Re: Verano del 74
Conseguimos comprar lo necesario en la tienda de abastos de un libanés que, fiel a su herencia fenicia, había abierto las puertas como si la guerra no fuese con él. Conversamos brevemente en francés (era maronita) y nos informó de que los turcos habían desembarcado de madrugada en Kyrenia, al norte de la isla, y habían lanzado algunos miles de paracaidistas. Según su opinión, los turcos intentarían establecer contacto con el enclave turco-chipriota que había al norte de Nicosia y asentar una cabeza de playa estable en Kyrenia. Tal vez, con un poco de suerte, acudirían luego a la ONU para que mediara en el conflicto y obtener un alto el fuego en cosa de tres o cuatro días y Varosha no sería atacada. No, no tenía ni idea de cómo podíamos mandar un telegrama a nuestros padres y, desde luego, no funcionaba ningún teléfono.
Buscad a un inglés, nos sugirió, y pedidle que lo envíe él en cuanto salga de aquí. A esos seguro que los evacuan enseguida. Y con escolta. Volved al hotel pegaditos a las casas, como si estuviera lloviendo. Es cuestión de horas que tengamos francotiradores.
Y procura no salir mucho por las calles con una mujer tan espectacular.
El regreso fue un poco cómico. No había nadie más por las calles y ambos nos esforzamos en caminar delante, para proteger al otro (haz el favor de ponerte detrás de mi! Por qué, Caius plus durus est?), hasta que reflexionamos y nos dimos cuenta de que el hipotético disparo de un paco podía venir también de detrás. En el trayecto desde la tienda del libanés hasta el hotel descubrí una de las primeras consecuencias del amor. La sola idea de que Iulia pudiese recibir algún daño hacía que me faltase el aire, que me doliese el corazón y se me helasen las pelotas.
No tuvimos que buscar mucho para encontrar un inglés. El hall del hotel estaba lleno de ellos, con sus equipajes, esperando a que los recogiese un convoy procedente de la base británica de Dekelia, que, curiosamente, se extendía hasta una zona llamada Fort Bravo cuya puerta estaba a tan solo tres o cuatro kilómetros del hotel. Pero solo podían evacuar ciudadanos británicos. So sorry, sir.
No nos costó nada convencer a una pareja joven, de nuestra edad más o menos, para que aceptasen pasar un breve telegrama a mi padre en el que le decía que estaba a salvo y que se pusiera en contacto con la familia de Iulia para decirles lo mismo. La vida tiene cosas sorprendentes: mi amistad con ellos aún hoy dura. Peter, el chico aquel, es capitán de un gran yate, de esos que llevan helicóptero y todo, y nos vemos de vez en cuando. Este año piensa retirarse definitivamente. Dice que aún le duele recordar lo desvalidos que parecíamos Iulia y yo cuando su autobús se alejó, dejándonos en aquel lío. Recuerda también que no perdíamos el contacto ni un instante: o nos cogíamos de la mano, o del talle o, simplemente, nos agarrábamos por la ropa. ¡Eramos tan jóvenes!
Tras la marcha de los ingleses el hotel quedó semivacío, con tres o cuatro parejas mayores - daneses, belgas e italianos-, y nosotros. Todos recomendaban no salir del hotel en las próximas veinticuatro horas, para ver la evolución de los acontecimientos, así que pasamos mucho tiempo en la habitación.
Iulia se dedicó exhaustivamente a la observación anatómica de mi pene. Nunca había tenido la oportunidad de ver ninguno en detalle y aprovechó la ocasión y la luz diurna para hacer un reconocimiento completo que confirmase o descartase sus suposiciones previas. Lo miraba tan de cerca que bizqueaba, y a mí me entraba la risa.
Así que esta salvajada es la circuncisión. Qué bestias, ¿no? Y cómo puede ser que tu madre lo permitiese. No lo entiendo. ¿Cómo? ¿Qué tu madre es judía? Anda que cuando se entere mi padre… Fíjate, ¡es como si tuviese vida propia! Le tocas aquí y… se mueve! Está claro que le caigo bien y que va bastante por libre. Será mi amigo Isaac, el Judío.
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