Re: Verano del 74
Muchas gracias, Flavio.
Descubro que cuando uno se pone a escribir se vuelve muy sensible a la opinión de los que tienen la gentileza de leer. Así que, aunque lo que sigue sale de la pluma sin mucho pulimento, ahí va.
Encontramos alojamiento en el hotel Golden Mariana, que, al estar situado en segunda línea y a pesar del montoncito de dólares que llevábamos repartidos por los bolsillos, tenía una tarifa más acorde con nuestros planteamientos juveniles. Nos detuvimos junto al mostrador y, apoyados en él, nuestras miradas se entrelazaron durante largos segundos de silencio. El recepcionista nos saludó con una espléndida sonrisa. Yasas! Y quedó a la espera de que le contestásemos.
Hay momentos que valen por una vida sin que importe mucho su brevedad. Nuestros ojos se escrutaron unos instantes más y, separando su mirada de la mía, fue a clavarla en el recepcionista. Con admirable aplomo y mientras me tomaba de la mano pronunció una de esas frases que, sin tener ningún valor intrínseco, se guardan para siempre en el cajón de los recuerdos más preciados.
Ena diclino domatia, paracaló.
Que dicho en español no me suena tan mágico, pero como el griego no es una de esas lenguas que un autor modesto pueda esperar que la generalidad de sus lectores entienda, me veo obligado a traducir. Intentad pronunciarla con la emoción de una muchacha de veinte años, procedente de una pequeña ciudad a los pies de los Pirineos famosa por su religiosidad y que acaba de decidir dónde y cuándo va a conocer varón por primera vez. Era el viernes 19 de julio de 1.974.
Una habitación doble, por favor.
Sin subir a la habitación, salimos de compras. Esto hay que hacerlo bien, me dijo. Compramos ropa, dos maletas (y una mochila que compré en un momento de distracción), zapatillas de tenis, artículos de tocador y cosas así, y, como parte de lo que ella denominó “el atrezzo”, muchas velas, un ramo de flores diversas, una cinta plateada y no sé qué más. En una de las tiendas se cambió de ropa, y salió vestida con una casaca, de las de cuello mao de aquella época, de fondo blanco sobre el que había estampadas florecitas de varios colores (muy hippy). Es curioso que lo recuerde todo tan nítidamente…
Cenamos de maravilla en un restaurante con vistas al mar y, con cierto nerviosismo, emprendimos el camino hacia el hotel, amarradísimos y, como canta Sabina, besándonos en cada farola.
Ya en nuestra habitación hubo que montar el atrezzo: colocar velas por todas partes, confeccionar una corona de flores que se colocó en la cabeza y vestirnos con las sábanas de la cama como si fueran túnicas, ciñéndolas con la cinta plateada. De esa guisa salimos al balcón con las manos entrelazadas y medio muertos de risa.
Que se note que tengo un notable en Derecho Romano. Tú, que eres marino, ¿sabrás cual de esas estrellas es Júpiter?
Sin estar seguro en absoluto señalé un lucero que, como no podía ser Venus por la hora, tal vez fuera Júpiter. No iba yo a arruinar el momento por minucias astronómicas.
Ahora, me dijo, para Júpiter te llamarás Vulpex. Y yo seré Iulia.
Puso mi mano sobre su hombro y la suya sobre el mío. Mirando al lucero declamó: Ante ti comparecemos, Ius-Pater, para formular nuestra promesa. Vulpex, mi amor, a partir de ahora, ubi tu Caius, ego Caia. A mi vez, y ya consciente de que aquello no era exactamente un juego, declaré convencido: Iulia, amor mío, ubi ego Caius, tu Caia.
Y, a la luz de las velas, despojándonos de las túnicas mientras nos besábamos desesperadamente, pasamos al capítulo de la Consumatio.
Nos lamimos, nos olfateamos, nos dimos mutuas instrucciones, nos amamos y, muy cerca ya del alba quedamos brevemente dormidos.
Nos despertó el estampido de un caza turco rompiendo la barrera del sonido.
El Mundo había enloquecido.
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