Apenas amanece. Llegan todos los tripulantes que no dormían en el barco.

Sonreímos antes de zarpar. La aventura que nos espera es siempre desconocida...
Echamos gasoil. Zarpamos. El viento es por la proa, así que decidimos ceñir a rabiar, pero el oleaje formado nos aconseja abrir el rumbo para sufrir menos, y eso hacemos.
Ahora copio y pego con poca edición, el relato frío y aséptico del accidente, redactado a pocos días del sartenazo que me llevé en el cogote por no revisar todo más atentamente y no ver algo que seguro que tenía que haber visto pero que no vi, algo que tendría que haber dado signos de fatiga o desgaste o descolocación… pero que no vi yo, ni vimos ninguno de los 4 de a bordo, incluso después de 4-5 horas de navegación. Tengo una foto de 10 minutos antes del accidente, y los dos bulones – uno de los cuales aparentemente falló – estaban en su sitio perfectamente colocados y haciendo su trabajo.
En fin. Pensar en los momentos previos, cuando todo podía haber sido evitado, es torturarme. Pero no puedo evitar hacerlo. Aún hoy, con la reparación garantizada por el seguro, y con mis 4 tripulantes sanos y salvos, agradecidos y solidarios, y felices por la experiencia y la seguridad adquirida en navegación, yo sigo deseando que no me hubiera pasado esto.
EL ACCIDENTE:
23 de julio de 2012.
Navegando en ceñida abierta amurados a babor - 40º de ángulo respecto a crujía-. Cuatro tripulantes a bordo, adultos, incluido el Chino, con experiencia, una amiga de éste, y un primo de mi mujer que nos acompañaría a Cartagena navegando de noche. La Diosa Fortuna mi única fiel protectora desde que supe que todos tenemos una estrella, pudo negociar con los Dioses, y adelantó el accidente a las 14:00h. para evitar que el palo se viniera debajo en plena noche. El velero había recorrido ya 18 millas de carta en navegación normal con destino “el viento” (Aguadulce – San José) en continuos bordos sin que hubiera manifestado problema alguno. Oleaje máximo de 1’5m, no muy corto. Viento de 14-15 nudos permanentes, con rachas máximas de 16’5. Navegando a todo trapo con mayor y Génova, sin rizos.
La tripulación inexperta observa las maniobras y colabora eficazmente. Al cabo de pocos bordos todos cambian de banda y cumplen su tarea como un mecano robotizado construido por un niño, sin dejar de mirar sonriendo al patrón a cada virada, como pidiendo confirmación de que han hecho todo correcto. ¡Todo correcto! ¡Es así de fácil!...
El arraigo de los obenques de estribor, 10 minutos antes del accidente.
En la que iba a ser una virada más a babor para amurarnos a estribor, y sin haber completado aún la maniobra de cazado completo del Génova, sonó un golpe seco en lo alto e inmediatamente el estruendo de toda la arboladura cayendo por la borda de babor al agua. De ese momento, todos los tripulantes recuerdan el ruido seco primero, y la posterior caída del palo, que entró en el agua partido por su tercio superior.
Primeros momentos. El palo aún no se ha hundido del todo. El susto no nos deja actuar con verdadera frialdad. Comenzamos a tomar las decisiones después de asegurar que toda la tripulación tiene zapatos cerrados.
Yo tengo un recuerdo nítido y concreto del momento. Yo recuerdo el silencio. El barco navegaba dejando la estela de espumas que se corresponde con los 5-6 nudos y con el oleaje, pero con el primer “clack”, yo me encontraba en pie enfrentado al piloto, en mi particular maniobra de cambio de pesos de banda. Mientras levanto la vista al mar de popa, el Chino pregunta…¡¿qué es esto?!, e inmediatamente a la vez que giro la vista el palo entra en el agua arrastrando velamen, jarcia y complementos. El silencio. Eso es lo que recuerdo como una eternidad, entre el ruido que escuché en lo alto del palo, a mis espaldas, y la pregunta del Chino. Un segundo cronológico. Un interminable recuerdo en el que el zumbido sordo del viento en mis sienes desapareció, y todo comenzó a ser una película a cámara lenta de nitidez cristalina. El silencio es mi recuerdo.
La base del palo se salió de su apoyo o fogonadura (el palo no es pasante, afortunadamente), quedando la contra de botavara, que es rígida, por fuera de los candeleros. La base del palo quedó casi completamente fuera de la borda inicialmente, y la botavara apoyada por dentro de los pasamanos de babor.
Fogonadura del Oceanis 311, con sus poleas de maniobra...
Pese al intento inmediato de recuperar toda la arboladura, tomando amarras en el tope de palo y en su base, e intentando infructuosamente subir toda la botavara y velamen a bordo, el palo y las velas cada vez se hundían más hacia el fondo, y finalmente quedó el palo vertical, amenazando con golpea en el casco a cada ola. Emitimos PAN-PAN por el canal 16 vhf. (Fue un acto automático en emergencia emitido con el perfeccionismo de quien se imagina a sí mismo emitiéndolo, y lo repite regularmente como un ejercicio más de navegación).
- Pan-pan, Pan-pan, Pan-pan.
- Aquí velero NOTOS, aquí velero NOTOS.
- Pan-pan.
- Me encuentro en posición…NORTE…xxº xx,xx OESTE… xxº xx,xx , a 3mn de Cabo de Gata.
- Necesito ayuda urgente. Hemos perdido el palo y las velas.
- 4 tripulantes a bordo, adultos, todos estamos bien.
- Situación estable pero comprometida para la embarcación
- Cambio.
Espero… espero… ¡no contesta nadie! ¡Coño, que es un PAN PAN!, ¿Por qué no contesta nadie? Ni una costera, ni Salvamento, ni otro barco. Debo calmarme. El viento y la situación puede ser complicada para las comunicaciones…¿15 nudos y a menos de 10 millas de costa? Aquí pasa algo. Espero menos del minuto reglamentario y emito de nuevo, tras comprobar que en la radio está todo en regla. Puede que no haya pulsado bien…no. O que andemos bajos de batería…no. El canal equivocado… no. Voy otra vez.
- Pan-pan, Pan-pan, Pan…¡coño!
- ¡Pero si tengo la antena a 15 metros de profundidad! ¡Y el cable arrancado de cuajo con el palo! ¿Cómo carajo me va a escuchar nadie?
En ese momento ni siquiera pensé en el walkie. Llamamos a Salvamento Marítimo por telefonía móvil y entablamos comunicación posterior por el canal 74. Nos informan que mantengamos el palo siempre lejos del casco y que una Salvamar viene a nuestra posición e intentará ayudarnos a recuperar la arboladura si es posible. Colocamos con urgencia las dos defensas esféricas grandes que llevábamos a bordo, y otras dos defensas normales, para intentar que en caso de pérdida se pudiera recuperar todo. Como el palo seguía golpeando el casco en su lateral (francobordo de babor), el oleaje era considerable para la posición en que había quedado el barco – atravesado a la mar – y la advertencia de Salvamento era clara, decidimos soltar el estay (desatornillando el enrollador porque la cizalla no funcionó con el perfil en el estay) y cortar los 3 obenques restantes para que la arboladura quedara flotando por la popa del barco, unida a éste únicamente con el backestay.
Con el efecto del oleaje, impotentes, el palo se coloca vertical y amenaza con golpear el casco.
Lamentablemente, al soltar todo, el palo seguía hundiéndose y las defensas no hacían su trabajo. El lastre nos estabilizaba, pero el cadenote del backestay (una pletina de 5 mm de inox, se dobló anunciando que podía arrancarse de la fibra, cosa que afortunadamente no pasó. Demasiado peso para poco poder de flotación de las 4 defensas colocadas, que se hundieron sin remedio.
Bendita cizalla. Aquí sacándola de su funda anti-óxido. Yo nunca pensé que la usaría.
Al llegar la embarcación de SM “Denébola”, nos informa por radio que debemos cortar el backestay y enviar el palo al fondo, porque es imposible remolque con arrastre de arboladura. Les informamos que hemos buceado para comprobar la hélice y parece estar todo libre bajo la quilla, por lo que tal vez si se suelta toda la arboladura, podemos evitar el remolque y progresar nosotros a motor hasta San José, a unas 3Mn. Pero insistimos en nuestro interés de cobrar la arboladura de alguna manera. Nos repiten que es imposible con sus medios recuperar la arboladura, y que lo mejor en cualquier caso es cortar el cable del back-estay que aún la une al barco, para decidir si somos remolcados o si podemos llegar a puerto por nuestros propios medios.
Salvamar Denébola al rescate del piltrafilla que quería ser marino...
En el backestay habíamos atado ya otras 4 defensas de las normales, para intentar mantener la arboladura a flote, pero fue imposible. Una vez liberado el backestay, todo el conjunto se hundió rápidamente en los 87 metros de profundidad, en una posición marcada como 36º42.749N 2º07.369W. La foto de ese momento, yo en el agua, soltando un buloncillo del tensor de backestay para que todo se fuese a pique, y ver a 20 metros de profundidad velas, antenas, palos y perchas…. Esta foto-recuerdo no se la deseo a nadie.
Las defensas convencionales como elemento de flotación resultaron ineficaces.
Con la presencia de Salvamento Marítimo (embarcación Denébola) hicimos las comprobaciones necesarias de motor, y al ver que evolucionábamos bien avante y atrás y el timón no había sufrido daños, pudimos recuperar varias defensas que quedaban a flote, y navegar a motor hasta San José.
Adiós amigos de Salvamento. Siento de verdad las molestias, la salida, el gasto… pero gracias de corazón por estar ahí para cuando llega el momento, por las guardias, los riesgos, y el aguante que tenéis que tener con tanto navegante torpe que os pone en alerta por una simple desarboladura. Si llego a saber cómo funcionaría mi seguro, tal vez hubiera cortado en cuanto comprobé que era imposible subir los 500 kilos a bordo. Pero si no hubiera tenido el calor, la tranquilidad y la precisión de esa voz de Salvamento al otro lado del walkie, tal vez no hubiera tenido la sangre tan fría para tomar las decisiones correctas que tomé. Ser novato y tener a Salvamento a la escucha es como irse de casa con 18 años y tener a tu madre siempre a mano.
Canal 74. No se me olvidará.