Discusión: Verano del 74
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Antiguo 16-11-2012, 11:36
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Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Verano del 74

Desde Antikithera hasta el paso entre Karpathos y Kasos hay unas 180 millas al rumbo 096. En época de Meltemi es un trayecto muy malo, pues la mar parece venir de todas las direcciones entre Noroeste y Nordeste, pero en mayo aún es posible cruzar con cierta facilidad. En mi caso, el viento de Poniente acabó cayendo y me vi forzado a llevar una típica navegación mediterránea, negociando ventolinas, parando y arrancando motor, ajustando el aparejo cada cuarto de hora. Del Norte llegaba una mar vieja muy larga que nos acunaba serenamente, con ritmo de péndulo grande, y parecía imponernos su compás al barco y a mí. Fue en ese tramo donde más me arrepentí de no haber embarcado a algún tripulante, pues no duermo tranquilo si navego a motor y el cansancio me hizo mella enseguida. Si me sentaba en la cámara, me quedaba hipnotizado con la danza pendular de la cocina o con el movimiento de metrónomo lento de los lápices en su alojamiento de la mesa de cartas; si me quedaba fuera, me hechizaba el contoneo de la rosa del compás dentro de su cúpula cristalina. El mar tenía ese tono de azul que sólo se ve en algunos esmaltes o en ciertos cuadros de Matisse: el color de lo insondable.

Con el cansancio volvieron los recuerdos y las ensoñaciones, pero se había producido un cambio esencial en los efectos que me causaban. Acodado de perfil en la brazola cerré un momento los ojos y, en ese espacio de tiempo tan pequeño, me vi transportado al viejo sloop de mi padre, sentado en la misma posición y con Iulia sentada muy cerca junto a mí. Ambos mirábamos hacia proa. El viento hacía flotar sus cabellos y éstos me acariciaban la cara y me deleitaban con su aroma. Sin que ella se diera cuenta yo atrapaba algunos entre mis labios intentando descubrir su sabor. Eran ligeramente salados, como toda su piel y su amor.

Al abrir los ojos me sentí afortunado. Aquel recuerdo era un tesoro vital. Y tenía muchos más. La pena y la nostalgia habían desaparecido. Mi opus nigrum empezaba a brillar.

Iulia, acepté por fin, nunca fue una mujer del todo real. La esencia de Iulia era mía. Se componía de un soporte material adecuado y de todo mi amor, todos mis sueños, mis ambiciones y deseos colocados sobre ese soporte como un vestido. ¡Y qué bien lo llevó durante los catorce años que compartimos! ¿Habría cosido ella también un traje semejante para mí? Es evidente que yo no fui exactamente como ella quería. Por eso cambiaba el contenido de mi maleta cuando debíamos entrar en su mundo familiar y se enfadaba conmigo si participaba demasiado en las conversaciones con sus colegas. Yo era perfecto en el mar, sobre todo en los mares de Grecia que le ayudé a cruzar, y en su cama. Le encantaba que la escuchase embelesado mientras me contaba episodios de la mitología o me hablaba del origen de las palabras que hoy usamos. Y pienso, ahora, que también amaba en mí aquello que de griegos tenemos casi todos los marinos del Mediterráneo. Pero había otras muchas cosas mías que, sencillamente, no percibía. Como si yo emitiese en una longitud de onda en la que ella no sintonizaba.

Qué lástima, pensé, que el conocimiento te alcance siempre cuando ya no puede ser aplicado.

Atravesé el Stenos Karpathy y seguí a rumbo, Este media cuarta al Sur, hacia Chipre; patria, precisamente, de Pigmalión y Galatea.
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