El Mar Jónico se abrió ante mí con una meteorología perfecta. Contribuyendo al ambiente monástico de mi barco, la voz frailuna del servicio meteorológico italiano, sonando por el canal 68 del VHF, me informó de que cabía esperar vientos de Poniente de fuerza cuatro durante las próximas 36 horas. En cuanto pude observar que rolaba de Norte a Oeste, me aproé para tomar dos rizos a la mayor y, vuelto a rumbo, atangoné el génova por babor, cazando la trinquetilla a crujía, como suelo hacer para ir de empopada en solitario.
Pronto comprobé que navegaba mucho mejor si caía unos grados a babor - poniendo proa al paso entre Creta y Antikithera- que apuntando al sur de Creta según estipulaba el trayecto del Camí de Jerusalem. Si optaba por Antikithera la derrota me llevaría luego a pasar por Karpathos y ambas son, tal vez, las islas griegas más preservadas y más intensas de todas, así que permití que las guiñadas me fueran apartando poco a poco del “Camí” y no tardé en ver puntas de ocho nudos en la corredera.
Atangonado y con el centro vélico muy a proa, no tenía gran cosa que hacer más que gestionar mis horas de sueño y mis comidas, molicie que me llevó en seguida de regreso a reflexiones más o menos febriles.
Yo, a diferencia de Jean, no había movido ni un dedo para recuperar a Iulia. En verdad, ni se me llegó a pasar por la cabeza. Tan sólo me encerré en mí mismo y pasé años y años lamiéndome la herida. Sinceramente, le espeté a la imagen barbuda que me devolvía el espejo, si tanto la querías ¿por qué no hiciste nada?
Aunque intenté disimular todo lo que pude, Iulia no tardó en darse cuenta de que todos sus amigos me parecían detestables; sus padres, dos momias decimonónicas; su concepto de la honestidad, un sepulcro blanqueado. Y yo no tardé en asumir que, para ella, mis amigos carecían de estilo, mis padres eran nihilistas y muchos de mis planteamientos morales eran ingenuos y más propios de un boy-scout adolescente.
Al hacer el equipaje para ir de visita a su ciudad, mis zapatos de lona y cuero, mis camisas de algodón egipcio sin cuello, mis sweeters de punto grueso y mis americanas de lana con guarniciones de tela eran sistemáticamente expulsados de la maleta y sustituidos por una fórmula constante a base de mocasines italianos, pantalones de pinza, camisas de dos colores, jerseys de lana de Shetland y calcetines a juego. Una vez le comenté que aquello equivalía a decir que, en estado natural, yo resultaba impresentable en su ambiente. Puede ser, me respondió, pero no nos engañemos: tú como mejor estás es sin ropa.
Teníamos un mundo común muy pequeño. Tan pequeño como una isla griega en mitad del planeta Mar. Pero era un mundo intensamente azul y blanco, de vino muy rojo y de aguas muy claras. De vientos que deformaban el crecimiento de los árboles y de rocas desnudas en las que el Sol parecía reventar y hacerse añicos. Una pequeña isla en la que, de vez en cuando, era día de fiesta, se bailaba hasta el amanecer y se cometían locuras.
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Fuimos, probablemente, una experiencia individual simultánea que no hubiésemos podido vivir el uno sin encontrar al otro.