Según la reseña del libro que tengo delante, un precursor de algunos de los mejores relatos de Kafka, Dickens o Dostoievski (toma ya): "Bartleby, el Escribiente" de Herman Melville. Desconcertante, absurdo... brillante.
(...)
"- ¡Bartleby!, Rápido, estoy esperando.
Oí el lento roce de las patas de su silla sobre el suelo sin moqueta, y al poco tiempo apareció en la entrada de su retiro.
- ¿Para qué se me requiere? - preguntó suavemente.
- Las copias, las copias - le dije con prisa - . Vamos a examinarlas. Tome - y le alargué la cuarta copia.
- Preferiría no hacerlo - dijo, y desapareció dócilmente tras el biombo.
Por un momento me convertí en una auténtica estatua de sal, de pie a la cabeza de mi columna de empleados. Recobrándome algo del estupor, avancé hacia el biombo y demandé la razón de su extraña conducta.
- ¿Por qué se niega a obedecer?
- Preferiría no hacerlo.
Con cualquier otro hombre, me hubiera dejado llevar por la ira, me hubiera dejado de explicaciones y lo hubiera arrojado ignominiosamente fuera de mi presencia. Pero había algo extraño en Bartleby que no sólo me desarmaba, sino que, de un modo misterioso me conmovía y desconcertaba.
Empecé a razonar con él.
- Son sus copias las que vamos a examinar. Es un procedimiento que le ahorrará trabajo, pues examinaremos las cuatro copias a la vez. Se trata de una costumbre. Todo escribiente debe ayudar a examinar su copia, ¿no es así? ¿No quiere hablar? ¡Responda!
- Preferiría no hacerlo - contestó en un tono aflautado.
Me pareció que mientras me dirigía a él seguía cuidadosamente cada uno de mis asertos, que comprendía todo lo que le decía, que no podía refutar la irresistible conclusión; pero al mismo tiempo, noté que había algún tipo de consideración suprema que le obligaba a responder como lo hacía..."
Salud,
