Re: Verano del 74
La voladura del Salamina tuvo la virtud de devolverme a la realidad y al sentido de la responsabilidad: había que largarse de allí cuanto antes.
Además, la bañera estaba prácticamente vacía (nos habíamos ganado fama de angelicales por nuestra sorprendente pulcritud, dadas las circunstancias), las provisiones del hotel ya escaseaban y, las nuestras, acusaban el castigo.
El libanés, que ya no podía venderme nada que yo pudiese comprar, nos explicó sobre un mapa cómo estaba la situación. Varosha era el barrio más al Sur de Famagusta. Por el Oeste y Sudoeste estaba el territorio británico soberano de la Base de Dekelia y era poco probable que el ejército regular turco se fuera a introducir entre ambos, pero las milicias probablemente ya estaban ahí y, por lo tanto, estábamos virtualmente rodeados.
Había, pues, que dar un salto y llegar como fuese al territorio inglés, más allá de Paralimni y del Cabo Greko y poco antes de Larnaka. No podíamos ir en coche, por el peligro de que unos u otros nos ametrallasen. No podíamos ir a pie, por el peligro de que algún militar se encaprichase de algo tan difícil de esconder como la arquitectura divina de Iulia. No teníamos medio aéreo –ni lo hubiese utilizado, a la vista de la mala leche de los aviones turcos. Pero nos quedaba el mar. Doce millas, más o menos, hasta el cabo y otras tantas hasta la frontera de la base de Dekelia. Sólo nos faltaba un barco que fuera silencioso y capaz de cubrir las 24 millas en una noche.
A la mañana siguiente nos fijamos turnos de guardia para observar el mar desde el último piso del hotel, para tomar nota de la existencia o no de patrulleras turcas, con resultado negativo. Con toda probabilidad, la mar debía estar vigilada desde tierra y con medios para disparar a cualquier cosa que se moviese… y pudiera ser vista o detectada.
Por la tarde ya había encontrado el barco ideal. En la playa, frente al hotel King George (una preciosidad de hotel, por cierto) yacían varados varios 420 y algún Vaurien. Pero ninguno tenía velas, ni orza, ni timón.
Dormí mal esa noche. Por un lado, era evidente que teníamos que marcharnos como fuera; por otro, la marcha sólo seria posible tras el robo previo del equipo del barco que, con suerte, estaría en un cobertizo del King George, que daba a la playa. ¿Qué pasaba si alguien nos descubría? Quien vigilaba no era ya la policía, sino el ejército. ¿Aplicarían el viejo tratamiento que se da a los saqueadores en las ciudades sitiadas?
He vivido mucho después de aquello, pero la sensación de acorralamiento que tuve aquella noche no se ha vuelto a repetir con la misma intensidad. Tomé consciencia de que el amor me hacía débil. Iulia era una posesión del alma, y mi alma había sido pobre hasta recibir, de repente, un inmenso capital. Como todos los nuevos ricos, se aferraba de tal manera a su patrimonio que no podía ni pensar. Si nos quedábamos corríamos peligro, pero si intentábamos escapar, también. La opción menos mala era la de quedarse, confundidos entre la masa, pero mi instinto recelaba, la aventura me llamaba con el canto de todas las sirenas del Egeo y mi naturaleza odiaba la idea de esperar sin hacer nada.
Si Iulia no estuviera aquí ¿qué harías? me pregunté, y la respuesta estaba clara: bote de pintura negra; patadón a la puerta del cobertizo; palo, orza, timón y vela; bote de pintura a chorro sobre la vela y a salir zumbando.
Pero Iulia estaba allí. ¿Qué pensaría ella si supiera que yo dejaba de hacer algo por protegerla? Se sentiría muy mal. Nuestra generación empezaba a ver las cosas de otro modo. Para ella sería una humillación y yo demostraría ser un idiota capaz de intentar pensar como si ella fuese menor de edad mental. Así que, en un alarde de honradez, tomé la decisión de contarle cuáles eran mis planes y esperar su veredicto en cuanto la noté despierta.
En un gesto muy suyo, me dio dos palmaditas en el antebrazo y zanjó el tema con dos simples palabras:
Estás chiflado.
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