No había vuelto a pensar en Varosha desde hacía muchos años. Se podría decir que, aunque sabía lo que había sucedido, no era consciente de ello. Por eso, al ver las fotografías de las calles abandonadas y de las casas acosadas por la maleza, los recuerdos acudieron como un torrente y se me puso en marcha el motorcito que suele conducirme a los viajes y a las aventuras.
Abrí a continuación la caja de Godiva. Contenía varios objetos, como alguna tarjeta en la que se nos invitaba a una recepción, amuletos turcos contra el mal de ojo comprados en el Gran Bazar o una navajita automática que ella siempre llevaba en el bolso. Había alguna cosa un poco demasiado romántica, como un pequeño envoltorio de papel de seda en el que hallé dos mechones de pelo –supuse que suyo y mío- o una hoja de libreta, doblada mil veces, con el inicio de un poema de Salvatore Quasimodo que alguna vez le recité. Pero también encontré dos cosas más punzantes que la navaja: su alianza de boda, con la inscripción “ubi ego caius, tu caia” grabada en el interior y, sorprendentemente, la llave de la habitación 211 del Golden Mariana. Nuestra habitación. El simple tacto del llavero –plástico imitando con bastante dignidad una lámina de jade- me inundó de sensaciones, recuerdos perdidos y serena nostalgia.
Estaba total y absolutamente seguro de que esa llave no había salido de Chipre con nosotros. Por lo tanto, mi sorprendente Iulia no sólo había regresado en alguna ocasión a Famagusta, sino que se las había ingeniado para entrar en Varosha y en el mismísimo hotel para rescatar ese recuerdo.
Pasé varias horas encerrado en mi “sala de mapas”, que es un cuarto sin ventanas, antaño almacén de tinajas de aceite, en el que he atesorado, bajo llave, las obras de todos aquellos que arrullaron mi infancia. Desde las estanterías nos contemplamos mutuamente con Emilio Salgari, Jules Verne, Jack London, R.L.Stevenson, E.A.Poe o Kipling, pero también hay un hueco para los primeros personajes que me contaron algo sobre el mundo, como Guillermo Brown y sus Proscritos o, en lugar preferente y venerado, Tintin y sus aventuras. En la sala de mapas tengo también un ordenador con pantalla King Size y una vieja mesa de cartas, recuperada de un desguace, con los cajones rebosantes de mapas y cartas de distintas épocas. Entre sus paredes es posible imaginar lo inimaginable y dar la primera vuelta de hélice de viajes muy largos.
Me empapé de fotos, webs y blogs sobre Varosha y, a la mañana siguiente, habiendo recibido el consentimiento de mi almohada y tras haber bailado unos cuantos pasos de “zempekiko” en la cocina, me puse a la labor de planificar la ruta y el viaje.
http://www.youtube.com/watch?v=5i6UZ...eature=related