Es cuestión de educación.
Además, en muchos puertos y clubs naúticos existe una especie de endogamia entre los ilustres socios vestidos de punta en blanco a los que parece molesta tu presencia.
Me acuerdo de uno por el sur, en el que estaba de transeúnte. Saludaba a alguien con quien me cruzaba en el pantalán y éste, muy estirado, me miraba de arriba a abajo y continuaba andando sin mediar palabra.
Me sucedió varias veces y con personal distinto. Yo, la verdad, es que me descojonaba porque además era un puertucho que no tenía nada que ver con aquellos de esa zona tan rimbombantes.
