Re: Verano del 74
A unas cuarenta millas de tierra entré en la calma inquieta de la interfase entre el viento del Norte y el Sudoeste. Ya se apreciaba la mar de leva, ligeramente nordesteada, que fluía desde el Golfo de León, y que me encontraría en pleno desarrollo cuando cruzase el meridiano 3º E. Arranqué motor, arrié mesana, tomé un rizo a la mayor, enrollé el génova y di la trinquetilla cazada a crujía, con las dos escotas, para navegar un rato a motor, hasta cruzar el meridiano, sin dar grandes bandazos. Dos horas después, habiendo comido y dormido una buena siesta, entró por fin la Tramontana o, más bien, fuimos nosotros, el barco y yo, quienes entramos en su ancho cauce. Amollé escotas y el barco salió disparado al galope hacia el Sueste dibujando una estela amplia y formando un fragoroso bigote de espuma en el tajamar cada vez que una de aquellas colinas de agua nos tomaba por la aleta.
Me senté por fin en el banco de estribor, arrebujado en mi anorak pero con el gorro de lana ligeramente subido sobre las orejas, de modo que el viento pudiese susurrarme en ellas las voces que hay prendidas en el aire.
No pienso navegar nunca en ningún barco en el que no estés tú, me musitó de pronto el viento con la voz de Iulia.
Fue navegando en el sloop de mi padre. Ella no había visto nunca unas olas tan grandes – la verdad es que no eran para tanto- y le impresionó mucho ver lo tranquilo que yo estaba cabalgando en los lomos de aquel Levante noble. Me miró atentamente mientras yo tomaba o largaba rizos, cazaba escotas y ajustaba los sandows que amarraban la caña mientras canturreaba o le besaba los cabellos al pasar a su lado. En los días anteriores me había tenido que ocupar de pequeños asuntos del motor y de mantenimiento general; habíamos entrado de noche en algún puerto pobremente señalizado y, en general, habíamos pasado por muchas de esas cosas rutinarias de la mar que tanto sorprenden a los campesinos y a sus descendientes. La cantidad de cosas que hay que saber para no terminar razonablemente ahogado, me dijo al llegar a puerto, es imposible que las sepa nadie más que tú. Tú y cuatro más, a lo sumo. No pienso navegar nunca en ningún barco en el que no estés tú, me dijo con cómica seriedad.
Cubrí mis orejas con el gorro.Noté que había refrescado. Bajé a buscar un jersey y a beber algo caliente.
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