El celestino
Y también supo ser celestino en una época.
El tío Ruben tenía ocho años y andaba buscándole novio a la tía Albina.
Había decidido que había que casarla a toda costa.
Entre los candidatos favoritos estaban el dueño del cine y el almacenero.
Pero nada. No había caso. No podía cerrar ningún trato por más que la anduvo ofreciendo con las mejores referencias. Que era muy buena conversadora. Que hacía unos huevos fritos geniales. Que tejía escarpines y bufandas. Que la tía Pipa decía que era muy escandalosa pero que no era para tanto. Que esto y aquello y por más que hizo no pudo colocarla.
Esta Albina era un caso serio.
Al final, cansado del fracaso, resolvió atacar con la publicidad masiva.
Se las ingenió para colgarle un cartelito en la espalda y así la pobre tía anduvo paseándose por el pueblo con un anuncio que decía "Vuzco Macho".
La ortografía identificó al autor y ahí nomás el tío Ruben, con ocho años recién cumplidos, vio bruscamente interrumpida su incipiente campaña publicitaria.
Es que el abuelo Pedro, que en esos tiempos era jovensísimo, lo corrió una cuadra entera y lo llevó, colgado de una oreja, a pedirle perdón a la tía Albina que no paraba de llorar.
El tío Ruben no entendía nada, después de todo él había visto que Albina había conseguido por lo menos tres encendidos candidatos en el boliche de la esquina.