Discusión: Verano del 74
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Antiguo 24-07-2012, 17:30
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Verano del 74

Parece que La Cosa está mu malita. Riesgo es incapaz de controlar al putón de su prima y nuestros ínclitos ministros empiezan a tartamudear en las ruedas de prensa. Parece que, no pudiendo esperar a mayo, nos van a joer pa setiembre.

No se me ocurre nada mejor, para entretener la espera, que contaros la continuación de la fábula y de cómo, aunque sin saber muy bien por qué, acabé volviendo a Chipre con la intención de entrar en la cápsula temporal de Varosha. Además, debo confesar que vuestros aplausos me dan calorcito en el corazón.

Ahí va:

Fue Elisa, mi hija recién descubierta, quien me informó del tránsito final de Iulia. Tuvo que ser en febrero y de madrugada, para que fuese más triste. Dormí mal y poco esa noche, pues soplaba un Leveche criminal que hacía crujir las piedras de mi almazara como si quisiera arrancarla de cuajo. Además, estuvo lloviendo sin parar todo el día, lo que sin duda ablandó el suelo lo suficiente como para que el maldito viento consiguiera arrancar un sauce viejo que había en el jardín y precipitarlo contra la puerta cristalera del salón, cuyo marco, en diabólica carambola, partió, al caer, la tapa del piano. Estuve más de una hora poniendo a salvo libros, muebles, discos y aparatos. Vestido con un albornoz de hotel y calzando unas sandalias menorquinas que uso como zapatillas; tiritando de frío y en medio de una confusión de papeles, hojarasca húmeda y ceniza de la chimenea que el viento hacía girar en torbellinos y que la lluvia, que entraba horizontal por la cuenca vacía de la cristalera, se encargaba de fijar con ambición histórica sobre las paredes, los cuadros y las tapicerías.

Sobre las siete y media de la mañana me hallaba de regreso en mi cama y a punto de reanudar el sueño cuando sonó el teléfono y la voz de Elisa, con un temblor ligero pero perceptible, me dijo: ya está, se acabó, pobrecita. Mi hermano está en camino. No te preocupes por mí y NO vengas. Ella no quería que la vieses tan fea.

Poco después llegaron, como cada día, Rashida y Halet, los viejos asistentes de los tiempos de mis padres (a todos los efectos considerados como parte de mi escasa familia), y tuvieron una primera visión del desastre. Con los ojos como platos mezclaban todas las expresiones de sorpresa que se habían acumulado en nuestra curiosa tradición familiar. Alá, Alá hu acbar, dijo Rashida al ver las ramas del sauce entrando por la cristalera. Ayayay Adonnay, reforzaba Halet resonando con la entonación de mi madre. Mon Dieu, mon Dieu, remachaban ambos a coro. Panayía mu, dije yo en apenado recuerdo de las frases griegas que Iulia usaba a menudo.

Pensé que, dada la presencia de las Tres Luces invocadas tan inocentemente por mis viejos moritos, debía aprovechar para darles la noticia. Ellos la habían querido mucho y lloraron muy amargamente cuando se fue. Me impresionó su reacción: sin decir palabra, Rashida se acercó a la chimenea y se cubrió el pelo de ceniza. Halet, con un movimiento lento pero firme, se hizo un desgarrón irreparable en la camisa. Con un gesto de la mano que abarcaba el desastre causado por el sauce, Rashida murmuró: esto tiene que ver con ella. ¡Esto tiene que ver!

Pasaron varios días en los que, sin llegar a sentir dolor, planeó sobre mí una pena oscura y omnipresente. Me despertaba por las mañanas sin recordar qué era lo que había soñado, pero con el convencimiento de que mis sueños habían sido tristes, como un llanto escondido del alma, del que, al salir el sol, no quedaba más que una tenue humedad sobre la almohada. Hablé un par de veces, por teléfono, con mis hijos. Ambos tenían una comprensible gravedad en la voz, pero estaban bien. Elisa me anunció el envío de un paquete con cuatro cosas de su madre que, a su juicio, era mejor que conservase yo. Protesté un poco. Yo no deseaba engolfarme en recuerdos ni en sentimentalismos. Es tu vida, me dijo con cierta dureza, y no la mía. Al menos dedícale una mirada. Lo que no quieras, me lo devuelves.

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