Cada día me agobia más la gente y, en verano, hay gente en todas partes. Sólo en la mar me siento libre y consigo esa paz conmigo mismo que me resulta difícil encontrar en tierra.
Se me olvidan los problemas, siento sosiego y noto cómo la cabeza se involucra en pensamientos profundos que difícilmente puedo abordarlos en tierra.
Me integro con el barco cual si fuera tan sólo un apéndice del mismo. Siento cómo cabalga, cómo surca las olas y busco lo mejor para él y, en consecuencia, también para mí.
