Y aún siendo tan pequeña, seca y desolada, Antikithera le ha dado a la humanidad dos cosas fascinantes que han situado su nombre en la Historia: una cosa bella y un objeto misterioso.
A principios del siglo pasado unos pescadores de esponjas encontraron frente a Antikithera los restos de un naufragio de la época romana; una nave que, sin duda, se dirigía a Italia con el botín obtenido tras la conquista de una ciudad griega. Entre esos restos se hallaban los fragmentos de una estatua de bronce que, una vez reconstruida, resultó ser un efebo. Es decir, un hombre joven y bellísimo. Su brazo derecho está levantado y los dedos de la mano tienen una postura curiosa, casi como formando el signo de la victoria pero sin estar extendidos del todo. Cuando vimos la estatua en el museo de Atenas, Iulia me contó cuál era la teoría más plausible: la estatua representaría o bien a Perseo o a un juvenil Hércules. En ambos casos su mano estaría sujetando una de las manzanas de oro del jardín de las Hespérides ahora desaparecida. Tal vez la famosa manzana de la discordia.
El objeto misterioso es una máquina hallada en el mismo naufragio y que, según inscripciones que figuran en ella, data del año 200 A.C., por lo menos. Se compone de docenas de engranajes de bronce, diales y agujas indicadoras que, al parecer, reproducen los movimientos de los astros y predicen los eclipses. Muchos consideran que es un OOPArt (Out Of Place Artifact) de los que hay varios por el mundo.
Para mí, en cambio, Antikithera es, sobre todo, una de las puertas del corazón de Grecia. Al dejarla por la popa me internaba en el Egeo y una parte de mí quedaba atrás. El sol salía por la proa, como una promesa, y me puse a bailar con pasos de zempekiko la canción del amanecer: Despleguemos las velas hacia el Sol y el olvido, la vida seca las lágrimas. ¡Amanece! ¡Amanece!
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