Re: Verano del 74
Antikithera, que apareció en el horizonte dos días y medio después de pasar la Isola delle Correnti, era tan pequeña como nuestro extinto mundo en común. A penas diez kilómetros de largo por tres de ancho; cincuenta habitantes repartidos por cuatro poblados diminutos. Su capital, Potamos, cuenta con tan sólo diecinueve almas.
Hace muchos años, con ocasión de un viaje de vacaciones a Creta, la avistamos desde el ferry que nos llevaba hacia el Peloponeso. La isla es casi completamente rocosa y sus piedras, expuestas al sol y al viento desde el inicio de los tiempos, parecen transmitir vejez y cansancio. Estas piedras, dijo Iulia al verlas, siempre fueron libres: nunca las cubrió un jardín, ni un palacio, ni un templo. Ni siquiera un leve manto de tierra. La Libertad, consume.
Unos pocos árboles, aislados, raquíticos y torcidos por el Meltemi, se obstinan en sobrevivir introduciendo las raíces, tenaces, entre las rocas, en disputa con matas polvorientas de tomillo y de romero.
Recordé un precioso poema de Serrat que habla de una encina que crece aferrada a un risco en el reino de los robles y de las hayas:
...Y de haber nacido en la tierra baja
pudo ser timón y volverse al mar.
Pudo ser rueda y ver mundo,
ser mango, cuna o altar.
Pudo ser ceniza y humo
o pudo, simplemente, no haber nacido
donde manda el roble, pero ahí nació
desafiando las reglas,
consentida por el sol.
Más cerca de las estrellas.
De abrazarse al suelo,
a pelear la tierra
con los aguaceros,
de rellenar grietas
con bojes, tomillos y enebros,
de andar huyéndole al hacha
que el amo blande ligero...,
nudos amargos duelen en tus maderas,
encina verde.
Que tus contornos te quieran,
que te respete la muerte.
Que es bueno que cuando el haya enrojece
y los caminos mudan de color,
entre esqueletos de robles,
salpiques con tu verdor
las palideces del bosque.
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