La carretera discurre cerca de la línea de la costa durante unos cien kilómetros, orillando el enclave de Kokkina y cruzando la doble línea de separación de las Naciones Unidas. Después de tantos años aún se respira el ambiente de conflicto y el odio latente entre griegos y turcos. Siguiendo el consejo de varios amigos, tuve que entregar el coche antes de cruzar la frontera y cambiarlo por otro, idéntico, pero de matrícula turca. Curiosamente, ambos pertenecían a la misma compañía de alquiler.
Llegué a Nicosia a media tarde, justo a tiempo de tomar un té antes de cenar con mi viejo amigo Metin, antiguo estudiante de Marina en Marsella, donde nos conocimos, y actual alto cargo de la Policía turco-chipriota. Gracias a la llamada de teléfono que le hice antes de dejar Barcelona, mi entrada en el país no había tropezado con las habituales exigencias de visados y demás obstáculos administrativos.
Hacía mucho que no nos veíamos. Había engordado considerablemente y parecía observar el entorno a través de los párpados semicerrados mientras desgranaba en su mano derecha las cuentas de un rosario islámico. Disfruté muchísimo del ambiente que se creaba a su alrededor, como cristalizado por su aura de Pachá y por las atenciones orientales que le dedicaban los camareros y el dueño del restaurante. Descubrí, con sorpresa, que casi no bebía alcohol y que había dejado de fumar cigarrillos. Ya sólo disfrutaba, de vez en cuando, de alguna pipa de agua con tabaco aromatizado de manzana. Ahora, me dijo con expresión lobuna, he centralizado todos mis vicios en uno sólo que está tolerado por el Corán: las mujeres.
Me había preparado una especie de salvoconducto en forma de carta con el membrete oficial de la policía en el que, copiando descaradamente la leyenda que ilustraba el reverso de nuestros antiguos títulos profesionales, rogaba a las autoridades y funcionarios de la república que me dieran asistencia en caso de necesitarla. Me dio también el nombre del comisario de Famagusta y el del comandante militar de la zona, con la recomendación de que fuese a verlos, de su parte, y de que les explicase claramente mi intención de violar sus leyes entrando en la zona de exclusión de Varosha. Necesitan, me dijo, mirarte a los ojos para estar seguros de que no les vas a complicar la vida con alguna imprudencia o con alguna fotografía publicada en algún sitio improcedente. Toma nota también, añadió, de que Varosha ya no existe. Ahora se llama Mereş.
Cenamos una selección de platillos de comida chipriota, idéntica a la turca y a la griega, pero con nombres diferentes. Bebimos “ayran”, que es una especie de yogur aguado muy saludable y, con los postres, además del inevitable café turco, a mí me sirvieron un whisky con hielo y a Metin un vaso de raki, llamado ouzo por los griegos, que es un aguardiente de anís muy seco que hay que mezclar con agua.
El restaurante estaba en lo que, de ser romana la casa, hubiese sido el “compluvium” y, de ser andaluza, el patio. Una fuente central nos brindaba su rumor; miles de geranios y de otras flores, cuyo nombre desconozco, esparcían un suave aroma. La música ambiental, también como un perfume, exhalaba notas de flauta sufí.
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Me invadió un sentimiento que no sé definir: estaba en casa. La gran casa de quienes tuvimos la fortuna de nacer a orillas de la más bella de las mares. Y de la que, siendo la más pequeña, más sangre humana por metro cúbico contiene.
Metin recuperó del fondo de uno de sus bolsillos el rosario y se inclinó levemente hacia mí, mirándome intensamente entre sus párpados de Pachá. Cuando entres en Mereş, Tahleb, hermano mío, piensa en Turay, el hijo de mi padre y de mi madre, que también pudo ser tu hermano y que murió en agosto del 74 en el frente de Pentadactilia, no lejos de aquí, luchando por la libertad y la identidad de su pueblo. Te aseguro que no había más remedio que matar o morir. Cuando entres en Mereş, no te compadezcas sólo de los griegos. Nosotros pagamos con el doble de sangre que ellos su misma locura.