Re: Verano del 74
Se trata de una larga formación rocosa de origen volcánico, de unas 35 millas de largo, que sube abruptamente desde los abismos hasta sondas de 35 metros en muchos puntos; 7 en varios y aflorando prácticamente en uno de ellos: el llamado Escollo Keith o Punto Zero. Lo fascinante de este lugar es que esas sondas se hallan a una distancia mínima de 60 millas de tierra. Concretamente, el escollo Keith está a unas 63 millas de la isla de Marettimo, en el archipiélago de las Egadis.
Hay quien dice que puede estar a menos de treinta centímetros de la superficie en condiciones de presión atmosférica alta. Su parte superior tiene a penas dos metros cuadrados de área.
Los vientos predominantes son el NW (Maestrale) y el SE (Scirocco) que pueden llegar a soplar muy duros y con mucho fetch, por lo que no es extraño que lleguen hasta el banco grandes olas que, al entrar en sondas someras, arbolan de repente y rompen como olas de playa.
Además de peligroso, a quien conoce su historia Skerki le resulta siniestro. Allí han naufragado centenares de barcos desde el inicio de la historia y han muerto miles de marinos. Sobre Skerki tuvo lugar la batalla naval que lleva su nombre entre la Royal Navy y la Marina de guerra italiana, en diciembre del año 1.942, en la que se perdieron, en pocas horas, dos mil doscientos hombres.
En contra de lo que cabría esperar, el lugar no es rico en pescado, ni en coral ni en esponjas, por lo que es raro ver algún barco por allí aparte de algún que otro cazador de ánforas, onerosamente embarcado por un pescador de Trápani que no tenga nada mejor que hacer o miserables pesqueros tunecinos que no se sabe muy bien qué es lo que buscan. Por si fuera poco, multitud de leyendas y de cuentos de taberna sostienen que se han avistado allí tiburones blancos y algunos estudios oceanográficos han detectado anormales aumentos de la temperatura del agua que coinciden con los períodos de erupción del Etna.
Llegué a las proximidades del Punto Zero con el Sol cerca del mediodía, el viento en calma y una mar tendida muy vieja de Poniente, de olas larguísimas pero de una altura cercana a los tres metros. Una mar incongruente con el tiempo que había observado durante la navegación, que había sido de Norte, primero, y de Levante después. Las olas tenían tan poca pendiente que eran difíciles de observar, y uno diría hallarse más bien en mitad del Atlántico, con sus míticas mares tendidas, que en el pequeño charco del Mare Nostrum. Mientras buscaba con los prismáticos algún indicio de espuma que me indicase la presencia del bajo, tuve la sensación de encontrarme en un disco de horizonte cóncavo en vez de la familiar convexidad aparente de la mar. La sonda daba lecturas tan erráticas que, de no haber sabido sobre qué me encontraba, en circunstancias normales hubiese pensado que tenía interferencias o que, simplemente, se había estropeado.
Lo vi cuando estaba ya por el través. Una gran mancha de espuma a menos de media milla por babor. Viré para dejarlo por la amura, de modo que fuera aproximándome ‘ma non troppo’, y fui observando cómo se perfilaba el espectáculo. Un espectáculo aterrador.
Las olas lo cubrían con sus lomos prístinos, dejando ver una masa verdosa indefinida, pero, cuando llegaba el seno, el escollo surgía, blanco, chorreante, fragoroso, de entre las aguas como un furioso monstruo marino para volver a sumergirse en un tremendo gorgoteo de espuma cuando llegaba una nueva cresta. Podría compararse con un monstruo, pero también con un puñal de piedra que asestara ciegas cuchilladas hacia la superficie, como buscando el tierno vientre de las naves.
Desde el recuerdo de mis lecturas infantiles acudió Joseph Conrad, evocando aquel golpe de mar “aterrador como un loco blandiendo un hacha” y, también y de nuevo, Ausiàs March con sus temores: “bullirà el mar com la cassola en foc…”
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