En un mes de octubre a primeros de los 80' retiré una Guzzi T-3, nueva de trinqui, del concesionario, mientras una gota fría comenzaba a machacar la Comunidad Valenciana. Para estrenarla ya anocheciendo, me calcé un mono de agua y me fui a Jávea donde me esperaban unos amigos para pasar el fin de semana en una vieja pero acogedora casa al lado del mar.
A parte del consiguiente aguacero que pillé, observé al llegar que algunas olas de la marejada barrían parte de la calzada y llegaban a salpicar la fachada.
Llamé a la puerta y con la ayuda de dos amigos, levantamos la montura para superar los escalones que daban acceso al interior de un salón comedor que constituía la habitación principal de la vivienda y que la separaban de la acera, la carretera y el mar.
La Moto Guzzi quedó entre la mesa del comedor y el tresillo "marcando la separación entre los dos ambientes".
Mientras cenábamos, un inglés que andaba desorientado en medio del temporal, llamó a la puerta para preguntar algo y al entrar flipó bastante con el "mobiliario", pues no sobraba mucho espacio.


Más de una vez hemos recordado las anécdotas, la de Noyes y la nuestra.
La única moto que me ha sabido mal no retener en mis manos de todas las que he tenido.
Épocas doradas aquéllas.