Discusión: Verano del 74
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Antiguo 17-09-2012, 19:08
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Verano del 74

Gracias. Ya procuro que cada entrega sea como un fotograma, completo en sí mismo aunque forme parte de una película. Me halaga que se hagan cortas.

Ahí va otra:

Cuando sopla la Tramontana, las noches sin Luna de la altamar parecen hechas de metal negro y, las olas, de un cristal como la obsidiana de Lípari que conservo en un estante del salón: obscuro, frío y de aristas más cortantes que el acero. La espuma de las crestas queda a veces iluminada por las luces de costado, ora en verde, ora en rojo, con una calidad maligna, como los dientes de una fiera desconocida que rondase, furtiva, el olor a vida. De vez en cuando una rompiente pasa junto al casco sonando como un rugido quedo, susurrado, y el barco parece enervarse por unos instantes. Levanta la popa, escora a sotavento, la aguja de la corredera tiembla un par de nudos hacia la derecha, en la pantallita del GPS los números viajan de un cuadrante a otro súbitamente agitados, el indicador de viento vacila. No importa la experiencia que uno tenga ni que las millas navegadas se cuenten por miles, ni que la Tramontana sople alrededor de unos discretos 20 o 25 nudos. Las palabras “noche de Tramontana” parecen siempre extraídas de un grimorio de magia negra o de los versículos de algún libro de amenazas divinas, de conjuros de mal fario. Cuando el Sol te abandona en el Golfo y la noche empieza a crecer por Oriente, te sientes muy pequeño y no es raro que acudas discretamente a comprobar los cierres de esa puerta, que existe en todas las mentes, por la que nos podría penetrar el miedo.

Íbamos de maravilla con el rizo de mayor y la trinquetilla. Sin esfuerzos y con todo a favor, la perilla del palo trazaba círculos entre las estrellas con ritmo de compás sidéreo y el barco había tomado ya esa calidad de pequeño hogar de luz tenue, de lugar seguro o de refugio entre la nieve. Pero yo continuaba en estado de alerta ancestral, consciente de que estaba pasando la noche con Tramontana, que lleva siempre navaja en la liga, y tal vez por eso mis pensamientos dejaron de vagar por el romanticismo y los recuerdos buenos, para internarse por caminos que había considerado inútil recorrer hacía mucho tiempo.

En los tiempos en los que intentó trabajar como abogada, era frecuente que Iulia me pidiera que la acompañase a alguna cena, algún acto del Colegio de Abogados o, simplemente, a reuniones con otros colegas suyos. Es inevitable que los médicos hablen de medicina, los abogados de leyes y los marinos de barcos, y sé que jamás hay que intentar mezclar las cosas y pretender hablar de barcos con un abogado o de leyes con un médico, de modo que mis intervenciones en los encuentros profesionales de mi mujer se limitaban a sonreír, asentir con simpatía o denegar con conmiseración. Una vez me pareció divertido deslizar la mano entre sus muslos por debajo de la mesa mientras fingía escuchar con entusiasmo la perorata de un sujeto bastante engolado. Ella se acercó a mi oído y, con una dureza que yo desconocía, me dijo que si era incapaz de mantener la compostura era mejor que me marchase. Me quedé tan helado. Al acabar la cena me pidió perdón mil veces, alegando lo nerviosa que estaba por la importancia que aquel tipo al parecer tenía para su carrera.

Miré hacia la oscuridad de la noche, allí donde, de vez en cuando, refulgía la espuma de una ola o una masa negra ocultaba momentáneamente las estrellas próximas al horizonte, como si entes grandes y subrepticios me acecharan, y me pregunté por primera vez en aquel viaje qué diantre estaba haciendo yo allí y para qué.
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enric rosello (17-09-2012), Gambucero (18-09-2012), jacarejack (17-09-2012), ntejera (18-09-2012)