Desde que nacieron los peques, hace cuatro años, es raro el día que podemos navegar la almiranta y yo solos, relajados, sin más responsabilidad que la de llegar, y no demasiado tarde. El otro día fue uno de esos días. Casi no lo recordaba. Salir a pescar calamares, fue la excusa, con el viento que hacía, tener que pescarlos en sonda de casi -40m. prácticamente es imposible con la deriva que tiene nuestro velero. Llegar hasta el punto de pesca ya fue bonito, a la francesa, sólo con el génova y a un largo. Los 6 nudos es la velocidad máxima de nuestro Daimio 23, deberían soplar cerca de 15. Una gozada, pero no lo mejor. Poco a poco el sol se iba poniendo tras las montañas, el cielo, entre azul y rosado, Hay que ver lo que nos perdemos viviendo en la ciudad. El viento, ya frio ,y lo corto del día, dejaban claro que el verano quedó atrás, vienen los meses duros (ahora le habrá salido una media sonrisa a más de uno del Cantábrico pensando que hablo desde Murcia).
Un par de pajaritos remojados, nada a la saca y vuelta a puerto. La luna casi llena nos marca la dirección de la popa. Ahora volvemos en ceñida, a todo trapo. A unos 4,7 nudos. Navegar de noche es mágico, ningún ruido. El viento de tierra nos trae olores filtrados por la sal, purificados por la mar. Hasta la tierra huele mejor sobre la ondulante superficie. Ajusto el rumbo para que no flameen las velas, no se exactamente a dónde nos dirigimos. Mi cabeza, también mecida, recuerda, mismo lugar, misma estación, 30 años atrás:
- “Papá…, ¿eso es Campoamor?”
- No eso es La Torre, Campoamor está ahí, ¿no ves los edificios?
- Ah, si… ¿Y aquellas luces?
- Torrevieja, ¿no ves lo grande que es?
- Ya…¿y aquellos edificios tan lejos?
- Pues los únicos edificios que hay por ahí son los de La Ribera.
- ¡pues sí que se ve lejos!
- Es que como ayer llovió la atmósfera está muy limpia, mira como brilla el faro de Palos.
Ninguna otra luz en el horizonte ni en la costa.
Una ola corta, mal tomada, me devuelve a la realidad, ahora es imposible discriminar sobre la costa nada, todo son luces, una línea continua de destellos en todo lo que abarca mi vista. Esa luz verde es una farmacia, la roja el puticlub. Esa que parece un faro el último centro comercial que acaban de abrir. El sabor amargo del contraste de aquella costa y esta no logra borrarme el sabor salado de la mar, ni la sonrisa derivada del inmenso placer que supone navegar, navegar por navegar. Hasta llegar a tierra soy libre. Libre como sueñas cuando eres un crio.

Para los que aguantaron la chapa sin dormir.