Re: Verano del 74
Saludos a todos!
Ya he regresado a tierra firme y me dispongo a continuar lo empezado. Veo que habéis leído mucho y no sabéis cómo me halaga...
Ahí va:
A finales de marzo decidí que ya era hora de dejar mi refugio invernal y preparar el barco para la campaña de verano. Le eché un último vistazo al sauce convaleciente, casi una visita de observación médica, y me pareció que bajo su corteza y en las puntas de las ramas podadas se advertía algún signo de vitalidad. Tal vez, pensé, se salve después de todo. Comprobé la tensión de los tirantes que le había puesto, le di una palmada de ánimo en el tronco y me marché a Barcelona. A mi barco.
No tenía tripulación. Dudé sobre si sería prudente embarcar a alguien que me acompañase para hacer algunas guardias, pero finalmente decidí que haría el viaje solo aunque, ya que me atraía la idea de recorrer los “camins” sin hacer escalas, eso significara dormir poco y mal. Nunca antes me había planteado esa cuestión así, a priori. Ante mí se solían presentar los viajes como único objeto, y el detalle de ir solo o acompañado dependía nada más de cómo transcurrían los días, las escalas o las relaciones, sin que me importase lo más mínimo tener que dormir a salto de mata y ocuparme íntegramente de la navegación. Será uno de los síntomas de la edad, pensé.
Me peguntaba a menudo qué sentido tenía aquel regreso al pasado. Sentía una cierta aprensión ante la posibilidad de que los recuerdos volviesen a levantar los fantasmas de la pena y el dolor de antaño, pero también notaba que se había instalado en mí una firme determinación basada en el deseo de recuperar aunque fuese un diminuto hálito de juventud, de felicidad, de primavera. Tal vez, pensaba, volver a ver la habitación 211 del Golden Mariana sirviera para reafirmar en mí la convicción de que mis recuerdos eran auténticos; de que al menos una vez me había entregado con armas y bagajes a la corriente de la Vida y había sido incontestable, absoluta e inmensamente feliz. Existía la posibilidad de que la emoción que experimentase allí fuera capaz de agrietar en alguna medida la coraza de sal, egoísmo y miedo que se había formado sobre mi alma, haciendo que las verdaderas sensaciones de la vida me llegasen amortiguadas y sin sabor.
Pero la respuesta certera se me presentó mientras mi mente se ocupaba de otras cosas. Estaba a bordo cambiando una driza de mayor, para lo que había improvisado un eje sobre el que girase la bobina de la driza nueva mientras tirase del extremo de la vieja, cuyos chicotes correspondientes había unido con una costura. El tambor, situado en la bañera, a varios metros de la base del palo, giraba diligentemente mientras yo halaba de la driza y parecía como si su movimiento fuese un tanto ajeno a mi trabajo. La driza nueva atravesaba los reenvíos y se introducía en el palo como una corriente sanguínea, suave y salutífera. En el preciso instante en que la costura entre chicotes llegó a mi mano tuve una revelación. Supe porqué quería volver a Varosha y por qué quería hacer el viaje solo.
Iulia había ingresado en lo definitivo. Ya nunca más la vería, salvo en sueños, y su imagen permanecería para siempre estable. Ya no podría traerme dolores nuevos ni encender más expectativas ni causar decepciones. Podía, por fin, reconciliarme con su recuerdo, analizar una vez más nuestros errores mutuos y perdonar definitivamente a aquellos que un día fuimos. Podía olvidar sin miedo a que el olvido desguarneciera mis murallas de defensa.
Necesitaba, para ello, un viaje iniciático o, quizás, eremítico. Las viejas drizas que me habían mantenido tenso bajo el viento de una vida de combates estaban siendo sustituidas sin que apenas lo notase. Emprendía un viaje hacia la serenidad.
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