablaba bastante bien. Como todos los demás, llevaba siempre el uniforme blanco del barco, pero en ella parecía especialmente luminoso, tal vez por el tono indescriptible de su piel bronceada o, simplemente, por su porte de reina joven.
Yo era capaz de hacer cualquier cosa, cualquier papelón, para verla un instante o para, ya no digamos, rozar un milímetro la tela de su vestido. Cuando ella salía a tierra con los armadores en el bote auxiliar, yo no le quitaba ojo al portalón de la escala, espiando su regreso, para acudir antes que nadie a tenderle la mano y ayudarla a subir. En una ocasión, el bote se movía bastante y tuve que sujetarla por el brazo, justo por encima del codo. Mis dedos se hundieron en la delicia de una carne firme, pero suave; cálida de vida, pero fresca; de esencia, si se me permite la elipsis, frutal.
Llegamos a Famagusta sobre el siete de julio, y lo recuerdo porque ese día ella apareció con un pañuelo rojo anudado al cuello y nos contó que en su tierra aquel era un día de fiesta, de sangre y de arena.
Pasamos varios días entrando y saliendo de Famagusta para ir a fondear en algunas calas o frente a la playa de Varosha. Por las tardes regresábamos a puerto a una hora razonable que nos permitía, si lo deseábamos, salir a cenar a tierra o tomar una copa en algún local. Una tarde le compré dos claveles reventones a una gitana, uno rojo y otro amarillo, que acabaron enredados en su pelo con un descuido estudiado, como si fuesen a caerse en cualquier momento. Puede ser que el concepto esencial de lo que para mí es la belleza quedase maduro y fundamentado para siempre en el momento en que, ya colgados en mágico equilibrio los claveles, me miró, me sonrió, se aproximó hasta que su pecho rozó levemente el mío, me dio un casto beso en los labios y me dijo “a mí también me gustas mucho, bobo”.
Durante la semana siguiente casi no nos dimos cuenta del creciente nerviosismo de nuestro armador ni de que el ambiente en puerto se había crispado notablemente entre los chipriotas griegos y los turcos. La ciudad amanecía salpicada de pintadas y carteles con las palabras ENOSIS y TAKSIM, pero yo no sabía qué significaban exactamente. Ni me interesaba lo más mínimo.
Un día le propuse que me dejara entrar en su camarote, pero ella me contestó que en su tierra, una pequeña ciudad provinciana, hacer el amor antes del matrimonio no era un pecado, sino un milagro. Bueno, le dije, no estás en tu tierra y yo estoy dispuesto a creer en los milagros. Tal vez se produzca algún día, contestó, pero el camarote de un barco con una litera de sesenta centímetros no es lugar para una virgen.
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