Por cierto, teníais que ver el leopardo tan chulo que fue capaz de hacer mi chico en esas condiciones de movimiento. Como si lo hubiera dibujado en el salón de casa.
Ya en puerto, adaptándonos a la situación, decidimos comer en alguna de las terrazas del paseo, pero lo primero que hago es llamar al cofrade Jiauka, con el que medio quedé en el hilo de invitar a birra, para que no estuviera pendiente de mí.
Cómo envidio a las gentes del lugar en cualquier lugar. Seguro que conocen mil sitios para comer de puturrú de fuá a la mitad del dinero que nos gastamos los guiris en malcomer. En fin, nos sentamos en uno de ellos y, bueno, comimos. Pero cuando íbamos por el segundo me empezó a entrar un sopor … ¡que no podía mantenerme despierto! Era consciente, no quería dormir, pero era incapaz de mantener los párpados levantados, y mira que me esforzaba. Mi almiranta me miraba diciendo “pero qué te pasa, compórtate…” cuando entre el sopor caí en el motivo. No era por haber madrugado, no. Las malditas biodraminas . Y eso que esta vez, a diferencia de la anterior en Sitges, no bebí vino. Y que son con cafeína. Pero, al parecer, dos biodraminas bastan para tumbar un rinoceronte. Al menos a mí. Pero no a mi almiranta , que también las tomó.
Como pudimos terminamos de comer y nos fuimos a una zona verde con parquecillo para el niño, nos sentamos en un banco, y yo me tumbé apoyando la cabeza en el regazo de mi almiranta. Entre telarañas la veía preocupada por lo que me estaba pasando, como sin duda yo lo estaría en su lugar. Cuando me empecé a despejar fuimos hacia el barco. Lenta, muy lentamente, seguí recuperándome y, tras una charrada con otro de los armadores –Rolf- en el pantalán, subimos al barco para hacer otra salida.
La salida del amarre ya se me hace más fácil que por la mañana, al menos sé hacia dónde llevar la caña. Pura rutina ya, vamos al muelle, izamos la mayor con menos problemas, hacia la bocana, fuera Génova, paro motor. Nos da tiempo de hacer unos borditos. Aunque todavía no me siento el rey del mambo, al menos los disfruto un poquito más que por la mañana. El grumete, en su línea ¿Volvemos ya?¿Cuándo volvemos? No tardaríamos mucho porque el sol ya amenazaba con ponerse. Fuera génova, marcha motor. Vuelta a puerto. Muelle, abajo mayor. Almiranta a proa. Velocidad de gobierno, proa al barco vecino, punto muerto, golpe de timón. Me agarro al vecino. Despacito. Equilicuá. Estaba allí Rolf. Me da las amarras. Fin. Bueno, fin no. La almiranta se me “enfada”. ¿Para qué te sirvo yo, si lo haces tú todo? Jo.
Justo entonces, el sol se pone. Qué bonito.
Estuvimos un rato disfrutando de estar en el barco. El grumete dibujando, es una máquina. La almiranta y yo sentados, la radio puesta, relajados. Cuando se hace hora de cenar me gustaría hacerlo en la bañera, pero recuerdo que el barco no tiene luz de cubierta. Como está amurado a otro del mismo armador – un 30 pies- se me ocurre abordarlo, cual pirata en la noche, a ver si soy capaz de encender su luz de cubierta, que nos iluminaría, igual. Estaba abierto, entré, pero fui incapaz de hacerlo. Vaya un pirata de habas.
Pues nada, montamos la mesa abajo y a cenar. Embutido y tal. Qué bueno sabe. Seguro que ese mismo embutido del metadona en casa nos sabría a rayos, pero allí estaba buenísimo. Un poquito de descanso y a dormir a los sacos.
A ver qué tal mañana.
